Portada del relato El Custodio en la Cripta de Obsidiana
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Fragmento:


Las palabras se enroscaron en mi cabeza, en mis articulaciones, y sentí la funesta certeza de que no era mi cuerpo el que latía, sino una cosa prestada, usada y devuelta por turno. Hubo un temblor en la tierra, un susurro de raíces y caracolas rotas. Mi botella de sangre comenzó a vibrar con un calor malsano.

Duración: 10:38

El Custodio en la Cripta de Obsidiana
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Texto de ajuste de pausa.

Las lámparas tamizadas dispersaban una luz macilenta entre los bancos carcomidos de la iglesia de San Alón. Afuera, la tormenta gemía, hambrienta y cinegética, pero dentro sólo el hedor a papirocito mohoso y cera derretida se atrevían a perturbar el aire. Salvo, por supuesto, por nosotros: seis congregados de la Augusta Orden del Crisol Entintado, a la espera de nuestro anfitrión. Yo, Harold Mandon, había sido admitido apenas seis semanas atrás y el albor que me relamía por dentro aún silbaba como un silbato leve, nervioso. Cada uno de nosotros tenía en las manos un tomo encuadernado en negro, con un símbolo en relieve: cruz, estrella, luna, algo que no era forma.

Eloísa – alta, enjuta como calavera de cuervo, ojos pequeños y febricitantes – carraspeó, y el sonido rebotó mudamente bajo los arcos góticos. Era la más veterana. Nadie osaba dirigirle la palabra sin ser convocado. El silencio olía a mariscos podridos y a los secretos que se arrastran por debajo de la piel de un pueblo viejo.

Todos éramos devotos de lo oculto. O eso nos gustaba pensar. Pero esa noche sería distinta. Ian Foster, el Pastor Suplente, traería consigo las páginas perdidas que, según la leyenda de la Orden, fueron redactadas por las propias garras de Joachim Scholz, monje renegado, visionario y condenado. Rumores decían que esas páginas no podían ser leídas supersticiosamente a la luz diurna, bajo riesgo de una ceguera que mataba de adentro hacia afuera.

La puerta de la sacristía chirrió, y una sobria silueta se deslizó hasta el púlpito. Negro sobre negro, ni la barba rala ni el cráneo lampiño mitigaron la impresión de cuervo enfermo y sagaz. Era el Pastor.

—¿Todos han traído su sangre?—, preguntó en tono nasal. Asentimos, desplegando ante nosotros pequeños frasquitos de cristal con tapón de lacre rojo. Debía bastar para la rúbrica.

El Pastor lucía inquieto. —Esta vez, hermanos, no leeremos palabras triviales. Esta vez daremos un paso que no conoce regreso—. Abrió un estuche y desplegó unos folios manchados y lacios, enrollados sobre sí mismos como huesos podridos. El olor que manó era antiguo y mineral, como la oscuridad misma convertida en vapor.

El rito comenzó con la lectura en voz baja del Códice Maligno. Mientras las palabras arcaicas—tan viscosas que se pegaban al paladar—derramaban un silencio sinfónico y retorcido, noté que cada uno de nosotros se inclinaba hacía adelante, las pupilas dilatadas y los labios cada vez más grises. Me esforcé por enfocar las palabras, pero mis ojos sólo veían distorsión y oscuridad. Era como leer bajo el agua de un lago contaminado.

Algo se movió en el ángulo muerto del campo visual, donde los parpadeos de las velas bailaban estáticamente. Pensé que era la sombra del Pastor, pero se extendió más allá de él, desde los muros, deslizándose entre los vitrales como una lengua fofa. Sentí un golpe en la boca del estómago. Quise alzar la vista y preguntar, pero una mano de plomo me presionó la lengua contra el paladar.

La lectura prosiguió, y el Pastor comenzó a entonar versos que ya no eran idioma alguno. Un lamento gutural, quebradizo, que parecía emanar del subsuelo mismo. El aire se volvió denso como barro caliente. Eloísa miraba fijamente al centro de la cripta, como si escuchara algo demasiado repugnante para compartir. Sus labios susurraban algo en un dialecto de puro espanto.

Las palabras se enroscaron en mi cabeza, en mis articulaciones, y sentí la funesta certeza de que no era mi cuerpo el que latía, sino una cosa prestada, usada y devuelta por turno. Hubo un temblor en la tierra, un susurro de raíces y caracolas rotas. Mi botella de sangre comenzó a vibrar con un calor malsano.

El Pastor esparció la sangre sobre el manuscrito. Las páginas palidecieron y tomaron un tono nacarado. Sin embargo, la sangre no corrió como líquido: se arrastró. Ramificándose como pequeñas extremidades, recorrió los pliegues del papel hasta desaparecer entre las fibras.

—Ya nos escuchan— dijo Eloísa, con los ojos vaciados como si ya no viera con pupilas sino con recuerdos prestados. —Él despierta en la piedra, en la lengua, en nosotros—.

Afuera, la tormenta arremetía, pero dentro de la iglesia ahora era otra la lluvia la que caía: una lluvia interior, golpeteando suavemente sobre la techumbre de nuestra cordura. Un soplo helado me rozó la espalda, y sentí que alguien o algo me miraba desde el techo abovedado de la iglesia, en la confluencia de los nervios góticos.

Entonces apareció: primero como un borboteo entre las piedras del altar, una humedad que rezumó negra y espesa. Después, una forma baja y serpentiforme que emergía como un sargazo desde el abismo. Abandonada de razón y piedad, la figura avanzó, tambaleante, como si no estuviera gobernada por músculos ni tendones, sino por el miedo de los congregados. La sombra se revolvió hasta alzarse sobre nosotros como un perro deforme, y una boca se insinuó donde no debía haber boca, haciendo vibrar los vitrales con un murmullo pegajoso y antinatural.

