Fragmento:
La segunda noche, los sueños llegaron. Podía jurar que mi dormitorio colindaba con el fondo del océano, cuya presión bramaba a través de los gruñidos del viento. Caminaba por corredores inundados de limo, y veía los murales que decoraban los claustros, figuras serpentinas y ramificadas, mitad cefalópodos y mitad corales, todos postrados ante algo cuya geometría mi cerebro repugnaba.
Duración: 09:24
El bajorrelieve parecía tan simple: círculos concéntricos esbozando algo que, a la luz parpadeante de la lámpara de mi escritorio, no debía ser una galaxia sino el motivo central de una cosmología más siniestra. Llevaba días sin dormir, trastornado por mis estudios de la oscura monografía de Lomarsh, traducida torpemente del primigenio zstylzhemgh, que apenas se distinguía del murmullo de los horrores. La tinta de los glifos temblaba como si vibraran al contacto de las sílabas que aún resonaban de fondo, arrastrando ecos de los lampos atávicos de un océano ajeno.
Documentar en mi diario era una costumbre adquirida en la biblioteca Bodleiana, pero hacía semanas que mis anotaciones se transformaban en balbuceos febriles, más apropiados a los reclutas de Innsmouth. El profesor Llewellyn me envió, creyendo que mi ascendencia mixta me conferiría alguna protección contra la corrupción del entorno. Él nunca dijo “profundidades”, pero la insinuación era más putrefacta que cualquier palabra que se atreva el hombre a articular.
Las cartas de recomendación me abrieron las puertas del derruido monasterio costero, Doulwich-by-the-Sea, cuyos restos naufragaban bajo las nieblas perpetuas—nieblas que en ocasiones traían el jadeo de los acólitos que aún realizaban ritos entre los pilares caídos. Supuse que las sectas supervivientes del Culto de Dagon serían folclore, pero pronto descubriría que el mar jamás olvida a sus hijos.
Me alojé en la celda oeste, el único recinto donde la humedad no había destrozado cada documento. La comunidad aceptó mi presencia a regañadientes; lo que vi en sus linajes era una mezcla de fatalidad y un saber oscuro bajo la piel cuarteada por la sal, ojos vidriosos que evitaban la luna nueva. Todo el edificio temblaba con la marea y resonaba con un zumbido de abjuración y celebración.
La segunda noche, los sueños llegaron. Podía jurar que mi dormitorio colindaba con el fondo del océano, cuya presión bramaba a través de los gruñidos del viento. Caminaba por corredores inundados de limo, y veía los murales que decoraban los claustros, figuras serpentinas y ramificadas, mitad cefalópodos y mitad corales, todos postrados ante algo cuya geometría mi cerebro repugnaba.
La voz del prior, Edric, susurraba en mi mente: “En la sima, más abajo que el pensamiento, reside lo primero y lo último. Los de afuera le dieron nombre de broma; los de las aguas lo cantan para distraerle de la orilla del cosmos. Tú, extranjero, serás testigo”. Así desperté, empapado y sabiendo que aquellos zstylzhemgh no eran tan solo rezos insonoros de una secta degenerada, sino que actuaban de acólitos de algo mucho más vasto que Dagon y más letal que las criaturas de la costa.
Durante el día, recopilé notas de antiguos papiros: oraciones entrecruzadas de latín corrupto, acadio y esas chirriantes sílabas zstylzhemgh, apretujadas entre figuras rupestres: tentáculos replegados sobre una espiral ciega, pliegues orbitando un vacío central. Las velas se apagaron. El frío se espesaba. Pregunté al prior por las catacumbas; su sonrisa propuso ir más allá, hasta el sumidero del saber, allí donde el rebose de las estrellas hay simiente húmeda.
Fue mi tercer sueño el que forzó mi mano, o lo que me quedaba de voluntad. Soñé que descendía escaleras cubiertas de percebes, portales que exudaban residuos y bioslimes, donde criaturas de ojos de pez me observaban desde recovecos imposibles. Uno de ellos cantaba en una voz palpitante, en un idioma tan salino que el aire se hacía agua en mi tráquea: “No te acerques a la sima. No cantes la canción que no tiene final”. Desperté con un retumbar en los oídos, como si mi craneo fuera un tambor lejanísimo y húmedo.
Aquella noche, tras la cena, Edric se apareció en mi celda y, con luminiscencia febril en la mirada, entregó una antorcha y un óxido de llave de hueso pulido. “Estudio ha terminado; ahora mira”. Me condujo a la capilla derruida, cuyos bancos estaban cubiertos de un limo negruzco. Bajamos por una trampilla disfrazada entre losas sueltas. Otros miembros del culto descendieron tras nosotros, emitiendo sonidos ululantes, mezclando letanías en tongues extrañas y el zstylzhemgh, sonido que pinchaba la piel desde dentro.
