Fragmento:
El viejo fraile Bramante —su nombre era Nécoul— vivía ahogado en la casona enclavada cerca de la sima. Nadie hablaba con él. Sus ojos tenían marcas verdes como musgo, y sus dedos parecían horadados por antiguos anillos que no llevaba ya. Fue para nosotros una fuente de llantos, un pozo de historias sin digerir. Nos recibió esa noche con un gesto de la mano en que algo azul vibraba levemente. “Van a verlos —murmuró—. Cuando las lágrimas de la piedra sangren, se abre el camino más hondo”.
Duración: 08:51
El aire estaba impregnado de una humedad viscosa, y el hedor de la Turbera de Vilect se filtraba hasta los últimos poros de mi piel, un hedor que sabía bien mi padre, obsesionado con las tierras hundidas como sólo los frailes de la Orden Bramante podían estarlo. Había llegado con él en un atardecer tan pútrido que mordía la lengua, obligado a recibir instrucción sobre los males y resplandores que acechaban en los márgenes del mapa, allí donde los linajes comienzan a confundirse en anécdotas y los rumores perros acechan con susurros cabríos.
Recordaré siempre la primera noche, cómo el canto de los nidatores —esas aves cenagosas y débiles— se quebraba bajo la luna turbia, y cómo mi padre, mostrando la pátina de quien todo lo sabe, me conducía hacia la Gruta de Medianoche. Decía que allí aprendería la última lección sobre el miedo, porque “el horror es revelación, hijo, y sólo conoce la luz quien ha tocado la raíz negra de la realidad”. El tiempo parecía colapsado, como si cada paso suyo resonara en la piedra blanda de siglos anteriores. Y yo, temblando y mudo, supe muy pronto que las noches de Vilect contenían un nervio secreto, demasiado real para cualquier fe contemporánea.
El viejo fraile Bramante —su nombre era Nécoul— vivía ahogado en la casona enclavada cerca de la sima. Nadie hablaba con él. Sus ojos tenían marcas verdes como musgo, y sus dedos parecían horadados por antiguos anillos que no llevaba ya. Fue para nosotros una fuente de llantos, un pozo de historias sin digerir. Nos recibió esa noche con un gesto de la mano en que algo azul vibraba levemente. “Van a verlos —murmuró—. Cuando las lágrimas de la piedra sangren, se abre el camino más hondo”.
Mi padre se reclinó en la poltrona maloliente y sacó de su talega esos tratados malditos que ni el fuego parecía querer consumir, letanías en un dialecto que a veces volvía las sombras más largas. Nécoul sacó de su túnica un pequeño frasco sellado. “Aceite de Vilect —dijo—. Si lo viertes sobre la escama del Antiguo, lo sentirás. Y si lo pruebas, no lo olvidarás ni cuando tu cráneo espolvoree raíces nuevas en el humedal”.
Me giré hacia la chimenea y vi cómo las llamas parecían curvarse sobre sí mismas, absorbidas por grietas traslúcidas en la piedra. Algo dentro de la hoguera palpitaba al ritmo de la conversación, como si los duendes de la turba se hubieran instalado a escuchar. Mi padre me enseñó el frasco, con una gota negra flotando en el fondo. El Nécoul se retiró, citándonos para el día siguiente.
Dormí mal, perturbado por sueños enlodados de tentáculos y semillas que reptaban debajo de mi cama, susurrando mi nombre con voces de padre y fraile mezcladas y rotas. Amanecí con la boca reseca y un dolor punzante en el pecho. La ventana daba al humedal; lo vi exhalar una niebla densa, en la que unas sombras lentas avanzaban a tientas por la orilla, ellas mismas temerosas de alguna cosa larval que acechaba cerca del agua.
Salimos al aire nauseabundo al mediodía. Nécoul nos esperaba al pie de la boca de la Gruta de Medianoche, sin decir palabra, apenas señalando con un ademan sutil hacia la entrada hendida en la roca, que parecía ulcerada, supurando humedad oscura.
Entrar fue como caer en otro estómago. Olía a NO VIDA, a secreciones no descendientes de este mundo. La linterna de Nécoul, empañada ya por los vapores, permitía vislumbrar nervaduras en la roca, formas nauseabundas que recordaban órganos y mandíbulas fosilizadas, como de monstruos prehumanos aplastados en su momento de primer aullido.
En el fondo de la sima, el fango rebullía tenuemente. Allí, Nécoul destapó su frasco y vertió una sola gota del aceite que parecía succionar la luz. Nos hizo sentar a ambos, yo temblando, mi padre con la calma sólo dada a los ya condenados. El fraile comenzó a recitar una retahíla en un dialecto vástago del sumerio, y la cueva vibró.
El aceite, al contacto con la humedad del suelo, exhaló un olor imposible: algo entre carne podrida, madera, y especias desconocidas. Un susurro, al principio sólo perceptible en el reverso de mis pensamientos, fue creciendo. Allí entendí la primera lección: no todas las voces pueden ser tapadas con la razón.
