Portada del relato El Murmullo Pétreo ante la Puerta del Caos
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Fragmento:


—Francis —gruñó Armitage, sujetando mi brazo—, no mires demasiado ese objeto. Es un sello, uno de los siete que usaron… ellos.

Duración: 10:53

El Murmullo Pétreo ante la Puerta del Caos
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Texto de ajuste de pausa.

Una tempestad ahogaba Arkham, y la lluvia flagelaba los abordes de la Universidad de Miskatonic mientras el cielo, cubierto de nubes negras, sólo enviaba destellos esporádicos de un relámpago verdoso, cuya luz pesaba en el aire como una maldición. Me encontraba de pie en la sala privada del doctor Armitage, donde la penumbra era interrumpida apenas por la luz roja de una lámpara que chisporroteaba de vez en cuando, haciendo parecer a las paredes repletas de libros como si pulsaran con una vida lóbrega y propia.

Había recibido la carta días antes, con la apretada caligrafía inglesa de mi viejo amigo de juventud. Quiso el destino, y tal vez algo más, que a pesar de mis ocupaciones en Providence, acudiera de inmediato tras leer el críptico mensaje:

“Francis, debes venir. Lo que he encontrado trastorna la base de la realidad. Es cuestión de tiempo antes de que algo despierte.”

Firmado – simplemente – “W.H. Armitage”.

Ya desde mi llegada a Arkham una inquietud inefable me poseía. No era solo la amenaza brumosa de esa ciudad consagrada a los libros y la superstición, sino la persistente impresión de que la tormenta misma era más que lluvia y viento: olía a ceniza fría y mandrágora, y en el silencio entre los truenos se percibía un rumor seco, como de guijarros arrastrados por una corriente subterránea. Al llegar a la Universidad, el portero observó mi fisonomía con un aire peculiarmente distante y me dejó pasar con apenas un susurro, “Cuidado con la música, señor Derby”.

Armitage me recibió con el rostro cincelado por noches de insomnio. Se encontraba solo, aunque sobre la mesa se hallaban dos tazas de té tibio y varios documentos esparcidos, la mayoría escritos en una mezcla delirante de latín e idiomas imposibles, cuyos alfabetos parecían deslizarse y reptar por la página. Junto a los papeles se hallaba un objeto indescriptible: un cilindro de piedra oscura, tallado con figuras que el ojo no podía soportar por más de un instante. Había en sus grabados una recurrencia en la espiral, y el centro era, inquietantemente, un vacío, un hueco pulsante en el corazón mismo de la ligereza mineral.

—Francis —gruñó Armitage, sujetando mi brazo—, no mires demasiado ese objeto. Es un sello, uno de los siete que usaron… ellos.

—¿Quiénes son ellos?

—Los sacerdotes de Azathoth.

Sentí que el nombre pendía pesado e inmóvil en la atmósfera, como si la habitación hubiera repentinamente descendido en las profundidades de un abismo insondable. El calor, aun bajo la piel, se esfumó. Armitage se levantó de un salto y cerró la puerta con doble llave. Me indicó entonces que lo acompañase, no sin antes arrojar un paño sobre el cilindro pétreo.

—Durante semanas he seguido una serie de desapariciones, de profesores y mendigos; niños y ancianos. Todas las pistas convergen en manuscritos bajo la catedral arruinada, junto al Miskatonic. Aquí nadie habla abiertamente, pero el río guarda toda podredumbre— susurró Armitage—. Encontré, con ayuda de mis estudiantes, una invocación perdida entre los papiros griegos del Culto del Vacío. Y luego, ese maldito cilindro.

Titubeé, bajo la visión de lo que los rumores de la universidad sugerían: rituales subterráneos, sectas de antiguos, orbes luminosos flotando bajo lunas nuevas, y las leyendas de sacerdotes harapientos que entonaban cantos inhumanos en lenguas sin nombre. Pero lo que realmente me heló la sangre fue el eco de un rumor pasado: Azathoth, el Saqueador de Mundos, el Dios Ciego y Loco del Centro del Caos, cuyo culto existía velado en las ruinas más antiguas del planeta.

Bajamos a las bóvedas. El retumbar de la tormenta menguó y, en cambio, los corredores de piedra húmeda acogieron un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el goteo de alguna infiltración invisible. A cada recodo, el aire olía más a oleorresina, a cera antigua y una podredumbre terrosa. Armitage me llevó hasta una cámara, donde las paredes estaban recubiertas con símbolos semejantes a los del cilindro. En el centro, un pozo abierto hervía de sombras: una negrura que devoraba la luz que osábamos acercar.

—Aquí fue hallado el cilindro, y mucho antes, tras la fundación de Arkham, pereció el primer párroco —susurró Armitage—. Mira, aquí están las crónicas del propio Lowell.

Leyó en voz baja de un pergamino: “Donde bailan las sombras, deambulan los músikos diletantes de Yuggoth, custodios del Incensario Atróz; en su cónclave, los sacerdotes de Azathoth esperan la Perfección del Vacío.”

Todo parecía un juego malsano de ocultismo hasta que, bruscamente, el pozo vibró. Algo, abajo —¿o acaso fuera arriba, a la izquierda en el espacio invertido?— pareció moverse. La vibración escaló por la piedra, y de pronto, sentí una música distante, atonal y enemiga, que desgarraba la mente como un instrumento cuyas cuerdas fuesen de nervio vivo.

Armitage blanqueó y sujetó mi hombro—Francis, ¿lo oyes? No debemos escuchar. Si se escucha, se sueña; si se sueña, se es llamado.

