Portada del relato La cámara sin luz
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Fragmento:


Avanzó bajo la luna oculta, sintiendo que a cada esquina el París real era devorado por una urbe vieja y aluvial, con casas de ventana exhuberantemente ornamentada y callejas que se retorcían en ángulos imposibles. Una música dulzona, apenas perceptible, flotaba en el aire; algo así como el eco de una sinfonía que hubiera compuesto un sordo moribundo.

Duración: 09:14

La cámara sin luz
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Texto de ajuste de pausa.

Eran casi las tres de la madrugada cuando François Duvalier reconoció finalmente la plaza, apenas adivinada bajo los escombros de un barrio destruido por el perpetuo acoso de la humedad y del tiempo, en una ciudad cuyos nombres cambiaban siempre según el último exilio que la habitara. Llevaba semanas errando entre las sombras de París, siguiendo una serie de señales, promesas y leyendas urbanas: rumores acerca de una congregación secreta dedicada al estudio y la ejecución de las más grotescas artes necrománticas. Un nombre fluía como veneno por los labios de los lúgubres colegas de François, un nombre que en los círculos eruditos solo se susurraba con miedo infantil: Cultes des Goules.

Fue en la caverna de una biblioteca olvidada, oculta tras una tapia de la Rue Saint-Sébastien, donde por fin halló el rastro: un libro encuadernado en oscura piel de animal sin identificar, cubierto de un polvo tan antiguo como el dogma. Una nota, insertada como un ave muerta entre las páginas: “Ven la noche del novilunio. No temas al Carroza ni a la corriente. El camino es una espiral, y el sueño el precio.” Al lado, la silueta de un lirio dibujado a pluma, pétalos transformados en ojos que parecían mirarlo en la penumbra estancada.

François recordaba claramente las advertencias que le habían hecho; leídas con la voz de esa colega americana trasladada al Louvre para labores de restauración: “No son como los carniceros de Providence. Los de aquí te buscan en el sueño y te arrancan la lengua antes de cortar tu cuerpo.” Sonrió pese al escalofrío y, armado de una lámpara eléctrica y una navaja, cruzó la umbra que separaba el mundo de los vivos del otro, esfumándose en la niebla húmeda que lamía el pavimento.

Avanzó bajo la luna oculta, sintiendo que a cada esquina el París real era devorado por una urbe vieja y aluvial, con casas de ventana exhuberantemente ornamentada y callejas que se retorcían en ángulos imposibles. Una música dulzona, apenas perceptible, flotaba en el aire; algo así como el eco de una sinfonía que hubiera compuesto un sordo moribundo.

Al fin François llegó al portón, marcado por el mismo lirio deformado por el que vagaba. El sonido de pasos –o tal vez garras– detrás de él hizo que se apresurara. Cuando cruzó el umbral, la pesadez del aire le golpeó el pecho. Un vestíbulo húmedo, tapizado de relojes detenidos y tapices cubiertos de moho carmesí. La lámpara eléctrica titiló y murió; en su lugar, velas de cera negra se encendieron solas, vertiendo sombras pálidas sobre una escalera de caracol que descendía.

La espiral. El descenso. El sueño.

Bajo la escalera, una puerta roja esperaba. François intentó abrirla y, al tocarla, la madera le respondió caliente como la fiebre, casi palpitando. Al otro lado, un pasillo. El aire se sentía más denso y un susurro, a punto de volverse palabras, vibraba en su oído. Entonces oyó el cántico, al principio débil, después más claro, tantas voces que no eran del todo humanas, entonando un salmo antiguo en un idioma que parecía retorcer las leyes de la gramática.

Al final, una sala circular: paredes forradas de espejos empañados y tapices donde el lirio-mirada se repetía. En el centro, el círculo. Velas titilantes y calaveras ya sin tiempo, acompañadas del hedor indescriptible del culto. Allí aguardaban las figuras –docena y media de siluetas cubiertas con túnicas de seda oscura, bordadas con filigranas de oro y hueso, ni hombres ni mujeres, sino algo que oscilaba entre la muerte sensual y la pestilencia eterna.

El sacerdote del culto, el Carroza, emergió del círculo, alto y tan pálido que parecía una exhumación. Bajó su capucha, revelando un rostro que parecía incapaz de decidirse entre la juventud y la decrepitud. Se acercó a François con un lirio entre los dedos, pétalos que goteaban savia azul.

—Has recorrido la espiral, duermes lúcido —dijo el Carroza, con voz hecha de cien ecos—. ¿Estás dispuesto a cruzar el velo?

François sintió que de sus labios brotaba una respuesta, pero no era la suya.

—El velo se cruza con los ojos. En el sueño todos los umbrales son puertas. No temo.

