Jamás debí aceptar la invitación de mi primo Charles. A él, la vida de la ciudad le resultaba asmática, preñada de humos y aburrimiento. Para él, el retiro en la vieja mansión de los Whateley, adquirida a precio de saldo tras el desmoronamiento del linaje, era todo lo que necesitaba: aire puro, noches de quietud, y soledad. Yo, sin embargo, he sido toda mi vida un hombre de costumbres; y la idea de pasar más de un par de días rodeado de la hosca naturaleza de la campiña de Arkham me llenaba de una insensata repulsión. Pero lo hice, atraído por el murmuro tentador de los ancestros, y tal vez por una corriente subterránea aún más funesta, que sólo he logrado entrever tras la experiencia que aquí relato.
La tarde que llegué, el cielo parecía colgar bajo, abombado por nubes grises y una humedad ominosa. Los bosques, encrespados y enmohecidos, se mecían bajo un viento que apenas era más que un suspiro. Charles me recibió con una sonrisa tensa en sus labios. No le había visto así en la universidad; la ciudad le fatigaba, pero aquí parecía poseído por una energía inquietante. Recuerdo que sus ojos — ojos de la misma sangre, pero ahora animados por una luz extranjera — me miraban como si esperasen algo de mí.
La casa de los Whateley estaba en ruinas, sí, pero el comedor, el estudio y las habitaciones contiguas seguían intactas; nichos fósiles de una era que ya no existía. El primer crepúsculo lo pasamos en silencio, bebiendo de una botella de licor que Charles había destapado solemnemente. No hablamos mucho, salvo vagos comentarios sobre la mansión y la maleza que amenazaba tragársela. Cuando me condujo por los pasillos, apestados por la humedad añeja y la podredumbre, me detuve a observar las paredes, saturadas de símbolos repugnantes — glifos que, si bien parecían simples arabescos a ojos superficiales, de cerca inquietaban el alma: cuernos que se retorcían sobre sí mismos, úlceras que manaban púas. No recordaba estos motivos en los recuerdos infantiles de visitas pasadas.
Fue esa noche, al escuchar el rumor cadencioso de ramas arremolinadas por el viento, que Charles me habló de El Bosque y de lo que se ocultaba en sus entrañas.
—Hay algo allí, —susurró— algo que antiguamente los Whittemore y los Marsh veneraban junto a los Whateley. No es cosa de superstición vulgar. Hay una fuerza bajo el follaje, y las aldeas que antaño prosperaron a la sombra de estos árboles aún susurran, en la penumbra, plegarias enigmáticas.
Le quise reprender, decirle que no debía inquietarse, pero la mirada en sus ojos —fija, distante— me frenó. Puse mi mano sobre la suya, y sentí su pulso alterado, rítmico, como una llamada lejana.
Aquella noche soñé con bosques enloquecidos, con troncos que se retorcían como miembros convulsos, con un vaho negro que ascendía a través del suelo absorbente y penetraba mis pies, manchándome de una miopía viscosa. Los sueños me condujeron a un claro donde el cielo estaba tachonado de estrellas anómalas, y unas figuras bermejas danzaban al borde de lo humano, corpulentas y resbalosas; en el centro, una sombra informe latía y exudaba un chorro de leche oscura que nutría la maleza.
Desperté bañado en sudor. El reloj marcaba la hora más negra de la noche. De algún punto del bosque, llegaba un balido: largo, estirado, como si la garganta que lo producía no tuviera forma definida. Cerré los ojos en vano, sacudido por el terror y la irrefrenable fascinación.
A la mañana siguiente, Charles me invitó a caminar. No pude negarme. El aire, aún saturado de humedad, olía a musgo y hojas podridas. Caminamos en silencio, adentrándonos hacia donde las sombras de los robles y olmos se entretejían. Mis pasos crujían, pero los suyos no; se deslizaba como si conociera la senda de memoria.
Tras media hora llegamos a un claro invadido por extrañas esculturas de madera. Eran fetiches, toscamente tallados, aunque algunos, por su simetría imposible, parecían moldeados por dedos ajenos a la sangre humana. Había piedras dispuestas en círculo, y sobre ellas, líquenes que palpitaban como carne viva. De algún modo supe, allí, que este lugar había presenciado cosas que no eran para ojos humanos.
Charles murmuraba entre dientes palabras inarticuladas. Sentí hervir la sangre. Me gire para recordarle la promesa hecha a mi tía de que no participaríamos en rituales locales, pero la voz se me heló en la garganta. Detrás de uno de los robles, algo se movía. No era un animal, no era un hombre. Su silueta era como la de un ciervo, pero sin huesos fijos, compuesta de marañas de carne que se estiraban, hinchándose y desinflándose. Tenía varios ojos, como brasas ahogadas, y de su interior emanaba una leche negruzca que goteara al musgo.
—No mires —musitó Charles, pero la compulsión de observar era más fuerte que mis propias convicciones—. Es ella... la negra cabra de los bosques, madre de los mil vástagos.
Sentí que algo se desplegaba en lo profundo de mis entrañas, un conocimiento innombrable. Recordé entonces, como si la memoria no fuera mía, aldeas de delirios y sacrificios, noches en que los hombres y animales se confundían, y la cabra, siempre fértil, nutría con su esperma corrupto a la madera y la piedra.
El ser desapareció, replegándose, pero dejó tras de sí un hedor persistente. Retornamos a la mansión sin hablar, y esa noche no hubo sueños — sólo un vacío negro, un intervalo en que mi conciencia pareció balancearse en la cuerda raída de la locura.