Sin embargo, el sortilegio era demasiado fuerte. Las propias piedras parecían querer rendirse al sopor de esa música blasfema. Asomados a las erasos del pozo, nuestros ojos buscaron —pese a la razón— una forma. De entre las sombras, ascendieron siluetas. Robos ennegrecidos, rostros sin rasgos delineados, salvo los ojos: simples iris blancos que refulgían bajo las capuchas, como sumas de la nada misma.

—Sacerdotes de Azathoth —susurró Armitage, arrodillándose e intentando no mirarles directamente.

Me sentí arrastrado por una sugestión más allá de la voluntad, agachando la cabeza a su paso. Los sacerdotes se movían en procesión circular, entonando letanías imposibles. “Iä! Shug-Kurazz’athoth!” cantaban, y la propia piedra sangraba este salmo en oscilaciones incomprensibles. Al centro de la cámara, los seres se congregaron, rodeando el pozo.

Uno de los sacerdotes sacó de entre sus ropajes una especie de báculo; no era madera ni marfil, sino un tentáculo mineral, y en su cima pendía un incensario que destilaba vapores iridiscentes murmullantes. Al inhalar aquel efluvio, sentí que mi mente era forzada a edades perdidas, y supe, sin saber cómo, que aquellas eran las hebras del tiempo mismo retorcidas por el azar y la locura.

El sacerdote habló sin mover labios ni rostro. Las palabras brotaron en el interior de mi cráneo, vibrando en una frecuencia sorda y aborrecible: “Azathoth torna, sueña y dispersa. ¡Bailen! ¡Callen! ¡Rindan tributo de carne para el Vacío!”

En ese instante, el pozo se inflamó con una fuerza vital antinatural. Del abismo surgió una corriente de formas sin geometría, negras sobre negro, y la música aumentó. Armitage gritó y se cubrió los oídos. Yo, en cambio, fui empujado a danzar por una fuerza irresistible. Toda la bóveda giró alrededor del núcleo y, en la demencia de aquel baile sacrílego, tomé conciencia de los suplicios de generaciones olvidadas, de las orgías de sangre en la Necrópolis de N'kai, y de la suma de todo dolor humano vertido como tributo para el Dios Ciego.

No podía liberarme. Cada nota era una orden. La carne obedecía, mientras el espíritu caía en el vórtice. Supe —no me preguntes cómo— que cada uno de los sacerdotes había sido alguna vez humano, y que en cada ciclo eran elegidos nuevos servidores, presas de visiones y emblemas que la mente diurna nunca recordaría.

Entre las sombras, Armitage logró recitar unas fórmulas aprendidas en noches infinitas:

“En el nombre de Eibon, en las sendas heladas de Leng, yo niego la Espiral, niego el Nombre, niego la Música.”

El eco de sus palabras resquebrajó la procesión. La oscuridad recedió por un momento y sentí que la letanía aflojaba sus cadenas.

De improviso, uno de los sacerdotes se volvió hacia nosotros; retiró la capucha y, para su horror y el mío, nos miramos a los ojos. Era un rostro humano, conocido. ¡Era el portero! O, más bien, lo que de él restaba: un semblante vacío de emoción, con los ojos deshabitados, la boca convertida en un canal abierto de sombras.

—Venid —dijo la boca del portero, aunque su voz era la música misma—. Faltan danzantes; faltan voces; faltan mundos que ardan para Azathoth.

No sé cuánto tiempo retuvimos la consciencia. La música planeó sobre todo, y pensé en mis padres, mis pasiones y terrores olvidados, en mi niñez bajo las estrellas otras, recordando que todos compartimos la raíz de una locura más honda que la sangre. Percibí fragmentos de la historia secreta de la humanidad: aquellos que escucharon la Música antes, los primeros en rendirse ante el Sacerdocio, siglos atrás en Samarcanda, en el lodo de Egipto y en las grutas selladas del Rin.

Armitage me arrastró, tropezando, hasta el borde del pozo

—¡Francis, resiste! ¡No mires más, no escuches! Recuerda tu nombre. ¡Tu nombre!

El horror en mi pecho fue mayor porque supe —lo supe como sólo se puede saber en sueños— que la música estaba en mí ahora, y que, aunque lográramos huir, la procesión continuaría en los márgenes de mi mente, aguardando la caída de mi vigilia para reclamarme otra vez.

Con el último aliento, Armitage tiró las tazas de té sobre el cilindro. El líquido hirvió, hubo un destello, y toda la sala se sumió en la oscuridad más absoluta. Un grito, no humano, huyó de esas profundidades, y la música se quebró en estática.

Desperté – ¿un día después, una semana? – en la enfermería del campus. Nadie me miraba a los ojos. Fui conducido, medio sedado, hasta la estación del tren por un celador cuyo rostro nunca recordaré. Armitage había desaparecido; sólo quedó una nota suya en mi bolsillo: “Vete, Francis. Mientras puedas escuchar, aún puedes huir.”

Ahora escribo esto, y mientras el crujir de los raíles me empuja lejos de Arkham, sé en lo más íntimo que los sacerdotes de Azathoth me han marcado. A veces, en el sueño, atisbo la procesión. Percibo la música que no muere y la certeza de que volverán a llamarme cuando la tormenta traiga la siguiente ola de sombras. No hay plegaria ni ciencia que aparte las alas de la locura cuando, bajo la tierra y sobre ella, los Músicos Tullidos y sus Sacerdotes entonan la melodía de la Destrucción Final.

Dios mío, que este testimonio sirva de advertencia: nunca jueguen con sellos antiguos, ni escuchen la música que surge de los pozos. Porque incluso si sobreviven, llevarán por siempre en el alma la simiente negra de Azathoth. Y cuando los relámpagos caigan verdes del cielo, sabrán que están escuchando… la llamada.

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