Avanzamos en la penumbra por corredores que ardían de humedad y musgo; el hedor era tan abyecto que mi alma escocía. Los muros crujían con la presión de mareas abisales. Las raíces de las paredes eran huesos barnizados, y escuché claramente los chapoteos de criaturas—o partes de criaturas—nadando en algún conducto anegado bajo el suelo.
La procesión se detuvo frente a un portón circular, ornado con bajorrelieves cuya presencia sólo puede definirse por lo que la mente rechaza. Allí, Edric extendió un pergamino enrollado, y entonó con toda la congregación la sinfonía de palabras que sólo el idioma de las profundidades conoce, la plegaria-canción del zstylzhemgh. Los muros vibraron; la piedra crujió; un frío marino me cubrió la lengua con sabores de bivalvos podridos y petróleo. Atravesé el umbral en medio de una bruma que no era bruma, sino conciencia que me lamía el espíritu.
Al otro lado, una sima vertical se extendía hasta la negrura absoluta. Chorros de agua negra ascendían y descendían con la regularidad de una respiración. Vi formas; vi bultos que no debían moverse entre las cúspides de ruinas anegadas. Reconocí al menos una figura humanoide, peluda de algas y reluciente de escamas, encadenada o danzando en un espasmo sin fin.
Coros de monstruos marinos, de bocas cuyos dientes no se acomodan en ninguna quijada natural, exhalaban arpegios de una música que no era música. Vi estremecerse la negrura, plegarse en sí misma. El sacrificio comenzó; uno de los acólitos fue arrojado, y mientras caía, la canción de zstylzhemgh subía, martilleando mi pecho con la intensidad de una llamada inicial.
En mi miserable vigilancia, me atreví a mirar por encima del abismo. Fui absorbido. No sé si lo que experimenté fue locura o una verdad que traspasa los átomos. Vi el corazón del cosmos: no fulgor ni sombra, sino un bolo informe de tentáculos, garras, y cosas para las que no hay palabra ni símbolo, aspirando realidades como una criatura de los abismos engulle plankton. El horror tenía un núcleo: una membrana pulsante que a veces reía desde dentro. Todo alrededor nadaban cosas; sí, cosas de Dagon, pero también cosas que Dagon mismo temería.
Un repentino miedo me atravesó el alma: Azathoth, el motor ciego y putrefacto del universo mismo, girando, regurgitando, inspirando mentes y mundos para devorarlos en un ritmo idiota. La congregación, como si fuéramos tan solo testigos del espectáculo, podía perder su forma en un instante, convertirse en larvas de la marea o alimento de una de aquellos tentáculos sin dueño. Todos estábamos soplando la canción para distraerle, para acunarle en su estupor amorfo.
Los acólitos entonaron cada vez más fuerte; Edric se acercó a la sima y gritó en un idioma gutural, efervescente de zstylzhemgh: “¡Por las entrañas de la profundidad, que nunca despierte el que traga todo!”
Sentí que mi aliento era succionado hacia el vacío, que mi cuerpo era llamado como una nota en la orquesta interminable de aguijones y sangres. Mi mente fue salpicada de imágenes: ciudades de coral que lloran sangre, océanos de gas hirviendo, trincheras sin fondo donde el núcleo mismo del horror rueda y mastica.
No sé cómo regresé. Tropecé y corrí, guiado por el remoto anhelo de la superficie. Huyendo de las catacumbas, bordeando corrientes de limo, una fuerza conspiró para mantenerme vivo, quizás como recuerdo, como testigo de lo que sólo los elegidos deben descifrar. A mi espalda resonaba aún la canción: la letanía zstylzhemgh, prolongada por las criaturas marinas, los que adoran y los que temen, todos gritando en obediencia a la voluntad central.
Ahora, en la soledad de mi apartamento, el canto sigue. Al cerrar los ojos, el coro me visita: bocas coralinas, palabras de agua. La melodía hace que sueñe con tentáculos, con cuerpos corales danzando en espirales ante el centro que nunca debió saberse. Mi único consuelo es escribir y no dormir; pues sé que, si duermo, la llamada será más fuerte, y algún día no volveré.
Los miembros del Culto de Dagon siguen esperando, cantando en la noche lunar. Ellos creen que sus plegarias perpetúan el sueño de Azathoth, el gran digestor estelar, y que sólo a través de los cantos zstylzhemgh podemos posponer el fin del todo. Pero yo sé que, aunque nuestras voces se unan hasta extinguirse, nada puede protegernos del hambre ciegha y tonta que duerme en el centro, mientras la marea atrae y expulsa cuerpos hacia abajo, hacia donde nunca debimos mirar.
Escribo para advertirte, lector, aunque hasta los nombres y los recuerdos se ahogan bajo las olas. Cierra la puerta por dentro cuando cante el mar, y nunca respondas a las voces que nadan en la música de la noche.
Porque aquello que corea desde la hondura lo devora todo: luz, pensamiento, alma. Y somos tan solo las burbujas que emergen y estallan antes del banquete.
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