Las formas que el Antiguo tomaba en la visión, o alucinación, o realidad desplazada que me poseyó apenas puedo describirlas: una vorágine de ojos de mar, espinas como dedos, bocas que giraban dentro de otras y sábanas hechas de piel traslúcida. Y en su centro: la sugerencia de una inteligencia húmeda, total, paciente, que me contemplaba no como a un individuo, sino como a una costra, a un accidente. Allí percibí lo que los vástagos de Vilect rumorean y nadie osa escribir: que el Antiguo estaba dentro de todos los que alguna vez caminaron por este lodazal, y que sólo su amnesia mantenía la corteza del mundo en su sitio.
Intenté hablar y sentí mi voz rasgada en dos, como si otra cabeza completara mi frase con un idioma mineral. El horror de estar doblemente habitado me ahogó. Recé, y lo hice en ese idioma, una oración cuya arquitectura no era cristiana ni humana, sino fraguada en las simas antes de que el clima cambiara para hacer nuestros cuerpos posibles. Nécoul seguía entonando, y mi padre también, sus ojos completamente ennegreciéndose sin pupilas, enteramente tragados por algo más viejo que la fotosíntesis.
No sé cuánto tiempo estuve allí. La conciencia flotaba, rebotando entre recuerdos de mi infancia, retazos de filosofía prohibida, y el pulso del Antiguo, que perforaba la piedra y la médula. “El horror es la memoria del limo”, susurraba la cueva, “y los hombres sólo caminan para olvidar que comparten su ser con el mineral dormido”.
De repente, el sonido de la cueva cesó. Nécoul nos empujó hacia atrás y escarbó frenético en la pared. Exhaló tres veces por la boca, y la roca escupió una secreción azulada, recogida por el fraile con un cuenco de madera vieja. “Bebe”, ordenó a mi padre. Mi padre lo hizo, sin rechistar, y el temblor de su garganta me pareció el de un pájaro deshuesado. Los ojos del fraile centellearon. Cuando me entregó el vaso, sentí la viscosidad de la muerte en las manos. Bebí.
No fue como embriagarse. Tampoco como soñar. No existen palabras aún para explicar lo que sucede cuando algo ajeno a lo humano, un fragmento de pura otredad, se desliza y trabaja dentro de ti, rascándote los huesos para recordar sus cimientos originales. Estuve ciego y sordo, pero lo supe todo: cómo el Antiguo se arrastró aquí antes del agua, cómo acechó las primeras criaturas nacidas en lodo, cómo se alimentó de la ignorancia de los que vinieron, y cómo aún, pacientemente, espera el ciclo adecuado para brotar con un jardín de bocas espinosas.
Vi a mi padre y al fraile desmoronarse, llorando de gozo y espanto. Entendí que todo esto era un ritual de transmisión, que la Orden Bramante había existido sólo para mantener encendida esta antorcha podrida de conocimiento. Pero sentí otra cosa: una herida. Supe que yo era el último. Yo sería el vaso final, la simiente de la próxima cosecha de horror. Vi los rostros desfigurados de quienes me precedieron — algunos convertidos en estatuas, otros en alimañas, otros disueltos en la turba, aún aullando bajo el agua — y supe la soledad del portador.
Recobramos la conciencia a la orilla del humedal, cubiertos de limo y coágulos. Nécoul no volvió a hablarnos. Mi padre caminó directo a la oscuridad final, fundido con la niebla, llevándose la mitad de su alma al abismo. Yo sentí la semilla extraña crecerme detrás de los ojos, el pulso del Antiguo latiendo en la espesura de mis sueños.
Volvimos al mundo civilizado —si tal cosa existe— pero el tiempo nunca volvió a ponerse derecho. A veces, mientras el sol cae sobre la tierra, veo cómo la niebla se arrastra detrás de la ciudad y sé que, en el fondo, la Turbera de Vilect se extiende, infiltrando grietas y raíces, preparando la cosecha. Y la semilla hace que mi sombra se retuerza de formas imposibles cuando la luna golpea cierto ángulo, y la voz del Antiguo me recuerda que jamás podré olvidar. Porque el horror no termina en la cueva: se instala, teje raíces intestinales, y florece, lenta pero infaliblemente, detrás de los ojos de quien ha bebido el aceite negro.
Nunca volví a ver a Nécoul, pero en ocasiones, los pájaros cenagosos lloran, y junto a ellos, sueños cuyo idioma no me pertenece se filtran en cada grieta de la noche. Comprendí entonces lo que odiaba mi padre, lo que temía el fraile y lo que la humanidad entera silba en la penumbra: que el Antiguo nunca fue un mito. Que la sima siempre está bajo tus pies, esperando. Y que el verdadero terror, antes y después de todos los relatos, es saber que su ciclo aún no termina… y quizás, ya haya comenzado.
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