Fragmento:
Me sobresaltó el fervor morboso del texto, y más aún su mención a la Carne Eidolónica—secta de la que sólo había leído tenues rumores entre el material prohibido de la Biblioteca Orne, una cofradía sospechosa de sacrificios y ritos inmemoriales, tan antiguos como la fundación de Arkham misma.
Duración: 09:41
No es extraño en las comarcas humildes de Nueva Inglaterra que la noche adquiera una curiosa densidad, una pesadez etérea que parece agazaparse sobre los tejados mal trechos. Sin embargo, jamás aprendí a temer de modo tan visceral a la oscuridad como aquella primavera en Arkham, cuando la niebla se arremolinaba a la caída del crepúsculo y los relojes parecían perder nervio frente al pavor que se infiltraba por rendijas y adoquines. Aquella ciudad portuaria había sido siempre terreno fértil para la superstición, con su río combado y aceitoso, sus álamos perennes y las interminables leyendas que los ancianos relataban cerca de las chimeneas apagadas.
Me veo en la penosa obligación de consignar, a despecho de mi cordura, los eventos que presencié cuando, en calidad de profesor asociado al Departamento de Literatura Antigua de la Miskatonic, acepté la invitación de mi antiguo pupilo, Emory Hall. Hall era un hombre de temple curioso y mirada huidiza, afecto a largas digresiones sobre las costumbres arcanas de los habitantes fundadores de Arkham y, se susurraba, un adicto a la exploración de ruinas en los bosques que rodeaban la ciudad, envenenados por siglos de cadáveres sumergidos y fango limo.
Recibí de Hall una breve nota, escrita con temblorosa grafía, fechada a mediados de abril de 1927:
"Estimado profesor, convengo en compartirle ciertos descubrimientos referentes a la secta de la Carne Eidolónica, recabados en los meses previos. Le ruego discreción, así como su llegada a Arkham antes del anochecer del día veinte. La información es de naturaleza peligrosa. Derrame no pocas palabras vacías sobre el asunto. No falte. Pido silencio absoluto.
E. Hall"
Me sobresaltó el fervor morboso del texto, y más aún su mención a la Carne Eidolónica—secta de la que sólo había leído tenues rumores entre el material prohibido de la Biblioteca Orne, una cofradía sospechosa de sacrificios y ritos inmemoriales, tan antiguos como la fundación de Arkham misma.
El viaje en tren fue breve pero inquietante. Durante el trayecto, la llanura se disfrazó de páramo y el aire se espesó con la pesada humedad del río Miskatonic. Al llegar sentí un claro rechazo de la urbe: las altas torres y mansardas parecián inclinarse, los charcos sobre los adoquines tenían un brillo aceitoso y macilento, y los niños corrían lejos de los forasteros por temor a historias demasiado antiguas para el lenguaje común.
Hall me aguardaba frente a la Casa Stockbridge, perteneciente a su linaje, y sus sacos ojerosos y movimientos abruptos presagiaban calamidad. Bajo cielos ahogados por nimbos plomizos, entramos a su estudio. Allí, tras la prudencia de cortinas dobladas, me entregó un cuaderno atado con cuerda roída y un amuleto de piedra jabonosa, tallado con símbolos confusos que semejaban cuerpos humanos desdoblados, entreverados hasta hacer indistinguibles sus extremidades de bulbos y fauces.
—No es sólo historia, profesor —dijo Hall en voz rasgada—. En las cosas que he desenterrado en las colinas de Meadow Hill, muy cerca del cementerio, hay vestigios de prácticas que aún sangran en la memoria local. No deben jamás repetirse.
Lo cierto es que su relato fue balbuceante, pastoso y de una candidez rayana en lo histérico. Habló de aquellas primeras tribus de colonos puritanos que, alejados de la vigilancia de Salem, permitieron brotar antiguos cultos, anteriores incluso a la lengua inglesa, oficiando bajo noches sin luna en sótanos y lechos fangosos. El cuaderno, plagado de diagramas y anotaciones en latín y mashantucket, mencionaba "la maduración de la carne" y "el paso del velo".
Al preguntarle si se refería a canibalismo ritual, la respuesta de Hall fue un temblor que se propagó de su labio hasta rozar los goznes de la ventana:
—No es carne humana, ni animal por completo. Es... algo en el fango. Lo siembran años pares y lo recogen cuando la Luna acecha más baja. Mi familia... ellos...
Se interrumpió, y sólo más avanzada la noche supe lo que pretendía decir: fue esa misma familia la que, en 1749, cerró las criptas bajo la Mansión Pickman tras las desapariciones de niños.
Aquella noche el sueño me fue imposible. El aire olía a azufre y tierra húmeda. En alguna parte, afuera, una criatura que no pude ver escarbaba con garras en las macetas del patio. Por el hueco de la escalera, provenían gruñidos opacados, como si la casa entera respirara por sus sótanos.
