Fragmento:
A las tres de la mañana, en la penumbra cavernosa de la estación Kelenföld, el mundo crujió levemente, como en un bostezo. Un violinista viejo, con un bonete desteñido, extraía melodías monocordes de su instrumento junto a las escaleras. Pocos viajeros, la mayoría ebrios o dormidos, se arrastraban por las plataformas. Yo tenía los nervios en carne viva; la última carta de Marta yacía arrugada en mi bolsillo – el último vestigio de cordura antes del descenso.
Duración: 11:18
Los trenes nocturnos de Budapest eran mis santuarios. Cuando las campanas de los relojes patriarcales resonaban a lo largo de la ribera del Danubio y los primos del sueño se adentraban en la ciudad, yo vagaba por los andenes vacíos y me sumergía en la música improbable de los rieles – rondós de acero y promesas de nuevos horizontes en medio de la niebla. Había algo en aquellas horas – una calidad de tiempo malformado, como si sólo de noche el mundo revelara el vértigo de sus grietas. Fue así, envuelto en el velo estancado de la inercia, cuando lo escuché por primera vez.
Jamás sabré si fue el primer paso o sólo una pausa más entre mis exilios. Quizá el horror ya me aguardaba, agazapado en los pliegues invisibles del tiempo… esperando la melodía incorrecta, la pregunta prohibida para colarse en mi realidad. Aquel lunes mi vida cambió, tajeada por la garra de una nota innombrable.
A las tres de la mañana, en la penumbra cavernosa de la estación Kelenföld, el mundo crujió levemente, como en un bostezo. Un violinista viejo, con un bonete desteñido, extraía melodías monocordes de su instrumento junto a las escaleras. Pocos viajeros, la mayoría ebrios o dormidos, se arrastraban por las plataformas. Yo tenía los nervios en carne viva; la última carta de Marta yacía arrugada en mi bolsillo – el último vestigio de cordura antes del descenso.
Me atrajo la música, pero no la reconocí. No era una canción húngara o gitana; era un zumbido laberíntico, como si las notas lucharan por existir en este mundo y no lo lograran del todo. Me senté y cerré los ojos. Hubo un breve instante de vértigo, una caída sin descenso.
Cuando los abrí, la estación seguía allí. Pero los ángulos no encajaban. Las sombras alargadas tintineaban con una vida propia, tiritando con cada nota. El violinista sonrió, enseñando los escasos dientes amarillentos, y la melodía se tornó aún más extraña, como una lengua olvidada que mi mente no podía traducir. Me di cuenta de que mi piel hormigueaba y la presión en las sienes aumentaba.
Me levanté, tambaleante, y el suelo vibró bajo mis pies. Era la música, sí, pero también… algo más. Un temblor remoto, una pulsación apenas perceptible que se colaba a través del suelo hacia mis huesos. Me volví hacia el violinista para pedirle que parase, que cambiara de canción… pero sus ojos no eran ojos. Tenía dos abismos en la cara, dos bocas hambrientas que devoraban la luz y arrojaban de vuelta algo más antiguo que el miedo.
Retrocedí a trompicones. La melodía se agudizó, se clavó en mi cráneo, y entonces, en un parpadeo que duró eones, vi: el andén ya no era andén, ni la ciudad era ciudad. Estaba en un torbellino de torsiones cósmicas, con galaxias retorcidas, luces goteando en la negrura… y en el centro, allí donde convergían todos los sentidos y carecían de sentido alguno, una sombra blanda, informe, un dios dormido.
Azathoth.
Así se nombraba en los renglones acurrucados de cierto libro prohibido, en los rincones mentalmente amputados de mis pesadillas de niñez. El núcleo ciego, la succión silenciosa en el corazón de todo, la forma sin forma.
Quise gritar pero no tenía garganta. Mi cuerpo era nada. Y entonces, la orquesta. Oh, la Orquesta Negra.
