El frío era más profundo que el hielo. Daba la impresión de formar parte de la misma sustancia de Yuggoth, el planeta bastardo que algunos en la Tierra llamaban Plutón y otros, menos afortunados, preferían no nombrar en absoluto. Yo aún recuerdo aquel viaje y cada una de las horas transcurridas bajo la vasta negritud del firmamento, donde no brilla estrella alguna—y deseo, cada noche, poder olvidarlo.
Mi nombre es Renzo Saccomandi. No sé si aún queda alguien en el orbe primigenio que recuerde ese nombre, más allá de las listas olvidadas de la Universidad de Miskatonic y la correspondencia condenada que intercambié con el Profesor Stanley Willoughby—la correspondencia que me condujo al abismo. Hacía tiempo que Willoughby se había sumido en extraños silencios y que sus cartas comenzaron a hablar de "contactos" de los cuales no deseaba divulgar su procedencia. Hasta que un día, sin preámbulo, llegó el paquete: un cilindro metálico, lacrado, que contenía una invitación y un pasadizo de ida que, me aseguro, no podía ni debía rechazar.
La invitación era sencilla y directa, aunque su contenido espacial resultaba escalofriante: "Renzo, he encontrado acceso a la biblioteca viva de Yuggoth. Debes venir, antes que se cierre para siempre. Arriba del hiper-óvalo, junto a los cráteres dobles; allí abriré el canal para ti."
Recorrí los pasillos entre la incredulidad y el terror, pero el anhelo de conocimiento siempre fue mi más mortífero demonio. En unas semanas, tras borrar discretamente mi rastro en los archivos administrativos, emprendí el viaje imposible. La nave de Willoughby era una incómoda cápsula hidratada por un fulgor fúngico de origen innombrable. Se desplazaba a través de senderos más viejos que el tiempo: no puedo asegurar que alguna vez hayamos abandonado o realmente transitado a través del espacio convencional. Solo sé que, tras una súbita disolución dolorosa de mi carne, desperté en Yuggoth.
La superficie era una pesadilla mineral: llanuras cubiertas de un limo negruzco, decoradas por fragmentos de roca esmerilada, cuyas formas desafiaban la geometría terrestre. La atmósfera era, en términos humanos, irrespirable, aunque la cápsula de Willoughby, semienterrada en uno de los cráteres, disponía de algún tipo de campo etéreo que permitía la supervivencia—o algo similar a ella. Los cielos, teñidos de un resplandor enfermizo, parecían oprimir cada pensamiento.
Willoughby me recibió cubierto por una túnica ajada, con las manos temblorosas y los ojos agrandados por algo más que miedo; era devoción. Me nombró "testigo" y "predestinado". Insistió en que debíamos apresurarnos, porque "los habitantes" pronto regresarían. Lo seguí a través de un desfiladero que serpenteaba entre columnas cristalinas, hasta un umbral tallado en roca que carecía de sentido en cualquier idioma humano.
En el interior, los pasillos descendían en ángulos imposibles, alternando tramos perfectamente esculpidos y secciones pulsantes recubiertas de un moho bioluminiscente cuyo resplandor parecía moverse al ritmo de pensamientos ajenos. Un eco, como de miles de voces murmurando en una lengua acuosa, venía de abajo. Willoughby me guió hasta una sala cubierta de inscripciones torsionadas y recovecos que parecían sangrar un líquido aceitoso, verde y negro.
--"La biblioteca viva..." -- musitó, señalando el centro, donde una protuberancia bulbosa palpitaba como el cerebro de un monstruo prehumano.
Debo detenerme para ordenar mis recuerdos. Las imágenes se agolpan: las luces, los vapores, los movimientos laterales percibidos por el rabillo del ojo. Había un zumbido, por debajo del umbral del oído, que hacía vibrar los dientes. Willoughby, poseído por una excitación malsana, recitaba pasajes en una lengua que me lastimaba la mente.
Me invitó a acercarme: yo, como un autómata, di pasos inseguros hasta la cosa. Al tocar su membrana saturada de venas, me invadió un vértigo y, en un parpadeo, mi consciencia fue absorbida.
Ya no era Renzo Saccomandi, ni hombre terrestre, ni siquiera entidad física. Mi "yo" era apenas una mota dentro de una vasta red horrorosa de memoria y pensamiento. Vi, sentí y padecí los recuerdos de mil razas, civilizaciones aplastadas bajo un cielo denso, mientras criaturas con cuerpos de hongo y alas de murciélago diseccionaban sus almas para fabricar con ellas pergaminos vivos. Fui espectador de los cantos funerarios de los Primordiales de Menkroth, los banquetes de los polvos que asfixian líneas temporales enteras, las orgías fervientes de parásitos que reescriben la historia con sus aguijones psíquicos.