A la mañana siguiente, Hall decidió llevarme al lugar de los hallazgos. El camino nos condujo por senderos de tierra negra, atravesando un bosque tan denso que delante de nosotros parecía abrirse un túnel líquido de sombras. Finalmente llegamos a una hondonada, al borde de un pantano poblado de ranas viscosas e iridiscentes. Al fondo, una cúpula de piedra cubierta de musgo sobresalía apenas. Mientras el sol declinaba, Hall hurgó en su capa y extrajo una llave de hierro ennegrecido.
—No baje nunca solo —me advirtió, y giró la cerradura.
El hedor que nos golpeó era una amalgama de podredumbre y almizcle. Descendimos por una rampa viscosa, apenas iluminados por una linterna. El túnel, más antiguo que cualquier construcción conocida en Nueva Inglaterra, conducía a una cámara donde el musgo pendía en filamentos. En el centro yacía una especie de altar, tallado en piedra negra, con relieves indescifrables.
En ese recinto, me dijo Hall, había encontrado las primeras pruebas del culto a la Carne Eidolónica: fragmentos de osamentas deformes, cuya textura era a la vez calcárea y gelatinosa, y piezas de tejidos animales irrompiblemente adheridas a trozos de piel humana. Pero lo peor era lo aún vivo, conservado en una suerte de amnios cristalizados y tan repugnante que desvió la luz de la linterna hacia la negrura plena del miedo.
Me condujo a una esquina del recinto, donde una compuerta de hierro bloqueaba un pequeño cubículo excavado en la roca madre. Del otro lado, se oía una respiración profunda, animal, más cercana a lo humano que cualquier bestia, más lejana de lo humano que cualquier espectro. Hall tembló mientras blandía el amuleto.
—Cada vigesimocuatro años alimentan al huésped. En la última nevada, aún no entera, mi tío permitió que lo bajaran aquí. Al joven Pickman lo arrastraron para la ceremonia, y no hubo más rastros de él, solo un surco de limo y gritos demente. Dicen que la cosa crece hasta tomar la forma de quien mas teme; que es parte de la ciudad, parte de las mismas nieblas que suben del río. Se alimenta de las pesadillas, y las vomita de vuelta en la mente de sus devotos.
Todo en la cámara conspiraba contra cualquier rastro de lógica: la arquitectura, los materiales, incluso el flujo del aire, que parecía desplazarse de manera torpe, como forzado a penetrar en la materia. Me costaba respirar y el sudor empapaba mi camisa.
No soy hombre propenso a creer en prodigios o fantasmas; la ciencia es mi cruz y mi fe, y aun así, ante esas pruebas, la razón flaquea. Hall, quebrado, depositó el cuaderno y el amuleto en el altar, encendió una mecha de aceite y dejó la cámara en penumbra, sólo iluminada por un reflejo que no provenía de luz mundana.
Esa noche, de regreso en la casa, sólo la fatiga logró aplacar mi ansiedad. Debí dormirme cerca del alba, porque la siguiente escena no puedo determinar si fue sueño o delirio. La mansión crujía, y algo húmedo y expectante se deslizaba fuera de mi habitación. Seguí el sonido hasta el sótano y descendí sin linterna, como arrastrado por una voluntad ajena. Allí, la compuerta estaba abierta, y la respiración fuera humana, fuera bestial, era ahora balbuceante.
Una forma lenta y amorfa, sin rostro definido pero plagada de orificios y apéndices a medio formar, reptaba hacia mí, extendiendo tentáculos de carne —casi humana, pero innegablemente monstruosa. En sus rugosidades discerní, entre la podredumbre, semblantes que reconocí vagamente de retratos familiares en los salones, ojos que se abrían y cerraban en ráfagas de un odioso pestañeo colectivo. Cuando uno de los tentáculos se alzó hacia mi rostro, el miedo se apoderó de mi cuerpo hasta el desmayo.
Desperté cerca del mediodía, bañado en sudor, con la sensación de tener la piel vuelta hacia dentro y la memoria plagada de imágenes viscosas. Hall se había marchado, la casa estaba sola, y algo en el aire me repelía con la fuerza de un augurio. Decidí huir de Arkham.
Pero un impulso malsano me hizo hurgar en el cuaderno. En las últimas páginas, Hall había registrado sueños: repetidas visiones de cuerpos fusionándose, de una urbe sumergida donde la carne se extendía por las avenidas y la gente era rehén de una nutriente pesadilla colectiva. En las anotaciones supe que la secta de la Carne Eidolónica aspiraba a borrar el límite entre materia y pensamiento, sembrar terrores que cobraran vida propia bajo las losas húmedas de la ciudad.
Con horror, comprendí. Arkham era su sagrario, y sus habitantes —pues todos portábamos miedo— éramos ya parte de esa monstruosa comunión. Al partir, por las esquinas y en los reflejos de las ventanas, creí ver tentáculos blancos ondeando bajo los pliegues de la niebla; quizá sólo era mi mente, traumatizada, tratando de revolverse contra el horror.
Nunca más supe del destino de Hall. La Casa Stockbridge fue demolida ese verano; la hondonada, tapada con cal y alquitrán. Pero sé —y a menudo, en sueños, revivo la certeza indecible— que bajo Arkham palpita aún esa carne insaciable, alimentándose de nuestros terrores, esperando el momento en que la niebla sea lo único que quede.
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