Portada del relato El Eco Innominado de Dagon
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Fragmento:


Durante días seguimos rastros sutiles por el pueblo: símbolos tallados en piedras junto al puerto, cánticos sibilinos en la penumbra de la iglesia desacralizada, y, lo más inquietante, figuras encapuchadas que a la caída del sol marchaban hacia el embarcadero y se sumergían en la niebla. Nadie admitía nada en voz alta, pero logramos sorprender una conversación en el bar Gilman House:

Duración: 11:10

El Eco Innominado de Dagon
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Texto de ajuste de pausa.

No puedo olvidar aquella noche glacial en la que el miedo desbordó los límites de lo razonable, ni las visiones que, todavía hoy, arrastran mi sanidad a la deriva, como algas muertas devueltas por las olas a una playa ya desierta. El lector sabrá pronto que, pese a mi racionalidad férrea y mis estudios en ciencias empíricas, hoy solo me queda invocar la compasión de quienes aún pueden dudar antes de adentrarse en ciertas aguas profundas; porque mi relato es, en verdad, el precario testimonio de un alma al borde de la locura y la verdad.

Muchos conocen ya, a través de rumores y crónicas apócrifas, las leyendas que adornan la costa septentrional de Massachusetts; pero sólo quienes han hollado los muros mohosos, olfateado el salitre de sus plazas silenciosas y vislumbrado los ojos que brillan en la neblina, comprenden que es peor de lo que jamás podrían suponer. Esta es la historia de cómo el mar reclama, a veces, no únicamente los cuerpos, sino también los espíritus y la memoria misma de los hombres.

En aquellos años de juventud incrédula, cuando la vida parecía nada más que una sucesión lógica de causas y efectos, respondí a la invitación del profesor Isaiah R. Whateley, colega de la Universidad Miskatonic y reputado especialista en cultos arcaicos. Recuerdo bien sus palabras, escritas en una carta vibrante y nerviosa:

“Querido Alexander,

Debo solicitar tu presencia en Innsmouth para ayudarme en una investigación de suma urgencia, relacionada con los antiguos ritos acuáticos del lugar. He hallado indicios de prácticas aún vivas, pese a los rumores y el silencio cómplice de la población local. Puedes confiar en mi juicio: el peligro, aunque etéreo, es real”.

Nunca creí entonces que esa invitación sellaría mi destino.

El viaje desde Arkham a Innsmouth, realizado en una tarde cubierta por nubes espesas, fue un preámbulo idóneo a los eventos venideros. La vía férrea serpenteaba entre marismas lúgubres, y un olor a humedad cadavérica se colaba, incluso con las ventanillas cerradas, hasta el último rincón del compartimento. Anochecía cuando llegué a la estación, una estructura desvencijada donde el óxido hacía presa de los raíles. Nadie me recibió, salvo un viento gélido y el distante retumbar de las olas, como un tambor lejano convocando a las tinieblas.

Innsmouth, pese a su modesta extensión, resulta un enclave singular: las viviendas de estilo georgiano son testimonio de un pasado más próspero, pero la mayoría aparecen abandonadas. Los pocos habitantes visibles andan encorvados, cubiertos con prendas deshilachadas y mantienen una distancia ceremonial de los forasteros. Cada mirada que me lanzaban era como el roce de una criatura marina oculta bajo la superficie: huidiza, desconfiada, con una quietud depredadora.

Encontré al profesor Whateley en la pensión Marsh, un edificio cuyas paredes rezumaban humedad y cuyo olor a algas podridas parecía permanente. Su aspecto, al verme, carecía ya del entusiasmo académico de otras ocasiones; ahora era la viva imagen de la obsesión, con ojeras oscuros y manos temblorosas.

“Alexander”, murmuró, “el culto continúa. Nunca se extinguió. Temen a los forasteros porque cualquiera puede ser testigo del milagro—o del horror. Tienes que verlo por ti mismo”.

