Portada del relato Vigilia en el Corazón de Arkham
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Fragmento:


La verdad, dudaba Avery con amargura, es sólo otra forma de locura. Nadie cuerdo deja que la curiosidad lo empuje al sótano del King’s Head, ni acude insistente a los archivos polvorientos de la Universidad Miskatonic bajo la lluvia terca de mayo. Y menos aún, nadie cuerdo perpetra la osadía de leer el diario del difunto profesor Laughton, hallado esa misma mañana por un borracho en el arroyo detrás de la vieja panadería Dombrowski, cubierto de lama y sangre oscurecida.

Duración: 07:52

Vigilia en el Corazón de Arkham
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Texto de ajuste de pausa.

La lámpara de aceite jadeaba con su última gota y, en la penumbra del gabinete forrado de tomos infectos, Avery Mullins leía. La oscuridad de la noche de Arkham le martilleaba las costillas como un tenedor ansioso. Los tejados agudos de la ciudad, empapados en la húmeda niebla de primavera, hacían imposible distinguir el cielo de una tumba. Sin embargo, nada detendría a Avery. Tenía que saber la verdad, ponerle punto final a semanas de vigilia y terrores y, en última instancia, dejar de sentir esa respiración en su nuca cuando se retiraba solo a su habitación.

La verdad, dudaba Avery con amargura, es sólo otra forma de locura. Nadie cuerdo deja que la curiosidad lo empuje al sótano del King’s Head, ni acude insistente a los archivos polvorientos de la Universidad Miskatonic bajo la lluvia terca de mayo. Y menos aún, nadie cuerdo perpetra la osadía de leer el diario del difunto profesor Laughton, hallado esa misma mañana por un borracho en el arroyo detrás de la vieja panadería Dombrowski, cubierto de lama y sangre oscurecida.

El diario tenía extrañas anotaciones, palabras en idiomas irreconocibles, diagramas que comprometían la geometría, pero también confesiones. El profesor Laughton, respetadísimo latinista y fuente de inagotables anécdotas en el King's Head, había escrito de una sombra con forma de hombre, de conversaciones mantenidas por tercerazos, de noches en que el viento ululaba en acentos inhumanos por los pasillos de su casa en French Hill.

Avery pensó que lo habría considerado una alucinación, acaso un truco de la mente arruinada por el encierro, si no hubieran sido por los extraños sucesos que en la ciudad ya no eran rumor sino susurros asustados en los bares y las tiendas de ultramarinos. Gente que no despertaba; ausencias prolongadas de los perros y gatos callejeros; luces en ventanas de casas deshabitadas desde hace décadas.

El King's Head, a esa hora, estaba por cerrar. Solo quedaban el tabernero, Paddy, sumido en el brillo plateado de su vaso de limpieza, y una fémina de rostro afilado, empapada y taciturna, que no levantaba la cabeza de su copa. Avery, con el diario envuelto en un periódico, pidió otro whisky; su voz sonó hueca, como una cuerda que vibra bajo la mesa.

—¿Te vas ya, muchacho? —gruñó Paddy, limpiando ya por tercera vez la misma mesa—. Las noches traen cosas últimamente.

—Solo un rato más, Paddy... ¿Notaste algo raro últimamente? ¿Aparte de lo evidente?

Paddy encogió los hombros, pero su bigote largo tembló con una emoción que pudo ser miedo, o solo frío.

—A veces, después de que bajo las persianas, siento que alguien golpea la puerta trasera. Oigo murmullos en el callejón, donde ni las ratas asoman. Y anoche… anoche vi por la ventanilla de la cocina a una anciana con un vestido color lilas que desapareció apenas se reflejaba la luna en el cristal. De lejos, muchacho, de lo más lejos.

Avery recogió el diario de Laughton, frotándose las yemas con nerviosismo. Sabía que todo estaba relacionado: Laughton mencionaba en una página tardía algo llamado “la Vigilia de los Viejos”, y una cruz dibujada contra el barrio de French Hill. Recordó que, semanas antes, la señora Goodwin, en la tienda de ultramarinos, mencionó a “los viejos” como una peste que nunca muere.

Era pasadas las dos cuando Avery decidió salir. La niebla persistía, densa mas no inmóvil; la ciudad la arrastraba por los rincones como si tuviera propósito. Fue hacia French Hill, instigado por la urgencia de la revelación y por el galope del miedo en el estómago. Calle tras calle de casas retorcidas por el tiempo, donde las puertas se escondían como bocas mansas y oscuras.

