No sabría decir exactamente cuándo comenzó la obsesión, pero puedo recordar nítidamente el primer incidente: un extraño sueño, húmedo y denso, poblado de raíces que se enroscaban entre sí hasta formar la gran silueta de un ser colosal, ape...
Desde hace siglos, existen relatos susurrados entre las sombras de salas vergonzantes y abismos negados por el raciocinio; relatos que difícilmente desearían los hombres escuchar, aun menos los más eruditos, aunque sepulten días enteros en las r...
Desde la ventana del desvencijado desván del viejo solar Watley, las colinas de Dunwich se extendían bajo un cielo ocre y malsano, como si un hálito de podredumbre iba surgiendo de la misma tierra. Era allí, tras meses de cartas inquietantes y n...
La lluvia caía con un golpeteo impasible sobre los tejados abigarrados de la vieja ciudad francesa de Saint-Benoît le Charles la noche que el profesor Maurice Legrand, ya achacoso pero tan insomne como en sus mejores días, desenterró en la bibli...
Jamás volveré a cerrar los ojos con la confianza dormilona de los hombres felices. Mucho antes de la medianoche, cada sombra en mi habitación se extravió hasta las paredes, danzando con la luz opalina de una lámpara que jamás deja de titilar d...
Jamás olvidaré aquella noche en la que la fina textura de la realidad se desgarró para mostrarme lo que el hombre no debe conocer, aunque, al escribir estas líneas, me asalte el temblor de manos y la náusea de quien ha mirado el abismo. Mi nomb...
No puedo olvidar aquella noche glacial en la que el miedo desbordó los límites de lo razonable, ni las visiones que, todavía hoy, arrastran mi sanidad a la deriva, como algas muertas devueltas por las olas a una playa ya desierta. El lector sabrÃ...
El implacable curso de los días me ha hecho dudar una y otra vez de la honestidad de mi memoria, pero sé con certeza que los sucesos que a continuación relataré no pueden haber sido el fruto de ensoñaciones febriles o de la perniciosa acción d...
En la ciudad de París, en el otoño húmedo y perpetuamente gris del año 1787, la decadencia del viejo continente se respiraba como un miasma, impregnando cada rincón de sus callejones retorcidos, viejos adoquines y húmedos canalones a punto de ...
Estaba en el crepúsculo de mi vida académica cuando la fortuna, ese cruel y caprichoso azar, dispuso mi estancia en la insigne Biblioteca Phristonea de Arkham. La carta manuscrita—de tinta escarlata y pulso nervioso—que recibí en aquel otoño...
Algunas horas antes de la medianoche, mientras la brisa de Arkham esparcía sobre la ciudad los primeros augurios invernales, llegué al umbral de la casa de la familia Vleck. Me había citado allí el doctor Rutger, hombre respetado por su erudiciÃ...
El hombre que camina por el sendero nocturno y solitario de la comprensión prohibida suele transitar primero el sendero del asombro, luego el sendero del horror y, finalmente, el camino sin retorno de la locura. Permitidme advertir al lector sensat...
En el año de 1924, mi salud y mis estudios me exigieron un retiro prolongado de la febril ciudad de Providence. Era un tiempo en que el saber arqueológico aún ocultaba más abismos que certezas y los nombres de civilizaciones perdidas se murmurab...
Hay noches que no deberían ser transitadas. Aunque se repita la secuencia de los astros, hay algo que se enrosca en el corazón de lo oscuro, una cosa cuyas raíces desconocemos, pero cuya presencia sentimos entre los huecos de la razón. Si usted ...
La noche en Providence era una losa húmeda y pesada cuando mi carta llegó al despacho del profesor Eustace Routh. Aún resguardo una memoria incompleta de mi decisión aquella tarde: las manos manchadas de tinta, la lámpara temblorosa, y el impet...
Hay cosas que mejor sería no desenterrar, y sin embargo la curiosidad —esa oscura pasión que impulsa a los hombres de ciencia a traspasar umbrales sellados por la cordura— termina siempre por prevalecer. Tal fue el caso aquella ominosa primave...
En la áspera costa donde el viento aúlla con lamentos de antaño y la niebla parece nunca disiparse, encontré al fin el refugio condenado que atormentaba mis sueños desde tercer invierno. No busqué la ruina; me fue legada por herencia, como si ...
Había sostenido durante mucho tiempo una convicción inquebrantable respecto a la naturaleza de la realidad: que bajo las apariencias y el rigor de la vida moderna de los años veinte, el tiempo del jazz y los anuncios de neón, latía un vigoroso ...
Las brumas perpetuas de Yuggoth no albergan secretos amables para mente alguna cuya conciencia haya bebido tan sólo una gota de sustancias terrenales. De todas las sendas que conducen a parajes insalubres y baldíos más allá de la esfera azul per...
Te he advertido, querido lector, acerca de la posibilidad —inefable y primigenia— de que entre los átomos del aire y los límites de tu razón, haya cosas acechando, ociosas e incognoscibles, esperando apenas una grieta en la muralla de tu ment...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...