Fragmento:
No había subido aún, no. Me movía lentamente, escudriñando retratos familiares deformados por la humedad, sigilos antiguos grabados en marcos roídos, y tablillas con inscripciones en un idioma ininteligible –más tarde sabría que era Naacal, lengua extinta transmitida por copias infames de los Manuscritos Pnakóticos. Por la escalera principal ascendí, guiado ora por la lógica, ora por ese instinto subhumano que nos arrastra hacia lo prohibido.
Duración: 10:45
La mansión de los Fenwick se alzaba retorcida al final de la avenida, su silueta mortecina apenas recortándose contra el cielo plúmbeo de Arkham. Los inviernos eran largos y desolados en esa región maldita de Nueva Inglaterra, pero jamás lo fueron tanto como aquel que siguió a la muerte del último Fenwick. Tal vez debí sospechar que algo funesto aguardaba tras las paredes saturadas de humedad y secretos de la casa. Pero mi ignorancia era tan grande como mi orgullo; fui como un ciego a la boca de un abismo inmensurable.
Me llamo Charles Rutledge, y soy –o era– investigador privado con cierta inclinación malsana por asuntos anómalos. Debió bastarme la advertencia de la señora MacAuley, la criada octogenaria que servía a los Fenwick desde la adolescencia. “Algo cerca del techo, señor, algo que zumba al anochecer”, murmuró temblorosamente mientras me invitaba a examinar el tercer piso. No le di la menor credibilidad. Los aldeanos siempre tejían historias para explicar la decrepitud de sus amos y el abandono progresivo de las propiedades ancestrales.
Pero el caso tenía extrañas singularidades. Habían desaparecido dos jóvenes y un profesor de la Universidad Miskatonic que investigaban ritos alquímicos en la mansión. Archivos del archivo de la Universidad citaban leyendas sobre los Fenwick y su obsesión con “puertas siderales”. Incluso Dyer, un astrónomo de mediana fama, escribió en un panfleto que “fenómenos aéreos anómalos” pululaban sobre la mansión ciertas noches de luna nueva.
Fue entonces, guiado por mi engreimiento —y por la generosa paga del decano de la universidad— que crucé el umbral de la casa poco antes del anochecer, una tarde en que el aire parecía poseer densidad de plomo derretido. En el recibidor, el crepúsculo arrancaba brillos fúnebres de los espejos polvorientos. Los muebles gemían a cada paso, y un acre olor a almizcle y cuero podrido embargaba mis sentidos. En el silencio, solo interrumpido por el sollozo del viento entre las rendijas, creí oír el zumbido que la señora MacAuley me mencionara, muy arriba, casi en el ático.
No había subido aún, no. Me movía lentamente, escudriñando retratos familiares deformados por la humedad, sigilos antiguos grabados en marcos roídos, y tablillas con inscripciones en un idioma ininteligible –más tarde sabría que era Naacal, lengua extinta transmitida por copias infames de los Manuscritos Pnakóticos. Por la escalera principal ascendí, guiado ora por la lógica, ora por ese instinto subhumano que nos arrastra hacia lo prohibido.
Nadie me había preparado, sin embargo, para lo que hallé en el estudio del último Fenwick. El cuarto —según se decía, refugio favorito de Eliphas Fenwick III— estaba atiborrado de libros profanos y herramientas extrañas. Y en el centro, bajo una claraboya muy sucia, yacía un tapiz cubierto de símbolos que herían la razón. En su centro había una estrella de cinco puntas, delineada con extraña sustancia que parecía al mismo tiempo sangre seca y aceite. Junto al tapiz, una mesa plagada de frascos y tinteros derramados. Sobre ella descansaba un libro voluminoso de cubiertas nauseabundas: “De Vermis Mysteriis”, sus páginas aún húmedas en las márgenes, como si absorbieran acongojantes efluvios de aquel ambiente.
De improviso, un estrépito sacudió el techo, tan atronador que sentí vibrar el piso bajo mis botas. Algo se arrastraba —o reptaba— en el desván. Y entonces, igual que si toda la masa de la casa restallara con vida, el zumbido se hizo insoportablemente palpable. Me cubrí los oídos instintivamente; pero el acoso era más espiritual que físico. Juraría sentir —y esto es lo único que puedo decir con certeza— una miríada de voces, no humanas ni infernales, recorriéndome la piel como insectos invisibles.
El repique de las vigas arriba me llevó a traspasar el umbral hacia una semi-escalera, tan oscura que sólo mi linterna —flaqueando ya— lograba rasgar con su débil claridad pérfida. Los tablones crujían monstruosamente a cada paso; sentía las sombras, el lomo curvado del tiempo mismo cediendo bajo el peso de lo innombrable. Y entonces... lo vi.
El techo abuhardillado, enmohecido y saturado de telarañas, abierto mediante una escotilla hacia la insania exterior. La luna, casi oculta, bañaba la escena con su frialdad. Sin embargo, lo que petrificó mi médula fue la figura encorvada en la penumbra: un ser alto, delgado, membranoso como un murciélago, cuyos brazos se plegaban en articulaciones imposibles y cuya piel parecía estar hecha de yeso resquebrajado y limo. Por un instante creí reconocer las alas chasqueantes, translúcidas, a través de las cuales se veía la noche horrenda más allá. Eran ellos. Byakhees.
No era uno solo. Las monstruosidades aleteaban, zumbando fuerte con sus pavorosos apéndices, mientras extendían garras compuestas de materia indiscernible. Sus bocas, ausentes de labios, se abrían en forma de ‘O’ y de ellas brotaba un vapor amarillento, pestilente a azufre y amoníaco, que pronto colmó el ático y me forzó a retroceder violentamente, aterrado más allá del lenguaje.
