Portada del relato Las Alas de la Locura
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Fragmento:


Dejó caer la carta cuando percibió un olor agrio, penetrante, imposible de ubicar. Se decía a sí mismo que la humedad había fermentado la madera. Sin embargo, sintió que le observaban desde el piso de arriba. Cuando subió, encontró el libro abierto en la página que mostraba una silueta gigantesca, parecida a un murciélago, surcando mares de estrellas. Sus fauces rebosaban de dientes, y su torso nudoso recordaba la podredumbre de una tumba.

Duración: 11:20

Las Alas de la Locura
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Texto de ajuste de pausa.

La calle de Dunworthy era una herida antigua en los suburbios de Arkham: desconchada, quebradiza, siempre silenciosa incluso durante el día. Aquí había nacido y crecido Elmer Tinsley, y aquí volvía ahora, un hombre endurecido y hastiado, tras años de exilio voluntario en Nueva York. Había heredado la casucha decrépita de su tía Maybelle, quien murmuran en el vecindario que nunca dormía, y que gastaba horas mirando el cielo nocturno de espaldas a la ventana, como si temiera ver algo que se arrastrara por las estrellas.

Elmer vino por obligación y pobreza. Las deudas le acosaban como ratas, y tras el funeral de su tía, encontró sólo la casa y un cofre baúl repleto de papeles, ornamentos y un extraño libro de tapas amarillentas cuyo nacimiento parecía remontarse a los días en que los hombres aún temían la oscuridad. Esa primera noche, mientras la tempestad azotaba la casa, abrió el libro buscando pruebas de algún valor, pero sólo halló caracteres antiguos, bosquejos de estrellas imposibles e ilustraciones lacónicas de horrores alados cuya forma dolía contemplar más de un momento.

Al borde de la medianoche, Elmer sintió que la casa exhalaba un susurro. El viento, quizás; pensó, aunque algo en la vibración de ese rumor afirmaba lo contrario. Buscando distracción, hojeó de nuevo el libro, y bajo la página marcada con un pétalo marchito encontró una nota manuscrita, letra temblorosa y enjuta:

“No los llames, Elmer. No recites la invocación aunque la necesites. Los que los ven no regresan intactos. ¡Ni aun desde su lecho de muerte pudo tu tío Callum olvidarlos!”

La risa le brotó amarga. ¿Qué invocación? ¿Qué temía Maybelle? Si tan sólo ella supiera los miedos que había dejado atrás en Nueva York, la gula y el ansia de los usureros, la oscura corrupción que habitaba los corazones de los vivos. Los muertos no podían tentarle. Cerró el libro, arrojándolo sin cuidado sobre el lecho, y apagó el farol.

Eran cerca de las tres cuando despertó. Algo golpeaba el techo, lento, como el latido de un pulso distante. La tormenta cesaba, goteando lentamente. Y entonces, allá afuera, oyó un zumbido agudo y penetrante, como el de una avispa de dimensiones imposibles, una vibración en la que se entrelazaba una fría melodía. Elmer se asomó temeroso a la ventana. Y allí, bajo la no-luz grisácea de la luna encapotada, vio… una sombra deslizándose entre los tilos. Nada concreto, sólo la sensación de que algo muy antiguo y hambriento esperaba en el umbral de la realidad.

Durmió a trompicones, y al alba se convenció de que todo había sido sueños, residuos de antiguos relatos de Maybelle. Bastaron ayunos y un desayuno fuerte para restablecer su ánimo. Pero cuando el cartero dejó la correspondencia, le entregó también un sobre amarillo sucio, dirigido en pulcra caligrafía a Maybelle. Sin pensarlo abrió el mensaje. “El códice está incompleto, señora,” decía, “sin la verdadera invocación. Rogamos no usar los sellos de apaciguamiento. Las constelaciones son desfavorables. K.”

