Fragmento:
Durante años viví en la ciudad, entre el bullicio engañoso de sus luces y sordidez sucia de un anonimato impuesto. Un profesor de lenguas muertas, sin amigos, sin familia. Quizá por eso acepté con inusitada alegría la carta de Ambrose Trentham, colega de la juventud en la Universidad de Arkham y ahora encargado de una sociedad secreta y aristocrática en la ciudad costera de Kingsmouth. No era realmente una invitación, sino más bien un ruego que desbordaba una urgencia disfrazada tras un barniz de falsa cordialidad:
Duración: 09:21
El implacable curso de los días me ha hecho dudar una y otra vez de la honestidad de mi memoria, pero sé con certeza que los sucesos que a continuación relataré no pueden haber sido el fruto de ensoñaciones febriles o de la perniciosa acción de mi ya mermado carácter, minado por noches en vela y extraños sobresaltos. He de escribir antes de que aquello que ronda mis sueños, y a veces mis despertares, acabe borrando para siempre los últimos vestigios de lucidez que aún poseo. Tal vez, si alguien encuentra esto, no advertirá locura, sino la advertencia que yo hubiera deseado recibir.
Durante años viví en la ciudad, entre el bullicio engañoso de sus luces y sordidez sucia de un anonimato impuesto. Un profesor de lenguas muertas, sin amigos, sin familia. Quizá por eso acepté con inusitada alegría la carta de Ambrose Trentham, colega de la juventud en la Universidad de Arkham y ahora encargado de una sociedad secreta y aristocrática en la ciudad costera de Kingsmouth. No era realmente una invitación, sino más bien un ruego que desbordaba una urgencia disfrazada tras un barniz de falsa cordialidad:
“Estimado Douglas,
Has de venir cuanto antes. El estudio de los textos babilonios y las inscripciones de los caminos antiguos ha dado frutos. Hay cosas que sólo tú podrás descifrar a la luz de lo que aquí hemos descubierto. La noche es distinta en Kingsmouth, y ciertas puertas empiezan a abrirse.
Afectuosamente,
Ambrose”
Si por aquellos días había alguna superstición persistente en mi espíritu, era la que acompaña a los lugares solitarios donde habita el rumor del mar, los bosques constelados de lechuzas y huellas erráticas. Aun así, embalé mis escasos ropajes y tomé el tren nocturno hasta ese enclave perdido en la costa noreste, sabiendo que mucho de lo grotesco en los sueños suele hallar eco en la callada naturaleza.
Mi llegada fue silenciosa. Kingsmouth era un poblado de casas decrépitas, con tejados de pizarra y calles tortuosas. El aire olía a algas, y el rumor del oleaje competía con el tañir de campanas lejanas. La mansión Trentham, levantada en un promontorio, dominaba el pueblo como un vigía impío. Mi anfitrión me recibió de madrugada, ojeroso y alerta, con ese extraño brillo en la mirada de quien ha atisbado resquicios de otros mundos.
Me condujo al estudio, rebosante de libros y manuscritos. Los cuadros representaban paisajes oníricos: montañas que languidecían bajo lunas imposibles, ríos dorados, ciudades esfumadas y verdes llanuras donde danzaban figuras borrosas. Noté en todas ellas una común pesadumbre, como si al artista lo acechara la inminencia de algún portento de ultratumba.
Al principio, Ambrose habló poco. Me ofreció un whiskey ambarino y me pidió que hojease varios papiros. Eran reproducciones de tablas sumerias y grabados fenicios, animales de ocho extremidades y ojos múltiples, puertas trazadas en medio de la nada, flanqueadas por figuras desvaídas bajo estrellas apiladas en configuraciones nunca vistas. El más inquietante de todos era el llamado “Sendero del Nodrilo”, un pergamino que, según decía, había sido encontrado hacía semanas en una gruta marina durante la bajamar.
“La mayoría de estos símbolos”, explicó Ambrose con voz temblorosa, “no se corresponden con nada conocido. Pero hay repetidas referencias a umbrales y custodia… y a una entidad a la que los textos llaman Nyarlath, Guardián-Sacerdote, amo de las transiciones nocturnas.”
Recuerdo que me estremecí. Aquellas palabras se coronaban en mi mente con reminiscencias de relatos infantiles e insondables abismos. “¿Y qué has visto tú, Ambrose?, ¿qué te ha llevado a convocarme?”
Ambrose bajo la voz. Aquel hombre endurecido por el estudio y la soledad se desmoronó ante mí: “Existen ciertas noches, las llaman ‘noches dobles’, en las que la luna y las estrellas ondean y palidecen y los ladridos de los perros no cruzan los muros del sueño. En esas noches… aquí, en Kingsmouth, la gente sueña demasiado. Sueñan con vastas terrazas marinas, ciudades cuajadas de obeliscos, seres que caminan silenciosos bajo el escurridizo sol negro. Algunos no vuelven a despertar jamás. Otros despiertan… distintos. Yo mismo… siento que he traído algo conmigo.”
