Portada del relato Los Carroñeros del Vacío
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Fragmento:


El polvo, arrastrado por un viento frío, iba apilándose en las sinuosidades de las viejas losas. La gran ciudad de Iram era solo un cúmulo de ruinas ocultas bajo la fina penumbra que la luna otoñal vertía aquella noche sobre las tierras malditas de Rub al-Khali. Pero en una esquina muy concreta de las ruinas, donde aún se alzaban tres arcos ciclópeos y las columnas mostraban grabados que el tiempo no había borrado, un grupo de figuras envueltas en túnicas negras murmuraba en la lengua de los sueños rotos.

Duración: 10:01

Los Carroñeros del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

El polvo, arrastrado por un viento frío, iba apilándose en las sinuosidades de las viejas losas. La gran ciudad de Iram era solo un cúmulo de ruinas ocultas bajo la fina penumbra que la luna otoñal vertía aquella noche sobre las tierras malditas de Rub al-Khali. Pero en una esquina muy concreta de las ruinas, donde aún se alzaban tres arcos ciclópeos y las columnas mostraban grabados que el tiempo no había borrado, un grupo de figuras envueltas en túnicas negras murmuraba en la lengua de los sueños rotos.

Mi nombre es father Marcus D’Ebron, y juro por el trono de Dios que cada línea que aquí escribo responde a la verdad, pues lo que he visto es demasiado atroz para ser consignado como ficción. No me creo sabio ni astrónomo ni sacerdote de culturas extintas; soy solo un investigador de lo oculto y lo proscrito. Por eso, si os cuento lo que sucedió esa noche bajo la lunación trémula de octubre, es porque desoigo la prudencia y me resigno a morir del modo más horrible antes que guardar silencio sobre lo que, desde entonces, acecha mi vida.

Todo comenzó hace semanas, cuando recibí la carta del doctor Alhazred—un paquete pesado con olor rancio, sellado con lacre y repleto de caracteres semíticos distorsionados, y un mapa. “Ven a las ruinas de Iram, bajo la luna nueva”, rezaba la misiva, “pues las estrellas adoptan posición insólita y las sombras de la Gran Nada se alargan hacia nosotros. He confirmado el rito de invocación que los antiguos yazidíes describieron en la Pérdida Epístola de los Namtaru. Esta será tu mayor oportunidad. Pero has de venir en silencio, y armado de coraje, padre Marcus”.

La noche en que crucé las dunas, la arena dolía como acero helado bajo la suela de mis botas. La soledad se sentía diferente, como si en medio de ese desierto pasajero no estuviese realmente solo; había alguien o algo más, fuera del alcance de mis sentidos ordinarios, vigilando, atento—a la espera de algún permiso, de cierta llave. Atravesé el zaguán de los arcos y me adentré por la columna central, donde hallé al doctor Alhazred y su séquito. Sentí de inmediato un odio irracional ante aquellos seguidores famélicos y ansiosos convertidos en una sola sombra palpitante; bajo las túnicas, sólo el vacío de quienes desean morir para servir a fuerzas que trascienden la comprensión humana.

El doctor era inconfundible; la calvicie, simulada bajo un fez lleno de grasa, y los ojos pequeños, rojizos como sangre seca. “Bienvenido”, me dijo con voz que reverberaba como si saliera de un pozo, “tú también has oído su llamada”.

No supe qué contestar; el aire apestaba a resinas carbonizadas y sudor de camello viejo, pero lo que de verdad impregnaba el ambiente era ese flujo invisible que se filtra por las grietas del mundo y deja a todos los mortales indefensos. “¿Están listos los preparativos?” pregunté.

Su respuesta me fue dada a través de un gesto: Alhazred levantó una tabla de basalto cubierta de runas, y todos los demás—hombres y mujeres con los rostros embadurnados de hollín—entregaron gotas de sangre en una copa de bronce. Fruncí el ceño, sintiéndome invadido por una ola de náusea frente a ese acto sacrílego, pero permanecí firme: había entregado mi alma a la investigación, y ya no me pertenecía.

El ritual comenzó entre rezos que entrelazaban el árabe y el akkadiano arcaico, y columnas de incienso que elevaban figuras fantasmales allá donde el techo había sido devorado por siglos de desgaste. Varias mujeres sacaron cálices de hueso y empezaron a entonar una letanía que, según supe después, era una invocación a los Devoradores de Luz, seres conocidos como byakhees en la lengua de los grimorios interdichos. Reconocí algunos fragmentos de lo que decían, aunque sus vocablos chirriantes, guturales, y plagados de sílabas truncadas, se entremezclaban con risotadas demente.

A medianoche, el cielo se oscureció aún más, aunque la luna llena seguía ahí, ignorante de nuestro horror. La arena, que antes danzaba ligera, comenzó a aglutinarse en formas extrañas; se curvaba como si fuera atraída hacia arriba, repeliendo la gravedad. Hombres y mujeres se arrodillaban, y yo—contra mi instinto de supervivencia—seguí sus pasos. No podía apartar la mirada del cielo.

Vi entonces aquello.

