Portada del relato La senda del colmillo pálido
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Fragmento:


El diario de Wren enloquecía a partir de ese punto.

Duración: 09:24

La senda del colmillo pálido
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Texto de ajuste de pausa.

En la reputada biblioteca de la Universidad de Miskatonic existen pasillos donde la luz solar es menos que un visitante ocasional y el polvillo en suspensión se arremolina como en un perpetuo vórtice de secretos no pronunciados. Fue allí, entre las vitrinas recubiertas por el sudor del tiempo, donde el doctor Alan Borroughs tropezó con el primer indicio de lo que sería su propia condena.

Borroughs había dedicado su vida al estudio de las civilizaciones prehumanas y sus conexiones con insólitas mitologías menores, particularmente misterios reptilianos y el asunto nunca resuelto de culturas centroasiáticas extintas. Un día de febrero, mientras revisaba una donación reciente de la colección de Tobias Wren—el infame explorador del Pamir—encontró una carpeta atada con cordel negro, marcada sólo con una enigmática runa en forma de pinza curvada. En su interior, junto a mapas y recortes de periódicos amarillentos, se hallaba un cuaderno de tapas grises, cubierto por una pátina de antiquísimo polvo. La primera página estaba escrita con una caligrafía menuda y apretada; parecía temblorosa, como si el autor temiera que lo que había consignado fuese capaz de saltar de la página y devorarlo.

“Que nadie jamás descifre el propósito de Carcë Ghart,” comenzaba el diario, “una elevación maldita a tres jornadas del valle de Shakdara, donde los pastores no se aventuran ni el ganado se atreve a mirar. En la roca vive el dios colmillo: le rezan los mudos, le alimentan los muertos…”

Esta alusión bastó para prender la llama de la malsana curiosidad en Borroughs. El nombre Carcë Ghart le resultaba familiar: creía haberlo visto en un difuso mapa islámico del siglo XIII. Mientras la nieve rascaba los cristales de la biblioteca, el académico empezó a leer, cautivado por las palabras del explorador.

Durante los días siguientes, cercado por libros polvorientos y papelotes arrugados, fue reconstruyendo parte de la expedición de Wren al Pamir, región azotada por el frío y los terremotos. Las entradas databan de cuarenta años atrás, pero estaban llenas de detalles que sólo podía haber anotado alguien perturbado o sinceramente aterrorizado.

Wren relataba cómo en la aldea de Nombrek habían hablado, con susurros y miradas desconfiadas, sobre una “piedra de colmillos” que atraía noches sin viento y pesadillas en la vigilia. Sus guías se negaron a mostrarle la ruta a la meseta de piedra, y sólo un viejo, que no podía pronunciar palabra, dibujó en el polvo el contorno del cerro maldito: largo, serpenteante, con dos picos que se asemejaban a colmillos surgidos de la tierra.

Si las notas eran verídicas, Wren y su reducido grupo viajaron de noche entre ventiscas y grietas invisibles, hasta que un amanecer, lúcidamente descrito en un pasaje febril, vislumbraron una niebla tendida sobre la meseta donde, en vez de hierba, crecían formas pétreas que evocaban cabezas retorcidas y trompas cónicas. Parado, solitario en mitad de la bruma, divisaron un ídolo monstruoso: una amalgama entre paquidermo y reptil, de párpados hendidos e inhumanos, la cabeza coronada por una trompa que parecía respirar a intervalos.

El diario de Wren enloquecía a partir de ese punto.

Borroughs pasó noches completas leyendo el cuaderno, obsesionándose con palabras entrecortadas, secciones arrancadas y manchas que tal vez fueran sangre o óxido. Algunos fragmentos no tenían sentido salvo para un iniciado en ciertos ocultismos: “No dormir, no permitir lamidos que no sean del viento. Los mudos vuelven. Las trompas chupan pensamientos.”

La fascinación de Borroughs por el mito del dios colmillo lo llevó a volver una y otra vez al cuaderno aun cuando los sueños color sepia lo empezaron a atormentar. Primero fue la recurrente imagen de trompas viscosas que colgaban sobre su cama, filtrando palabras en idiomas imposibles. Luego vino el eco de susurros cada vez que se encontraba a solas entre estanterías.

Durante el mes de marzo la obsesión se hizo cuerpo en la realidad. En la sala de antropología, recogiendo libros sobre cultos protoindios, Borroughs advirtió la aparición de un hombre de rostro delgado y sonrisa tácita, vestido demasiado ligero para el invierno. Cada cierto tiempo, al doblar esquinas, Borroughs atisbaba el perfil de esa figura que parecía conocedora de un secreto apenas disfrazado, el leve siseo de su voz, como el de un reptil mimetizado entre los mármoles y las sombras.

Una madrugada, Borroughs fue despertado por un zumbido profundo, como el canto de mil insectos ocultos debajo de la cama. Creyó distinguir, ahogado por el miedo, la silueta de ese hombre junto a su escritorio. No recordaba haberlo dejado entrar; ni siquiera recordaba haberse dormido. El desconocido habló con un tono que era eco, caricia y susurro a la vez.