Dejó caer la carta cuando percibió un olor agrio, penetrante, imposible de ubicar. Se decía a sí mismo que la humedad había fermentado la madera. Sin embargo, sintió que le observaban desde el piso de arriba. Cuando subió, encontró el libro abierto en la página que mostraba una silueta gigantesca, parecida a un murciélago, surcando mares de estrellas. Sus fauces rebosaban de dientes, y su torso nudoso recordaba la podredumbre de una tumba.

“¡Basta!” masculló y decidió encerrar el libro en el sótano.

Esa tarde, mientras la brisa arrastraba el olor de los lirios y la lluvia se replegaba, Elmer se sorprendió observando la creciente luna. Un velo le entumecía los nervios, como si esperara la llegada de algo temido y secreto. De improviso, escuchó de nuevo un graznido que no era de ningún pájaro conocido. Ante la certeza de que la noche ocultaba criaturas de otras eras, abandonó la contemplación y selló todas las ventanas.

Pero los sueños no dejaron de hostigarle. Observó, en sus delirios, a Maybelle de pie junto a la cama, sus ojos temerosos clavados en el techo, musitando palabras cuyo sonido le parecía arrancado de selvas mortecinas. Una puerta negra palpitaba más allá de la realidad. Y de algún modo, comprendió que la noche traería a los carroñeros estelares, los Byakhees de los que hablaba la nota.

Despertó sudando y trastabilló hasta el sótano, donde yacía, entre telarañas, la caja con el libro. Razonó que, si Maybelle no había podido destruirlo, él tampoco debía. Pensó en quemarlo, pero el papel parecía rehuir el fuego. Algo chisporroteó, una chispa azulada recorrió la cubierta pese a que no había pólvora ni cables eléctricos cerca.

El día siguiente pasó lento, un estiramiento de angustia y tedium. Leyó la nota de nuevo; sobre todo, las palabras “no recites la invocación”. Pero la curiosidad es una tentación tan mortal como cualquier droga. Al atardecer, Elmer bajó de nuevo, recitándose mentalmente que sólo miraría el libro, no lo leería. Pero cuando abrió la página marcada por el pétalo, la noche parecía haberse condensado allí mismo, una miasma opresiva que se enroscaba en su mente. Los símbolos brincaban, moviéndose entre líneas de idioma ignoto.

Sin saber por qué, murmuró las primeras sílabas en voz alta.

La casa exhaló un suspiro fétido. Y en el silencio, un gemido remoto, como si mil bocas chirriaran a un mismo tiempo, le heló hasta la raíz. El olor agrio se intensificó y la temperatura bajó. Una sombra brotó desde el rincón más oscuro del sótano, extendiéndose hasta cubrirlo todo. Y, entonces, Elmer vio lo imposible: surcando el suelo, atravesando la realidad, el perfil de algo reptante, alado, y monstruosamente torvo. Un aleteo semejante al batir de capas, un chillido, y las vigas se estremecieron.

Escapó de allí, subiendo escaleras a trompicones, tras de sí oyendo crujidos y aplastamientos. Selló la puerta con muebles. El aire, pese a ello, vibraba con la presencia intrusa. La luna, desprovista de su careta de nubes, parecía contemplar la escena con morbosa indiferencia.

La noche cayó, y con ella vino la pesadilla hecha carne. Ráfagas de viento sacudieron la casa. Elmer se acurrucó junto a la chimenea, cuchillo en mano, como si el acero de los hombres pudiera protegerle. A través de un resquicio vio, brevemente, cuerpos desgarbados surcando el vasto cielo, alas membranosas cortando silencios atávicos. Era un miedo ancestral. Sabía lo que eran: los Byakhees de las leyendas de Hastur, sirvientes estelares, devoradores de cordura.

Algo martilló la puerta. Elmer apretó el cuchillo, el corazón tamborileando como nunca antes. Una voz, gutural, inhumana y lejana, como si saliera de una garganta gelatinosa, pronunciaba su nombre con ecos extraños: “Elmer… Elmer…” El hombre chilló, mas la casa respondía sólo con el propio eco de su desesperación.

