En el anochecer de un septiembre tardÃo, cuando el viento aullaba tras los cristales de mi despacho decadente, recibà una carta sellada con cera carmesà al modo arcaico, dirigida en una caligrafÃa nerviosa cuyo trazo parecÃa temblar bajo una urgencia inefable. Durante años, mi vida habÃa transcurrido entre la monotonÃa académica y los sueños de otros mundos más allá de la pálida Nueva Inglaterra, pero en aquel sobre —en la materia de su simple existencia, en el temblor que suscitó en mi mano al abrirlo—, sentà la promesa del abismo. Nunca pude decidir si la acepté por deseo de saber, o porque mi voluntad ya se habÃa doblegado cuando leà el extraño remitente: Phineas Collum, un nombre apagado por el tiempo, perteneciente a un colega desaparecido tras una última conferencia de antropologÃa respecto a los pueblos de la meseta de Leng.
La epÃstola, breve y agonizante, hablaba de sueños recurrentes, de ciudades inmarcesibles cuyas sombras parecÃan alzarse mucho más allá del sueño ligero de los mortales. DescribÃa Collum espacios donde las estrellas colgaban opacas y el aire olÃa a tiempo detenido. Me pedÃa, casi rogando, que lo encontrara en Arkham, ciudad cuyo nombre ya es preludio de ansiedad para quienes saben leer los mapas secretos de Massachusetts. DebÃa ir, afirmaba, portando cierto libro encuadernado en piel negra: el infame tratado sobre la topografÃa onÃrica de Hyperborea, que ocultaba en la biblioteca de la Universidad Miskatonic.
Pospuse mi decisión varios dÃas, tentando la excusa racional —el deber, la edad, los alumnos que dependÃan de mi voto en comités intrascendentes—, pero la noche siguiente, el sueño acudió con violencia. Vi una torre encantada por titilantes braseros de luz grotesca, donde las sombras parecÃan burbujear por el suelo y una melodÃa incongruente, como plata oxidada, reptaba lamiendo las ventas. Por detrás de todo, habÃa una presencia abisal, un rumor de pisadas inhumanas cuyo eco aún despertaba en mi oÃdo al amanecer.
No pude resistir más. Tomé el tren más próximo rumbo a Arkham, arropándome en la oscuridad del vagón, contemplando cómo el humo serpenteaba contra la luna. El tratado reposaba en mi equipaje, el tacto de su lomo me quemaba aún a través de la tela. Y asÃ, crucé la frontera invisible donde la realidad cede ante el otro lado, llegando a esa ciudad cuya atmósfera parece cargarse de ácido a cada paso.
Encontré a Collum en una buhardilla ruinosa, apartado del bullicio, absorto en una esquina cuyas sombras parecÃan huir de la lámpara. La habitación apestaba a carne quemada y a una humedad implacable. Sus ojos reflejaban un cansancio sobrenatural y, al verme, dejó escapar un suspiro que parecÃa atravesar siglos.
—Lo has traÃdo —musitó, sin saludar.
Le entregué el tratado. Mientras lo hojeaba con dedos temblorosos, murmuraba palabras en una lengua acuchillada por el olvido; el aire se veló, y sentà como si un velo carmesà descendiera sobre la buhardilla. Solo entonces habló, con voz que ya no era del todo humana:
—No volveré al sueño nunca más, pero tú puedes cruzar al menos una vez y traer de vuelta lo que olvidé.
No supe si tratarlo de loco o de iluminado, pero al abrir el libro sobre la mesa, los caracteres parecieron henchirse para flotar encima de las páginas. Percibà lÃneas y rectas que giraban y se trenzaban en configuraciones antieucleidianas; mi visión comenzó a nadar en el vértigo de geometrÃas imposibles. Collum me ofreció una copa cuyo contenido brillaba con destellos vermiculares y apenas me rozó los labios cuando todo a mi alrededor se disolvió, como si la sustancia de la realidad fuera nada más que el vaho de un sueño superior.
CaÃ, lo supe, en un lugar donde el suelo no obedecÃa sino a un ritmo ignorado por los axiomas humanos. Todo era niebla pululante, pero en ella se insinuaban estructuras ciclópeas: paredes recubiertas de jeroglÃficos ilegibles, cúpulas giratorias, escaleras que subÃan para después hundirse hacia las entrañas de la tierra o el cielo. La ciudad que se erguÃa ante mà no era hecha para ojos humanos. Reconocà en sus contornos la huella de Kadath, la ciudad de los Dioses del Sueño, aquella que Collum habÃa descrito en sus conferencias y que ningún viajero habÃa alcanzado sin perder algo esencial en el trayecto.
La melodÃa disonante que oà en mi sueño reapareció, reverberando contra la roca y el éter. Tuve la sensación de hallarme en un laberinto de torres y galerÃas, y que cada sombra cobijaba ojos expectantes. Un león alado de oro, descomunal y esculpido en estilo imposible, me miraba desde la cima de una pirámide invertida. La raÃz de mi ser supo lo que debÃa hacer: avanzar pese a mis miedos, pues ya nada quedaba atrás salvo la rendija por donde se filtra la locura.