Con los días, Charles cambió. Sus gestos eran más inquietos, sus pupilas parecían dilatadas permanentemente, y los vellos de sus brazos erizaban espontáneamente. Me confesó que había encontrado, en los archivos de la mansión, un libro: un grimorio encuadernado en piel prieta y salpicada de cicatrices, escrito en una lengua de la que nadie había oído fuera de esas tierras. El volumen tenía el sello de los antiguos, y hablaba de pactos, ofrendas, y puertas devoradas por raíces.
Torpe y enceguecido por el afán de comprender el veneno que ya recorría nuestras venas, accedí a leerlo. Cada página lanzaba sobre mi espíritu una sombra más densa. No eran palabras; eran agujeros abiertos por la letra misma, perforando las paredes frágiles de la razón. Y entonces, lo leí:
“Y cuando el cielo se retuerza en penumbras, la leche de la Madre correrá por la herida de la tierra, y los portales se abrirán al país de los que reptan, los antiguos hijos de nombres bifurcados: de Mlandoth, retorcido en las raíces, y de Shub-Niggurath, la paridora. Turbios serán los hijos, y su carne entretejida de bosque y de fiebre.”
La lectura destrozó algo en mi interior. No sólo conjeturé una conexión entre ese ente, Shub-Niggurath, y algo aún más terrible: el nombre de Mlandoth, que el texto asociaba a los nervios mismos del cosmos, los tendones contorsionados que mantienen separadas las esferas del ser y el no-ser.
Me alejé de Charles. Su voz se fue volviendo lejana y grave, como si pronunciara las palabras a través de una boca desdoblada. En las noches, nuevos balidos retumbaban; a veces veía sombras, vastas y grotescas, escurrirse bajo las ramas próximas a la mansión, y la maleza se agitaba incluso en la más imperturbable calma.
El punto culminante llegó una noche de luna anémica. Charles no estaba en su habitación. Bajé, presa de la inquietud, al recibidor, y hallé huellas húmedas de barro y savia, como si algo recién nacido hubiese reptado cubierto de placenta y tierra. Seguí el rastro hasta el claro. El aire olía a azufre y leche podrida. Se oían balidos, decenas de ellos, risas que no eran de este mundo, y un ritmo sordo, como de tambor que palpitaba bajo la tierra.
Aprovechando una claridad mortecina, observé la ceremonia: Charles, desnudo, encaramado sobre una piedra, rodeado de siluetas cuyo género y especie no podría afirmar, elevaba los brazos y pronunciaba frases irrepetibles. Entre la multitud sobresalía Ella, la Madre: no podía mirarla de frente, pero sabía que era la misma entidad que vi antes, ahora hinchada hasta lo inconmensurable, alimentando a sus retoños de carne a través de heridas abiertas en sus costados. Los seres — algunos con cuernos, otros con protuberancias inhumanas — bebían, y muchos lloraban mientras lo hacían, como si la leche les calcinasen desde adentro.
Charles se arrodilló, y una de las criaturas, que tenía una cabeza similar a la de un macho cabrío y seis patas, se le acercó. Pude distinguir — aunque el conocimiento rompía toda lógica — que la criatura tenía los ojos de mi primo. Se arqueó, como mutilándose, y de uno de sus costados cayó una masa sanguinolenta, un ternero que respiraba con pulmones de pez. La madre, en todo su horror, rugió una nota baja y terrible, y las raíces bajo mis pies temblaron.
El horror fue tal que apenas recuerdo cómo escapé. Corrí desorientado entre la masa de bestias y hombres deformes hasta el lindero del bosque, por sendas que ahora parecían infinitas, torres erectas de sombra y putrefacción. La mansión estaba a oscuras. Me encerré en mi cuarto, tapando puertas y ventanas, y rogué a cualquier divinidad indiferente que el alba llegase pronto.
Cuando despuntó el día, Charles no volvió. Salí, armado de una navaja y de mi desesperación, a buscar el claro. Lo que hallé me hizo sospechar que el alba no había terminado con la pesadilla, sino que sólo la había recubierto con el tenue velo de la razón. No había rastro de los seres, pero en las piedras quedaban manchas de una sustancia viscosa, y el aire parecía vibrar todavía con mugidos lejanos. Intenté limpiar las huellas; fue inútil. Lo que había ocurrido no podía deshacerse.
La siguiente semana pasé encerrado, abrigado por la falsa seguridad de la civilización y el rechinar ensordecedor de mi mente torturada. Al regresarme por fin a la ciudad, la mansión quedó atrás como un tumor, supurando recuerdos y toxinas a través de las raíces que la conectaban con algo imposible.
El tiempo ha pasado. Escribo esto incapaz de suprimir los temblores que me recorren al caer la noche. En ocasiones, creo oír — a través del tránsito mortuorio de la ciudad — el eco monstruoso de los balidos, y en los sueños me visitan criaturas cuya carne parece entorchada con nervios de árboles primigenios. Mi primo nunca fue hallado, y la policía sólo encontró, sobre la hierba, la misma sustancia viscosa que ahora temo descubrir bajo mis propias uñas.
No sé qué relación articula aquel ente, Shub-Niggurath, con el nombre prohibido de Mlandoth, o si acaso son piezas de una raíz común, de una fecundidad impía que trasciende las barreras de la carne y la psique. Lo que sí sé es que, en los rincones más oscuros de la tierra y del tiempo, hay algo que se alimenta del pavor y del anhelo de los hombres. Si alguna vez has sentido que la noche crece hacia dentro, que tu sangre no te pertenece, o que las raíces se retuercen bajo tus pies al caminar en un bosque solitario, entonces me comprenderás — y tendrás, como yo, el deber de vivir con el peso de ese saber funesto, aguardando el día en que la Madre regrese, para reclamar a sus corderos extraviados.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.