Durante días seguimos rastros sutiles por el pueblo: símbolos tallados en piedras junto al puerto, cánticos sibilinos en la penumbra de la iglesia desacralizada, y, lo más inquietante, figuras encapuchadas que a la caída del sol marchaban hacia el embarcadero y se sumergían en la niebla. Nadie admitía nada en voz alta, pero logramos sorprender una conversación en el bar Gilman House:

“Esta noche las aguas temblarán… Dagon aguarda y hay que cumplir el pacto.”

Esa misma noche, el profesor decidió que era hora de arriesgarlo todo. “Debemos seguirlos, pero sin ser vistos.”

La idea de infiltrarnos entre los mistéricos habitantes me estremeció, pero era ya demasiado tarde para regresar. En la oscuridad, nos deslizamos por callejones infectos guiados únicamente por el grito angustioso de una gaviota o el tintineo lejano de un cencerro, hasta alcanzar los húmedos dedos del puerto. Vimos entonces, contra la negrura del mar, un grupo de figuras con antorchas, entonando salmodias guturales en una lengua imposible de identificar.

El profesor, con mano temblorosa, tomó nota en su cuaderno, murmurando: “Esto no es latín ni griego. No he oído jamás tal concatenación de sonidos.” Era como si el propio océano intentara articular sílabas con espuma y burbujas.

De pronto, las figuras se internaron en el agua, avanzando hasta que la negrura las consumió. El silencio descendió como una condena. Desesperados por hallar alguna pista, Whateley y yo nos acercamos al banco de arena donde habían dejado restos de velas y extraños ídolos de oro pulido, de formas que desafiaban toda geometría natural. Busqué en vano símbolos comprensibles, pero cada línea parecía más bien un trazo accidental o la impronta de una garra inhumana que una obra humana.

Estuvimos demasiado tiempo absortos. Un gruñido húmedo, nacido de las entrañas del mar, nos advirtió demasiado tarde. Algo, una figura monstruosa de forma apenas discernible bajo la luz mortecina, emergió a escasos metros de nosotros. Recuerdo vagamente una masa cubierta de escamas, tentáculos y ojos vidriosos llenos de una hambre primitiva. Sentí que el tiempo se dilataba, que mis pensamientos se confundían con un oleaje anterior a toda razón.

Corrimos, apenas conscientes de lo que nos pisaba los talones. Detrás de nosotros, el chillido de las criaturas se mezclaba con el repiqueteo de las olas. Solo cuando nos hallamos a salvo en la posada, jadeando y con las ropas empapadas de sudor frío, comprendí que Whateley había dejado caer su preciado cuaderno. Él, devastado, balbuceaba sin sentido y sólo repetía una palabra: “Dagon”.

Esa noche no dormimos. El profesor contó, entre sollozos y crisis de histeria, que había leído acerca del Culto de Dagon en unos fragmentos prohibidos del Necronomicón traducidos por el árabe loco; un ser marino inmortal, adorado desde los primeros días de humanidad, que exige tributos de sangre y silencio. No era un dios benévolo, sino un monstruo. Su pacto con los hombres era corrupción y servidumbre. “Aquí”, dijo, “se practica aún ese abominable acuerdo.”

Me embargó una certidumbre amarga: el horror no reside en la muerte, sino en la revelación. Lo inenarrable es el precio por saber.

Al alba, Whateley decidió marcharse. Mientras yo dormía, él empacó sus pertenencias y se marchó sin despedirse. Me dejó una nota escueta: “No me busques. El conocimiento es veneno. Vuelve a Arkham antes de que también te reclamen.” Si hubiera seguido su consejo, tal vez habría olvidado el asunto para siempre. Pero mi vanidad y mi ansia de realidad me retuvieron.

Durante cinco días me dediqué a recopilar notas y testimonios de los pocos que osaban tratarme. Oí hablar de amistades que desaparecían tras merodear el puerto por la noche, de “ceremonias secretas” bajo la marea baja y de “hombres-pez” que susurraban nombres prohibidos bajo el agua. Un pescador ebrio llegó incluso a decirme: “Hay veces que el mar escupe cosas que nadie debería ver.”

