Fragmento:
Fue en noviembre, en una de aquellas charlas, cuando Willet nos confió —a mí y al Doctor Derby— sus avances. Entre polvorientas hojas de viejos manuscritos y un aparato electromagnético de su invención, aseguró haber encontrado referencias a la “puerta del infinito total”, un pasaje simbólico y físico al umbral de Yog-Sothoth: el Guardián de los Portales, la entidad que no está fuera ni dentro, sino en todas partes, vigilando con su mirada cósmica la integridad de los universos. Nos reímos al principio, creyendo que mezclaba mitología con ciencia de manera jocosa, pero en su rostro no había ironía. Sus manos temblaban y parecía haber olvidado dormir durante días. Sacó entonces de su gabán una copia vieja y ajada del Necronomicon, abierta en un capítulo que nunca consultábamos: “La Llave y el Umbral”.
Duración: 09:53
Te he advertido, querido lector, acerca de la posibilidad —inefable y primigenia— de que entre los átomos del aire y los límites de tu razón, haya cosas acechando, ociosas e incognoscibles, esperando apenas una grieta en la muralla de tu mente para colarse, sedientas y con garras de pavor. No sospechábamos, ninguno de nosotros, cuán frágil era la armadura de la realidad hasta esa noche maldita en Arkam; ni yo, ni el Doctor Elias Derby, ni el infeliz Thomas Willet, quien, con delirios de sabio y un espíritu descreído, invocó la calamidad que casi arruinó mi alma y el tejido mismo del mundo.
Debo comenzar relatando todo desde el principio, en esos laboratorios semiclandestinos del Departamento de Física de la Miskatonic, donde a veces la curiosidad académica excede la prudencia y se convierte en pecado. Thomas Willet era profesor adjunto, especializado en física teórica y, de vez en cuando, en las excursiones a la biblioteca, caía en charlas conspiratorias sobre las discontinuidades espaciotemporales, las dimensiones plegadas y un hipotético “plano del infinito simultáneo” que tan sólo mencionaba con un brillo macabro en los ojos. Era difícil no dejarse seducir por su entusiasmo, pues además de inteligente era buen persuasor, y en las tardes de lluvia que arreciaban contra los ventanales, sus palabras tenían el encanto prohibido de los grimorios antiguos.
Fue en noviembre, en una de aquellas charlas, cuando Willet nos confió —a mí y al Doctor Derby— sus avances. Entre polvorientas hojas de viejos manuscritos y un aparato electromagnético de su invención, aseguró haber encontrado referencias a la “puerta del infinito total”, un pasaje simbólico y físico al umbral de Yog-Sothoth: el Guardián de los Portales, la entidad que no está fuera ni dentro, sino en todas partes, vigilando con su mirada cósmica la integridad de los universos. Nos reímos al principio, creyendo que mezclaba mitología con ciencia de manera jocosa, pero en su rostro no había ironía. Sus manos temblaban y parecía haber olvidado dormir durante días. Sacó entonces de su gabán una copia vieja y ajada del Necronomicon, abierta en un capítulo que nunca consultábamos: “La Llave y el Umbral”.
“Yog-Sothoth es la puerta. Yog-Sothoth es la llave, y la puerta se abre a quien conoce la senda… Los portales y el tiempo mismo no son para Él más que claros de agua, y a través de ellos mira, y acecha.”
Aquellos versos, oscuros incluso antes de cualquier incremento tecnológico, tomaron peso y densidad bajo la luz amarillenta del laboratorio. Fue entonces cuando Willet, con voz apenas un susurro, nos contó sus experimentos. Había conseguido mediante un generador de campo electromagnético, asociado a ciertas frecuencias de ultrasonido y una ecuación obtenida por métodos nada ortodoxos, inducir una resonancia en el tejido espaciotemporal. “No una grieta, aún —explicó—, pero sí una especie de desdoblamiento, de interpolación, en la que los ángulos se tornan curvos y los puntos se reflejan a sí mismos en infinitas posibilidades”.
Era una locura académicamente hablando, pero su descripción sobre la vibración del aire y los susurros al filo de la percepción encajaba horriblemente con viejas leyendas indígenas sobre el “final del sendero”, y con aquellos testimonios dispersos sobre cultos a Yog-Sothoth en los bosques de Dunwich y los páramos deshabitados de Vermont. El Doctor Derby, escéptico, le preguntó por una prueba tangible. Willet, frotándose las manos y con una sonrisita enajenada, propuso una demo aquella misma noche.
El cielo sobre Arkam descargaba lluvia y truenos cuando volvimos al laboratorio tras la cena. Willet dispuso una suerte de círculo de cobre y hierro alrededor de una placa de granito negro, y bajo ella situó una bobina eléctrica. Ajustó nudos de cable y recitó, con tono de erudito en trance, las palabras del Necronomicon: “Por el umbral de los portales, por la llave del infinito…” Sentí, no sé si por sugestión o por verdad, que el aire oscilaba y vibraba con tonalidades inaudibles; un estremecimiento como el de las garras de un murciélago por la nuca, pero más profundo, más ancestral.
El aparato zumbó, y una luz violácea, imposible de entender, emanó de la piedra. Mis ojos se nublaron; Derby temblaba como un higo podrido. Entonces el zumbido se hizo más fuerte, y en el centro del círculo, el aire parecía doblarse sobre sí mismo, como si cada partícula girara vertiginosamente, arrancando jirones de sombra de las esquinas de la sala. Oímos un murmullo, no exterior, sino interior, como si nuestros pensamientos fueran atravesados por ideas ajenas y colosales.