—¿Sabes qué acaricia los sueños de los mudos? Lo has leído —murmuró—. Chaugnar Faugn nunca duerme; sólo espera nuevas bocas y oídos.

Después de esa noche, el academicismo riguroso de Borroughs fue cediendo a la superstición y el terror. Se halló incapaz de trabajar sin sentir la lengua del aire enroscándose a su alrededor, trayéndole palabras inaudibles, nombres en otros alfabetos, promesas de saber y aniquilación. Los espejos se tornaron hostiles: a veces fugazmente, a veces no tanto, reflejaban, a su espalda, la trompa insaciable de una bestia gris y ajada que sorbía los cantos de sus pensamientos.

Cuando reunió valor para investigar a Tobias Wren, halló información contradictoria: una familia había recibido solo ropa ensangrentada y el extremo de un látigo de cuero; otra rama familiar afirmaba que Wren había regresado, pero sin habla ni recuerdos, y que poco después había desaparecido en una noche sin luna. Escrutando los periódicos del archivo, Borroughs descubrió reportes de desapariciones en el Pamir, pastores cuyas bocas habían sido arrancadas, niños cuyas lenguas habían sido halladas junto a estalactitas como colmillos. Había fotografías difusas de petroglifos: figuras elefantoides rodeadas de lo que parecían serpientes, junto a una figura más alta y delgada, cuyos brazos terminaban en garras.

En su confuso terror, Borroughs decidió visitar a Theodore Lemaux, el anciano bibliotecario ciego que, según los rumores, había oído relatos de la región del Pamir durante sus años como etnógrafo. Lemaux, al principio, se negó a hablar: sólo tras el insistente relato de los sueños y la aparición del hombre delgado, accedió a contar en voz baja lo que sabía sobre “el que alimenta a Chaugnar”.

—No es sólo el coloso elefante, ni sólo el lamedor de sueños. Hay otro, el intermediario; el mensajero de las mil formas y voces; el que viene cuando lees palabras prohibidas, el que se alimenta no del cuerpo, sino de la curiosidad —susurró Lemaux, frotando sus manos decrépitas—. Yo tenía voz. Ahora sólo escucho y espero la trompa…

En ese instante, una corriente helada cruzó la sala y todas las lámparas volcaron sus llamas hacia la ventana, como si algo invisible tratase de filtrarse en el mundo de los hombres. Lemaux se acurrucó, repitiendo sin cesar un verso de resonancia atávica: “Cuando el colmillo blanco pellizque la raíz, guarda la lengua, hazte mudo, cierra los ojos”.

Aquella noche, Borroughs supo que debía destruir el cuaderno de Wren. Empapó las páginas en parafina y, armándose de una valentía anhelante, lo arrojó todo junto a su chimenea. Sin embargo, las llamas se apagaron al contacto con el libro, exhalando un hedor a baba animal corrompida. La brasa chisporroteó, modelando, con fantasmal precisión, la trompa y el colmillo de la estatua descrita en Carcë Ghart.

En los días siguientes, se refugió en su despacho con las cortinas selladas y las puertas aseguradas. Los sueños, empero, lo perseguían. Ahora, los susurros no eran reminiscencias sino diálogos: promesas, amenazas, cantos de una lengua silbante que le ofrecía el fin del miedo a cambio de lo innombrable.

Un atardecer lluvioso, Borroughs creyó oír el arrastre de pies en el pasillo. Se armó con el atizador y entreabrió la puerta, sólo para ver al hombre delgado, sonriente, acompañado de dos figuras que se deslizaban por el suelo, con cráneos alargados y colmillos expuestos. Los tres, sin abrir la boca, transmitían palabras a sus mentes, palabras de sumisión y de secretos, de estirpes de dioses colmilludos que duermen bajo montañas y esperan el tiempo correcto para alzarse y devorar todo eco.

—Sabes ya escuchar, Alan Borroughs —susurró la figura de la sonrisa—. Ahora es el tiempo de hacerte mudo y aprender las caricias del colmillo eterno.

Entonces, el académico sintió que la trompa invisible bajaba desde el techo y le chupaba, no ya la voz, sino el recuerdo mismo de su lengua natal. No podía gritar, no podía rezar ni protestar. Una cálida oscuridad, punzante y adictiva, lo sumergió. Las fauces abiertas en la penumbra eran lo último que vio antes de que el saber, ese saber inhumano y demente, lo abrazara para siempre.

***

De vez en cuando, en la biblioteca de Miskatonic, algún investigador nuevo oye, sin advertirlo, palabras de una lengua desconocida murmuradas entre las estanterías. Siente el roce de algo viscoso e inmemorial tras su nuca, el aliento de una trompa invisible en la oreja. Y, si presta atención en medio de la niebla, tal vez vea la silueta de un hombre delgado, o escuche el lamento de los mudos que ruegan a los colmillos antiguos que les devuelvan la voz… O los sueños.

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