Fragmento:
La tormenta no anunciada desató su furia sobre el pontón de acero del Kaithem, una nave de recolección científica que ya llevaba semanas navegando en torno a las coordenadas prohibidas del Pacífico Sur. Los cielos se habían oscurecido súbitamente, de manera antinatural, cubriendo el atardecer de un manto pétreo y oclusivo, mientras el agua se encrespaba en espumas opalinas que reverberaban con ira antigua.
Duración: 09:20
La tormenta no anunciada desató su furia sobre el pontón de acero del Kaithem, una nave de recolección científica que ya llevaba semanas navegando en torno a las coordenadas prohibidas del Pacífico Sur. Los cielos se habían oscurecido súbitamente, de manera antinatural, cubriendo el atardecer de un manto pétreo y oclusivo, mientras el agua se encrespaba en espumas opalinas que reverberaban con ira antigua.
En la bodega, rodeado de instrumentos chirriantes y mapas húmedos, el doctor Philippe Cormier luchaba contra su propio letargo. Acusaba días de insomnio desde que el Capitán Haller le confiara, bajo la promesa del secreto, el motivo real de su travesía: habían descubierto registros antiguos —cuidados en papiro y pasados de mano en mano por padres horrorizados— sobre una ciudad sumergida, cuyas torres superaban en altura al Himalaya y cuyos muros disueltos cantaban canciones de locura.
Un trueno descomunal sacudió el barco. Se escuchó un crujido en la madera, y el hilo eléctrico titiló dándole a los rostros un aspecto blanquecino y espectral. Seis hombres yacían allí abajo, inquietos como animales ante la inminencia de un terremoto: Hernandéz, de las Azores, encendía una colilla tras otra; Simek, el ingeniero polaco, murmuraba números en voz baja; Ren, joven y delgado, tamborileaba nervioso sobre la mesa de orientación, mirando de reojo la pequeña urna de cristal que había llegado aquella mañana con restos de arcilla cubierta por inscripciones extrañas.
Cormier sentía la opresión más allá de lo humano, como si la atmósfera se hubiese vuelto sólida y lo comprimiera mientras la tormenta aullaba su desaprobación. De repente, una figura bajó con pasos presurosos: era la cronista Elena Wexler, su rostro bañado por sudor y terror.
—¡Hay algo en el radar! —jadeó—. Se levanta del fondo, viene hacia nosotros… ¡no responde explicación lógica!
Haller descendió tras ella, empapado y furioso.
—¡Torres…, estructuras de cientos de metros! ¡Nos arrastran hacia ellas! ¡Y la corriente… no podemos contrarrestarla!
Simek, tembloroso, dejó caer sus apuntes. En la pantalla de radar, una oscuridad creciente se expandía, mientras formas angulosas, incompatibles con la geometría terrestre, surgían en el eco, desplazándose con lentitud antinatural, monstruosamente cíclica.
La nave crujió de nuevo y un estruendo seco retumbó del casco. Cormier se azotó el pecho: sintió la boca acartonada; en sus oídos retumbaba, mezclado con la lluvia y el viento, un murmullo bajo, apenas humano: algo… cantaba, de manera subterránea. Los otros también lo escuchaban; sus rostros palidecieron aún más.
—¿Qué es ese sonido? —balbuceó Ren.
Nadie contestó. En la pantalla, líneas y ángulos antinaturales emergieron y se superpusieron en el eco. R’lyeh, murmuró la imaginación de Cormier, que había leído demasiado a Derleth, a Legrasse, a Dyer; ¿Sería esto posible?
De pronto, sin advertencia, una sacudida titánica barrió el pontón y la negra lengua del océano, viciada de algas y limo, golpeó la bodega. Oscuridad total. Chorros de agua salada y aire helado. Los rápidos gritos de sus compañeros resonando entre resonancias extrañas—fueron tumores vocales de una pesadilla reptiliana.
Cormier, semiagazapado en la tiniebla, sintió al monstruo del pánico rozarle las sienes cuando el agua de mar, hirviente en frialdad y pestilencia, subió hasta sus muslos. La tormenta rugió mientras la nave entera vibraba y, entre la bruma interna de latas, metal retorcido y aullidos, vio por fin un resplandor verdoso filtrarse por la escotilla. Era luz, pero una luz muerta, como la del fondo del mar en los abismos donde jamás vivió criatura humana.
El equipo luchó a la carrera por salir a la cubierta. Cormier, sangrando una rodilla y magullado, fue el primero en asomar la cabeza. Arriba, el mundo había cambiado. Donde antes el mar era un caos oscuro y tormentoso, ahora bullía bajo un cielo corrompido en matices nunca antes vistos: púrpuras negruzcos, verdes fétidos ribeteados de bronce.
