Fragmento:
Mi regreso no obedecía a motivos sentimentales sino a la lectura de una carta amarillenta que encontré entre las posesiones de mi fallecido tío Abner. La letra era temblorosa, tal vez escrita en la agonía, y varias palabras estaban casi borradas por manchas de sal y tiempo. En ella, me pedía acudir “a la casa de la pendiente gris, la que mira la bahía, antes de que se hunda la memoria y la locura”. Al pie de la nota rezaba: “Pregúntale al vigía por lo que se esconde más allá de las Estrellas”.
Duración: 09:25
Era una noche sin luna cuando regresé a Kingsport, una de esas noches en las que el viento marino sopla sigiloso y los viejos pescadores se apresuran a echar doble pestillo a sus puertas desvencijadas. Habían pasado veinte años desde la última vez que escuché los insidiosos cánticos en la marea y vi el destello inconfundible sobre el agua; y fue solo entonces, viendo los jirones de bruma alzarse del puerto vacío, que comprendí cuán vano había sido mi intento de olvidar.
Mi regreso no obedecía a motivos sentimentales sino a la lectura de una carta amarillenta que encontré entre las posesiones de mi fallecido tío Abner. La letra era temblorosa, tal vez escrita en la agonía, y varias palabras estaban casi borradas por manchas de sal y tiempo. En ella, me pedía acudir “a la casa de la pendiente gris, la que mira la bahía, antes de que se hunda la memoria y la locura”. Al pie de la nota rezaba: “Pregúntale al vigía por lo que se esconde más allá de las Estrellas”.
Aun antes de llegar a Kingsport, mi mente volvió a la noche de 1913. Yo era entonces un joven universitario y explorador de quimeras, demasiado fascinado por lo oculto y lo arcaico. Aquella noche, la marea estaba baja y el olor a algas muertas era tan fuerte que parecía un velo sobre todo el pueblo. Recordaba el coro distante que se alzaba desde la costa, acompañado de un fulgor violeta sobre las aguas inquietas. Me acordé de cómo mi tío Abner me tapó los oídos y me arrastró hacia la vieja casa de la pendiente, donde permanecimos encerrados hasta el amanecer, cuando solo sobrevivían en mi memoria ecos de un cántico y la impresión de estrellas que ardían con un fulgor nunca visto en este mundo.
Recorrí las calles empedradas, ahora más desiertas que nunca. Los viejos faroles de gas lanzaban su luz enferma sobre muros de piedra cubierta de líquenes. Al acercarme a la casa de mi infancia, noté que las ventanas habían sido tapadas con tablones clavados desde dentro. Golpeé la puerta con los nudillos, y el eco resonó en la noche. Nadie respondió. Un portón lateral, bajo la herrumbre y la desidia, cedió ante mi empuje. El aire del interior era húmedo, saturado con un aroma desconocido que oscilaba entre la sal, los hongos y algo más, algo semejante al rancio perfume de una hermandad extinguida.
Todo estaba como lo recordaba, salvo la sala del fondo. Allí, cubierto por una sábana marchita, yacía desencajado el esqueleto de mi tío Abner, tendido sobre el suelo, con los dedos de ambas manos crispados hacia un rectángulo de madera cercano. Me estremecí al notar gravado en la frente del cráneo un símbolo apenas visible, retorcido y estrellado, trazado en lo que parecía cera derretida y posteriormente raspada. Me acerqué con temor, arrodillándome junto al cadáver. El rectángulo de madera estaba tallado con inscripciones arcanas; en el centro, una piedra pálida e irregular relucía con reflejos violetas.
Con manos temblorosas, examiné aquel objeto. En la piedra central se adivinaban vetas internas, como si en su corazón viviera una bruma líquida atrapada, capaz de arremolinarse apenas se la miraba con demasiada intensidad. De pronto, un leve murmullo rompió el silencio: un susurro apenas audible que parecía venir de debajo de la casa, o acaso de los alambres eléctricos que colgaban rotos del techo. Apreté la piedra, sintiendo un escalofrío recorriéndome la columna, aquel mismo escalofrío que había sentido veinte años atrás, mirando la bahía cuando brillaba con un color que desafía la vista mortal.
Rebuscando entre los bolsillos del esqueleto, encontré un cuaderno de notas encuadernado en cuero. Pasé página tras página hasta detenerme en una entrada fechada apenas una semana antes de su muerte: “Está cerca. Cada noche el fulgor avanza un poco más desde la bahía. He sellado todas las ventanas, pero el murmullo traspasa la madera. La piedra estrella es la llave, y la condena. Si la devuelvo, sabrán. Si la escondo, vendrán. Todo gira en torno al ojo que no ve: el de la bruma de Hali”.
Afuera, el mar batía en los muelles con creciente violencia. Reinaba una inquietud súbita, como si la marea hubiera despertado a la vez a todo un enjambre de criaturas subterráneas. Seguí revisando el cuaderno y encontré un dibujo en carboncillo: sobre la silueta de la bahía, una estrella irregular parecía pendida en el cielo como un cometa moribundo, y bajo esta, unos signos ondulantes recordaban rostros disfrazados con máscaras desgarradas.
