Portada del relato Las torres de los sueños olvidados
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Lo has traído —musitó, sin saludar.

Duración: 09:14

Las torres de los sueños olvidados
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

En el anochecer de un septiembre tardío, cuando el viento aullaba tras los cristales de mi despacho decadente, recibí una carta sellada con cera carmesí al modo arcaico, dirigida en una caligrafía nerviosa cuyo trazo parecía temblar bajo una urgencia inefable. Durante años, mi vida había transcurrido entre la monotonía académica y los sueños de otros mundos más allá de la pálida Nueva Inglaterra, pero en aquel sobre —en la materia de su simple existencia, en el temblor que suscitó en mi mano al abrirlo—, sentí la promesa del abismo. Nunca pude decidir si la acepté por deseo de saber, o porque mi voluntad ya se había doblegado cuando leí el extraño remitente: Phineas Collum, un nombre apagado por el tiempo, perteneciente a un colega desaparecido tras una última conferencia de antropología respecto a los pueblos de la meseta de Leng.

La epístola, breve y agonizante, hablaba de sueños recurrentes, de ciudades inmarcesibles cuyas sombras parecían alzarse mucho más allá del sueño ligero de los mortales. Describía Collum espacios donde las estrellas colgaban opacas y el aire olía a tiempo detenido. Me pedía, casi rogando, que lo encontrara en Arkham, ciudad cuyo nombre ya es preludio de ansiedad para quienes saben leer los mapas secretos de Massachusetts. Debía ir, afirmaba, portando cierto libro encuadernado en piel negra: el infame tratado sobre la topografía onírica de Hyperborea, que ocultaba en la biblioteca de la Universidad Miskatonic.

Pospuse mi decisión varios días, tentando la excusa racional —el deber, la edad, los alumnos que dependían de mi voto en comités intrascendentes—, pero la noche siguiente, el sueño acudió con violencia. Vi una torre encantada por titilantes braseros de luz grotesca, donde las sombras parecían burbujear por el suelo y una melodía incongruente, como plata oxidada, reptaba lamiendo las ventas. Por detrás de todo, había una presencia abisal, un rumor de pisadas inhumanas cuyo eco aún despertaba en mi oído al amanecer.

No pude resistir más. Tomé el tren más próximo rumbo a Arkham, arropándome en la oscuridad del vagón, contemplando cómo el humo serpenteaba contra la luna. El tratado reposaba en mi equipaje, el tacto de su lomo me quemaba aún a través de la tela. Y así, crucé la frontera invisible donde la realidad cede ante el otro lado, llegando a esa ciudad cuya atmósfera parece cargarse de ácido a cada paso.

Encontré a Collum en una buhardilla ruinosa, apartado del bullicio, absorto en una esquina cuyas sombras parecían huir de la lámpara. La habitación apestaba a carne quemada y a una humedad implacable. Sus ojos reflejaban un cansancio sobrenatural y, al verme, dejó escapar un suspiro que parecía atravesar siglos.

—Lo has traído —musitó, sin saludar.

Le entregué el tratado. Mientras lo hojeaba con dedos temblorosos, murmuraba palabras en una lengua acuchillada por el olvido; el aire se veló, y sentí como si un velo carmesí descendiera sobre la buhardilla. Solo entonces habló, con voz que ya no era del todo humana:

—No volveré al sueño nunca más, pero tú puedes cruzar al menos una vez y traer de vuelta lo que olvidé.

No supe si tratarlo de loco o de iluminado, pero al abrir el libro sobre la mesa, los caracteres parecieron henchirse para flotar encima de las páginas. Percibí líneas y rectas que giraban y se trenzaban en configuraciones antieucleidianas; mi visión comenzó a nadar en el vértigo de geometrías imposibles. Collum me ofreció una copa cuyo contenido brillaba con destellos vermiculares y apenas me rozó los labios cuando todo a mi alrededor se disolvió, como si la sustancia de la realidad fuera nada más que el vaho de un sueño superior.

Caí, lo supe, en un lugar donde el suelo no obedecía sino a un ritmo ignorado por los axiomas humanos. Todo era niebla pululante, pero en ella se insinuaban estructuras ciclópeas: paredes recubiertas de jeroglíficos ilegibles, cúpulas giratorias, escaleras que subían para después hundirse hacia las entrañas de la tierra o el cielo. La ciudad que se erguía ante mí no era hecha para ojos humanos. Reconocí en sus contornos la huella de Kadath, la ciudad de los Dioses del Sueño, aquella que Collum había descrito en sus conferencias y que ningún viajero había alcanzado sin perder algo esencial en el trayecto.

La melodía disonante que oí en mi sueño reapareció, reverberando contra la roca y el éter. Tuve la sensación de hallarme en un laberinto de torres y galerías, y que cada sombra cobijaba ojos expectantes. Un león alado de oro, descomunal y esculpido en estilo imposible, me miraba desde la cima de una pirámide invertida. La raíz de mi ser supo lo que debía hacer: avanzar pese a mis miedos, pues ya nada quedaba atrás salvo la rendija por donde se filtra la locura.

