Portada del relato El huésped amorfo
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Fragmento:


Dio con la viuda Streep en la tienda de ultramarinos, una anciana de labios secos y ojos envueltos en telarañas de venas rojas. Insistente, la mujer negó haber remitido carta alguna. Pero al oír la mención del Viudo Travers, se persignó y le advirtió: “No busque por los márgenes del lago. Él siempre mira el agua, buscando señales. No toda la podredumbre es obra de la lluvia.”

Duración: 10:45

El huésped amorfo
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Texto de ajuste de pausa.

El último habitante de Seaton’s Cross, un hombre de voz quebrada y mirada huidiza a quien la gente llamaba el Viudo Travers, solía repetir en las escasas ocasiones que alguien se atrevía a visitarlo: “Hay puertas selladas en la noche y canales secretos en la carne”. Nadie solía preguntarle a qué se refería. Y cuando lo hacían, el rostro de Travers se cubría con una palidez enfermiza y el diálogo moría bajo el peso de palabras no pronunciadas que parecían emanar del propio suelo encharcado de ese rincón infernal de Lancashire.

En la primavera de 1931, Francis Wilmot, periodista y escritor escéptico en busca de nuevas historias para su columna “El Ojo Oculto”, llegó a Seaton’s Cross tras recibir una carta anónima. En ella, alguien escribía torpemente, con tinta temblorosa: “Venga pronto. Se agrieta la tierra. Ya oyen silbar la raíz. Pregunte por la viuda Streep, pregunte al Viudo Travers. Traiga luz.” Que la carta estuviera fechada una semana antes de los grandes aguaceros sólo avivó su curiosidad. Ese mismo día decidió abordar del tren a Chorley y pedir un coche de alquiler hacia el sur, entre rutas rurales apenas trazadas.

El pueblo era, para su decepción, aún más miserable de lo que imaginaba: cabañas de piedra hundidas en lodo, la iglesia cerrada con maderos negros, el lago como un orificio vidrioso devorando reflejos y el olor dulzón de putrefacción acechando desde los campos. Las lluvias recientes sólo habían profundizado la húmeda tristeza del lugar. Pese a su habitual disposición racionalista, Francis experimentó una turbación que no lograba disipar.

Dio con la viuda Streep en la tienda de ultramarinos, una anciana de labios secos y ojos envueltos en telarañas de venas rojas. Insistente, la mujer negó haber remitido carta alguna. Pero al oír la mención del Viudo Travers, se persignó y le advirtió: “No busque por los márgenes del lago. Él siempre mira el agua, buscando señales. No toda la podredumbre es obra de la lluvia.”

Encontró la vivienda de Travers encaramada sobre pilotes, cerca del extremo oriental del lago, entre cañas y matorrales podridos. El hombre lo recibió con sumo recelo, mirándolo a través de la rendija de la puerta antes de franquearle el paso. Era un anciano huesudo, cubierto con un grueso suéter pero sin pantalones, con la piel de las piernas marcada por huellas extrañas: como si tentáculos finos hubieran envuelto sus extremidades en noches pasadas.

La charla comenzó trastabillante. Travers se mantuvo evasivo, pero su reticencia se fue desmoronando ante la insistencia y, quizá, la presencia del whisky que Francis había traído. El anciano finalmente cedió:

—Le contaré, y luego, por favor, márchese antes de la medianoche. Las aguas no albergan recuerdos, pero hay cosas que sí recuerdan…

Narró que décadas atrás, el lago ya rebosaba de rumores. Criaturas acechaban bajo la superficie, bestias que la infancia de Travers había nombrado de modo torpe: “gusanos de polvo”, “los ojos verdes”. Algunos vecinos cazadores aseguraban que, tras ciertas noches tormentosas, las orillas amanecían cubiertas de babas resplandecientes y caracolas cristalinas, con el ganado desaparecido. Pero ni eso hizo a nadie abandonar el estancamiento y la pobreza de Seaton’s Cross.

