Portada del relato Las Puertas de Carcosa
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Fragmento:


La noche en que cruzamos la grieta tuve mi primer indicio de la extrañeza que le aguardaba a mi frágil razón. Hacía dos días que no veía otra cosa que arenisca y piel desgastada de rocas, pero bajo la luna gorda y enfermiza vi que la arena en torno a la grieta tenía un resplandor opalino, hiriente, como si hubiera absorbido radiación de algo que no es propiamente fuego. Marra me miró, ojos hundidos, y sin decir palabra sujetó mi brazo. Yo tiré de él, impulsado por la terquedad erudita que es peor que cualquier locura. Así, descendimos entre capas de piedra semifundida, hasta la depresión central.

Duración: 10:25

Las Puertas de Carcosa
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Texto de ajuste de pausa.

Hay lugares tan antiguos que cualquier palabra que trate de describirlos es un eco fatuo, resbalando sobre superficies jamás imaginadas por la razón. Así era Pnakotus, la ciudad de los Antiguos, y así la encontré en mi juicio anochecido, cuando mi búsqueda de conocimiento, y mi arrogancia incontenible, me llevaron a las ruinas en el corazón del gran desierto australiano.

La expedición había sido ardua; el aire, hostil, vibraba a veces con matices de notas incomprensibles, como si la propia atmósfera desagradara la presencia de seres humanos. Mi guía, el anciano binbinga llamado Marra, me había prevenido. “No es tierra para tus palabras,” murmuraba cada crepúsculo. Yo, sabiendo poco y entendiendo menos, lo único que atendí con rigor fue su advertencia de no pasar la grieta de las piedras vitrificadas al oeste del yacimiento, donde todo parecía antiguo y antinatural.

Pero mi propósito era sencillo y temerario. Tenía que probar la validez del manuscrito Mather-Anstruther, ese legajo infame que cierta vez se me ocurrió cotejar a la luz vacilante en la biblioteca de Sydney, el cual sugería que una de las entradas a Pnakotus –ciudad soñada, ciudad de imposibles– yacía bajo las arenas prohibidas. Donde la tierra misma burla a la lógica, allí yacería una entrada entre los restos de obsidiana, en un cráter que, según traducciones erráticas, existía desde “la octava pirámide del girar sidéreo.” Antes de que los árboles fueran verde o la luna húmeda.

La noche en que cruzamos la grieta tuve mi primer indicio de la extrañeza que le aguardaba a mi frágil razón. Hacía dos días que no veía otra cosa que arenisca y piel desgastada de rocas, pero bajo la luna gorda y enfermiza vi que la arena en torno a la grieta tenía un resplandor opalino, hiriente, como si hubiera absorbido radiación de algo que no es propiamente fuego. Marra me miró, ojos hundidos, y sin decir palabra sujetó mi brazo. Yo tiré de él, impulsado por la terquedad erudita que es peor que cualquier locura. Así, descendimos entre capas de piedra semifundida, hasta la depresión central.

Una losa aplastada por eones custodiaba la entrada. No debí leer la inscripción, pero lo hice: runas arcaicas, semejantes al rongorongo pero más antiguas, y en un idioma que ni siquiera Dyer o el mismísimo Lake habrían intentado traducir. Y sin embargo, una sensación, una vibración mineral en mi cráneo, me dio a entender su significado, de un modo sin palabras, como si la losa susurrara desde su abismo hacia los anales de la evolución: “Los que van y no vuelven, aquí sueñan con los caminos no hollados, y la memoria de Yog-Sothoth camina en círculos bajo el tiempo.”

La losa se movió con un susurro viscoso al empujarla. Debajo, un vacío circular del que escapó un aire tan antiguo que sus aromas eran imposibles: ozono, sal de hidrargirio, y un leve hedor a tiempo quemado. Allí, bajo la luz cegadora de la linterna, vimos el principio de una escalera de piedra tan pulida que resplandecía como mercurio al sol.

El descenso fue largo y medido. Cada peldaño era absurdo en tamaño y forma, como construido para pies sigilosos, cilíndricos, de proporciones grotescas. Marra rezaba en voz baja, una letanía traspasada de sílabas duras y líquidas que me impedían apartar la atención de su voz, hasta que, inevitable, la arquitectura lo venció también a él: caímos en el Salón de la Memoria Rota.

A veces creo que jamás soñé nada tan vasto. Columnas exuberantemente ornamentadas en fractales imposibles sostenían una bóveda salpicada de luz, aunque no había sol ni antorchas, solo un centelleo frío que emanaba de los cristales embebidos en las raíces pétreas de la bóveda. Parecía latir. Y en el centro del salón, como una blasfemia de museo astral, se agrupaban, esferas como relojes– pisos y mesetas de obsidiana y basalto talladas con altos relieves de formas no-mortales. Y fue allí donde la piedra, en apariencia inerte, comenzó a moverse.

Imágenes antediluvianas surgieron, no sólo ante mis ojos sino detrás de ellos, sub/evolucionando el sentido mismo de la percepción. Vi a los Antiguos, cónicas figuras de mil particularidades anatómicas, deslizarse, vibrar y registrar con tentáculos informes el documento de los eones: orbes de recuerdos, en los cuales flotaba la visión de Yog-Sothoth, exudando ramificaciones tentaculares a través de portales invisibles.

Mi corazón martilleaba entre excavar y huir. Yo sabía, en cada latido, que lo que veía era real y también imposible. De pronto sentí a Marra derrumbarse. Los acontecimientos posteriores, me temo, son una maraña de fragmentos –veo, sin ver del todo, protuberancias de aquel organismo ancestral, humanoides destilados en puro terror, arrastrando a alguien como él, que sí creía en la inefable sabiduría de apartar la mirada.

