Portada del relato La sombra bajo las criptas
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Fragmento:


Me recibió el ama de llaves, una oscurísima figura de nombre Brumm, con labios sellados como los de una momia obediente. Su mirada, cuando la alzaba, parecía ignorar la ley de la gravedad —o quizá la de la misma razón— vagando perdida cerca del techo o en algún rincón que no me atrevía a explorar. Fue ella quien me condujo por pasillos enmohecidos hasta el despacho de Irena Storr.

Duración: 09:59

La sombra bajo las criptas
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Texto de ajuste de pausa.

I

La niebla de la décima luna de un año perdido se cernía sobre la Villa Inferior cuando hice mi regreso —quizá el último— al enclave prohibido de los Storr. Uno debe sospechar algo aberrante en aquellos parajes desde la distancia, pues ni los lobos ni los vagabundos cruzan sus cerros sombríos, y en los caminos las piedras parecen retorcerse bajo la presión del tiempo. Escribiré esto para advertir, si sirviera de algo, y para limpiar en lo posible el veneno que dejó en mi mente la visión de lo que duerme bajo la antigua casa.

El viaje comenzó cuando recibí la misiva de la señorita Irena Storr, a quien conocía solo por esporádicas cartas de tono funesto y trasnochado. Era una elegante invitación en papel negro, cuyas palabras parecían danzar bajo la luz del candelabro de mi despacho:

«Se requiere su testimonio, señor Ralston. El título de la casa Storr y la custodia de sus secretos ancestrales deben recaer sobre una mente capaz de conocerlos sin derrumbarse. Sea nuestra última voluntad testigo y juez.».

El reto resultaba irresistible para un estudioso de lo extraño como yo: abogado, notario y algo de aficionado en asuntos de ultratumba, aunque nunca había pensado seriamente en la posibilidad de lo sobrenatural hasta aquel encuentro que —lo juro aún temblando— desbordó con creces mis previsiones más mórbidas.

II

Cuando el carruaje me dejó en el portón de la mansión, la luna era una traslúcida pestaña. El páramo alrededor, donde ruinas ciclópeas roían la maleza como dientes rotos, parecía respirar hondo una bruma tan espesa que las mismas copas de los árboles se curvaban bajo su peso. La mansión Storr era un rectángulo endurecido por los siglos, con ventanas tan altas y flacas como ojos de bestia. La brisa traía un olor agrio, mezcla de tierra removida y aguas estancadas, junto a algo remotamente dulce, como carne de fruta corrompida ocultándose bajo capas de podredumbre.

Me recibió el ama de llaves, una oscurísima figura de nombre Brumm, con labios sellados como los de una momia obediente. Su mirada, cuando la alzaba, parecía ignorar la ley de la gravedad —o quizá la de la misma razón— vagando perdida cerca del techo o en algún rincón que no me atrevía a explorar. Fue ella quien me condujo por pasillos enmohecidos hasta el despacho de Irena Storr.

Allí, junto a un fuego raquítico, la heredera aguardaba vestida de luto anticuado, el pelo recogido en fina redecilla y los ojos como carbones que se hubieran consumido noche tras noche. Cuando hablé de la carta, esbozó una mueca acerba —no parecía gratitud, sino algún tipo de resignación desesperada— y me indicó el sillón frente al suyo.

—Señor Ralston, quizá haya sentido ya la presión de esta casa, ese peso malsano —susurró—. Los Storr hemos guardado algo bajo estas piedras; algo que no debe despertar. Pero la estirpe declina y mi hora se acerca. Preciso su mente fría, pues el ritual debe cumplirse, y ninguno aquí tiene ya temple o sangre para ello.

Intenté mirar más allá, deseé preguntarle por la naturaleza de tal ritual, mas su gesto fue tajante.

—Esta noche comprenderá. Prepare su fe y su razón.

III

Congenié poco con la servidumbre, silenciosa y huraña, todos con alguna torcedura en sus gestos o en sus palabras, como si el linaje, la atmosfera o lo que yace en lo profundo hubiese terminado por infectar la totalidad de los cuerpos bajo ese techo. La cena que sirvieron era insípida y gris, aunque juraría que olía a metal oxidado y a yerbas aplastadas bajo botas milenarias.

Antes de retirarme, Irena me entregó un pequeño relicario de bronce y una oración escrita en una lengua irreconocible. Supe más tarde, con amarga certeza, que ni el uno ni la otra me servirían, pero de momento me aferré a ellos como un niño al amuleto de su primer terror nocturno.

La noche no admitía sueño. Las paredes crujían cada cierto tiempo, no por las maderas secas sino bajo algún pulso sordo que brotaba desde los cimientos. Sentí movimientos, como arrastre de pesadas patas bajo el suelo o dentro de los muros, y el aire poco a poco se espesaba con un olor a sangre tibia y cabello chamuscado. Cuando la medianoche golpeó los relojes del pueblo, la llamada de Irena retumbó como un conjuro desde el corredor.

IV

La ceremonia tenía lugar en las criptas Storr, un laberinto subterráneo que, según la leyenda local, descendía bajo la villa hasta perderse en cavernas previas a la historia humana. Brumm portaba un candelabro que parecía fundirse con su propia garra, mientras nos guiaba escaleras abajo, entre tapices podridos, arcos de piedra y puertas forjadas con extraños símbolos que parecían mutar bajo la luz de las velas.