—Mi… custodio…— susurró Eloísa, hundiéndose de rodillas, y todos, uno tras otro, la imitamos. Nadie pensó en huir. Las piernas no respondían, enceguecidas de pavor. El Pastor entonó un cántico, y el ente replicó con el mismo sonido repetido al revés, como si la iglesia hubiera tragado nuestro idioma y lo estuviera vomitando en una mueca grotesca.

Por un instante, creí que el monstruo se detendría ante Eloísa. Pero no había caridad en aquello. Su extremidad negra—tentáculo, lengua, apéndice de un dios supurante—acarició el rostro de la dama y lo absorbió, lento, pulcro: su piel se arrugó como papel de fumar, y se deshizo en una danza de polvo y ceniza. Un grito sofocado recorrió los bancos. Algo pegajoso resbaló de las paredes y caía sobre nosotros como sudor antiguo.

Ian Foster temblaba mientras seguía recitando. El resto nos mirábamos fijamente, los rostros de terror estampados bajo la efigie rota de San Alón. El ente avanzó hacia mí, y comprendí con pavor febril que el rito exigía un testigo impoluto, alguien que relatara el horror celestial del despertar de su protector.

El tentáculo me rozó la mejilla, frío como el corazón de un invierno no vivido, pero se apartó, como considerando insuficiente mi sabor. En lugar de devorarme, succionó mi sombra del suelo. Sentí cómo mis recuerdos, uno a uno, vaciaban su sabor hacia aquel abismo. Vi desfilar, en una salva de imágenes, mi niñez en los muelles de Lyon, las tardes en que la risa no iba acompañada de delirio, los abrazos sin miedo. Todo fue diluyéndose en la cosa bajo la iglesia.

Hubo un último relincho vocal de Foster; de su boca brotó sangre negra, sus ojos se hundieron en el cráneo, y se desplomó como un títere usado y roto. La entidad, vibrando ahora con una sustancia iridiscente, se arremolinó sobre el altar y, en un fragor ensordecedor, se disolvió como una niebla sucia en los muros, dejando tras de sí un hedor a marea y sal, y un rastro de baba negra que manchaba las piedras.

Me atreví a levantar la vista. Tres de los míos yacían inertes; la cuarta, Sara, reía suavemente, caminaba en círculos, murmurando palabras profanas que tejían espirales colgando en el aire como mosquitos danzando en pantanos. Afuera, la tormenta había cesado, pero dentro todo era ahora una carcasa de terror petrificado.

"Serás el cronista, Harold. Escribirás y cada palabra será un diente." Las palabras, sin voz, sin lengua, retumbaron en mi mente como un eco natural y sagrado. Comprendí de inmediato: me había convertido en depositario de ese horror. Cuando mis manos tocaron el papel, la tinta se mezcló con sudor y sangre, y las palabras brotaron como peces muertos en baja marea.

Durante días —o fueron semanas— escribí sin pausa. El mundo diurno no importaba: sólo importaba el lamido viscoso de la presencia invisible en el techo, la que reclamaba cada línea que garabateaba. Los textos, al releerlos, parecían cambiar bajo mis ojos, como si se arrastraran y deformaran para encerrar en sí mismos a toda criatura que los leyera. Sentí un pavor reverencial: mis relatos habían dejado de ser literatura. Eran alimento para el Custodio de Obsidiana.

Una noche, incapaz de soportar el latido viscoso en el revés de mis sueños, traté de quemar uno de los folios. Pero el fuego se extinguió con un chasquido viscoso, aspirado por ese mismo hedor a marea que habitaba ahora mis huesos. Las palabras no podían ser destruidas; solo transferidas.

El insomnio y el terror me consumieron, y pasé a frecuentar de noche la cripta bajo San Alón. Allí, en el rincón más umbrío, escucho el lamento de los que fueron devorados. Susurros apenas perceptibles se filtran por entre las piedras, pidiéndome que narre sus historias. Algunas noches saco el manuscrito y copio, línea tras línea, esos horrores, sin recordar quién soy ni por qué la visión de mi propio rostro en el espejo me resulta aterradora.

He aprendido, demasiado tarde, que el verdadero rastro del horror no es la muerte, ni la mutilación, ni la monstruosidad física: es el contagio. La sangre que usé en el rito se ha mezclado con la de todos los que toquen mis escritos; el Custodio se despierta en cada lector que se atreva a descender por la espiral de palabras. Hay noches en que la iglesia entera tiembla, y algo susurra ya en el empedrado de las calles, donde la bruma nunca se disipa del todo.

Ya no sé cuántos somos. Cada palabra escrita es otra boca abierta en la noche. Oigo sus lamidos, detrás de los muros, bajo las tuberías, en los zócalos agrietados de la ciudad dormida. No hay refugio. No habrá misericordia. La cripta de obsidiana sigue ahí, henchida de todas las lenguas y terrores, cantando para quien se atreva a escuchar.

Y yo, Harold Mandon, escribo, escribo y no paro.

Porque si dejo de escribir, sé que será mi rostro, mi último recuerdo, el que la cosa venga por devorar. Y en el eco de la noche, junto al golpeteo imperecedero de la lluvia interior, sólo quedará el lamento de los que caímos por la codicia de saber.

Tal vez ya estés leyéndolo. Tal vez ya lo oigas. Tal vez ya no puedas mirar las sombras de tu casa del mismo modo.

Nunca. Jamás.

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