El último atardecer en Innsmouth fue el más fatídico. Decidí visitar el templo en ruinas, emplazamiento sobre el que gravitan la mayoría de las leyendas. El hedor era insoportable—a pescado podrido con matices de una podredumbre más profunda. Los vitrales, rotos, dejaban pasar tenues rayos anaranjados de la puesta de sol, iluminando figuras grotescas: híbridos de hombre, rana y pez, todos prosternados ante una inmensa silueta indistinta. Me sumí en su contemplación hasta que noté que no estaba solo; sombras se deslizaban entre las columnas, sus pasos amortiguados por siglos de salitre.

Intenté huir, pero una mano gélida me sujetó del hombro. Fui conducido al altar, rodeado de rostros deformes cuyos ojos exudaban un brillo febril. El sacerdote, si tal cosa era, alzó su voz: “¡Te has atrevido a mirar el rostro de Dagon! Tendrás que decidir: ser pasto del mar o hallar comunión en las aguas profundas.”

Intenté luchar, pero mi cuerpo no respondía. Me arrojaron hacia una abertura en la roca que daba directamente al océano, donde el agua, oscura como la tinta, lamía mis pies. El sacerdote entonó una letanía vil:

“¡Dagon, oh padre de las profundidades!

Recibe la carne, devora la sangre,

Sume el alma en tus abismos,

Hazla renacer hondo, entre los tuyos!”

La visión que se alzó entonces—inesperada, deforme, inabarcable—me destruyó. Sentí el frío abrazo de tentáculos viscosos envolver mis extremidades. Una mente sin nombre rozó la mía, invadiendo mis recuerdos y mi voluntad. Vi los siglos desfilar ante mí: el advenimiento de los Profundos, la inmolación de generaciones enteras, la promesa de una eternidad sofocante bajo las aguas negras. El pánico fue absoluto. No hay palabras para evocar la podredumbre última a la que fui expuesto.

Debí haber muerto; pero desperté a la mañana siguiente en la playa, empapado, tiritando, con la ropa rasgada y restos de algas adheridas a mi piel como costras tumorosas. No recuerdo cómo escapé ni quién me rescató. Solo tengo la certeza de que una parte de mí permanece allá abajo, esclava y presa del pacto de Dagon.

Regresé a Arkham, extraviado, convertido en la sombra de lo que fui. Los médicos hablan de “alucinaciones”, “psicosis”, “trauma severo”. Ninguno ha visto, supongo, las escamas que a veces descubro en el espejo, creciendo junto a mis orejas, ni oído en el zumbido de las tuberías y las cubetas el eco de la letanía marina.

Sufro insomnio y la obsesión me carcome. Mis noches son invadidas por la salinidad de pesadillas subacuáticas; presiento el avance de una hibridación insidiosa, la infiltración de las aguas abisales en mi linaje y mi sangre. Pronto, intuyo, deberé regresar al mar, a completar el ciclo y a renunciar del todo al sol y la esperanza.

Por eso escribo este testimonio. No como advertencia, sino como confesión y marca de desesperación. Aquel que lo lea, que sepa que hay cosas más allá del olvido y la muerte. Que el Culto de Dagon no terminó, ni terminará mientras la marea suba y baje, mientras los hombres necesiten pactos para persistir entre la podredumbre y el olvido, mientras la sal siga invadiendo las heridas frescas de la mente.

Si alguna vez, extraviado en la niebla, alguien te llama con voz gutural y prometedora, no respondas, no te acerques. Hay verdades que no deben descubrirse y dioses cuyo abrazo es peor que cualquier infierno imaginado por el hombre.

El mar, con su paciencia infinita, reclama todo, incluso la cordura. Queden advertidos, pues, y eviten Innsmouth, donde la palabra “Dagon” aún se susurra entre las olas, donde el abismo respira y donde el horror es, para siempre, inexplicable.

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