El Carroza sonrió, y la sala pareció encogerse. Los entunicados comenzaron una letanía; los espejos vibraron. François sintió cómo el aire se electrizaba mientras el sacerdote, con el lirio, le marcaba la frente. Imágenes estallaron tras sus ojos cerrados: torres de mármol verde bajo cielos sin luna, ríos invertidos surcando ciudades donde la gravedad era solo un rumor. Allí ondeaba la misma flor, sus pétalos prolongados en tentáculos, y a su alrededor danzaban hombres con los rostros vaciados de toda humanidad.

Entonces surgió la visión: el Osario Gris, una vasta necrópolis monumental de piedra y niebla. Vio los lirios en cada tumba, bebiendo la memoria de los muertos; vio el Infinito, revelado en innumerables figuras humanas perdidas en un bucle interminable de plegarias y sacrificios. Comprendió, horrorizado, que la espiral era real: un sendero que devoraba el alma con cada vuelta, llevando a los fieles lejos de sí mismos, construyendo con sus deseos una morada para aquello que moraba más allá del fin.

Despertó de golpe, aún en la sala, cubierto de sudor y temblor. Los acólitos entonaban una versión renovada de la letanía, intercalada con nombres que no recordaba haber oído nunca, pero que en lo más profundo de su memoria reconocía como suyos.

El Carroza extrajo una daga curva de mango negro y la sostuvo en el aire.

—Para completar el ciclo, para sellar el día que renace sin aurora, el corte debe reflejar la muerte. ¿Cedes la lengua de tus sueños y la carne de tus miedos?

Un murmullo expectante recorrió a los demás. François supo que había llegado demasiado lejos para retroceder. La daga bajó. Sintió el filo rozando su piel, pero la herida fue interna, una sensación de desarraigo y disolución, como si partes enteras de su identidad fuesen sustraídas para alimentar el círculo, para engrosar la espiral.

De pronto, los reflejos en los espejos comenzaron a moverse independientemente de los cuerpos. Vio su propia forma deformada, la mandíbula colgando, los ojos vacíos reparando en lo invisible. En el rincón del espejo más próximo, distinguió fugazmente las torres oníricas de esa Celephaïs de los sueños, pero allí la ciudad se retorcía como una larva ciega, infestada por los lirios de la Orden.

Una voz, idéntica a la de su madre muerta, gimió: “No dejes que atraviesen el umbral, François. El Osario y el Pabellón son uno. El tiempo se alimenta de quienes olvidan la salida.”

François se estremeció. Con un impulso desesperado, blandió la navaja. Los acólitos rieron, los ecos creciendo hasta formar un rugido oceánico. Con imprudencia, cortó el dorso de su palma. La sangre manó y chisporroteó, incendiando brevemente la sustancia de los espejos; los lirios se crisparon, arrojando nubes de polen enloquecido.

En un parpadeo, la sala fue devorada por la visión: las aceras de París, la cúpula del Panthéon, y entre todo, una multitud de cuerpos jadeantes danzando en una espiral interminable bajo un cielo sin sol. François corrió. El pasillo se alargaba y retorcía, y a cada esfuerzo, sentía que dejaba tras de sí jirones de memoria y sentido.

Emergió a la plaza justo cuando la primera luz del alba trastocaba la niebla en una pátina de oro sucio. Había escapado, pero la forma en la que recogía el mundo era distinta: aunque los sonidos eran familiares, le llegaban atenuados, como transmitidos desde una catedral sumergida. El dolor de la herida de su palma persistía, pero había otra dolencia insidiosa: sentía la presencia del círculo en su interior, un torbellino de sueños y terrores, siempre girando en silencio detrás de los ojos.

Se ocultó en su departamento por días, con la obsesión de registrar lo vivido, tratando de advertir a cualquiera dispuesto a escuchar. Se convenció de que debía encerrar la experiencia en narraciones cifradas y crípticas, como un mensaje en una botella lanzada a un mar de locura. Al escribir, comprendía a medias que su mano temblorosa formaba las mismas espirales que había visto en los tapices del culto, y en cada sombra proyectada sobre el papel, los pétalos del lirio-mirada parecían esperar pacientemente.

Las noches se volvieron una sucesión de umbrales y sueños infectados. En cada sueño recorría la espiral, una y otra vez, mientras figuras sin rostro le ofrecían lirios nacidos de sus propias entrañas. Ahora entendía el precio: ser devorado, flor tras flor, por aquello que mora en la frontera del sueño y la muerte, allí donde la ciudad de Celephaïs se funde con los claustros de los necrofagos. Sus noches eran su condena, y cada despertar un regreso a un París donde nada volvería a ser real.

Y así, François Duvalier se convirtió en ofrenda y cronista de lo indescriptible, y supo en los recodos del insomnio lo que el Cultes des Goules había sabido siempre: que los lirios bebían sueños y el tiempo era una espiral cerrada, que renace en cada pesadilla, aguardando la vigilia siguiente para germinar una nueva flor.

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