Portada del relato Sombras en los sótanos de Arkham
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Fragmento:


Aquella noche llegué bajo la tormenta, el carruaje tropezando en el barro, y hallé la vivienda sumida en oscuridad salvo por una única lámpara en el despacho del fondo. Elise estaba recluida en su cuarto, delirante, y Rupert aguardaba sin moverse junto a la ventana, mirando fijamente hacia las colinas detrás del jardín, donde jamás se habían construido casas. Tenía el cabello más blanco de lo que recordaba, y la desesperación era una segunda piel en su rostro.

Duración: 09:23

Sombras en los sótanos de Arkham
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche de los vientos más inclementes que la primavera trajo a Arkham, uno de esos ocasos en que ni los perros se atreven a ladrar en los callejones y la lluvia parece un lamento distante de cañerías rotas. Yo, Crispin Atherholt, acababa de regresar tras seis años fuera, llamado por el único telegrama en el que mi tío Rupert se dignó a escribir una súplica. Sus palabras, temblorosas, anunciaban la disolución mental de mi venerable tía Elise y ciertas... anomalías en la antigua casa Marbury Place que, según él, “exigían la atención de una sangre joven”.

La mansión se levantaba en la periferia sur, donde los planos de la ciudad no se atrevían a definir las fronteras entre las cuevas naturales y las cavernas excavadas durante generaciones. Recordaba, a pesar mío, las advertencias murmuradas en mi infancia sobre túneles y pozos sin fondo abiertos por cultos prehistóricos, cuyas devociones habían sobrevivido en cantos ininteligibles y frescos polvorientos que aún se rumoraban en los sótanos de algunos edificios universitarios. Nunca pensé hallar tales terrores en los umbrales de mi propio linaje.

Aquella noche llegué bajo la tormenta, el carruaje tropezando en el barro, y hallé la vivienda sumida en oscuridad salvo por una única lámpara en el despacho del fondo. Elise estaba recluida en su cuarto, delirante, y Rupert aguardaba sin moverse junto a la ventana, mirando fijamente hacia las colinas detrás del jardín, donde jamás se habían construido casas. Tenía el cabello más blanco de lo que recordaba, y la desesperación era una segunda piel en su rostro.

—Gracias por venir, Cris —susurró—. Sé que suena a locura, pero debes escucharme.

Yo asentí, colgando el abrigo empapado. El aire parecía cargado de ozono y un aroma mineral, como el que exhalan las grutas húmedas. Rupert se sentó tras el escritorio, manos crispadas sobre un viejo mapa arrugado, y comenzó su relato.

—Hay... algo— dijo con voz tensa— que vive bajo nosotros. No una rata ni una alimaña; ni siquiera eso que los aventureros de la universidad creen haber sepultado en las canteras. Es más antiguo. Se ha hecho sentir desde el invierno pasado. Primero fue la música: ecos profundos, pulsando desde el sótano, bajando a Elise a la locura y desenterrando en mi memoria viejas historias que nunca debí creer.

Miré a mi alrededor y sentí la inquietud reptar por el espinazo. La membrana débil de la razón me impidió mofarme, y preferí pedir detalles. Rupert me llevó entonces por la casa, hasta una trampilla semicubierta por una alfombra raída, de la que yo no guardaba recuerdo. La levantó, y el débil brillo de una linterna apenas arañó la negrura que descendía en escalones de piedra.

—He escuchado… voces, cantos, a ratos en lenguas imposibles; y otras veces en inglés antiguo, pero las palabras se me escapan al despertar. Sé que cualquier problema serio en la casa empezó allí abajo.

Bajé tras Rupert, el aire volviéndose más frío y denso. El pasaje se ensanchaba en tramos inhumanos y luego se encogía, contra natura, como si la piedra hubiese cedido a herramientas de otro mundo. Llegamos a una cámara que no figuraba en los planos y estaba llena de graffiti inmemoriales: espirales, ojos, garras curvadas. El suelo era de tierra, hundido y, juraría hasta hoy, latía levemente bajo mis botas.

Rupert me mostró una losa cuarteada casi al centro, de la que ascendía el aroma a hongos fosforescentes y humedad primitiva.

—Alguien trató de sellar esto, hace siglos —dijo—. Los Marbury no somos los primeros en sufrirlo, ni seremos los últimos, a menos que…

Un balbuceo proveniente del piso superior nos interrumpió. Elise deliraba palabras cortadas y no humanas. Rupert corrió hacia ella, y yo me quedé, solo y helado, examinando la losa. Allí, en su superficie, alguien había grabado el contorno de algo: una garra extrañamente larga, como de reptil, inserta en un círculo de símbolos irregulares. Bajé la linterna y vi que los orificios entre las grietas aún exhalaban un aliento intermitente. Me obligué a volver a la superficie, donde Rupert intentaba calmar a Elise arropándola bajo mantas. Ella me miró sin reconocerme, los ojos como pozos sin vida, y murmuró:

—Vienen por nosotros… desde abajo. Siempre han esperado.