La esposa de Travers desapareció una noche en que el lago hervía bajo la luna. La encontraron tres días después, arrodillada en la orilla, con la mirada perdida sobre las aguas. Murió sin pronunciar palabra. Travers comenzó a sentir sueños viscosos, escuchar un coro de voces que susurraban desde los juncos. “Ella lo miró”, decía el Viudo, “y él le devolvió la mirada”.

Francis intentó sonsacar nombres, detalles. Travers sólo murmuró uno, con el tono de quien recuerda una maldición: “El Príncipe quieto, el de muchos segmentos. Hay quienes le llaman Glaaki, pero aquí sólo mencionamos ‘El Silencioso Bajo la Raíz’.”

En la siguiente frase, su voz se quebró aún más, y Francis percibió un hedor agrio y amoniacal que se adueñó de la estancia. “No es solo él. En ocasiones, algo se mueve dentro del agua, algo más antiguo y lívido. Trae ideas que no son de este mundo; lo llaman Xalafu, la Lengua Quebrada de la Forma.”

Esa noche, desoyendo la súplica de Travers, Francis decidió pasear cerca del lago. Su racionalismo reía ante historias de demonios segmentados y deidades reptantes. Pero no podía negar la opresiva densidad del aire, la manera en que las ranas croaban como si siguieran un ritmo secreto, el tictac oculto de los remolinos. Las cañas silbaban una melodía disonante. De vez en cuando, era como si una figura se perfilara bajo la superficie, translúcida, resbaladiza, con brillos segmentados en espiral.

Escuchó algo arrastrarse entre los juncos. Al acercarse, descubrió una figura humana, desnuda, arrodillada, devorando limo con una urgencia antinatural. No lograba distinguir si era hombre o mujer. Francis reculó, pero la figura levantó el rostro y en sus ojos vio un brillo esmeralda, insectil y vacío; por un instante, en sus facciones reconoció los rasgos distorsionados de la mujer de Travers.

Atrás, el lago burbujeó. Un espiral comenzó a brotar de la superficie, como si lombrices fluorescentes ascendieran una tras otra. El cielo pareció oscurecerse aún más, y el silbido de las cañas se hizo tan agudo que Francis se llevó ambos puños a las orejas.

Retrocedió, tropezó y cayó sobre el lodazal. Mientras intentaba levantarse, notó cómo sus propias manos se hundían demasiado en el barro: el suelo vibraba, parecía abrirse en grietas diminutas de un verde nauseabundo. Los susurros aumentaron, zumbando en un idioma que su mente reconoció vagamente pero no pudo comprender. La palabra “Xalafu” retumbó, seguida de un siseo segmentado: “Ghh–lakk–lak, ghh–lakk–lak”.

Luchó para salir del barro y sólo logró arrastrarse unos metros hasta la maleza más densa. Miró sobre su hombro y vio, claramente, una figura imposible, centelleante y segmentada, emergiendo en arcos lentos desde el lago. Era como un milpiés ciclópeo, con sus múltiples ojos brillando bajo esa luz que no era de luna. Las bocas a lo largo de su cuerpo se abrían y cerraban, murmurando en la Lengua Quebrada. De sus flancos colgaba algo más: como racimos de apéndices nudosos y gelatinosos, cada uno latiendo con una voluntad propia, repleta de bocas y ojos deformes.

Francis corrió hacia la casa de Travers, encendido por el terror absoluto. Golpeó la puerta, suplicando ayuda, pero nadie respondió. Por la ventana divisó a Travers sumido en una especie de trance, la frente apoyada contra la pared, repitiendo con voz monótona: “No fue la plaga, no fue el moho. Fue la promesa, la promesa bajo el pantano. Lo que viene a buscar las bocas abiertas, lo que pide regresar…”

Esa noche, Francis no logró dormir. Pegado a la ventana, lanzó miradas furtivas al lago. El ser segmentado –Glaaki, o lo que los aldeanos llamaban así– se sumergió al amanecer, llevándose un remolino de nieblas verdes. Pero incluso entonces, Francis sintió que otras presencias permanecían, como si algo, detrás del velo de la realidad, lo observara fijamente.

