Fragmento:
En ese instante apareció la primera visión: una hoguera ritual encendida por figuras encapuchadas, con la llama de un verde antinatural que de alguna forma devoraba la propia oscuridad, y el eco de un canto que parecía anular las leyes de la música y del raciocinio. Recordé de los textos que no es el propio fuego lo que adoran, sino lo que emerge de él, lo que ES el fuego cuando ya no es llama ni es materia, un ente primordial que busca ser convocado, invocado, traído a este plano a través del linaje titubeante del miedo y la obediencia.
Duración: 10:20
El viento nocturno aúlla entre los riscos de Yaxley y el aroma de la podredumbre gravita sobre la turba húmeda, polvorienta, que absorbe la humedad de siglos como un anciano decrépito absorbe el vino rancio de su última noche. Mi nombre carece ya de importancia; siendo testigo, cronista y, quizás, única voz capaz de resistir los inenarrables horrores que se desataron bajo la superficie, no considero necesario que recuerdes con exactitud las sílabas de mi apelativo. Pero grábate una idea: hubo un hombre de carne y mente entre los mortales de Dunwich, y fue él quien bajó allí, donde la escoria de la creación aguarda en un sueño febril.
Que nadie suponga que lo hice por valentía ni por curiosidad malsana. Surgió, más bien, por desesperación, pues uno no busca the secretos de la tierra a menos que los secretos de la tierra pregunten primero, y preguntan con la forma de sueños. Los míos empezaron con una luz verde brumosa flotando entre criptas olvidadas, y evolucionaron hasta arrastrarme, con la lógica de las pesadillas, hacia esa gruta cuyos habitantes se rumorea que han contemplado los albores caóticos de la vida.
Recuerdo la primera vez que oí hablar del Culto del Fuego Verde. Fue en la polvorienta trastienda de una librería universitaria en Arkham, donde un hombrecillo detez aceitunadas y ojos de reptil susurró a mi oído que el mundo no es lo que parece, que ciertas llamas lo han incendiado antes de que existiera la palabra “pecado”. Los miembros del Culto, aseguró, preservan rituales atávicos que seducen a la carne y al alma hasta el punto de descomposición y renacimiento. Cuando embriaguez ceremoniosa contiene la chispa de una chispa anterior a todo dios, lo imposible se arrastra por nuestras venas más viejas. Me reí, claro está; el intelecto entrenado se crece ante tales tonterías, pero la risa murió cuando hube soñado tres veces la figura amorfa, negra y viscosa, surgiendo alzándose titánica entre gemidos polifónicos en la caverna que la sabiduría popular simplemente llama: “La Sima”.
Hay rincones de Massachusetts que ni los mapaches frecuentan, y allí, entre helechos pútridos y cenizas de hogueras primigenias, me perdí una tarde tratando de encontrar la entrada descrita en un cuaderno polvoriento, con la valentía propia de un sonámbulo. La noche se precipitó muy pronto. El atardecer era una longitud indescifrable de frontera, y la bruma, un fenómeno insidioso, comenzó a pestilenciar el aire justo cuando creí distinguir el monolito de piedra caliza negra que el texto mencionaba: “donde el limo ‘ut’il asciende, el guardián olvidado acecha, y el Fuego Verde busca testigos”.
Un hedor a amoníaco y materia orgánica en descomposición golpeó mis sentidos incluso antes de entrar en la sima. La piedra, negra y húmeda, estaba cubierta de un musgo luminiscente cuyo resplandor esmeralda, tenue y maligno, iluminaba sombras que parecía cambiar de forma. Crucé el umbral con cautela, sabiendo que me desviaba de la cordura. Cada paso reverberaba sobre una historia no humana.
En el silencio de aquel descenso, sólo los suspiros del viento retumbaban, y cerca del fondo, comenzaba a sentirse el rumor de algo fluyendo, muy distinto a cualquier río conocido, viscoso, sordo, como la sangre de un gigante muerto. Avancé y reconocí los símbolos tallados en la roca. Era inconfundible el círculo con triángulos invertidos y la estrella herida, todos embadurnados con algún lodo phosphorescente. Era una señal del culto, una puerta, tal vez. El hedor era tan fuerte que me mareaba.
En ese instante apareció la primera visión: una hoguera ritual encendida por figuras encapuchadas, con la llama de un verde antinatural que de alguna forma devoraba la propia oscuridad, y el eco de un canto que parecía anular las leyes de la música y del raciocinio. Recordé de los textos que no es el propio fuego lo que adoran, sino lo que emerge de él, lo que ES el fuego cuando ya no es llama ni es materia, un ente primordial que busca ser convocado, invocado, traído a este plano a través del linaje titubeante del miedo y la obediencia.
Me acerqué al círculo y la llama pareció intensificarse de pronto: me vi bañado en una luz letal, que oscurecía los contornos del mundo, y de entre los resplandores, cuando el canto alcanzó su clímax, la realidad del Shoggoth se manifestó.
La criatura era el resumen y la refutación de todo lo que es la carne. Su cuerpo consistente en burbujas, pseudópodos, células translúcidas y ojos que surgían y desaparecían, emergió como una masa gigantesca, informe, que se desplazaba por el suelo de la sima dejando tras de sí un surco pestilente y una visión imposible, como si hubiese surgido de la digestión inacabada de la tierra misma. A su alrededor, los hombres del Culto caían de rodillas, cantando hasta sangrar por la boca, aspirando el misterioso vapor del fuego y entregando su voluntad en una comunión horrible.
