Portada del relato El murmullo abisal
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Fragmento:


La atmósfera adentro extrapolaba el ahogo del exterior. Era un vapor agridulce el que llenaba el espacio, saturado de humo, humedad y una nota adulta: el aroma inconfundible de un miedo reciente, como si alguien acabara de soltar su alma a jirones sobre la mesa de billar. Se sentó en la barra; el tabernero, un hombre de párpados pesados y mejillas hundidas, apenas alzó la mirada.

Duración: 08:44

El murmullo abisal
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Texto de ajuste de pausa.

Las ramas, desnudas como garras crispadas, repiqueteaban contra la ventana de la posada, anunciando la tormenta que arreciaba sobre el pueblo de Amorgos. Afuera, un mar de tinieblas vibraba con ráfagas que traían consigo un hedor salino, casi rancio, a medio camino entre charca y carne putrefacta. Nadie caminaba por las calles, salvo uno.

Eusebio, forastero de sombrero bajo y una gabardina apolillada, recorrió la estrecha callejuela a trompicones, hipnotizado por la luz anaranjada que se filtraba por los cristales empañados de la posada. Algo le impulsaba, algo en su interior, más allá del frío calándole los huesos, más profundo que la necesidad de cobijo. Entró.

La atmósfera adentro extrapolaba el ahogo del exterior. Era un vapor agridulce el que llenaba el espacio, saturado de humo, humedad y una nota adulta: el aroma inconfundible de un miedo reciente, como si alguien acabara de soltar su alma a jirones sobre la mesa de billar. Se sentó en la barra; el tabernero, un hombre de párpados pesados y mejillas hundidas, apenas alzó la mirada.

—¿Busca alojamiento, forastero? —masculló, limpiando una copa con un trapo mugroso.

Eusebio asintió. Miró al fondo y vio grupos de rostros, gastados y cerúleos, bebiendo en silencio. Pero lo que de verdad lo dejó helado fue un cuadro junto a la chimenea, representando una criatura imposible: larguirucha, escamosa, con fauces de oro ennegrecido, sentada sobre el pecho de un hombre dormido.

—Es solo tradición —dijo el tabernero, notando la dirección de su mirada—, como las leyendas de todos los pueblos. Pero no salga del cobijo del fuego. Aquí, después de medianoche… lo mejor es esperar al alba.

Eusebio intentó reír discretamente. Las fábulas nunca le asustaron desde niño; ni siquiera el día en que su madre desapareció, absorbida por la niebla, tras pronunciar palabras en una lengua ya olvidada. Pero llevaba días con la sensación de ser seguido. Pesadillas recurrentes: escamas deslizándose sobre su piel, la presión asfixiante de una lengua larga sobre su cuello, su pecho oprimido y, sobre él, una risa ignota.

Pidió una copa de aguardiente, buscando quemar esa inquietud. Un anciano que daba sorbos lentos a un vaso le hizo una seña y, arrastrando la silla, se sentó junto él.

—Hoy es una buena noche —dijo, sin preámbulo, la voz áspera, como gravilla mojada—. Debería rezar si tiene fe. Hace mucho, algo vino de las profundidades del lago. Hambriento. Decían que no podía caminar a la luz, que su carne no soportaba el fuego ni la sal. Pero esta noche será... larga.

Eusebio notó un zumbido en sus oídos. La tormenta golpeaba las ventanas como un puño. Bebió el aguardiente de un trago, sintiendo el líquido arder en su estómago vacío. Pensaba levantarse, pero algo —una presión anómala en la sien, una orden no pronunciada— lo retuvo.

—¿Qué ocurre aquí… realmente? —preguntó.

El anciano sonrió con lentitud, enseñando encías ennegrecidas.

—Somos alimento, forastero. Siempre lo hemos sido.

La posada entera pareció vaciarse de sonidos. Un silencio siniestro, casi hueco, se apoderó del lugar. Los parroquianos se retiraban de a poco, pasito corto, la mirada baja, hacia las habitaciones del piso superior.

—Si vas a hospedarte, será mejor que practiques un rito antiguo —el anciano extrajo un saquito de tela—. Tierra del cementerio. Si esparces un puñado bajo la cama, tal vez sobrevivas a la noche. No todos lo logran.

El hombre desapareció entre las sombras, su silueta devorada por la penumbra de la escalera. Eusebio jamás creyó en talismanes, pero cogió el saquito y subió a su habitación.

El cuarto era una celda. Una cama de hierro, un ventanuco cubierto de escarcha, y una chimenea a medio morir que apenas aplacaba el mordisco de la humedad. Se sentó en la cama, agotado, sintiendo cómo los músculos se iban relajando, pero el corazón le palpitaba en el cuello. Del piso inferior llegaba el rumor sordo de voces, luego solo el repiqueteo del viento y el goteo intermitente de un grifo oxidado. No quería dormir, no quería ceder el control. Pero, lentamente, la sombra lo abrazó.