Las estrellas no brillaban: temblaban, se encogían, huían, palidecían como luces de barcos a la deriva en un océano de alquitrán. Una nube de puntos danzantes apareció al principio; al ir acentuándose los cánticos y elevarse las copas de sangre, la mancha celeste tomó forma. Era un enjambre de entidades colosales, animalescos y, sin embargo, envueltos en un hálito siniestro de pseudo-realidad. Imposible decidir si eran murciélagos gigantescos, insectos o bestias fúngicas; sus alas, membranosas y aceitosas, se movían en movimientos que hacían daño a la mente con solo intentar seguirlos. Tenían cuerpos híbridos, entre reptil, caballo y algo indecible—bocas llenas de ganchos, ojos jamas pensados para la luz de la existencia terrestre.

Todo tembló en las ruinas. Los que hasta entonces entonaban sus plegarias enloquecieron; uno de los acólitos comenzó a arrancarse la piel de los brazos; una mujer cayó de rodillas, haciendo crujir cada hueso de sus piernas, y empezó a gritar en una lengua nueva, tan primitiva que parecía anterior a la humanidad. “¡Han respondido!”, chilló Alhazred, cuya expresión se desfiguró en éxtasis.

Los byakhees descendieron: físicamente, torpeza batiente, quebrando la lógica al aterrizar sin peso, como si la gravedad sólo se aplicara a medias. El primero de ellos dejó caer su sombra sobre nuestra asamblea, y sentí un frío de muerte incluso bajo la calidez del desierto. El hedor que desprendían no era animal, ni terrestre: olía a vacío interestelar, a la soledad de galaxias muertas y polvo cósmico apilado en kilómetros de desesperación muda.

Uno de los seguidores de Alhazred, un joven corpulento, fue aferrado por una garra del tamaño de una pala de arado. Entre todos, sólo yo pude mantener la compostura para observar con detalle lo que sucedía: la criatura abrió una fauce lateral, llena de apéndices palpitantes, e introdujo la cabeza del desgraciado. No hubo gritos—solo un chasquido húmedo y el leve batir de alas como una burlona risa funeraria.

Después, otros byakhees descendieron. Solo puedo dar fe del pandemónium: las bestias consumiendo los cuerpos y almas de los que habían osado invocarlas, y los acólitos, presas de la locura, abriéndose las venas, arremetiendo unos contra otros sin saber a quién atacaban ni por qué. Alhazred apareció de pronto junto a mí, con la piel cubierta de sudor helado y temblor en la voz.

“¡Debemos irnos!” chilló, clavando los ojos en la piedra ante nosotros. “¡Han venido por todos! Su hambre es infinita…”

Intenté avanzar, pero el aire se sentía como plomo líquido. Un byakhee más pequeño—pero no menos abominable—me rozó la pierna, y sentí que el tiempo se desquebrajaba, que cada célula de mi cuerpo era arrancada de la realidad y lanzada a una oscuridad líquida. Pero conseguí arrastrarme tras Alhazred, dejando atrás sonidos de succión, el estrépito de garras y la sinfonía infernal de huesos en proceso de rompimiento.

Corrimos a través de los arcos, saliendo a la arena. Atrás, las ruinas ardían con una luz que no era luz, sino más bien un resplandor mental: líneas de energía, afiladas como cuchillas, que giraban en torno a los byakhees y sus presas. Mi mente apenas podía soportar el peso de todo aquello. Recé a un Dios que ya había abandonado ese lugar.

Alhazred se detuvo, desplomándose en la arena. Yo apenas logré tomar aire cuando algo surgió ante nosotros: un byakhee aún mayor, con una corona de apéndices gelatinosos y alas que, al batir, emitían chirridos que laceraban el espacio mismo. “No mires”, ordenó el doctor. Pero lo miré.

Vi, en ese instante, quiénes eran realmente: mensajeros del vacío, esclavos de fuerzas más antiguas que el polvo de estrellas. No comían carne; devoraban recuerdos, estructuras mentales, y todo lo que hace humano a un hombre. Alhazred se volvió hacia mí y, con horror, vi que sus ojos eran pozos abiertos hacia la negrura: ya no era él.

Aterrorizado, eché a correr, tropezando entre las dunas, con el ulular de los byakhees a mi espalda. Una garra de pesadilla rozó mi cabeza, arrancando un cabello. Sentí que parte de mi infancia, un momento en que mi madre me abrazaba, se desvanecía: el precio de sobrevivir. Crucé la frontera de lo profano y caí de bruces lejos del círculo infernal. Cuando miré atrás, todo había desaparecido: las ruinas, los seguidores, incluso Alhazred; sólo la arena y la luna llena, que me observaba en silencio.

He regresado a la civilización, pero sé que no es el final. Cada vez que alguna sombra cruza mi campo visual, creo ver la silueta de esas alas membranosas; el hedor del vacío me sugiere que los byakhees nunca se alejaron. De noche, cuando el insomnio me deja en la frontera de la vigilia, oigo los batir de sus alas, y cada vez siento que soy menos: los recuerdos, los sueños, la esencia misma de mi ser se va desmenuzando en sus fauces transdimensionales.

Mi vida, sé ahora, es su alimento.

Juro que, aunque destruya esta crónica, lo que he desencadenado quedará para siempre: no hay rito de apaciguamiento para las bestias del vacío. Ni siquiera el olvido proporciona refugio frente al constante banquete de los byakhees.

Por eso os advierto, con la voz ronca de quien ha perdido toda esperanza: olvidad las ruinas, rehuíd los cantos antiguos. No os acerquéis jamás cuando las estrellas tiemblen, porque hay cosas allá fuera que esperan sedientas la menor grieta en la realidad. Y el próximo en alimentar su hambre podríais ser vosotros.

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