—No sea necio —dijo Irena, sin pronunciar palabra, solo con la mirada—. Ni huya, ni rece si no es con estas palabras.

Pronunció la oración, y durante un instante, las paredes parecieron retraerse, como si una fuerza centenaria y primitiva se apartara solo lo indispensable para dejarnos paso. Las tumbas de los Storr, alineadas con exactitud ritual, marcaban la ruta; y al fondo, ante un altar bajo un arco desmesurado, yacía una piedra monolítica, carcomida por líquenes y cercada de fósiles que, aunque reconocía formas animales y humanas, mostraban mixturas inquietantes: mandíbulas humanas con dientes de lobo, cuencas oculares múltiples, garras adaptadas a articulaciones imposibles.

Por primera vez, sentí aquella certeza primigenia de un mal no-humano. El aire en sí mismo vibraba con una nota grave y reseca. Irena ocupó su puesto ante el altar, Brumm detrás de ella, e hizo una señal para que yo repitiera la oración. La pronuncié tembloroso, sabiendo apenas el sentido fonético. Fue suficiente.

El suelo vibró. Un hedor a carne viva y tierra abierta lo cubrió todo. Las paredes del fondo, cubiertas en una pátina oscura y pulida, comenzaron a segregar una sustancia lechosa. Unos ojos, o la apariencia de ellos, se abrieron de pronto en la roca misma.

Y entonces comenzó la letanía. Irena recitaba palabras imposibles, y a cada sílaba una transformación sucedía en su rostro, como si una energía extirpada de más allá de la vida tirara de la ligadura de su carne.

—Señor Ralston —dijo con voz no enteramente suya—, presencie el Pacto de Sangre y Tierra. Desde los abismos de la fundación, nuestras criaturas —las Madres— protegen el linaje. Mas debe haber ofrenda para que ellas no suban…

No recuerdo haber respondido. Sentí solo el zumbido de mil enjambres bajo mi cráneo. La sangre se me agolpó en los tímpanos. Luego, del monolito surgió una extremidad viscosa, negra y con segmentos membranosos, coronada de garras y ventosas, que buscó a su dueña.

Irena chilló, una sola vez, y al instante siguiente la garra la había partido, como una marioneta sin cuerdas, disponiendo sus piezas ante el altar. Brumm no se inmutó; parecía ya vacía de alma y propósito, quizá herencia de quien sirve a las Madres desde generaciones.

Las paredes latían. Una forma retorcida, imposible de fijar si era sólida o brumosa, se alzó en el altar, aspirando la sangre y los restos de Irena. La letanía terminaba; advertí que el monolito —la cosa— absorbía los fluidos y regeneraba su brillo, mientras otra voz en el aire, profunda y antinatural, susurraba una promesa de horror: “Ni el linaje, ni la especie, escaparán. Solo la ofrenda posterga la ruina”.

Brumm encendió la última vela, y un resplandor pútrido invadió la cripta. Caí de rodillas, incapaz de cerrar los ojos, atado a esos rituales como una marioneta atada a las leyes de una pesadilla.

V

Sucumbí al desmayo, o tal vez a una forma de sueño forzado —sea por el hedor o por el peso de la presencia en la sala. Al despertar, me hallaba de vuelta en mi cuarto, el relicario frío en la mano, y todos los rastros de la noche extirpados, salvo por una humedad manchando la piedra a mis pies, y el eco lejano las palabras pronunciadas en lengua alienígena.

Brumm, con renovado aspecto, como si tras la muerte de Irena hubiese recobrado algunos años, me informó con voz neutra que, como testigo y sucesor ritual, la casa Storr era ahora, hasta mi muerte, mi responsabilidad.

Intenté huir, jurando no volver jamás, pero ninguna puerta cedía, ninguna ventana respondía y el páramo parecía extenderse hasta el infinito, las colinas retorcidas como las vísceras de una bestia herida. Días después —o quizá solo horas, el tiempo aquí es maleable— comprendí que el pacto de los Storr era perpetuo, y no había escapatoria: debía mantener a la criatura saciada, renovar los sellos, buscar, tarde o temprano, una nueva ofrenda.

VI

Por eso escribo: no por advertir al mundo banal, sino para engañar al pozo de mis recuerdos, para suplicar a quien caiga en las redes de la Casa Storr que, al menos, afrente la bestia con ojos abiertos. He aprendido que hay sutilezas en los pactos antiguos, variantes en la pronunciación de la letanía, y un invaluable detalle: quien logre romper el ritmo, investir otro linaje en la sucesión, puede quizá, solo quizá, devolver a las Madres al sueño.

¿Pero quién desafía a los dueños del abismo, quién paga el precio de la libertad en una tierra donde las criaturas y razas no humanas gobiernan la sangre misma que llevamos en las venas?

Comprendo, ahora, los silencios de Irena. Dejo este testamento sellado, para el siguiente, para el próximo incauto… o para que el horror que duerme bajo la cripta, algún día, desfallezca por hambre y olvido. Hasta entonces, velaré, criatura entre criaturas, guardando la noche y la cripta de la que no se vuelve.

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