Miles, millones de seres feéricos, algunos semihumanos, otros indescriptiblemente extranjeros, giraban alrededor de la masa central. Tocaban harpas sin cuerdas, tambores hechos de carne y vértebras, trompetas de esqueleto y relámpago. No creaban realmente música, sino una cacofonía de ciclos y disonancias que mantenía a esa criatura soñando, dormida… y la mantenía lejana de la destrucción instantánea del cosmos.
En ese uróboro sonoro me descubrí convertido en un instrumento. Podía sentir mis nervios retorcerse, vibrar junto al pulso primordial del caos. Con cada nota, se deslizaba más cerca mi memoria del terror absoluto: Azathoth está ahí fuera, roncando en la madriguera del universo, y si despierta, nada – ni alma, ni rincón, ni concepto – sobrevivirá.
Me batía entre la música y el miedo cuando la visión se quebró. El violinista me rozó el hombro con su arco, descendiendo a una nota grave. Volví a Kelenföld, sudoroso, con lágrimas sangrando por un ojo. En la estación todo era normal: el eco de su melodía y el ulular distante de un tren próximo.
Huí. No supe cómo llegué a la pensión, ni cómo escalé la empinada escalera de madera hasta mi habitación. Cuando cerré la puerta, el aire era viciado y viejo, lleno de telarañas de música que resonaban tras mis párpados. Me sumergí, jadeante, en el sueño – pero ya no era sueño, sino caída.
Desperté varias horas después, presa del delirio. Trazos de la melodía oculta vibraban aún entre mis costillas – cada vez más fuerte, con una urgencia que rozaba lo insoportable. Intenté escribir, capturar esa nota maldita, tal vez al domesticarla podría arrancarla de mi cráneo. Pero las palabras se enredaban, se transformaban en garabatos y símbolos, diagramas interdimensionales imposibles que se retorcían como gusanos estoqueados en la página.
Esa noche volvieron los sueños. No eran sueños; eran fisuras, aperturas que permitían atisbar entre los engranajes de la realidad. Me vi rodeado de nuevos músicos, todos sin rostro, tocando sus instrumentos contra el vientre de un orbe palpitante que devoraba los mundos al ritmo de un tambor antimateria. Al despertar, mis oídos sangraban.
Decidí no regresar a Kelenföld. Pero La Canción me seguía. Me encontraba tarareando fragmentos de ella en los pasillos, en los tranvías, en los cafés que frecuentaba para olvidar. Había personas – pocos, pero los había – que al escuchar mis susurros palidecían y se alejaban. En sus miradas descubrí ecos del mismo abismo. No era el único.
Una noche, en un ruinoso bar cerca del mercado central, vi a una mujer desgreñada que se tapaba los oídos mientras yo entonaba de forma automática una de esas notas prohibidas. Se acercó, sus ojos enloquecidos y hundidos, y sin mediar palabra me clavó las uñas en la muñeca.
– ¿Dónde la escuchaste? ¿DÓNDE?
Me aparté, y ella gimió.
– No la cantes, por favor… Si la cantes…
No terminó. Se escabulló en la oscuridad, y cuando quise seguirla, había desaparecido como si se hubiera fundido con la negrura.
El putrefacto peso del miedo se alojó en mi pecho. Comencé a ver a otros como nosotros: gente inquieta, temerosa, sonámbulos recorriendo los puentes tras la medianoche, tarareando apenas, o golpeando mesas con dedos tamborileantes, marcando fórmulas musicales que ninguna humanidad debió componer.
Me convertí en espectro. Bajé la vista, rehuyendo los espejos, consciente de que algo se estaba incubando bajo mi carne. La melodía ganaba fuerza, y yo sentía que mi papel en la orquesta estaba a punto de comenzar. Empecé a ver rostros distorsionados en la multitud, membranas irisadas en los charcos bajo la lluvia, sinfonías monstruosas en el tráfico del atardecer. Perdía el control.
