Portada del relato La llamada de las aguas abisales
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Fragmento:


«Lo encontré en una grieta durante la tormenta», explicó Osvaldo. «Escuché una voz saliendo de la caverna. Decía mi nombre». Sus ojos resplandecían con un brillo enfermizo, y su voz era crepitante. «Desde entonces, todas las noches, oigo el agua goteando… interminablemente. Y una vez vi algo... algo emergiendo, aquí, en la bodega».

Duración: 10:27

La llamada de las aguas abisales
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Texto de ajuste de pausa.

Las sombras descendían sobre la sierra de Plata cuando Gerald Harker llegó al caserón polvoriento. La lluvia tamborileaba sobre el toldo raído mientras, con el corazón apretado y la garganta seca, revisaba una vez más la oscura carta que lo había traído hasta este confín olvidado del continente sudamericano. Su remitente era Osvaldo Salinas, un viejo amigo cuyo juicio por lo oculto Harker siempre había puesto en duda… hasta que recibió este mismo papel, no sellado con ningún marchamo postal reconocible, sino cubierto de figuras que helaban la sangre.

«Ven. Es urgente. Trae lo que poseemos —decía el mensaje, temblando en su tono—. Me vigilan. Escucho cosas por la noche. Tengo miedo».

No mencionaba el objeto de su búsqueda, ni los detalles de los ruidos que atormentaban a Salinas, pero en las últimas líneas, como garabateadas por una mano temblorosa, Harker juraría que leía las palabras del Necronomicón entre líneas, aunque jamás se atrevió a imaginarlas en voz alta.

La sierra de Plata era inhóspita, exudaba una omnipresente sensación de opresión. Los lugareños evitaban hablar del caserón, y cuando Harker preguntaba por Osvaldo, cruzaban los dedos, mascullaban plegarias y se alejaban. Solo una anciana en cuyo rostro el tiempo y la gravedad parecían haber sido aliados le dijo, con voz susurrante: «Aquí ya no vive ningún Osvaldo. Lo que cuida esa casa solo se parece a él cuando hay luna nueva».

El caserón era un mausoleo de oscuridad, sus muros roídos por la humedad, las ventanas llenas de telarañas, y un olor agrio provenía de la bodega bajo el piso. Al entrar, Harker sintió que los cimientos enteros temblaban, o quizás era su corazón, ansioso ante cada eco. La carta de Osvaldo pedía que no encendiera luces, así que caminó a tientas, guiado apenas por la pálida luz que se colaba entre las nubes.

Se encontró con su amigo sentado en la penumbra de la biblioteca, los ojos hundidos y la piel pegada al cráneo como un sudario. Osvaldo se sobresaltó al verlo, avanzando con pasos arrastrados sobre la polvorienta alfombra. «Debo mostrarte algo», murmuró, y sus dedos huesudos lo llevaron hacia el sótano, descendiendo por escalones húmedos y resbaladizos. El aire allí abajo era rancio, y cada inhalación tenía un regusto a moho y cosas vivas que nunca deberían haber existido.

En el centro de la bodega había una mesa cubierta por un lienzo empapado. Osvaldo descubrió con un tirón su contenido: una figura tosca, labrada en piedra oscura como el abismo, que parecía absorber incluso la débil luz del ambiente. Era una criatura imposible, con alas membranosas y tentáculos en vez de rostro. El eco de un idioma que no era de la tierra parecía vibrar en el aire, como si la mera presencia del ídolo invocara un zumbido interior en los pensamientos de Harker.

«Lo encontré en una grieta durante la tormenta», explicó Osvaldo. «Escuché una voz saliendo de la caverna. Decía mi nombre». Sus ojos resplandecían con un brillo enfermizo, y su voz era crepitante. «Desde entonces, todas las noches, oigo el agua goteando… interminablemente. Y una vez vi algo... algo emergiendo, aquí, en la bodega».

Harker sintió lástima y miedo por su amigo, pero no pudo desviar la vista del ídolo. El impulso de tocarlo, de pasar los dedos por las rugosidades de aquella escultura blasfema, era irresistible. Cuando lo hizo, una sacudida lo atravesó. El sótano perdió sus contornos, y durante un instante, vio el océano, un abismo estrellado salpicado de escombros ciclópeos, con sombras acechando bajo olas de locura. Fue solo un latido, pero supo que una puerta se había abierto en su mente.

«Algunos días, se arrastran desde abajo —susurró Osvaldo, las manos crispadas sobre sus rodillas—. Congregados en la oscuridad, cantando… Hay un pozo en la cueva, más allá de la grieta. Quieren salir. Quieren que alguien los llame por su verdadero nombre».

La última palabra apenas fue entendible. Harker se dio cuenta de que temblaba sin poder evitarlo. Entendió que Osvaldo no estaba solo en el caserón, ni en sí mismo.

Esa noche, decidió quedarse para vigilar a su amigo. Se sentó junto a la lámpara de queroseno, manteniendo el ídolo envuelto y su mente fija en pensamientos racionales, aunque la impresión inquieta de ojos invisibles fijos en la espalda nunca lo abandonó. Poco después de la medianoche, Osvaldo comenzó a hablar dormido, pero lánguidamente, como si repitiese una letanía ancestral: «Ph’nglui mglw’nafh…». Harker sintió vértigo; la frase, del libro maldito de Alhazred, era una invitación preñada de horror.