No creí en delirios. La certeza con la que me mostró el “Sendero del Nodrilo” —un mapa que indicaba trayectorias entre montes, casas y grutas—, me llevó a acompañarlo, a pesar del pavor, en la expedición que realizaríamos dos noches después. “La puerta debes verla tú”, afirmó. “Hay nombres antiguos tallados en la piedra, y tú sabrás descifrarlos.”
No diré que dormí bien. Las sombras de la mansión parecían exudar un frío propio, y en un par de ocasiones me pareció escuchar, desde el jardín exterior, una suerte de lamento prolongado que se confundía con el murmullo del mar. Soñé con un círculo de piedras hendidas en la arena, un círculo por el que alguien —o algo— asomaba sus tentáculos y su aliento de hielo.
A la noche siguiente, emprendimos el viaje por senderos apenas transitados. El aire traía olor a humedad y sal, y en la lejanía resonaban voces extrañas, como si multitudes inmateriales cantasen letanías en un idioma arrastrado por el viento. La luna, envuelta en nubes raudas, se ocultaba y reaparecía caprichosamente.
Avanzamos por una quebrada y descendimos hasta una cala. Allí, entre algas y lodo, una roca vertical mostraba signos inconfundibles: surcos y relieves que semejaban ojos, tentáculos y estrellas. Me arrodillé bajo la luz de una linterna temblorosa y empecé a leer. Era una lengua anterior a la babilonia, una suerte de proto-idioma enrevesado, sólo transmitido en sueños y pesadillas ancestrales.
Leí en voz baja:
“Nyarlath, oh Guardián de la Noche, abre el sendero entre los mundos
Donde la marea cruza el umbral
Y los dormidos caen en el abismo sin amanecer
Concede paso al Rey sin Rostro,
Para que renueve la vigilia perpetua.”
En cuanto terminé, el viento cesó brutalmente. Algo crujió en el interior de la roca. No era un simple eco del mar, sino la respiración de otro mundo al acecho, sediento y expectante.
Ambrose cayó de rodillas, como sometido a una fuerza inapelable. “¡No debiste…!” murmuró, y entonces, la puerta —pues era esto y nada más— comenzó a abrirse, como un cíclope mineral que mostraba una pupila abisal. Un resplandor violeta surgió de su interior, helando la sangre en mis venas. Vi por el rabillo del ojo movimientos, sombras pululantes, formas albinas reptando y retorciéndose en el umbral.
El tiempo se colapsó en un solo golpe. Sentí el peso de todos los sueños humanos y no humanos, el rumor de civilizaciones extintas y alaridos de cosas para las que la palabra “alma” jamás tuvo significado.
Ambrose fue arrastrado hacia adelante por un tentáculo amorfo, y pude ver, en ese último instante, que su rostro era ya el de un niño dormido en brazos de algo atrozmente materno. La roca gimió, el umbral titiló, y sólo la pulsión atávica de huir me permitió romper el contacto visual con el abismo.
Corrí, tropecé varias veces entre piedras y algas resbaladizas, mientras tras de mí el resplandor moribundo se apagaba y el murmullo del mar se elevaba para cubrir el grito más largo, más inhumano, más angustioso que jamás oí.
Recuerdo poco del retorno a la mansión. Al amanecer, todo Kingsmouth parecía ignorar lo sucedido. Nadie daba razón de Ambrose Trentham. La policía despachó mi historia como el delirio de un borracho. Nadie quiso mirar el círculo de piedras en la playa, ni las antiguas inscripciones. Sólo los perros del pueblo, inquietos, se negaron durante días a acercarse al lugar.
De vuelta en mi casa, intenté olvidar, mas la noche se empecinó en seguirme. Escribo ahora con la esperanza de purgar aquello que desde entonces me acecha. Sueño con la ciudad albina dominada por obeliscos imposibles, y veo una y otra vez la grieta por la que asoma la unción viscosa de Nyarlath, su voz deletreando mi nombre en una letanía de siglos.
Algunas cosas han cambiado en mí. A veces me descubro hablando en esa lengua impía, trazando símbolos en hojas que luego destruyo horrorizado. Me tiembla el pulso al mirar la luna, porque cada vez que la veo pienso que pronto ceñirá el mundo otra “noche doble”, y entonces las puertas arcanas se abrirán de nuevo para flechar la vigilia de los hombres y oscurecer para siempre el sol y la esperanza.
Exhorto a quien lea esto a mantenerse lejos de Kingsmouth y de todos los lugares donde piedras y sueños se mezclan. A no intentar descifrar lenguas olvidadas ni responder a las invitaciones de quienes exploran el reverso de la noche. No crean en portales ni en vigilantes benignos; tras la Puerta de la Noche sólo hay abismo y una vigilia eterna en la que ni la muerte concede el amable olvido.
Y si alguna vez sienten, en la superficie del sueño, esa presión viscosa y fría, ese susurro que promete ciudades resplandecientes y tronos de poder, sepan que no es la promesa de los dioses ni la virtud del genio, sino la llamada de aquellos que aguardan con paciencia y horror al otro lado del umbral, embriagados por la certeza de nuestro irremediable y definitivo despertar.
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