En mitad de la colina, junto a la casa de Laughton, Avery distinguió un resplandor blanquecino, como un fuego fatuo. Se aproximó, sintiendo el crujir de la grava bajo las suelas, y los latidos de su corazón se acompasaron con el rumor de un rezo monótono. Muy pronto, distinguió voces: eran dos, tal vez tres personas, recitando algo ininteligible, arrodillados alrededor de un círculo de cenizas.

Las figuras se alzaron abruptamente, como espantadas por su presencia, pero la bruma era cómplice; todo quedaba distorsionado, irreal. Susurros, pasos, encapuchados. Avery sintió que no debía estar allí, pero el diario ardía en su bolsillo, como exigiéndole presenciar aquello. Fue entonces que olió el polvo fósil y la carne rancia.

Giró sobre sí mismo, temiendo ser rodeado, y presenció una escena imposible: entre dos álamos decrépitos, el suelo se abría como un párpado; de allí emergía, encaramándose como una lapa viscosa, una sombra. Era antinatural, un borde negro más denso que la propia noche, con un fulgor enfermo allí donde hubiera debido estar un rostro. Detrás de la sombra, había formas imposibles, fragmentadas, retorciéndose en ángulos de pesadilla.

Los encapuchados se prosternaron: Avery sintió que debía mirar, que así se lo exigía una voz sin boca, una presencia que lo empujaba por dentro, como si encendieran su estómago con manos frías. Escuchó palabras en la lengua de los sueños, y su mente, plagada ya de terrores, apenas pudo registrar algunas: N’ghaura, The Outsider, Vigilia...

Avery trató de correr, pero sus pies pesaban como plomo viejo y oxidado. La sombra estaba más cerca. Consternado, gritó; por un instante percibió a la mujer del King's Head entre los encapuchados, su rostro hermoso y vacío como una máscara de cera bajo la capucha. La niebla giró, condensándose, y otro retazo de la sombra roza la carne de Avery, sumiéndolo en un frío atroz.

Se despertó, o creyó despertarse, en un corredor sin fin. Luz gris de un crepúsculo inasible. Un reloj sin manecillas se balanceaba de un lado a otro, y a su alrededor, docenas de figuras murmuraban fragmentos del diario de Laughton en voz alta, alternándose con risas demenciales. El idioma de sus palabras era doloroso, sus ojos, ciegos y supurantes. La sombra ya no flotaba: estaba detrás de Avery, tocándolo sin tocarlo.

Intentó recordar su nombre, su propósito, pero todo era borroso. Miskatonic, King's Head, la bruma: todo se deslizaba hacia una esquina de su mente, arrinconada por una fuerza implacable. La sombra acarició su nuca, susurrando un secreto indecible. Avery supo entonces, por fin, para qué era la Vigilia de los Viejos: para saborear lo último del miedo humano, la chispa desprotegida de los insomnes y los desesperados.

Avery se incorporó de repente, boqueando aire rancio. Estaba en la escalera de la casa de Laughton, cubierto de barro y con el diario apretado contra el pecho. Fría y siniestra, la sensación de haber visto algo imposible se aferraba a su garganta, pero afuera el alba borrosa perfilaba los contornos de Arkham.

Regresó al King's Head tambaleándose. Paddy apenas le dedicó una mirada. La mujer ya no estaba. Avery pidió un vaso de agua, temblando, y abrió el diario buscando respuestas. Entre manchas de humedad, halló un párrafo que no recordaba haber leído antes, escrito con la brutalidad afiebrada de los condenados:

“La Vigilia salvaguarda la puerta, y la puerta la mantienen los que no sueñan. Si alguna vez uno de ellos recuerda el mundo mientras anda en el país de la niebla, el tiempo se detendrá, y la sombra se alimentará.”

Esa noche, mientras la ciudad cerraba puertas y encendía lámparas contra la oscuridad, Avery comprendió la condena de Laughton, de la mujer del King's Head y quizás la suya propia: algunos secretos sólo pueden asimilarse perdiendo la cordura, o ofreciéndote, noche tras noche, a la Vigilia —esperar sin dormir, sin soñar nunca más.

De vez en cuando, cuando el viento cambia y los álamos de French Hill se inclinan, la sombra retorna y pasea entre los insomnes de Arkham. Si uno escucha bien, oirá el diario húmedo susurrar bajo la almohada; lo que sigue no es sueño, ni pesadilla, sino el hambre de lo que acecha más allá del tiempo. Pocos sobreviven para contarlo. Avery, ahora, ya nunca duerme. Solo vigila, tiembla y escribe frases quebradas que se perderán, y cuya lectura provocará nuevas vigilias… y nuevas visitas a las esquinas oscuras donde la niebla se pliega, expectante y hambrienta, en el corazón de Arkham.

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