No sabe cuándo apareció en la sala una sombra grisácea, emergiendo desde los muros mismos, como filtrada por ósmosis desde otros cosmos. Desprendía un olor pétreo, de galaxias podridas. Y cuando Elmer intentó refugiarse tras la chimenea, sintió manos gélidas, viscosas, arrastrándole hacia abajo, a través de la losa y la tierra.

Despertó al alba, cubierto de barro, a metros de la casa. Los vecinos, tras encontrarle vagando con la mirada acartonada, lo despacharon a casa de la señora Peel, doctora aficionada a tranquilizantes. “Colapso nervioso,” diagnosticó, aunque su expresión denotaba que veía en Elmer otra cosa: los ojos febriles de quien ha olfateado el abismo.

Pero Elmer sabía la verdad. La casa, ya no suya, ahora era guardería de horrores mayores. Las noches siguientes, los sueños fueron peores aún: vastos desiertos amarillos bajo extraños soles sin calor, cielos en los que bandadas de Byakhees aullaban su hambre imperecedera. Y, una vez, en la pared de la recámara, emergían marcas que sólo podían haber sido dejadas por garras que no pertenecían a este mundo.

Sobrepasado, intentó huir de Arkham. A cada parada, en hoteles y estaciones hostiles, sentía que el aire era más pesado, que detrás de cada esquina acechaba un aleteo blando y fétido. Soñaba con montañas negras en cuyo ápice ululaban aquellos seres, celebrando festines de sangre y locura. Cuando llegaba el atardecer, sentía la irrefrenable compulsión de mirar las estrellas, temeroso de encontrar alineaciones fatídicas.

Una noche, frente al espejo del hostal, vio surgir entre su reflejo y la pared una figura desmadejada. Era él mismo, pero con ojos de otra raza, húmedos, abismales. Al darse cuenta de que no era un simple sueño, gritó y el grito no cesó hasta que amaneció, hasta que el vaporoso resplandor de la mañana desterró aquella presencia. O, al menos, eso quiso creer.

La paciente señora Peel buscó ayuda en el asilo, donde los galenos le administraron pócimas benignas y palabras reconfortantes. Allí, Elmer supo que el horror de Dunworthy no podía describirse: sólo los muy locos prorrumpían en chillidos al divisar una bandada de cuervos, o alababan el color amarillento de ciertos lirios. No podía, no sabía explicar cuán real era la amenaza. No había forma de encerrar a los Byakhees. Eran carroñeros del cosmos, vinientes cuando las estrellas se alinean y los sueños de los hombres se tornan frágiles.

Pasaron semanas. Elmer, perdido para siempre en sus temores, aprendió un secreto final: cuanto más intentaba olvidar la casa, más frecuentemente surcaban los Byakhees sus sueños y vigilia. Sí, podía huir de Dunworthy, podía cambiar de nombre, podía alejarse a las antípodas. Pero nunca estaría realmente a salvo. Porque basta con que una mente pronuncie, aunque sea una vez y sin comprender, la invocación, para que las alas de la locura aleteen por siempre tras los muros de la razón.

Y en una remota madrugada, los doctores lo encontraron encaramado al alféizar de la ventana, brazos extendidos, mirándose las manos como si aguardara que de los huesos brotaran membranas y zarpas. Balbucía palabras en lengua muerta, miraba la luna y clamaba por una montura, por un viaje: “¡Hali, Hali…! ¡Llévame!”.

No supieron nunca si saltó, si voló o si lo tomaron. El viento esa noche trajo de Arkham olor a podredumbre cósmica, y el eco de un lejano chillido. La constelación de Aldebarán brillaba más amarilla que nunca sobre Dunworthy, donde ningún mortal cuerdo quisiera ya pasar la noche.

Y el libro… Alguien lo recogió, ¿verdad? Tal vez aguardando al siguiente curioso, la próxima víctima, el hombre desbordado de deudas, hastío o curiosidad, tan mortal como cualquier horror estelar. Porque los Byakhees nunca desaparecen. Solo esperan, al filo de la locura, bajo la estrella de Hali.

¿Y tú? ¿Nunca has sentido algunas noches el aleteo de alas membranosas tras tu ventana…?

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