El Shoggoth emitía un zumbido, un rumor polifónico, un lenguaje sin palabras que se filtraba en mis sentidos arrastrando pensamientos incoherentes al abismo del miedo. Me resistía a mirar el vórtice de ojos fluctuantes, pero cada vez que apartaba la vista de la incandescencia, sentía la viscosidad negra apostarse en las rendijas de mi mente, seduciéndome con la promesa de una disolución final.
Fue entonces cuando entendí que la luz verde era sólo la máscara: su verdadero propósito era reunir la suficiente vitalidad humana para alimentar su transmutación. Entre cánticos de los acólitos, la criatura se despojaba de cada fragmento de humanidad condensada en el miedo de los observadores, digiriendo el terror, disolviendo siglos de tabúes en el momento presente.
Mi instinto de conservación me instó a huir, pero en aquellos instantes estaba encadenado a la escena por el horror reverencial que sólo los débiles y los sabios conocen. Ellos—los fieles del fuego, sin distinción ya entre carne y limo—comenzaron a fundirse con el cuerpo del Shoggoth, absorbidos sin gritos, en silencio, uniendo su destino a la marea primordial, evaporándose hueso y médula en esa masa putrefacta y cambiante.
Vi que una vez dentro, la mente sobrevive. Lo supe porque algunos ojos dentro de la criatura lloraban, otros parecían pedir ayuda, y algunos me miraron directamente, suplicando, y en sus miradas vi una promesa: “ven, aquí ya no hay dolor, sólo lo inenarrable”. Era un pacto no pronunciado por ninguna lengua conocida. Aquello no era una muerte; era mudanza, transmigración, pero no hacia otra existencia sino otras dimensiones del sufrimiento y la comprensión.
El Fuego Verde, noté, ardía ahora más bajo. La criatura lamía el círculo con sus extremidades amorfas; el resplandor se filtraba en sus llagas y membranas. Entonces, comprendí el ciclo: se presentaría ante las llamas a intervalos definidos por los astros (un cálculo más allá de mi limitada comprensión), y en cada ocasión requería tributo orgánico y devoción para mantener su forma sobre la tierra. La misma tierra que recuerda haber sido engullida por estas entidades antes de los dinosaurios, antes incluso del fango donde se gestaron los primeros templos vivientes.
El horror llegó cuando la voz del Shoggoth invadió mi mente como una marea de cieno. Sin palabras, me ofreció una elección seductora y simultáneamente repelente: abjurar de mi individualidad y fundirme en él, o arriesgar la muerte y el olvido bajo el peso de un conocimiento que no podía sobrellevar. En los pliegues de su psique, sentí las memorias de civilizaciones subterráneas, horror y éxtasis de víctimas anteriores, el descenso de meteoros flamígeros, la creación de los fuegos verdes y el nacimiento de los Grandes Antiguos.
La tierra pareció inclinarse bajo mis pies, la piedra gimiendo por los caprichos de fuerzas que roen la raíz del ser mismo. Recé, imploré a los dioses olvidados de mi infancia, pero su silencio era absoluto frente a la devoción amoral que proclamaba el Culto. El fuego se extinguió en un estallido de humo pestilente y el círculo fue cubierto por la gelatina inmunda de la criatura, que, satisfecha, comenzó a retroceder a las profundidades de la sima, llevándose consigo a los fieles y un fragmento de mi propia razón.
No sé cómo logré salir. Recuerdo la alfombra viscosa amortiguando mis pasos, los ecos del cántico lejos, y el vaho tormentoso congelándome las sienes mientras escalaba. La luna llenaba de extraños fulgores el paisaje como si imitara la infernal luz verde del rito. Huí hasta que el alba deshizo las formas monstruosas de la noche y me encontré, maltrecho, de rodillas en una zanja ante la mirada recelosa de un pastizal.
Desde entonces, me acosan las visiones: contemplo, en la superficie del agua sucia, ojos que no deberían observar; palpo, bajo la tierra húmeda, una vibración líquida que no es de este mundo. Siento que mi sangre, en ocasiones, brilla con reflejos verdes bajo la piel. Sé que algo dentro de mí ya ha sido marcado; el fuego sigue vivo en mi pecho, una llama que no puedo apagar, y los sueños zumban: “Ven, el círculo se abrirá de nuevo, baja otro escalón, olvida tu nombre y sé carne nueva y eterna en el ciclo”.
He intentado advertir a otros, sin éxito. El temor que transmiten mis palabras provoca risas incómodas o gestos de irritación. Los pocos que creen, creen demasiado y buscan aquel Fuego como quien busca el fin de todos los dolores. Pero comprendo ahora el propósito de la narrativa, de las crónicas, del grito solitario en la oscuridad: advertir no a los que ya han sido elegidos, sino a los que aún pueden huir.
Habrá otra ceremonia. Habrá más tributos, más miembros del Culto del Fuego Verde. El Shoggoth espera, la tierra tiembla y las luces extrañas tornarán a bailar en la sima devorada. Nadie podrá decir que no fue advertido: he intentado, con mi escasa cordura, dejar constancia de este horror. Antes de que mi carne deje de ser mi carne, antes de que el Fuego Verde devore lo que resta de mí, he escrito—y suplico a quien lea—que no descienda a los lugares donde lo informe acecha. Porque en la frontera final entre el hombre y la abominación, hay nombres antiguos que aún aguardan. Y la más terrible de todas las promesas es la de la carne devorada por el verbo, la carne ansiosa de eternidad, la carne del Shoggoth iluminada, una vez más, por el resplandor malsano de la llama verde.
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