Volví en mí, tan solo atisbando el giro agónico de un compás que bailaba frente a mí en el centro de una bóveda cruzada. No podía dejar de mirar, pues cada vez que lo intentaba sentía que algo succionaba mi infraestructura consciente, como una marea de vacío. Entonces, la percepción cambió. La bóveda giró, abriéndose como un ojo. Las paredes mismas se convirtieron en película maleable, mostrando paisajes donde la historia no tenía sentido: océanos donde navegaban los Antiguos, cielos con estrellas negras, ciudades suspendidas en la nada, y, sobre todo, la manera en que Yog-Sothoth, ese nombre imposible, transitaba entre planos en un frenesí de llaves que no cierran y puertas que no protegen.

Asistí a la escritura de un Registro que no podía ni debía comprender: el Legado de Pnakotus. Vi cómo –mientras la ciudad era joven, anterior incluso a la luna de la Tierra– los Antiguos almacenaban la “información” sobre los ciclos de cosmos paralelos, todo lo que podía, y debía olvidarse. En el corazón de su metrópoli cristalina tallaban, en tubos de vidrio y piedra, la memoria de presencias externas, sobre todo del Insaciable, el que es la llave y la puerta.

Comencé a leer sin querer, como si no pudiera evitarlo. Cada palabra era una sensación hormigueante a mitad del paladar; un conocimiento que no se aprende, se incrusta. Supe entonces de la relación entre la ciudad y la criatura, cómo esta última era a la vez fuente y guardian de todo umbral, y cómo los Antiguos, a la postre, trataron de sellar sus relaciones: pero, en la ambición del eterno aprendizaje, cometieron un error.

Ese error fue Pnakotus. La construcción de la ciudad era, en sí misma, un acto de arrogancia: la pretensión insana de registrar, tallar, transcribir los nombres, atributos y tránsitos de Yog-Sothoth dentro de la materia, creyendo que, al fijarlo, podrían limitar su influencia. En vez de contenerlo, abrieron mil puertas entre cada átomo, y la ciudad entera resuena con ecos de cosas que no deberían haberse pronunciado jamás.

De pronto la bóveda vibró, y sentí la energía intensificarse. Vi el descenso de entidades que no eran ni físicas ni mentales; venían desde la ciudad de los sueños de los Antiguos, atraídas por la pulsación de mi consciencia. Me supieron extranjero, me supieron intruso. Y la piedra, el aire y mi carne comenzaron a bailar al ritmo de los fragmentos de memoria.

Oí entonces la voz de Marra, o lo que quedaba de él, brotando en un ulular que ya no era humano, advertencia y lamento a la vez. “La Puerta gira, la Memoria sangra, el tiempo regresa en circuitos.” Por un instante vi el destello de sus ojos, reflejados en los cristales de la bóveda, multiplicados hasta el infinito, y supe que él también era ahora parte del Registro.

Un pánico frío me forzó a la acción. Corrí, desandando mi descenso, pero las escaleras habían perdido dirección, cada peldaño conducía a una nueva sección de la ciudad. Me encontré ante corredores enteramente hechos de vidrio pulido, llenos de burbujas en las que nadaban recuerdos ajenos: civilizaciones no humanas, aullidos de planetas planetarizados, arquitecturas que retorcían no sólo el espacio sino la lógica interna del ser.

En cada bifurcación resonaba la voz de un millón de Marra, voces postreras de cuantos habían quedado atrapados entre los anillos, repitiendo historias para siempre. Los cristales absorbían palabras, pensamientos, y, sobre todo, esperanzas; cada vez que una esperanza moría, la ciudad se extendía una sala más, una memoria más.

Al fondo, un pilar central, supremo, resplandecía con una intensidad blanquecina. Supe, con la certeza de la locura venidera, que era el Obelos Mayor, el Registro definitivo. Todo cuanto había sido olvidado, o no debió ser jamás recordado, palpitaba allí. Me acerqué, maldito por la incapacidad de resistir, y extendí la mano para llamar al recuerdo de “afuera”, al deseo simple de despertar de la pesadilla. Sentí el tacto del cristal, y el mundo se plegó sobre sí.

Lo que vi desde entonces no lo he puesto en ninguna bitácora, y ni la pluma ni el lenguaje pueden abordar el pavor de esa revelación. Los Antiguos quisieron almacenar los secretos, y las puertas abiertas por el conocimiento sellaron su condena. Todo en Pnakotus estaba destinado a no ser jamás “cerrado”: ni las bóvedas, ni los registros, ni los pasadizos entre planos, y, sobre todo, la inagotable curiosidad de los que buscan, como yo, pervirtiendo los límites que la razón establece para la salud.

Desperté días después, solo, en la superficie rocosa, con las manos cubiertas de líneas sangrantes que imitan las runas vistas en la losa. Marra no estaba. Era, quizás, ahora parte del canto mineral que emanan los Obelos. En el aire flotaba un eco ligero, casi imperceptible, de esa melodía antediluviana. Cuando volví al campamento nada estaba igual, y lo poco que he logrado escribir aquí es más advertencia que documento.

Si alguna vez encuentran el camino a esa ciudad vitrificada, si alguna vez sienten la extraña pulsación bajo la arena, no cedan a la curiosidad. Pues Pnakotus conserva, indefinidamente, no solo los recuerdos, sino también a los que los recuerdan. Y si la memoria de Yog-Sothoth retorna en sueños, sepan que la puerta sigue girando. Que ninguna memoria puede ser sellada, y que algunas ciudades, algunos registros, nos prefieren olvidados.

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