Una tarde, incapaz de soportar más, busqué ayuda. No del clero, ni de la ciencia: acudí a Imre Bodor, anticuario y médium de medio pelo, famoso por sus charlas de espiritismo y la colección de ropajes orientales. Me recibió rodeado del dulce hedor de las velas rancias y el sonido de un fonógrafo tocando composiciones de Bartók al revés.
Le confesé todo. Imre no se rio; empalideció, tembloroso.
– ¿Azathoth…? – murmuró, y se santiguó con torpeza.
Ni siquiera me miraba. Abrió un cajón y me alargó una gema negra, pulida pero opaca; “el sol de medianoche”.
– Llévala siempre contigo. Cuando la música vuelva, colócala bajo la lengua. No escucha, no siente, no reza… pero puede retrasar el final.
No pregunté más.
Funcionó, durante dos semanas. Cuando la melodía se filtraba en mi mente, cuando sentía a la orquesta reptando bajo la piel del mundo, la gema me anclaba al aquí y ahora. Pero era sólo una ralentización, un baluarte que caía más rápido cada noche.
La pesadilla final comenzó un martes, a las 2:48 de la madrugada, poco después de cerrar la persiana de mi cuarto. El aire se volvió sordo, como si las paredes se hubieran transformado en plomo. El golpeteo subterráneo se reanudó, esta vez acompañado de una vibración poderosa. Mi cama se volvió inconsistente, flotando entre dos realidades. Y allí estaba Azathoth.
Nadie puede describir aquello, ni siquiera yo ahora. La forma central era una parodia de toda simetría; palpitante, famélica, rodeada de filamentos brillantes arqueándose en torno suyo. Musikanten de carne, bocas sin labios, instrumentos de hueso y alarido sostenían el círculo, y todos girábamos alrededor, hilando lo único que evitaba la disolución instantánea del todo: el cántico del Caos.
Era parte del ritmo, del pulso atávico del universo. Cada nota era un mundo, cada silenciamiento era el olvido irrevocable de millones de raíces y sangres; cada vez que Azathoth respiraba en sueños, una galaxia colapsaba o nacía en su insensata ignorancia.
Me vi allí, sentado en el centro del círculo, con mi propio violín: nervioso, rechinante, cubierto de callos y ecos desvaídos. La música me inundó, y aunque luché, pronto descubrí el propósito: todos somos ecos y, al mismo tiempo, somos la partitura. Lo que teme el universo no es a Azathoth en sí, sino su despertar – ah, pero también su silencio.
La euforia del horror se apoderó de mí. Comprendí, con la terrible claridad del condenado, que cuanto más tarareamos la melodía, más la perpetuamos; y que cada vez que un cerebro humano la escucha, otro ciclo de sueños empieza – y la catástrofe queda, quizá, aplazada un suspiro más.
Cuando desperté al alba, sólo quedaba la impresión de un agujero – un vacío fluyendo en mi mente, como una cicatriz hecha de música. Miré la gema de Imre, ahora resquebrajada y opaca. Comprendí mi condena: sería, hasta mi muerte, un instrumento más en las manos de la orquesta negra de Azathoth.
Ahora vago, como una sombra, por los trenes y puentes nocturnos. Tocando para nadie notas que no existen en ninguna escala humana, previniendo sin querer el colapso de la realidad mientras dejo que el horror suba en crescendo. Otros escuchan, otros tiemblan, otros huyen. Pero nadie, ni Dios ni demonio, puede ahora detener la melodía. Sólo sé que, mientras el Caos sueñe, este interludio de carne y estrella continúa, y que cuando la música cese… ya no habrá nadie para contarlo.
Y si aún dudas, escucha. Escucha muy atentamente el zumbido en la noche. Si reconoces la melodía, oyes la vibración abisal bajo los rieles, el temblor detrás de los sueños, escapa. O únete a nosotros, pues la orquesta nunca deja de tocar.
Ni siquiera cuando el universo olvida bailar.
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