Fragmento:
Pero hacía tres días había desaparecido un hombre: Josiah Croft, un importador de raza y fortuna que, decían, gustaba de codearse con iluminados cultistas de medio pelo y criadores de animales exóticos. La policía había husmeado en su fastuosa casa de Riverside Drive, y los criados no sabían nada—o temían demasiado para contarlo. Así que Montague, por pocos dólares, había tomado el caso. Y ahora sentía que la neblina le temblaba alrededor como una sábana sucia, que olía a sal, moho y miedo.
Duración: 07:01
El silencio sobre el Hudson
Nueva York. Otoño. 1927. El Hudson se extendía, sucio y resbaladizo como una lengua podrida, bajo las brumas que titilaban bajo la herrumbre de los viejos puentes de Manhattan hacia la noche. El silbido lejano de un barco de vapor se mezclaba con los jadeos guturales de la ciudad mientras el reloj marcaba las dos de la madrugada. En los callejones torcidos y los muelles decrépitos acechaba algo más antiguo que la fiebre del jazz y más oscuro que el humo de la industria.
Montague Allison, periodista de mediana altura y silencio crónico, se ajustó el sombrero y se encogió dentro de su gabán raído. Caminaba entre las sombras a la deriva, con el rostro pálido presintiendo que aquella investigación freelance para el Times se le había ido de las manos. Llevaba una noche entera recorriendo el West Side y no había hallado más que mendigos desdentados, prostitutas de ojos turbios y marineros con historias tan viejas como los tablones podridos de los muelles.
Pero hacía tres días había desaparecido un hombre: Josiah Croft, un importador de raza y fortuna que, decían, gustaba de codearse con iluminados cultistas de medio pelo y criadores de animales exóticos. La policía había husmeado en su fastuosa casa de Riverside Drive, y los criados no sabían nada—o temían demasiado para contarlo. Así que Montague, por pocos dólares, había tomado el caso. Y ahora sentía que la neblina le temblaba alrededor como una sábana sucia, que olía a sal, moho y miedo.
Caminó más rápido por la calle 133 y giró en un callejón desierto. Allí, la luz amarilla de una farola alumbraba, como un ojo enfermo, los bultos de basura y los flancos de un almacén cúbico de ladrillo rojo. Escuchó algo: un rumor rasposo, apenas audible.
Se detuvo. Desde la boca negra del almacén le temblaba el reflejo de un parpadeo. Se oyó un chapoteo, como de botellas vacías arrojadas en un barril de agua. Montague sintió la boca seca y se ajustó la pistola metida bajo el abrigo. Dio un paso.
La puerta del almacén chirrió en la oscuridad, como un susurro enloquecido, y algo dentro se movió.
—¿Croft? —llamó, casi sin voz—. ¿Señor Croft?
El chapoteo se hizo más intenso, y su eco vibró bajo los tablones del piso, como si algo resbalara entre charcos pringosos de aceites y restos del río, algo pesado, tal vez arrastrando sacos, o cuerpos. El hedor le golpeó en la cara: no solo era podredumbre, había algo agrio, mineral, como el olor de las ostras podridas.
Avanzó.
Lo que vio fue esto:
En el centro del almacén, una trampilla abierta daba paso a una gran cisterna de agua lodosa, conectada, tal vez, a los viejos canales del Hudson. Allí flotaban formas indefinidas: basura, pieles de ratas, restos de pescado, alambres oxidados. Y allí estaba Croft, pero no como debía. Montague no lo reconoció de inmediato. El cadáver había sido vaciado por dentro. No era solo descomposición; era como si lo hubieran drenado tal cual se saca la tripa de un animal para taxidermia.
Junto al hueco, iluminado por la misma lámpara tenue que colgaba del techo, había un libro abierto. Sus letras eran casi ilegibles, trazos negros y oblongos sobre un papel que parecía reptar y retorcerse. Montague, con el estómago encogido, leyó a media voz:
"...per vigorem aquae et permutationem carnis, suscitabo vetustissima animalia in obsidione sub flumine..."
En los muelles, el chapoteo creció; ahora eran decenas de cosas, desplazándose bajo el piso, resonando anchamente por las grietas. Montague tuvo el impulso de salir corriendo, pero la fascinación era más fuerte que el miedo. Hurgó entre las páginas. Vio monedas antiguas, plumas negras y húmedas, una máscara de cuero con orificios circulares para los ojos.
Con un temblor, tomó uno de los objetos y escuchó, por primera vez, la voz del agua:
"Regresarán. Siempre regresan. Son más viejos que la ciudad, más viejos que el río. Los hombres solo somos convidados en su festín."
Volvió en sí entre el sudor frío y el pánico mientras algo arañaba la base de la trampilla. En los bordes del agua, unas extremidades delgadas como látigos iban trepando. No quiso mirar, pero la compulsión era más fuerte; una sucesión de apéndices llenos de ventosas y bocas minúsculas emergieron, seguidas de ojos compuestos.
Afuera, la bruma cubría ya toda la calle. Y Montague, como el resto de las personas que desaparecían en aquellos días sin que nadie preguntase, supo que algún vínculo odioso existía entre la ciudad y aquellos habitantes subterráneos, antiguos huéspedes prehumanos del Hudson.
Corrió trastabillando hasta la puerta. Oía sonidos pegajosos, casi voces, que susurraban en una lengua muerta. Volvió a la luz mortecina de la farola y cruzó la calle hasta la taberna más cercana. Temblando, pidió una copa y trató de recobrar la compostura. Nadie notó su aspecto demacrado; en Nueva York, los hombres veían cosas cada noche y callaban.
El dueño, un irlandés pálido y calvo, le llenó el vaso:
—¿Noche dura, amigo?
Montague asintió, sin atreverse a contar lo que había oído, lo que había visto.
Cuando volvió a asomarse al callejón, todo estaba en silencio. Ni rastro de la trampilla ni del hedor. El almacén parecía tan vacío como una nave sin alma.
Aquella noche perdió el sueño para siempre.
* * *
Semanas después, el Hudson devolvió un cuerpo en la orilla. Estaba tan blanco y limpio como el cadáver de Croft, pero con las cuencas de los ojos llenas de limo y algas. No era nadie conocido esta vez. Tal vez un vagabundo.
Montague mudó a otra ciudad, trabajando en secciones de obituarios y notas sociales. Años más tarde, en plena crisis del 29, oyó rumores en un club de escritores sobre una repentina plaga de ratas en el West Side, de niños que se dejaban deslizar por las alcantarillas en juego, y nunca más salían. Nadie hacía preguntas. Los niños pobres siempre desaparecían en las metrópolis grises. El relato apenas era un parpadeo en los periódicos, una estadística más en las mesas de la municipalidad.
Pero Montague sabía que el Hudson guardaba: que bajo la armazón de hierro y piedra, la ciudad era solo un velo sobre pesadillas más antiguas, hambrientas y pacientes. Sabía que algunos hombres escuchaban las voces bajo el agua y luego, con los ojos vacíos de toda esperanza, se echaban al río en las noches de niebla.
En ocasiones, en la quietud viscosa de sus noches en Chicago, Montague sentía en sueños el chapoteo y oía las antiguas palabras, recordando el sabor de las aguas laminosas bajo la ciudad y los cuerpos drenados, sin alma ni grito. Y supo, mientras la Gran Depresión corrompía la ciudad tanto como el río pudría su costra subterránea, que el festín seguía.
Bajo los adoquines y las luces del progreso, la gran marea de los antiguos nunca cesaba.
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