La mañana no trajo alivio. Los aldeanos evitaban mirarlo, pero notó que algunos le lanzaban miradas entre temerosas y hambrientas. Descubrió, en el umbral de la puerta, marcas frescas dibujadas con lodo: un círculo atravesado por una línea segmentada, rodeado de fractales con aspecto de raíces. Alguien había dejado además lo que parecía ser una carta, enrollada y atada con un cordel de fibras vegetales. El papel era antiguo, cubierto de manchas, y en su interior pudo leer letras temblorosas:

“Si quiere partir, hágalo antes de la marea alta. No beba el agua. No cruce el umbral del sauce caído. NO RESPONDA SI ESCUCHA SU PROPIO NOMBRE LLAMADO DESDE EL AGUA.”

El periodista intentó marcharse. Cada paso hacia la salida del pueblo sentía que se volvía más lento, como si una fuerza invisible lo empujara hacia atrás. Cuando logró alcanzar el camino principal, percibió la presencia de otros moradores: figuras que parecían no moverse del todo como humanos, cuyos brazos colgaban con ángulos extraños, cuya piel reflejaba la luz de modo anómalo, como si bajo su epidermis reptaran formas ocultas. Nadie le habló; simplemente lo observaron con la misma insaciable atención que un hambriento observa el alimento.

Francis llegó finalmente al único incipiente hostal, reunió sus pertenencias y pidió un coche que lo extrajera de ese infierno. Cuando el vehículo arrancó, pudo ver por la ventanilla el lago y, entre las cañas, esa figura inconfundible del Viudo Travers, ya con los ojos completamente verdes, de pie junto al agua. A su lado, arrodillada y cubierta de limo, una figura femenina devoraba barro mientras a la espalda, casi imperceptible, la superficie formaba nuevos círculos espirales.

Regresó a Londres, pero desde entonces fue incapaz de dormir una noche completa. A veces despertaba empapado en sudor frío, con la sensación de que formaba parte de una gigantesca estructura subcutánea compuesta de segmentos, ojos y tentáculos. En sus sueños, recorría túneles húmedos bajo la tierra donde las paredes palpitan y respiran. Allí escuchaba – inconfundible, aterradora, familiar – la promesa de la raíz y la lengua deforme de Xalafu: “Nunca has partido. Ya eres parte de nosotros. La ciudad tiene venas: siempre buscamos nuevos canales”.

Francis dejó de escribir. Se volvió huraño y fue visto por última vez caminando en la ribera del Támesis, murmurando sobre la podredumbre en el agua y las puertas que se abren sólo para aquellos marcados por el umbral segmentado. Nadie cree hoy su relato –salvo quizás, alguna noche oscura y sin luna, cuando el río refleja la piel convulsa de algo que se arrastra bajo las aguas y alguien susurra, como traído de los pantanos de Seaton’s Cross: “El Silencioso Bajo la Raíz aún busca nuevas bocas…”

Porque no todas las cosas que yacen en el agua mueren, y cuando escuchen las cañas silbar en la niebla, caminen deprisa sin mirar atrás. El umbral de los segmentos nunca se cierra para aquellos que alguna vez vieron los ojos verdes brillar en la noche enferma del lago.

Así termina la crónica –o comienza–, en la promesa no dicha de que la Carne y la Forma desconocida escogen a sus herederos incluso allí donde la ciencia cree reinar. Y el periodista que sobrevivió a la provincia húmeda de Lancashire bien podría decirle, si aún recordara el habla de los hombres: “Bajo el silencio, alguien llama. Y la raíz siempre responde.”

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