“¡Corten la energía!” gritó Derby. Pero Willet, arrebatado, exclamó: “¡Estamos al borde! ¡Senti—!”
Nunca terminó la frase. En un parpadeo, el laboratorio fue sepultado por una oscuridad tan cerrada y total que ni la memoria de la luz subsistía en ella. Un hedor inhumano, mezcla de ozono y repollo podrido, llenó la estancia; mis huesos crujieron con un frío que era puro concepto antes que sensación. Entonces lo vi, o al menos vislumbré una sombra tras la puerta de mi cordura: un corredor hecho de ángulos imposibles, escaleras que ascendían y descendían simultáneamente, diluyéndose en vastas esferas de negrura tachonada de ojos sin párpados. En el fondo de este umbral, una presencia —más vasta, más sabedora que todo lo vivo— se agazapaba. Supe, con el humor de un condenado, que Yog-Sothoth había advertido el rasguño en su portal.
Afuera, los relojes giraron enloquecidos, y la gravedad de la sala parecía invertirse una y otra vez. Derby rezaba en un dialecto que nunca había estudiado, y yo mismo sentí las palabras brotando de mis labios: “¡Las puertas no! ¡Que no pase!” Pero el aire era como gelatina vibrante y mis órganos latían sin ritmo, rebeldes al entendimiento. El círculo de cobre se hizo fluido, y la piedra, azulada, palpitó con latidos cósmicos. De pronto, entre las neblinas de los ángulos distorsionados, una silueta grotesca —ni humanoide, ni bestial, sino geometría del puro pánico— se deslizó a medio camino, y sus globos oculares verticales —transparentes, llenos de galaxias, estrellas muertas y mundos naufragando— nos atravesaron como alfileres disecando mariposas.
Willet dejó de moverse; su cuerpo flotaba a dos palmos del suelo, la boca hirviendo en vapor blanco. Con las últimas hebras de conciencia, Derby y yo jalamos de los cables, deshicimos parte del círculo con los pies, y la luz se retrajo en sí misma como la pupila enferma de un cíclope adolorido. Todo tembló aterradoramente; miles de ojos parpadearon en el aire, y los últimos susurros de Yog-Sothoth —un lenguaje de cúmulos, de radiación y vacío congelado— reptaron a nuestros tímpanos.
Desperté recostado sobre el suelo del laboratorio, en medio de refrigeradores caídos y cristales rotos. Afuera, amanecía con un sol deforme y rojizo. Derby tenía la cabeza ensangrentada, pero sus ojos estaban abiertos, aunque no sé si veía el mundo mortal. Willet… jamás encontramos su verdadero cuerpo, sólo su bata, las gafas derretidas y una débil mancha aceitosa cuyos bordes se retorcían aún horas después, susurrando, con vibraciones que sólo la piel podía captar.
No nos atrevimos a contar la verdad. Derby calló para siempre tras ese día, internado en un hospital de Salem, aullando de vez en cuando en ese idioma antediluviano, retorciéndose ante espejos y charcos de agua. Yo mismo renuncié a la Miskatonic y vagué, con semblante de espectro, por los campos del norte, hasta que la angustia se calmó lo suficiente para que mi mano no temblara más al escribir.
Pero he aquí el horror auténtico, la sustancia pura de mi relato: en la frontera de la vigilia, tras la medianoche, cuando apenas el sueño me acaricia y el aire vibra con ecos inaudibles, escucho la voz de Willet, zumbando dentro de mi cráneo, pidiendo que le abra, que le devuelva el camino. Y, peor aún, he captado a veces, desde los resquicios de la razón, un fulgor violáceo tras la negrura de mis párpados clausurados. Los límites son delgados. El tiempo, apenas una tela arañada sobre abismos sin nombre. Sé que Yog-Sothoth mira hacia aquí, aguardando otro eco, otro descuido. Siento que el círculo no se cerró del todo… y que la llave sigue girando en el umbral.
Siempre he dicho que existen saberes proscritos por razones menos éticas que ontológicas. Ahora lo sé. El cosmos, con sus portales y simas de revelación, no es un mapa explorado sino una hidra infinita: cada cabeza cortada revela nuevas fauces, nuevas preguntas, nuevos horrores. La ciencia es sólo otra manera de invocar las fuerzas que acechan tras los montes verdes de New England y entre los pliegues de la mente. He visto —y con ello he aprendido el único saber verdadero: hay puertas que no deben abrirse. No por miedo a lo desconocido, sino porque lo desconocido nos quiere, nos llama, sabe nuestros nombres y la geometría oculta tras nuestra respiración.
El laboratorio fue clausurado; los testigos, silenciados con diagnósticos y ostracismos. Nadie habla hoy de aquel experimento. Pero cuando la húmeda neblina de los pantanos de Arkam serpentea bajo la luna, y las ranas croan fuera de compás y los búhos huyen antes del alba, me convenzo —horriblemente— de que los portales no requieren de máquinas ni palabras. Bastan soñar y temblar, elegir mal una vez.
En esos instantes vuelvo a escuchar el murmullo: “Yog-Sothoth es la llave y la puerta… y no hay fuera ni dentro, sólo el umbral interminable de su mirada”.
Estoy viejo ya, mi mano tiembla. No sé cuándo me volveré a dormir, pero si lo hago, si la vibración regresa y el círculo refulge bajo mis párpados, sé que regresaré allí, y que los ojos de Yog-Sothoth me esperarán, como esperaron a Willet. Quizá, al fin, el velo caiga y la humanidad entera comprenda el precio de buscar en los abismos del infinito.
Pero para entonces será tarde.
He hablado.
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