En ese momento, un alarido lejano —una nota que descendía sin rumbo por las calles vacías— cortó mis pensamientos como una navaja. Un frío atávico me empujó a mirar hacia la ventana tapada con tablones. El susurro volvía, esta vez más claro: una estrofa en un lenguaje que se burlaba del orden natural. No era el inglés ni lengua de hombre, sino algo más antiguo, algo que nacía con la espuma sobre el mar.
Sin razón comprensible, posé la piedra sobre la mesa. Cuando lo hice, el fulgor violeta de sus vetas se avivó. Las paredes temblaron; un aliento antediluviano se coló por las rendijas, apagando las lámparas de gas. Todo quedó sumido en una penumbra tibia, y me pareció sentir que el reloj se detenía, que la bruma se adentraba por las junturas, disolviéndolo todo en ese resplandor heredado.
No sé cuánto tiempo permanecí así, de rodillas entre las ruinas de lo que fuera mi herencia, con el murmullo creciendo alrededor, acompasado al latido de mi propio corazón. Solo fui consciente de la voz, grave y solemne, que resonó desde lo profundo de los cimientos: “El que porta la estrella no puede huir, pues entre las aguas y las estrellas, Hali aguarda”. La voz, en una amalgama de rugido y ruego, parecía arrastrar consigo todos los gemidos del viento y del mar.
Me cubrí los oídos, pero eso no impidió que las imágenes se amontonaran en mi mente: una procesión interminable de figuras envueltas en ropajes amarillos, máscaras que ocultaban rostros informes, y al fondo, el lago sin reflejo al que todos acudían en silencio. El lago era familiar, y sin embargo, nunca lo había visto en este mundo. Sus orillas estaban cubiertas de estatuas rotas, y por encima se alzaba un castillo o ciudad, donde toda la arquitectura parecía hecha de ángulos imposibles y ventanas vacías. La estrella de piedra advertía sobre la entrada: “Aquí, en la bruma, el rey extiende su sombra”.
El horror se intensificó cuando noté que la visión ya no era un sueño sino una realidad gris que se filtraba lentamente en la habitación. Podía oír el chapoteo del agua, podía sentir los dedos fríos de la niebla abrazando mi garganta. Oí pasos detrás de mí, leves y arrastrados. Me volví a tiempo para ver una figura envuelta en restos de mantos amarillos, el rostro tapado por una máscara de marfil desgastada. Avanzó tambaleante, extendiendo la mano hacia la piedra y repitiendo con voz hueca el mismo verso: “Regresa, oh hijo del agua sin fondo. Devuelve la marca, pues la marea no olvida”.
Intenté huir, pero mis piernas no respondían. La figura se inclinó, recogiendo la piedra y apretándola contra su pecho. Al hacerlo, noté que la piel que se asomaba bajo el manto era viscosa y sus huesos parecían de cera blanda. El murmullo aumentó, ya no era uno sino cientos de voces cantando desde fuera de las paredes, desde debajo de los suelos, desde los propios cimientos de la costa y el tiempo.
Un escalofrío de irrealidad me puso en pie y, casi sin saber cómo, me arrojé por la puerta trasera. Tropecé calle abajo, perseguido por lo que imaginé eran ecos de la voz y el murmullo, por el olor inconfundible de la bruma negra. Corrí hasta la plaza que daba al puerto. Allí, para mi infinita condena, todo era igual que en la visión: la bahía quieta, el lago reflejando un cielo imposible, y a lo lejos, sobre el agua, la estrella violeta suspendida, invitando a la adoración y al olvido.
No recuerdo con claridad los acontecimientos que siguieron. Sé que desperté días después en la choza de un viejo pescador quien, con el rostro desencajado y voz temblorosa, me advirtió que no volviera jamás a la pendiente gris. “Han vuelto las máscaras”, murmuró, “y la estrella arde cada noche... pero sólo si la miras con el rabillo del ojo”.
He tratado de rehacer mi vida en la ciudad, lejos de Kingsport y de sus fantasmas marineros, pero hay noches —las noches sin luna— en que el resplandor violeta se filtra incluso por el cristal de los rascacielos. En los espejos empañados veo a veces rostros enmascarados detrás de mi reflejo. Y siempre, en la bruma de cada madrugada, el mismo murmullo: devuélvelo, devuélvelo, el lago aguarda.
Ahora entiendo cómo mi tío fue desposeído poco a poco de su razón. La piedra, con su palpitante fulgor, nunca es realmente entregada; su marca persiste, impresa en la carne y la memoria de quienes se atreven a conocer lo que maldijo a una ciudad y la ató para siempre a lo innombrable. El Rey, la bruma, la estrella... son apenas los símbolos de algo antiguo e inmutable, una presencia que habita entre las grietas de la realidad y cuyas máscaras aguardan en cada rincón de olvido.
Pronto, muy pronto, retornaré a Kingsport. El murmullo ha dejado de ser un eco para tornarse en mandato. Oigo la llamada. Y sé que no hay puerta ni cerradura que detenga la marea cuando la estrella de Hali arde en el horizonte.
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