Supe, con absoluta certeza, que la biblioteca estaba viva porque estaba compuesta por las mentes arrancadas a fuerza de tortura y miedo a todos los que habían osado buscar conocimiento en aquel mundo condenado. Yo era uno más en la colección: mi mente sería, eventualmente, absorbida y reescrita como un simple codicilo.
Pero Willoughby estaba preparado. Durante un estertor, abrió su túnica y extrajo un objeto que parecía tallado en cuarzo negro, una especie de prisma. Lo alzó por encima de su cabeza, gritó palabras cuyo sonido borra mis oídos aún hoy, y la biblioteca viviente se sacudió como una bestia furiosa. De las venas saltó un gas sulfuroso que nos envolvió a ambos.
Desperté con los pulmones ardiendo, tendido junto a Willoughby, que aún sostenía el prisma. La cosa se había replegado, y sentí momentáneamente que me devolvía parte de lo absorbido. Pero algo dentro de mí ya no era mío. Willoughby apartó la mirada, con un brillo insano.
--"¿Recuerdas todo ahora?" -- susurró -- "¿Lo llevas contigo?"
Sentí horror, pero también compasión. El prisma, supe, era un canal de regreso, un atajo a los reinos entre lo real y lo inimaginable. Sin embargo, ya no podíamos utilizarlo solo nosotros. Los ecos de la biblioteca estaban en mi mente; ya no era hombre ni visitante, sino contenedor de cientos de voces. Willoughby, en cambio, cayó de rodillas y comenzó a llorar. Dijo, con un hilo de voz, que había sido un error, que la biblioteca vendría a buscarme a la Tierra, que todo era "para ellos".
Fue entonces cuando escuchamos el rumor de los pasos. Resonaban, pesados y húmedos, por los pasillos. Olores a amoníaco, a putrefacción floral, se arremolinaron en la penumbra. En el umbral se recortó su silueta: uno de los Mi-Go, o así lo habría denominado la tradición lovecraftiana. Tenía cabeza de hongo, alas membranosas, garfios y ojos translúcidos, compuestos como los de un insecto. No hablaba, pero en mi cabeza escuché un pensamiento gélido, definitivo:
"¿Ya eres uno de nosotros?"
El pánico me mandó a correr, igual a Willoughby, por túneles disueltos de sensatez. Atravesamos cavernas donde cosas más ancianas y terribles que los Mi-Go dormitaban entre capas de escarcha negra; huimos, tropezando bajo la gravedad errática, sintiendo tras nosotros el arrullo, no de pasos o garfios, sino de las voces de la biblioteca, que reclamaban lo suyo.
Llegamos a la cápsula, forcejeando con el mecanismo. Willoughby me empujó adentro, gritando: --"¡Yo me quedo! ¡Es a ti a quien quieren, vete!"
Cerré la escotilla entre alaridos psíquicos; activé instintivamente la piedra prisma, ahora teñida de un rojo pútrido. El espacio estalló en luces que se retorcían, destellos de mil ojos y esferas girando, y sentí mi cuerpo y mi mente licuarse y reconstituirse con cada latido de la máquina dimensional.
Regresé a la Tierra. O eso parecía. El mundo era vagamente familiar, pero percibía demasiadas dimensiones, y las esquinas de las cosas estaban revestidas de moho, y cada sonido tenía ecos en otro idioma, pronunciado dentro de mi cabeza. Traté de comunicarme con gente, pero se apartaban con horror, decían que mi piel exudaba un olor a tumba lunar. Me miré en los espejos: mi reflejo temblaba, mis ojos no eran solo míos.
Entonces llegaron los sueños. Soñé con los grandes Mi-Go, o lo que los Mi-Go temían. Con figuras sin nombre, que pululaban en los abismos plateados tras el horizonte de Yuggoth, esperando a los que llevan el saber robado de la biblioteca viviente. Soñé con Willoughby, encadenado a la membrana palpitante, gritando en todos los idiomas de las razas muertas.
Hoy apenas salgo de este sótano en la vieja Innsmouth, donde el aire es pesado, y solo el ronco batir de las olas me alivia la ansiedad dentro de mi pecho. Sé que vendrán por mí, o por otros, pues la biblioteca ya no está completa y a través de mis ojos acecha la conciencia que busca crecer. Conozco sentidos y horrores que ningún hombre debió conocer.
Escribo esto para advertir a quienes buscan saber más allá de su mundo, más allá de las estrellas. No busquen el saber de Yuggoth. No respondan invitaciones selladas. No sigan la promesa de libro vivo ni de biblioteca que respira. La mente—y el alma—son frágiles, y los abismos de Yuggoth aguardan, famélicos, tras el velo.
Si alguna vez alguien encuentra este manuscrito, arroje esta nota al fuego. Y si alguna vez alguien escucha mi voz, que no haga caso a su lamento; hace ya mucho que Renzo Saccomandi dejó de existir. Lo que camina, ve y recuerda con mi piel... pertenece a la biblioteca de Yuggoth.
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