Portada del relato El susurro al borde del caos
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Fragmento:


Routh asintió y me mostró un grabado del libro: una espiral, en cuyos círculos danzaban figuras humanas descarnadas —o lo que una mirada terrible quería que creyéramos humanos— tocando flautas y tamboriles. En el centro, una oquedad que parecía absorber la luz misma.

Duración: 10:24

El susurro al borde del caos
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Texto de ajuste de pausa.

La noche en Providence era una losa húmeda y pesada cuando mi carta llegó al despacho del profesor Eustace Routh. Aún resguardo una memoria incompleta de mi decisión aquella tarde: las manos manchadas de tinta, la lámpara temblorosa, y el impetuoso impulso de confesarme con quien, de todos los colegas, aún no rehuía la investigación de lo ignoto. Le pedía que acudiera con urgencia a mi morada del número 89 de Benefit Street, trayendo consigo el grimorio De Vermis Mysteriis y cualquier material sobre la genealogía de las herejías cósmicas, especialmente sobre cierta secta francesa medieval poco estudiada.

No pasó una hora antes de que Routh, rostro agrietado y expresión preocupada, tocara mi puerta. Recuerdo cómo parpadeó al cruzar el umbral, como si un escalofrío recorriera el tapiz raído del vestíbulo, y la manera en que su mirada se posó en los retratos familiares de mis antepasados, con sus ojos apagados como si vigilaran la reunión.

“¿Qué ocurre, Bickford?”, preguntó, no sin antes lanzar una rápida mirada hacia la desordenada mesa y el ventanal desde donde, antaño, podía atisbarse la luna llena surcando el río Providence. Ahora cerradas por temor a lo que acecha afuera.

Me lancé, tembloroso, a contarle. Cumplo mi deber al escribir esto, aunque los recuerdos se deslizan como arena entre mis dedos.

—He soñado —dije, con voz hendida— pero no se trata de sueños corrientes… He tenido visiones que hieren, rallan la memoria y deshilachan la razón al despertar. Me veo parado en pasillos interminables, anchísimos a veces, a veces de apenas el grosor de la culpa, todos girando hacia un núcleo oculto, un… pozo embebido en sombras, envuelto en una geometría imposible. El aire está impregnado de una melodía atonal, chillona, que parece retorcerse en sí misma, como si cada nota abriese una herida en el mundo.

Vi en el gesto de Routh el reflejo de mi propio terror y fatiga.

—Te han visitado los espirales —musitó, y supe en el acto que no ignoraba mi angustia, pues su voz tembló ante el vocablo impronunciable.

Sacó con desasosiego un tomo polvoriento de su bolso. Lo extendió sobre la mesa, desplegando páginas atestadas de grabados medievales y diagramas circulares.

—Esta secta de la que me hablas —dijo— la cultiva el infinito girar de la conciencia enfrentada a lo innombrable, pero, si interpretas tus sueños con rigor, puedes hallar en ellos heredades más antiguas. El signo más desconcertante es la música —su voz era apenas un hilo—, porque, según las leyendas, sólo en presencia del Caos nuclear se escucha algo así.

Quise reír para aliviar la tensión, pero mi garganta sólo emitió un gemido trémulo. Porque aquello era lo que temía y, a la vez, lo que mi conciencia esquilmada por el insomnio anhelaba confesar.

—¿Hablas de Azathoth? —inquirí, temiendo pronunciar el verdadero nombre del Ciego Idiota.

Routh asintió y me mostró un grabado del libro: una espiral, en cuyos círculos danzaban figuras humanas descarnadas —o lo que una mirada terrible quería que creyéramos humanos— tocando flautas y tamboriles. En el centro, una oquedad que parecía absorber la luz misma.

—Los testimonios más antiguos relatan sobre aquella corte de locura primordial que danza y gira alrededor de Azathoth, que reposa en el centro del vacío. La espiral infinita puede ser tanto una herejía como una representación siniestra de la estructura básica del universo —afirmó con gravedad—. Lo que queda por saber es cómo y por qué te han elegido para soñar este horror.

En ese instante, mi memoria estalló en fragmentos de ansiedad. El sueño más reciente, el más atroz, brotó con claridad malsana:

Me había visto descendiendo una escalera sinuosa, cada peldaño torcido besando los contornos de una espiral laberíntica esculpida en piedra antigua, moho cubriendo cada superficie. Las paredes respiraban, pulsando con los latidos de un corazón desconocido, y a cada paso, esa música grotesca se hacía más fuerte, chasqueando y resoplando como la respiración de algo descomunal. Llegué a una sala donde los fieles, ataviados con túnicas cubiertas de patrones en espiral, danzaban en círculos cada vez más rápidos en torno a un abismo negro. Nadie tenía rostro, sólo bocas abiertas en un grito inaudible que acompasaba la melodía blasfema.

Y entonces, del centro del abismo, un ojo ciego, vasto e indescriptible, se abrió y absorbió toda la luz, dejando sólo la música, que no era música, sino el orden del mundo desenrollándose en el terror primigenio. Supe, mientras era succionado hacia la nada, que Azathoth despertaría si el círculo de la danza se rompía, y que la espiral debía continuar girando para contener la suma locura del cosmos.

Desperté jadeando y grité.

Routh escuchó en silencio, con sus dedos apretados sobre el borde del libro.

