Eran los últimos días de la estación de las lluvias cuando llegué a Amaranga, un rincón olvidado de la jungla ecuatorial donde la humedad cubría las hojas antiguas y el sol apenas lograba abrirse paso entre la maraña de ramas. Había leído, en polvorientos papeles de exploradores ya muertos, acerca de ruinas sumergidas en una vegetación implacable y de inscripciones de hechuras prehumanas en los dinteles de piedra. Decían que Amaranga era una palabra de resonancia olvidada, pronunciada entre dioses y bestias antes de que la humanidad soñara siquiera con la rueda o el fuego.
Yo era —y en cierto modo, aún soy— arqueólogo, aunque toda fe académica quedó sepultada el día que crucé el pantano umbroso y distinguí las primeras formas megalíticas bajo la telaraña de lianas. Iba guiado por Marcos Albornoz, mestizo de rostro endurecido y sonrisa infrecuente, quien había crecido en la región entre historias de espíritus voraces y ciudades malditas. Al principio, tomé esas leyendas como lo que parecían: cuentos para aplacar a los niños tras el atardecer y desalentar a incautos saqueadores de tumbas.
Entramos a Amaranga bajo la constante orquesta de insectos y ranas, cortando malezas hasta divisar una explanada de rocas. El corazón, traicionero y crédulo, latió desbocado al posar la mirada sobre lo innegable: vestigios de columnas hendidas, escalones de un material tan negro y denso que la luz parecía huir de su superficie, y tótems grotescos entre la maleza, sus rostros tallados en ángulos que ningún escultor cuerdo habría intentado.
“Dicen que cuando la niebla cae, las voces vuelven”, murmuró Albornoz, señalando hacia el macizo central donde se levantaba la mayor estructura —una pirámide trunca, con la cúspide erosionada y la base rodeada de un foso artificial cubierto casi por completo de lodo y raíces.
No podía saber, entonces, que ese sería el epicentro de mi descenso.
Nos instalamos a unos cientos de metros de la pirámide, junto a los restos de una plaza ceremonial. Mientras la noche caía, el aire mismo parecía contagiarse de una opresión vulgar. La selva, usualmente bulliciosa, se tornaba muda por lapsos alarmantes, como si hasta los seres allí presentes temieran ser oídos.
Pasaron los días en una rutina frenética: recoger artefactos, registrar inscripciones, desenredar los restos de civilización de entre las raíces. Encontramos estatuillas —ninguna humana— con formas anfibias y deformes, y utensilios tallados con patrones circulares, hipnóticos. Pero el acceso principal de la pirámide seguía bloqueado; de la entrada emergeían olores rancios, señales de humedad y quizá de muerte.
Al tercer día, una mañana de niebla espesa, nos acercamos con herramientas y lámparas. El umbral era demasiado bajo, y la piedra estaba grabada en relieves de una escritura irreconocible, pero en lo alto, sobre la entrada, un símbolo destacaba: una espiral descendente enroscada por lo que parecía una lengua bífida.
“Mi abuelo decía que esta era la marca del Devora-mundos”, susurró Albornoz.
Ignoré la superstición y empujé la piedra. El aire que brotó parecía rasgar la garganta, perfumado de limo y descomposición milenaria. Bajamos, Albornoz primero, yo después, los haces de luz rebotando en muros de basalto. A medida que descendíamos, el eco de voces invisibles nos acompañaba. No eran murmullos; eran palabras, moduladas extrañamente, imposibles de descifrar, pero que raspaban el fondo del oído y rebotaban como si la estructura misma estuviera viva.
Llegamos a una cámara circular, coronada por una cúpula lisa. Allí reinaba una penumbra perpetua, incluso nuestras linternas parecían rendirse, sus haces atrofiados. En el centro, una estatua monumental aguardaba: representaba a un ser informe, mitad hombre, mitad reptil, con múltiples ojos enroscados sobre sí mismos, cada uno tallado de tal manera que desde cualquier ángulo parecía observarte directo al alma.
Grabado en el pedestal, una inscripción que, tras horas de estudio y cruces con los pictogramas de la entrada, logré entender: “Zothal, que durmió antes del tiempo”. En mi vida, la lógica nunca había sido una elección; era un muro, una defensa. Pero el miedo, el miedo puro, provenía de los hechos: aquel ser no coincidía con ningún panteón conocido, ninguna mitología filtrada al mundo moderno.
