Portada del relato La Sombra bajo Kettlewell
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Fragmento:


Los pasos resonaban huecos bajo la techumbre abovedada. Un cuadro al óleo, cubierto de hongos y polvo, mostraba los rostros alargados y malhumorados de los antiguos propietarios. Todo evocaba antigüedad yerma, pero había otra sensación más sutil: la de una presencia adormecida, algo esperando en la penumbra. Lionel se aferró al amuleto de hueso esculpido —regalo de su tía Harriett— mientras avanzaba por el corredor. Un crujido, allá arriba, lo hizo detenerse en seco. El corazón latía con fuerza. Parpadeó atónito, y la linterna barrió la barandilla de la escalera principal. Nada.

Duración: 09:36

La Sombra bajo Kettlewell
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Texto de ajuste de pausa.

Con la luna menguante entre nubes agitadas por un viento inclemente, el joven Lionel Paddock empapó el ala de su sombrero bajo el fango del camino rural. Ráfagas de lluvia diagonal le azotaban el rostro y convertían el sendero hacia Kettlewell en una banda líquida y traicionera, pero ni la oscuridad ni el frío fueron obstáculos suficientes para frenar su determinación. El motivo era simple: tras las palabras inquietantes de la señorita Debenham, y los susurros en la taberna sobre la mansión de los Albridge, Lionel no pudo resistir entregarse a aquella irracional búsqueda. Siempre había tenido inclinaciones a lo oculto. Era, después de todo, un producto típico de su época: nieto de espiritualistas, lector ávido de los textos de Machen y Blackwood, aunque menos crédulo que la mayoría de sus amigos de Bloomsbury.

El pueblito de Kettlewell tenía fama por sus leyendas anacrónicas; decían que no existía lugar más apartado del mundanal ruido ni escenario donde lo preternatural se encontrara más a sus anchas. Sobre un promontorio cubierto de maleza en las afueras, la mansión Albridge permanecía vacía desde hacía casi tres décadas, y sin embargo los aldeanos seguían negándose a acercarse a sus inmediaciones una vez el sol se desvanecía tras los cerros. A veces, la superstición es como un animal acurrucado en la carne del pueblo: sólo hace falta un destello de temor para sacarla de su agujero.

Lionel llegó al portón chirriante justo cuando el viento cesó, y el silencio le pareció repentinamente atroz. Todo lo demás continuaba como la última vez que la estructura había alojado vida: los setos retorcidos aún cubrían zonas del sendero, las estatuas de ángeles descabezados miraban hacia la nada y una maraña de espinos se alzaba contra la tapia resquebrajada. Lionel empujó el portón y se adentró en un jardín lóbrego y mojado por la lluvia. Su linterna de acetileno apenas arañaba la negrura, mostrando sólo jirones de vegetación y, más allá, la casa: ventanales negros, frontón neoclásico y una chimenea calcinada, vestigio de un incendio del que se hablaba en voz baja.

Aunque le temblaban los dedos, Lionel se obligó a atravesar el vestíbulo. Los zapatos chapotearon en charcos y las paredes, ennegrecidas por el hollín, exhalaban ese olor fétido a madera húmeda mezclado con ceniza y polvo. Le llegó a la memoria, sin quererlo, las historias que Meriel Debenham le susurrara en la penumbra del pub White Swan semanas antes. Que la familia Albridge había desaparecido sin dejar rastro en 1906, tras una serie de rumores de ritos blasfemos, manuscritos en latín y visitas desconocidas desde el continente. Que los niños de la aldea, en las noches de tormenta, decían ver una figura vestida con harapos antiguos acechando entre los parterres, y que hasta los mendigos que se refugiaban en casas abandonadas preferían la intemperie al abrigo insano de esa mansión particular.

Los pasos resonaban huecos bajo la techumbre abovedada. Un cuadro al óleo, cubierto de hongos y polvo, mostraba los rostros alargados y malhumorados de los antiguos propietarios. Todo evocaba antigüedad yerma, pero había otra sensación más sutil: la de una presencia adormecida, algo esperando en la penumbra. Lionel se aferró al amuleto de hueso esculpido —regalo de su tía Harriett— mientras avanzaba por el corredor. Un crujido, allá arriba, lo hizo detenerse en seco. El corazón latía con fuerza. Parpadeó atónito, y la linterna barrió la barandilla de la escalera principal. Nada.

Cruzó un arco apuntado y descendió a lo que debió ser la biblioteca. Allí, entre estanterías tambaleantes, el moho devoraba tomos carcomidos de teología y ciencias oscuras. Era la estancia que más temía Meriel. Sobre la mesa central una pila de papeles, inmutados por los años, insinuaban esquemas de estrellas y círculos, textos con signos cabalísticos y frases en una lengua inidentificable. Lionel los repasó a la luz temblorosa: “Nox atra venit... ex profundis... Quis custodiet...?” El frío era tan intenso que el vaho escapaba de su boca en nubes diminutas.

Fue entonces cuando Lionel escuchó el primer susurro. No era viento ni roedores. Era una voz amortiguada, como si se hablara tras un muro grueso o bajo el agua, en una frecuencia hiriente y antinatural. No captó palabras, sólo cadencias, un ritmo. Como un rezo primitivo y atormentado. Volteó. Nada. Sólo la oscuridad llameando alrededor de la linterna, y el débil eco de gotas salpicando madera podrida.