Rupert me pidió quedarme esa noche. A media madrugada, los ruidos empezaron: eco de pisadas suaves sobre roca, un golpeteo ritmado como de tambores subterráneos, y, ocasionalmente, el rumor de melodías inenarrables. Dormité hasta que el desvelo y el miedo me impulsaron a escapar de la cama. Fui al sótano con la linterna temblorosa y hallé la losa removida unos centímetros. La humedad y el moho tejían un velo macabro sobre la piedra, y algo más —una bruma azulada que sólo parecía visible en la penumbra, girando en remolinos lentos— se colaba por la abertura.

Miré dentro. Lo que vi no puedo describir sin que tambalee mi juicio: la oquedad era demasiado honda, y un fulgor como de mineral mojado parpadeaba en la penumbra más allá de la visión. Abajo, como estalactitas, colgaban extrañas formaciones: cilindros rosáceos y pardos que, quizá, no eran completamente inertes. Me invadió la certeza de mirar hacia abajo en una cueva inmortal, viva y expectante; las rocas erosionadas esbozaban caras distorsionadas y garras fosilizadas, y en el fondo distinguí lo que parecían relieves de torres y templos apenas sugeridos, en una arquitectura que no era, y nunca fue, humana.

Volví a cerrar la losa como pude y busqué en la biblioteca de la casa algún registro. Di con un cuaderno de tapas negras, sellado y cubierto de polvo, cuyos folios estaban colmados de anotaciones en latín inconsistente y grafías personales de mi abuelo, Meredith Atherholt. Hablaba de los “hondos”, de los que se desplazaban en la umbra, y de pactos rotos con entidades anteriores a la humanidad. El último folio tenía una advertencia en inglés antiguo:

“No osen los herederos de la sima abrir el ciclo. Cuando la música suba, la carne y la mente serán uno con la minería de la piedra Sollozante. Y la noche interminará.”

Los días pasaron entre delirios de Elise y llamadas fallidas al doctor Eliot de la Universidad Miskatonic. Rupert cada vez estaba más absorto y me confesó, una mañana anaranjada, que los sueños lo arrastraban a cuevas sin fin y que Elise repetía cantos en un idioma irreproducible, palabras como “Tsathoggua” y sonidos que evocan “K’n-yan”, “Leng” y “Abismo de la Mente”.

Una madrugada de luna nueva, la música estalló con tal fuerza que la casa tembló. Gritos y un hedor a polvo ancestral llenaron los corredores. Corrí al sótano: la losa había sido desplazada, la bruma azul ascendía como tentáculos en el aire, y las paredes rezumaban humedad negra. Unos ojos carmesí destellaron desde lo oscuro. Solo recuerdo, tras eso, una caída interminable y el eco de voces tan antiguas como la piedra.

Desperté en un santuario ruinoso, bajo tierra, entre columnas oblicuas y un altar cubierto de excrecencias minerales y lenguas lamidas por una bruma que tentaba la lucidez. A mi alrededor, formas a medio camino entre lo humano y lo reptiliano, cubiertas de un musgo luminoso, danzaban o reptaban emitiendo música imposible para cualquier órgano conocido. Me sentí observador y sacrificado a la vez, y noté que a cada latido mi voluntad se desvanecía. Una de aquellas formas me rozó, y su contacto desprendió en mi mente imágenes de glaciares que arrastran ciudades, urbes sumidas bajo mundos de pesadilla, habitantes inmóviles de lechos de magma, y celebraciones litúrgicas que se extienden fuera del tiempo.

Vi la urbe impía de K’n-yan extendiéndose por galerías, gobernada por criaturas silentes de ojos verdes, que exclaman letanías de una lengua que muta cada noche. Escuché de bocabularios que rugen la pronunciación de Leng, y sentí una morsa infinita invitándome a descender aún más, a renunciar a mi carne y comprender “la geometría de los sin nombre”.

Pero mi conciencia fue rechazada. Sea porque mi linaje no era aún digno, sea porque alguna fuerza residual de Rupert y Elise intercedió, me precipité a la negrura y luego a la vigilia, tosiendo barro negro en el sótano de Marbury Place. Luché por salir, huyendo por el jardín y el fango, y no miré atrás.

De Rupert y Elise no hallé rastros; la casa se derrumbó días después, tragada por un socavón inexplicable que devoró también los árboles y parte de la avenida. En mi memoria sólo quedó el eco de aquellas melodías, y la certeza horrible de que, bajo Arkham, los abismos de K’n-yan y los templos de Leng convergen, esperando la hora en que la superficie y sus habitantes, distraídos y arrogantes, vuelvan a bailar hacia el pozo eterno. No me atrevo ni a buscar a quienes compartieron mi apellido: los sueños y los susurros siguen llamándome cuando las tormentas arrecian en la ciudad.

Hoy dejo escrito esto para quienes, ignorantes de la sima, crean aún que la historia de Arkham transcurre sólo en la superficie. Si alguna vez escuchan el golpeteo de tambores o el gemido mineral en las noches de luna menguante, huyan. Porque la piedra nunca olvida, y la música aguarda, paciente, hasta que los hijos necios del hombre devuelvan la mirada a la sima, y aprendan a temer el fondo del mundo.

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