Cada paso en ese lugar era una negación de la lógica, una invitación a aceptar que el terror puro posee su propia gracia. Las piedras palpitaban al compás de una música antigua y desoladora, y estando allí, comprendí que algo acechaba justo al límite de la percepción: no era una criatura ni una presencia propiamente dicha, sino la Sombra misma de Kadath, la memoria de todo lo que ha sido desterrado del sueño de los dioses. Tuve la certeza atroz de que ni Collum ni ningún humano antes que yo habían sido más que destellos filtrados por su atención, atados a propósitos que tal vez trascienden las leyes de la propia muerte.

En el centro de una plaza de mármol azul, hallé lo que buscaba aun sin conocerlo previamente: un relicario de ónice en cuyo interior chisporroteaban sombras líquidas. Su contacto me heló los huesos y supe, sin palabras, que ésa era la Esencia del Retorno. Una parte de Collum yacía allí, un residuo informe de todos los sueños que osó robar a Kadath.

Tomé el relicario; y fue como si el espacio se doblara y anudara en torno a mí. Vi torres que se dislocaban y monstruos etéreos danzando en la penumbra. Me tomó toda la voluntad el regresar sobre mis pasos hacia la puerta de negrura, donde la melodía infernal surgía ahora con mayor vehemencia. Al traspasar el umbral, sentí una mano monstruosa rozar mi mente y una voz de era fósil prometió oscuridad infinita si osaba regresar.

Desperté sudando bajo la buhardilla de Collum. Él yacía en el suelo, rígido y ciego, los labios aún curvados en una sonrisa de alivio. Como siguiendo un guión ancestral, coloqué el relicario en su pecho y observé horrorizado cómo su carne se destensaba y se evaporaba, como si el aire saturado de sueños lo reclamara. Del lugar donde se extinguió, se elevó un hilo de humo que torció la lámpara y apagó toda luz, sumergiéndome en un abismo donde solo era posible adivinar el latir de un corazón monstruoso.

Huí de aquella buhardilla antes que la aurora extinguiera los últimos velos de la pesadilla vivida, sabiendo que había cruzado un umbral que ningún ser consciente debería siquiera vislumbrar. La ciudad de Arkham, tan firme y real a plena luz del día, arrastraba ahora tras de sí largas cenizas invisibles, y juraría que en los rincones más oscuros las sombras parecían deslizarse a mi paso, movidas por los mismos acordes espectrales que acompañaron mi descenso a Kadath.

Los días siguientes transcurrieron entre la fiebre y los sobresaltos. Un frío imposible se apoderó de mi cuerpo, y mi mente era pasto de memorias que no lograba distinguir de los sueños. Cada noche, a la hora más negra, sentía resonar tras mis párpados la melodía imposible, la promesa de retorno a las torres olvidadas, a las plazas y avenidas donde el tiempo se curva, y donde la Sombra de Kadath tramita, con paciencia cósmica, el retorno de todos los que rechazan olvidar. ¿Hubo acaso un mensaje en el horizonte brumoso de ese otro mundo? ¿O era simplemente la manifestación de una curiosidad innata, un tropismo hacia el horror que acecha más allá de los límites de la percepción humana?

Cuanto más me esfuerzo por recordar, más se deshace la arquitectura de la experiencia, mientras el resplandor azul de la plaza y el latido de la ciudad de los dioses se mezclan con mis propias sombras interiores. A veces, al rozar el tratado —que aún guardo en mi escritorio, cubierto de polvo pero inmutable en su negrura—, siento que toda mi vida ha sido un eco borroso del sueño de otro ser infinitamente superior. Me descubro temblando al pensar que sólo he sido el instrumento de un designio más vasto, una excusa para alimentar a la voraz Sombra de Kadath.

Pero más atroz aún es la certeza, expresada con fiereza en la mirada terminal de Collum, de que todo sueño es una promesa incumplida, y que los dioses que habitan más allá de las estrellas no olvidan jamás la irreverencia de quienes buscan penetrar sus secretos. Cuando la noche me encuentra, el eco de la ciudad perdida me reclama, y percibo que la única opción para cualquier viajero de tales sendas es elegir entre la ignorancia y el terror.

Escribo esto sabiendo que pronto regresaré, llamado por ese hilo invisible que ató desde siempre mi destino al de la funesta meseta y sus guardianes. Si alguna vez lee alguien estas líneas, le imploro que huya de toda invitación relacionada con los sueños y la geometría imposible, con las palabras que zumben más allá del umbral del habla humana. Pues bajo las sombras de Kadath, acechan los sueños que han olvidado despertar, y aquellos que los perturban sólo hallarán, en los umbrales del silencio, la eternidad del horror absoluto.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.