Lionel sintió que la razón comenzaba a resquebrajarse en su mente. Por supuesto —intentó asegurarse—, todo era un castillo de sugestiones y miedo hereditario. Pero las historias bullían en su cabeza: los Albridge y sus ceremonias lunares, el sótano clausurado, la vieja piedra bajo el salón principal que no figuraba en las escrituras originales y que toda la servidumbre evitaba pisar. Decidió buscar la trampilla.

Apoyando el oído en el suelo, detectó un rumor apenas audible que subía, como si una multitud conversara varios pisos más abajo. El sonido trenzaba con los susurros, ahora más claros, casi formando palabras —latín, sí, pero corrompido—. La investigación demandaba coraje más allá de lo habitual, pero Lionel, como buen racionalista de su generación, forzó la trampilla que pareció moverse sola, con un chillido que heló la sangre.

Descendió entre telarañas y cascotes. La linterna era cada vez más indecisa; la llama luchaba por sobrevivir en la humedad. Todo olía a piedra húmeda y algo más, un tufo rancio, entre tierra recién removida y azufre. El sótano se extendía más allá de lo que el plano de la casa permitía deducir, y tras una esquina encontró lo que no sabía que buscaba: una cámara circular, donde las paredes estaban cubiertas de inscripciones y símbolos. En el centro, una losa antigua, desigual y manchada, estaba parcialmente corrida. Goterones ferruginosos, secos en los bordes, señalaban que no sólo agua la había regado. Lionel sintió náuseas.

Pero el horror mayor le aguardaba: bajo la losa se abría una oquedad, y de ella subía una sombra viscosa, más negra que la misma noche, que ondulaba y se arremolinaba como si quisiera formar una figura. Y con ella, de nuevo, los susurros, ahora clarísimos, envolventes, llenando sus oídos: “Sum... redemptor... exspecto... sum famulus... surgam... surgam...”

Lionel retrocedió, pero algo le impidió huir. La sombra, amorfa y de contornos nebulosos, emergía rodeada de un vaho gélido y apestoso. En sus formas e insinuaciones, Lionel adivinaba rasgos de humanidad profanada: miembros en proporciones antinaturales, zarpas y rostros informes desgarrados por una agonía sin fin, todo envuelto en esa sustancia pegajosa que sólo podía describir como una suerte de humo sólido y vivo.

El terror superó cualquier deseo de racionalización. Lionel cayó de rodillas, incapaz de gritar. Sólo repetía fragmentos en latín aprendidos de memoria, esperando inútilmente que surtieran efecto: “Crux sancta sit mihi lux... non draco sit mihi dux...”

Las paredes zumbaban, la piedra vibraba como si una máquina ciclópea estuviera poniéndose en marcha tras siglos de quietud. Voces en idioma ya extinto llenaban el sótano e inundaban el cráneo de Lionel con información imposible de procesar: recuerdos ajenos, torturas abisales, sacrificios de eras anteriores al hombre. Sintió que la conciencia se le resbalaba de los dedos, luchando por no hundirse en ese abismo de ruido, olor y sombra.

Un último destello de cordura le permitió alcanzar el amuleto. Quiso alzarlo en alto. Al hacerlo, la sombra se encogió brevemente y frenó en seco, como si algo la repeliera. Un estruendo retumbó desde el exterior y la linterna titiló antes de apagarse, haciendo aún más absoluta la oscuridad. Entonces, en ese espacio entre la lucidez y la locura, una mano, pequeña y fría, como de un anciano, se plegó sobre su muñeca desnuda.

Lionel sintió el contacto, familiar y repugnante, como si ya hubiese soñado con él. No pudo gritar. Los músculos se negaban, el terror era un ancla tan pesada que sólo podía temblar. La sombra empezó a reptar, trepando por su brazo, sumergiéndolo en una helada tan atroz que llevaba el dolor más allá de lo soportable. Todo a su alrededor era ese canto, ese rezo corrupto y eterno: “Surgam... surgam... ti offeres...”

La última imagen que retuvo fue el rostro de Meriel, compasivo y temeroso, pidiéndole antes de irse: “No vayas de noche al solar de los Albridge, querido. No sabrías cómo volver de allí.”

Y no volvió.

A la mañana siguiente, campesinos encontraron la linterna y el sombrero de Lionel medio enterrados en el humus del jardín. La trampilla del sótano estaba abierta, pero ninguna lámpara se atrevió a iluminar más allá de los primeros escalones. El párroco rezó a la entrada, y la señorita Debenham guardó luto con la misma tristeza muda de quien ya había visto desaparecer tras aquellas puertas a otro ser querido.

Con los años, la mansión Albridge fue tragada por la maleza y el olvido, y Kettlewell conservó el respeto a su sombra. Quienes relatan la historia en tabernas de Yorkshire aseguran que, en ciertas noches sin luna, aún puede oírse, si se escucha bien, el susurro de Lionel entre las grietas podridas de la cripta:

“Surgam... surgam...” —un eco que nadie, ni siquiera los más osados, ha sido capaz de silenciar.

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