Los golpes en el subsuelo, sordos y acompasados, se hicieron más audibles. El aire en la bodega vibró, y una humedad salada ascendió desde lo profundo de la casa. Gerald tuvo la impresión de que las paredes se hinchaban, latiendo al unísono con un corazón monstruoso y milenario. Algo, bajo el caserón, se movía, y el silencio denso del lugar se llenaba de presencias que no podían verse, sólo presagiarse.

El temblor arreciaba y, sin pensarlo, Harker bajó la mirada hacia la rendija entre las tablas del piso: allí, donde la penumbra lo devoraba todo, pareció distinguir formas ambulantes, cuerpos amorfos y reptantes, tentáculos viscosos que emergían de la piedra húmeda, avanzando apenas perceptibles, como lamidos de una marea inevitable.

Acudió el miedo primitivo e irrefrenable: huir, escapar de la casa y del terror que bullía bajo sus vigas. Pensó en las advertencias de los lugareños, en la costumbre de no mirar hacia el caserón cuando caía la noche. Pensó en Osvaldo, que ahora gemía palabras ininteligibles, como si hablara con alguien que sólo él podía ver.

De repente, Osvaldo se incorporó violentamente y se dirigió, sonámbulo, hacia la puerta de la bodega. Harker intentó detenerlo, pero la fuerza de su amigo era sobrehumana, como si otro ser anidara en sus músculos. Osvaldo descendió, y Gerald se vio forzado a seguirlo, incapaz de dejarlo solo en ese trance infernal.

La bodega estaba más fría que nunca. La figura del ídolo había caído al suelo y desde su superficie exudaba un brillo húmedo, aceitoso, como la piel de un pez monstruoso arrojado por la tempestad. Osvaldo se arrodilló ante el ídolo y comenzó a cantar en una lengua ancestral, arrastrando cada sílaba como si fueran piedras antiguas. El pozo en el rincón de la bodega despedía un vaho nauseabundo y, desde su interior, algo comenzó a asomarse: primero unos tentáculos esmerilados, luego un ojo abisal, sin párpado ni pestañas, que miró directamente a Gerald.

La locura deseó arrasar su mente, pero Harker resistió como pudo, recordando un fragmento de un salmo en latín, articulando mentalmente palabras de exorcismo inconexas. El ambiente se ennegreció a su alrededor; la realidad pareció resquebrajarse en jirones, dejando escapar enredaderas de una negrura imposible.

En ese momento, Osvaldo se volvió. Su rostro era un mapa de canales, las venas hinchadas y los labios azules. «Ya no soy yo», habló con voz doble, múltiple, como si otros cientos reclamaran el uso de su garganta. «He abierto el camino del agua negra. Que los dioses de la profundidad entren en el mundo».

El ídolo, en el suelo, pulsaba como un corazón vivo. El pozo regurgitó una masa informe, repleta de apéndices y bocas que susurraban en coros atroces. Harker sintió que algo dentro de él cedía, como si su propia alma fuese extraída con pinzas, como si la llamada desde abismos innombrables respondiese directamente a su propio instinto de supervivencia. Supo que ninguna deidad terrenal podría ayudarlo: los nombres que había aprendido en la infancia, los credos y rituales, eran polvo frente a eso que se levantaba desde la caverna.

Desesperado, comprendió que debía romper el ídolo. Se lanzó sobre la figura viscosa, notando cómo un feroz sabor a sal y óxido lo invadía. Dejó caer todo su peso sobre la estatua, la levantó y, con un grito bestial, la lanzó contra la piedra del pozo.

Al estrellarse, el ídolo emitió un chillido atávico. La cosa en el pozo se desplomó, desmoronándose en tropel de miembros azules y ventosos. Osvaldo aulló; la voz múltiple fue cortada al instante, y su cuerpo rígido cayó.

Harker quiso salir corriendo, pero descubrió que el sótano temblaba. La grieta de la que habló Osvaldo se abrió al costado del pozo y, por un instante, Gerald miró hacia abajo: lo que vio arruinó para siempre lo que le quedaba de cordura. Ciudades ciclópeas, construidas en espiral, donde criaturas mitad pez, mitad hombre, surcaban templos ahogados. Estatuas de colosales proporciones eran adoradas por seres impensables, y los mares de la locura rugían sobre calles enloquecidas.

«No puedo quedarme aquí», pensó con la poca razón que mantenía. Subió la escalera, cargando a su amigo inconsciente, y salió bajo la tormenta, cubierto de miasmas y barro. No volvería nunca a ese lugar. Ni permitiría que nadie se acercara al caserón.

*

Han pasado años desde entonces. Gerald Harker habita ahora la frontera borrosa entre la vigilia y la demencia. Osvaldo no sobrevivió mucho tras el incidente: su cuerpo se fue consumiendo como una vela envenenada, hasta que, una noche, desapareció sin dejar rastro, desvaneciéndose como si se lo hubiera tragado la lluvia o la misma tierra. Gerald arrojó los fragmentos del ídolo al río de la sierra, rezando con lágrimas de desesperación, pero cada crepúsculo, al cerrar los ojos, oye el goteo de las profundidades y el susurro viscoso de aquello que aguarda bajo el manto de la realidad.

Y, cuando el viento sopla desde el sur, lleva en sus entrañas la sal del océano y un rumor: «Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn». Gerald sabe lo que eso significa: que la puerta alguna vez abierta ya nunca puede volver a cerrarse del todo. Que, en los abismos, los dioses antiguos aguardan. Y algún día, alguien —cualquiera de nosotros— volverá a escuchar la llamada y descenderá, irremediablemente, hacia la locura.

Porque lo que Habita Bajo la Montaña jamás duerme. Solo espera.

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