—No eres el primero —dijo por fin— ni serás el último. Hace siglos, aquellos que osaban intuir el diseño espiral de la realidad, llegaban a ser elegidos para transmitir el mensaje sin sentido emanado del vacío. La secta de la espiral infinita, según estos archivos, creía que sincronizando su danza y música podían calmar al Ciego Idiota, conservar el mundo indemne en su delirio y mantener la fragilidad del cosmos en equilibrio.

Dudé, al borde del colapso.

—¿Y si erramos, Routh? ¿Si el círculo se rompe?—susurré.

—Nadie puede saberlo. Sólo nos queda temer los sueños y rezar para no danzar nunca en el corazón de la espiral.

Durante las semanas siguientes, mi vida se convirtió en un itinerario de terrores insomnes. Había noches en las que sentía, tras la pared, un débil ritmo de tamboriles; melodías que retumbaban bajo pisos y marcos de ventana. Mi casa se volvía extrañamente circular: los cuadros parecían ladearse y bailar, las grietas de la fachada se curvaban en filigranas retorcidas, y hasta el reflejo de mi rostro en los espejos adoptaba ondulaciones que no podían atribuirse a defectos del vidrio.

El profesor Routh volvió varias veces a mi hogar. Leyó para mí pasajes incomprensibles en latines anacrónicos y árabes perdidos. Pero el desvelo era implacable. Una noche de aguacero, cuando el tiempo ya había dejado de tener sentido, toqué fondo.

La espiral me llevó allí.

Los tablones de mi dormitorio amanecieron saturados de moho, dispuestos en círculos concéntricos. Los relojes giraban hacia atrás, y la música—¡siempre la música!—se infiltraba en mis sueños y pesadillas. Bajé, hechizado, por la escalera, que ahora se alzaba como una hélice interminable, hasta encontrarme en el sótano, donde la tierra exhalaba un tufo a tumba profanada.

No supe cómo ni cuándo croó la ceremonia, pero alrededor de mí danzaban figuras borrosas, cubiertas por túnicas de un negro que engullía la luz, cuyos rostros sólo eran rostros si uno los miraba de soslayo. Sentí que mis músculos respondían a una melodía que mi oído racional repudiaba. Danzaba en círculos, girando y girando, mientras cientos de ojos ausentes me observaban. Y en el epicentro… sentí, más que ver, un fondo lleno de algo que nunca había sido luz ni sombra, sino la pura negación de cualquier realidad conocida.

La música aumentó hasta que mis tímpanos sangraron. Percibí, sobre el trasfondo de tamboriles, el silbido abismal de la flauta ciega, el horrendo instrumento que, según los antiguos libros, animaba la danza de los dioses idiotas. Un temblor atómico estremeció el suelo y, por un instante, el universo completo pareció curvarse en una vasta espiral multicolor y enfermiza. Nadie podía escapar. Nadie podía romper la danza.

Fue entonces, en medio de la transubstanciación de mi carne y alma, que oí el verdadero mensaje. No era una voz, sino una imposición: Azathoth no duerme, Azathoth gira, y toda existencia no es sino una espiral destinada a preservar su sueño, a engañar la vigilia del Caos. “Danza, sueña, retuércete, o la creación misma te será arrebatada”.

Me desplomé, poseído por el vértigo de una caída infinita, y desperté nuevamente en mi cama, el pecho empapado en sudor y la mente destruida. Nada a mi alrededor parecía cambiado, pero sabía que el límite entre lo soñado y lo real se había evaporado para siempre.

Volví a consultar a Routh, sin ocultarle ya mi estado de ruina.

—No hay exorcismo posible —decretó, viéndome arrastrar las palabras como quien arrastra cadenas—. El culto nunca muere, sólo muta. El ciclo debe seguir. Pero si puedes distraerte, si logras evitar la música, quizás sobrevivas a la siguiente vuelta de la espiral.

Desde entonces, vivo en la medianoche perpetua de quien ha sido atrapado por resonancias que no puede dejar de oír. El mundo ha adoptado la textura de un vasto remolino, y sé que nunca estaré a salvo del retorno de la música.

Por eso escribo mi testimonio.

Ha pasado un mes desde aquella última visita. A veces encuentro mensajes—círculos torcidos trazados con tiza en el umbral, palabras fragmentarias que aparecen y desaparecen en los espejos empañados. Siento, incluso cuando cierro los ojos, la cercanía del abismo y la certeza de que toda la humanidad gira ciega en la periferia del Ciego Idiota. Nos mecemos en la hipnótica certeza de la costumbre, pero sólo una pequeña distracción podría hacernos errar, romper la cadena, vaciar al mundo en la nada. No es el apocalipsis lo que temen los adeptos de la espiral, sino el despertar brutal de aquel a quien la danza contiene.

Ahora, al finalizar esta confesión, oigo acercarse la melodía por la calle oscura, cada nota más aguda y cercana. Mi carne tiembla, mi espíritu se deshace. Sé que pronto deberé unirme a la danza, a girar en círculo una vez más.

Si lee usted esto, sepa que ya es tarde. Dondequiera que esté, al correr de los días, escuchará la espiral crecer en la música, en el zumbido de los cables, en el retumbar del corazón. Rezad para que la espiral no se rompa, rezad porque sólo así Azathoth continuará soñando. Porque el verdadero horror no es la muerte, sino ese interminable girar cuyo centro no es sino un hambre sin nombre, acechando entre las notas de una canción que jamás terminará.

Y aún escucho. Escucho. La música nunca termina.

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