Cada paso en ese lugar era una negación de la lógica, una invitación a aceptar que el terror puro posee su propia gracia. Las piedras palpitaban al compás de una música antigua y desoladora, y estando allÃ, comprendà que algo acechaba justo al lÃmite de la percepción: no era una criatura ni una presencia propiamente dicha, sino la Sombra misma de Kadath, la memoria de todo lo que ha sido desterrado del sueño de los dioses. Tuve la certeza atroz de que ni Collum ni ningún humano antes que yo habÃan sido más que destellos filtrados por su atención, atados a propósitos que tal vez trascienden las leyes de la propia muerte.
En el centro de una plaza de mármol azul, hallé lo que buscaba aun sin conocerlo previamente: un relicario de ónice en cuyo interior chisporroteaban sombras lÃquidas. Su contacto me heló los huesos y supe, sin palabras, que ésa era la Esencia del Retorno. Una parte de Collum yacÃa allÃ, un residuo informe de todos los sueños que osó robar a Kadath.
Tomé el relicario; y fue como si el espacio se doblara y anudara en torno a mÃ. Vi torres que se dislocaban y monstruos etéreos danzando en la penumbra. Me tomó toda la voluntad el regresar sobre mis pasos hacia la puerta de negrura, donde la melodÃa infernal surgÃa ahora con mayor vehemencia. Al traspasar el umbral, sentà una mano monstruosa rozar mi mente y una voz de era fósil prometió oscuridad infinita si osaba regresar.
Desperté sudando bajo la buhardilla de Collum. Él yacÃa en el suelo, rÃgido y ciego, los labios aún curvados en una sonrisa de alivio. Como siguiendo un guión ancestral, coloqué el relicario en su pecho y observé horrorizado cómo su carne se destensaba y se evaporaba, como si el aire saturado de sueños lo reclamara. Del lugar donde se extinguió, se elevó un hilo de humo que torció la lámpara y apagó toda luz, sumergiéndome en un abismo donde solo era posible adivinar el latir de un corazón monstruoso.
Huà de aquella buhardilla antes que la aurora extinguiera los últimos velos de la pesadilla vivida, sabiendo que habÃa cruzado un umbral que ningún ser consciente deberÃa siquiera vislumbrar. La ciudad de Arkham, tan firme y real a plena luz del dÃa, arrastraba ahora tras de sà largas cenizas invisibles, y jurarÃa que en los rincones más oscuros las sombras parecÃan deslizarse a mi paso, movidas por los mismos acordes espectrales que acompañaron mi descenso a Kadath.
Los dÃas siguientes transcurrieron entre la fiebre y los sobresaltos. Un frÃo imposible se apoderó de mi cuerpo, y mi mente era pasto de memorias que no lograba distinguir de los sueños. Cada noche, a la hora más negra, sentÃa resonar tras mis párpados la melodÃa imposible, la promesa de retorno a las torres olvidadas, a las plazas y avenidas donde el tiempo se curva, y donde la Sombra de Kadath tramita, con paciencia cósmica, el retorno de todos los que rechazan olvidar. ¿Hubo acaso un mensaje en el horizonte brumoso de ese otro mundo? ¿O era simplemente la manifestación de una curiosidad innata, un tropismo hacia el horror que acecha más allá de los lÃmites de la percepción humana?
Cuanto más me esfuerzo por recordar, más se deshace la arquitectura de la experiencia, mientras el resplandor azul de la plaza y el latido de la ciudad de los dioses se mezclan con mis propias sombras interiores. A veces, al rozar el tratado —que aún guardo en mi escritorio, cubierto de polvo pero inmutable en su negrura—, siento que toda mi vida ha sido un eco borroso del sueño de otro ser infinitamente superior. Me descubro temblando al pensar que sólo he sido el instrumento de un designio más vasto, una excusa para alimentar a la voraz Sombra de Kadath.
Pero más atroz aún es la certeza, expresada con fiereza en la mirada terminal de Collum, de que todo sueño es una promesa incumplida, y que los dioses que habitan más allá de las estrellas no olvidan jamás la irreverencia de quienes buscan penetrar sus secretos. Cuando la noche me encuentra, el eco de la ciudad perdida me reclama, y percibo que la única opción para cualquier viajero de tales sendas es elegir entre la ignorancia y el terror.
Escribo esto sabiendo que pronto regresaré, llamado por ese hilo invisible que ató desde siempre mi destino al de la funesta meseta y sus guardianes. Si alguna vez lee alguien estas lÃneas, le imploro que huya de toda invitación relacionada con los sueños y la geometrÃa imposible, con las palabras que zumben más allá del umbral del habla humana. Pues bajo las sombras de Kadath, acechan los sueños que han olvidado despertar, y aquellos que los perturban sólo hallarán, en los umbrales del silencio, la eternidad del horror absoluto.
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