No sé cómo logré descender rodando la escalera, perdido en un vértigo inconmensurable. Vi, mientras escapaba a trompicones a través de la casa, que en las paredes habían aparecido extraños glifos perlados, escritos quizá en otras dimensiones o mediante secreciones ajenas a este mundo. Alguien —o algo— me seguía, los zumbidos ahora surgían de todos los rincones, como si la casa misma se hubiera convertido en un nido contra natura. Me precipitaba por pasillos interminables, con la penumbra cerrándose a mi alrededor y la certeza de que toda la mansión respiraba, exhalando y aspirando en un ritmo que no era humano ni natural.
Llegué de algún modo al sótano —jamás supe cómo, salvo que la lógica y el terror profundo pueden conjugarse de forma funesta— e incluso allí hallé indicios de lo abominable: esqueletos de aves fragmentadas, libros apilados en altares improvisados, y sobre todo, fragmentos de meteorito con vetas irisadas que parecían latir al tacto. Toqué uno sin querer y fui invadido por visiones indiferenciables a cualquier experiencia sensorial previa; vi abismos estelares, planetas muertos, seres que volaban sobre huecos interminables sin tiempo ni color.
Desperté —o tal vez nunca llegué a dormir— tendido en el suelo, con la boca empapada de vómito y el cuerpo entumecido. Entonces caí en cuenta: la puerta del sótano estaba cerrada desde fuera. ¿Quién me encerró? En la penumbra, topé con una carta apenas visible entre huesos y trapos; una misiva manuscrita de Eliphas Fenwick III. “Solo los elegidos o los condenados conocen el nombre. Ellos vendrán cuando la luna se esconda. Servidores de aquellos que viajan en la negrura azufrada entre mundos. Ofrezco sangre para mantenerlos en su plano. No profanéis sus ritos. Huye, si aún es posible”.
Apenas retuve las ganas de gritar. El horror me atenazó de tal modo que sólo la desesperación logró impulsarme a buscar un resquicio por el cual escapar. Localicé una pequeña portezuela cerca de la base de la escalera, oculta por décadas de mugre y olvido. La forzé con toda mi rabia, astillando muñecas y nudillos hasta que cedió, liberándome en una zanja exterior apestada de lodo y ratas. La noche estaba súbita e irrealmente iluminada por extraños haces de luz, y no de la luna ni de ninguna estrella: venían, lo supe, de las criaturas.
Mas lo peor aguardaba aún. Cuando, maltrecho, alcancé el terreno baldío frente a la casa, miré hacia arriba y vi el firmamento devorado por formas grotescas, como alas de cien metros de longitud, envolviendo la mansión. Las sombras no sólo la cubrían: penetraban y emergían de ella, como si su arquitectura no fuera sino la carcasa de una colmena interdimensional. Y en medio de la algarabía de zumbidos, comprendí por qué Fenwick había compuesto sus trampas esotéricas y sellos prohibidos. Los Byakhees no obedecían sólo a los moradores de la casa, ni siquiera a los Fenwick: eran mensajeros, conductores entre mundos, meros apéndices de algo todavía más vasto, que acecha en Yuggoth y más allá.
Huí como un poseído a través de campos enlodados y bosques gélidos, oyendo aún a mis espaldas el sordo aleteo y la ominosa vibración del aire. No me detuve hasta alcanzar la carretera de Dunwich, donde un granjero me encontró cubierto de sangre, barro y balbuceando incoherencias. Nadie creyó, por supuesto, nada de lo que relaté. El sheriff de Arkham acudió algún tiempo después a la mansión y sólo halló ruinas, madera quemada y cenizas dispersas por el viento. Lo vivido se volvió para todos —salvo para mí— una superstición rural más.
Sin embargo, cada equinoccio, me despierto empapado de sudor, con la carne salpicada de moretones inexplicables y con la seguridad de que, en algún lugar entre los resquicios de la consciencia y el sueño, los Byakhees siguen rozando la grieta entre los mundos. El hedor a azufre se cuela a veces por los umbrales de mi modesto apartamento en Kingsport; la noche es densa y atemporal en la costa, y siento todavía el aleteo de alas membranosas cada vez que cierro los ojos.
He visto más —y peor— en las visiones que a veces regresan: otras mansiones, otros incautos, meteoritos iridiscentes y sellos pintados con sangre. Hay un patrón, una cadencia arcanísima que conecta cada aparición; una lógica oculta bajo el desvarío, como la trama siniestra de un universo tejido por hábitos inimaginables.
Ahora sé que fui marcado por esos seres la noche que contemplé su polvo amarillento y su errancia entre las estrellas. Si alguna vez veis en la oscuridad de la medianoche una sombra con alas translúcidas y sentís un olor a azufre, huid cuanto podáis y rezad —si acaso hay dioses que os escuchen— para que no reparen en vosotros. Porque los Byakhees no sólo son meros transportadores de quienes los invocan, ni meros caballos de brujas y hechiceros. Son glotones de almas y centinelas de horrores tan vastos que el mero atisbo de su dominio puede destruir la mente humana.
Y así escribo esto, como una advertencia y una confesión, persuadido de que mis días están contados y mis noches... ya no me pertenecen. Recen por mí, aunque temo que ya sea demasiado tarde. Pues esta noche siento el hedor aumentando y el zumbido vuelve a poblar los rincones. Y sé, con certeza siniestra, que pronto escucharé el aleteo final sobre mi tejado.
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