Aquella noche, mientras registraba mis notas, Albornoz se me acercó. Sus ojos, siempre indiferentes, ahora lucían perturbados. Contó, en un murmullo, que durante el descenso sintió cómo pequeñas corrientes de aire jadeaban sobre su piel y que formas se arrastraban entre las grietas. Le resté importancia. Decidí quedarme una noche más, a pesar de su advertencia.
Es en ese punto donde sería más fácil fingir ignorancia. Pero he prometido no omitir nada.
Me costó dormir; cada vez que cerraba los ojos, distinguía la estatua y sus ojos de piedra y oía susurros. Un rumor de arrastre me despertó antes del alba. Al salir de la tienda, primero creí que mi mente jugaba trucos: sombras se escurrían entre las ruinas, reptando, contorsionándose. Huellas de limo y barro goteaban hacia el basamento de la pirámide, más frescas que el rocío.
Vi a Albornoz, de pie junto a la base, encorvado. Quise llamarlo, pero su gesto me detuvo. Observaba con fascinación la superficie del agua estancada, sus dedos deslizándose como si buscara hallar algo sumergido. De súbito, golpeó la superficie, y un salpicar de burbujas produjo una melodía espantosa, un gorgoteo que emergía del fondo mismo de la cámara.
Fui tras él, pero lo perdí de vista. En el agua, sólo mi reflejo y el de la cúspide, como una boca abierta devorando el cielo. Volví a la tienda y encontré su diario abierto; hablaba de “vueltas bajo el fango”, de “escuchar el nombre de Zothal afuera, en la oscuridad”.
Esa noche se derrumbó el mundo de los hechos.
La llovizna asfixiante era un telón sobre el cual se dibujaban rostros en la niebla. Sin razón, sentí el impulso irrefrenable de descender, una compulsión ajena que me arrastró de regreso a la cámara. Las linternas parpadeaban; la humedad condensada en las paredes formaba figuras que desaparecían al mirarlas de frente.
En el corazón de la cámara, el pedestal de Zothal goteaba limo; de su boca de piedra caían hilos pegajosos y verdosos, y sus ojos se incrustaban en los míos aunque intentara evitarlos. Fue entonces cuando lo sentí: no estaba solo. Un murmullo reptante, una presencia que subía, ascendía desde debajo del pedestal, deslizándose entre las piedras centenarias.
Eché a correr, presa de un pánico ancestral. Afuera, la selva era un susurro de bestias imaginarias. El aire era más pesado y el ruido, como de mil lenguas arrastrándose. Tropecé con raíces que parecían moverse bajo mis pasos, y las sombras me seguían, reclamándome como a los demás que, antes que yo, profanaron Amaranga.
La siguiente mañana, encontré la tienda de Albornoz vacía. Marcas de barro llevaban al foso, y lo último que hallé de él fue su machete lanzado a la orilla; no quedaba ni un eco de su rastro. Su diario tenía una última frase, escrita en trance: “La ciudad no está muerta. Zothal no duerme.”
No recordaré con exactitud cómo escapé. Sé que el sol nunca llegó a iluminar el basamento de la pirámide otra vez y que, al alejarme, la visión de cientos de ojos abiertos en la piedra me acompañó kilómetros después, ojos escudriñando desde la sombra, ojos insaciables.
Informé a la universidad sobre la desaparición de Albornoz y vagué semanas por aldeas sin nombre. En mi mente, cada sombra era un fragmento de Amaranga; cada charco, un lago de limo. Los médicos, los racionalistas, hablan de alucinación, de episodios psicóticos causados por la presión, el cansancio y las toxinas del ambiente. Pero en mis pesadillas, que aún me visitan noche tras noche, siento la humedad y el arrastre. Y no puedo evitar recordar la inscripción: Zothal, que durmió antes del tiempo.
Ahora sé que hay civilizaciones que desaparecieron no solo por el tiempo, ni por lanza ni peste, sino porque algo en la raíz misma de la realidad decidió reclamar lo suyo. Miro las sombras, a veces las veo reptar en mi apartamento durante la madrugada. Las estatuas, los ojos, han cruzado juntos los límites del sueño y la vigilia. Quizá, algún día, cuando la niebla caiga y la ciudad reclame a otro incauto, alguien leerá estas palabras y entenderá por qué, entre todas las ruinas del pasado, es Amaranga la que debe quedar sepultada por la selva y el olvido.
Hasta entonces, el limo chorrea lento y constante bajo la pirámide y, en la oscuridad, Zothal escucha. Y sueña.
Pero no dormirá para siempre.
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