Despertó mucho después sin comprender por qué. Todo estaba oscuro. Al principio creyó que una figura negra se arrastraba por el techo, pero era solo la sombra de las vigas proyectada por la luna. Entonces, la vio: una silueta sobresaliendo de la chimenea. No como cuando un ladrón se quiña hacia adentro, sino como si la piedra hubiera sudado un cuerpo, uno largo y anudado, de piel parda y reluciente.

No se escuchaba nada, ni siquiera los latidos de su corazón, ya que el sonido estaba laminado por una presión mental, invisible e insoportable. La criatura extendió una extremidad hacia adelante, más larga de lo humanamente posible, y Eusebio se dio cuenta de que los dedos acababan en ventosas palpitantes. Sintió el hedor: una combinación de hueso quemado, limo y algo aún peor, algo levemente infantil como cuando uno encuentra el nido de ratas muerto en el sótano.

Eusebio intentó moverse pero no pudo. No importaba lo que hiciera, su cuerpo se negaba, clavado al colchón. Solo podía mirar cómo otra extremidad salía de la chimenea, y otra más… Colosales, de movimientos pausados, reptantes.

Recordó el saquito de tierra. Hizo un esfuerzo sobrehumano, alcanzando a tirar el allá junto a la cama, salpicando la alfombra con el contenido. La criatura, al notar el acto, pareció agitarse; sus extremidades se crisparon y soltaron chasquidos húmedos, rozando el suelo.

La respiración en el cuarto se volvió elástica, como si el aire se estirara hasta hacerse tan fino que rasgaba los pulmones. Eusebio, temblando, vio cómo la criatura se arrastraba hasta la cabecera. Bajo la luna, su rostro se dibujó finalmente: un cráneo de saurio, sobre piel tensa y sin ojos, solo dos grandes órbitas húmedas, de un rojo sucio y convulso, en cuyo interior bullían masas informes.

La criatura sonrió, abriendo una boca que parecía partir la cabeza en dos. Un aliento como de carne mal curada lo hizo ahogar un grito. Sintió las ventosas sobre la frente, la mandíbula, el pecho. Por un instante, vislumbró recuerdos que no eran suyos: una caverna bajo el agua, cientos de figuras en procesión, cuerpos humanos arrastrados como ganado… El pueblo, siglos atrás, entregando su tributo al lago.

Las ventosas succionaron. Eusebio sentía cómo le bebían la memoria, sorbo a sorbo —días de infancia, el primer amor, los rostros de sus padres—, el horror de estar siendo vaciado por dentro sin heridas, convertido en una cáscara andante lista para la visita del siguiente huésped.

Trató de gritar, pero lo invadió ese mismo silencio sepulcral que azotaba la posada. Entendió la tradición de esparcir tierra del cementerio: no era protección, era invitación. Llamaba a los hijos del osario, a los que nunca debieron despertar.

Las luces de la mañana finalmente desbordaron la tormenta. Eusebio despertó en la cama, helado, con los ojos secos y la garganta agujereada por el hambre. Su memoria era un muro negro, apenas quedaban jirones; no recordaba por qué estaba ahí, ni el rostro de su madre. Miró el ventanuco: todos en el pueblo iban saliendo, luciendo casi iguales, con paso arrastrado y ojos huecos. Bajó a la sala, donde el tabernero le sirvió un desayuno frío, sin mirarlo.

—Vuelva, si pudo dormir —le dijo simplemente, sin emoción.

Eusebio salió, caminando con los demás, internándose en la niebla. Sentía dentro una quemadura, la impresión de algo reptando bajo su piel. Sabía, instintivamente, que esa noche, en el lago, sería uno de los que entregarían su tributo. Y más allá de la neblina, algo esperaba con hambre de siglos, paladeando los recuerdos de todos los que, como él, habían cruzado alguna vez la puerta de la posada.

En el lago, el agua gris borboteó. Las escamas emergieron primero, luego una boca de dientes torcidos, saboreando el aire. No importaban las leyendas ni las plegarias: cuando los murciélagos danzaban sobre el techo y la luna sangraba en el agua olvidada, era el tiempo del festín. Porque el terror más antiguo, pensaba Eusebio antes de comprender lo que debía hacer, no es el temor a la muerte; es el miedo a olvidar quiénes somos, a vaciarnos, a ser alimento para criaturas que solo pueden nacer del hambre de otros.

Y así, en Amorgos, la noche no dejó de caer. Nunca, desde entonces.

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