Y delante de la proa, extendiéndose hacia el horizonte como un cadáver colosal que pugna por salir de su tumba, emergía una ciudad ciclópea. Torres en forma de doble hélice, monolitos tortuosos, ventanas que no cumplían ningún patrón euclidiano; una arquitectura abominable, llena de ángulos imposibles y materia que parecía reptar bajo la luz. El mar se escurría entre las calles inenarrables de R’lyeh, y de las grietas surgía una niebla lumínica de color malsano, susurrando nombres antiguos.
Ren arrancó un grito inhumano. La bodega estaba semihundida, pero los hombres, impulsados por un horror ciego, subieron al puente. En la ciudad, sombras titubearon tras columnas oblicuas: eran figuras esculpidas, monstruos semihumanos, pulpos y dragones, cosas cubiertas de escamas y tentáculos. Todas parecían aposentarse a media luz, esperando a que el agua las liberara de su cárcel pétrea.
Pero no sólo eso: del centro del laberinto, donde la pesadilla arquitectónica alcanzaba su cenit, una construcción sobresalía de entre todas: un portal que parecía latir, los labios tallados de una puerta ciclópea que se abría y se cerraba muy lentamente. De ese núcleo emanaba el zumbido hipnótico, esa canción tejenervios que Cormier ya no podía apartar de sus pensamientos.
—¿Ves eso? —susurró Elena, sujetándole el brazo. Tenía los ojos desencajados—. ¿Ves lo que hay en el centro?
Él siguió la dirección de su mano temblorosa, y lo vio. Era imposible de describir: un cúmulo de sombras, tentáculos, alas y una cabeza colosal coronada por cuernos antinaturales, emergiendo, lento pero imparable, de la brecha del portal. Miles de ojos que se abrían y cerraban, todos posados sobre ellos. No era mirar, era sentir ser observado por la conciencia misma del abismo.
Haller empezó a rezar en voz alta, palabras entrecortadas en alemán. Hernandéz vomitó por la borda. Simek se acurrucó, sollozando, murmurando el nombre maldito: Cthulhu, Cthulhu…
Y entonces llegó la ola de sueño.
Cormier sintió cómo la realidad se disolvía, cómo su visión se desmoronaba, fragmentada en imágenes incoherentes, luces fosforescentes, figuras danzantes en un océano carmesí. El zumbido era ahora un rugido: una voz en el interior de su mente, no palabras, sino órdenes. "Venid, ved mi despertar. Venid, sucumbid ante el regreso del Gran Antiguo."
Luchó consigo mismo para permanecer consciente. Vio, en el borde de su adormecimiento, a Elena arrastrarse por la barandilla, los ojos llameando; uno a uno, los tripulantes caían postrados, o sumidos en éxtasis, o gimiendo en las lenguas olvidadas de los cultos ancestrales.
Y, en ese punto, Cormier sintió volar su consciencia fuera de su cuerpo, como si una mano monstruosa la arrancara y la lanzara sobre la ciudad leprosa. Fue por un instante y por una eternidad. Descendió por corredores imposibles, cruzó templos de columnas vivas, participó, contra su voluntad, en rituales donde sacerdotes deformes invocaban formas sin nombre. Vio la Historia de la Humanidad volverse fango bajo el paso de los Antiguos. Sintió el palpitar de universos moribundos, la soledad y el poder del ente, su odio a la luz y su anhelo de tiempos arcanos.
Luego el brazo invisible se cerró, y un grito colectivo se curtió bajo el huracán. Los hombres fueron despertando poco a poco, algunos balbuceando, otros llorando. La ciudad de R’lyeh vibró; el coloso, semi-despierto, retrocedió a su abismo. El mar, enloquecido, volvió a cubrir los vestigios, cubriéndolos de una marea densa y negra, mientras el Kaithem, milagrosamente, era arrojado lejos como un juguete en la resaca de un dios en retirada.
**
El despertar fue doloroso. El amanecer, gris y normal, presenciaba a seis naufragados acurrucados en la proa de un casco averiado. La ciudad no era más que una pesadilla bajo las aguas, ni rastros de sus ciclópeas ruinas.
Cormier, herido en cuerpo y alma, escrutó la urna de arcilla. Las inscripciones brillaban, como si supieran que había visto. Elena no volvió a hablar palabra alguna; Ren se arrojó al mar una semana después. Simek quemó sus apuntes y Haller se suicidó en su cabina al llegar a puerto.
**
Cormier relata, en noches de insomnio, la visión que nunca lo deja: en medio del sueño y la vigilia, escucha el zumbido —esa letanía pétrida— que anuncia que la prisión de R’lyeh no es eterna y que, bajo el pulso del mar, Cthulhu espera con paciencia antediluviana, cantando a los elegidos a través de portales de locura y muerte, sus nombres arrastrados por el viento de los confines del océano mientras los hombres duermen, ignorantes, bajo el amparo frágil de su razón.
Él sabe, al igual que ahora tú, que una noche, cuando las estrellas vuelvan a alinearse, la puerta se abrirá de nuevo —y aquellos que han visto jamás podrán despertar de la pesadilla de R’lyeh.
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