Portada del relato El Velo de la Tela Última
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Fragmento:


En lo más profundo del bosque petrificado encontró, tras una hendidura, la entrada a Ghroth-Ke, a la cueva cuya existencia sellaban los manuscritos de su abuelo. A su alrededor, los hongos formaban pilares y bóvedas entrelazadas por sedas inorgánicas que ni el fuego ni el filo lograban cortar. Vagos tambores retumbaban, corriendo bajo su piel como venas eléctricas.

Duración: 09:42

El Velo de la Tela Última
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Texto de ajuste de pausa.

La noche en la que Gresham Benton llegó a Yuggoth, el planeta se elevaba sobre su eje de hielo, proyectando sombras agónicas sobre las ciudades hinchadas de los Mi-Go. Eran pozos recovecudos y húmedos, en cuya negrura la lógica humana naufragaba como un barco de huesos en las aguas de Carcosa. El aire olía a mirra corrompida y a los resplandores violetas de las extrañas algas, estridentes y nauseabundas, que pulsaban en arrecifes negros de la ciudad flotante de N'go-Tha.

Benton respiró hondo y comprobó el cierre de su casco, pero eso poco le protegía del encéfalo desquiciante de este planeta execrado, ni del horror que venía a buscar. No era, como suelen pensar los lógicos, deseo de ciencia ni de fama lo que le trajo; era fuga. Pocas cosas persiguen tan lejos al hombre como el miedo a sus propios sueños. Y los sueños de Benton no pertenecían a la tierra húmeda y tibia de Arkham, sino a regiones donde las fronteras del tiempo y la mente estaban podridas por la tela invisible de horrores antiguos.

Llegó guiado por un pacto susurrado entre almohadas de gusanos, en una mansión heredada apenas reconocible, y por las notas que heredó de su abuelo sobre “el Gran Tránsito” y la “escala de nodos vespertinos”. En estos papeles, el viejo Benton narraba su reclusión tras una visión: una ciudad bajo una cúpula de telarañas, gobernada por una araña inmóvil como un dios petrificado, y un océano de murmullos salmodiando nombres que no debían caer fuera de la trampa de los sueños.

Benton cruzó las llanuras grises del Polo Superior, donde los Mi-Go almacenaban cerebros humanos y las montañas parecían cadáveres de dioses olvidados. Los caminos retumbaban en respuesta a sus pasos y, cada pocos metros, una esfera flotaba silenciosa, observándolo. Ninguna luz terrestre era comparable al resplandor fúngico de Yuggoth; no había manera de saber si era de día o de noche, pero siempre se sentía acechado por galopes y cuchicheos.

En lo más profundo del bosque petrificado encontró, tras una hendidura, la entrada a Ghroth-Ke, a la cueva cuya existencia sellaban los manuscritos de su abuelo. A su alrededor, los hongos formaban pilares y bóvedas entrelazadas por sedas inorgánicas que ni el fuego ni el filo lograban cortar. Vagos tambores retumbaban, corriendo bajo su piel como venas eléctricas.

Entró con resolución falsificada y la desesperación de quien ya ha abrazado la condena, y bajó innumerables pasos tallados por fuerzas abominables, cada uno marcado con runas insectiles que cambiaban de forma con cada latido de su corazón. Sabía que la leyenda de Atlach-Nacha era poco menos que blasfemia entre los Mi-Go: un ser que tejía la urdimbre que separa los sueños de la vigilia, la muerte de la vida, preso en una telaraña insondable. Pero Benton estaba dispuesto a pagar el precio por lo que buscaba, porque tras años de insomnio atroz, el rostro de la araña gigante y su canción sorda se le aparecía cada noche, reclamando un tributo que él ya no podía ofrecerles a los dioses de la tierra.

Atravesando una galería circular donde columnas polvorientas chisporroteaban con líquenes fríos, Benton llegó finalmente a una vasta cámara pentagonal. Allí vio la tela: abarcaba toda la bóveda, y cada filamento era tan grueso como un brazo humano, pulsando con un resplandor azul blanquecino y exudando vapor helado. En su centro, calcinado entre sueños y materia, colgaba Atlach-Nacha: gravitaba sin moverse, mientras sus patas, de púas negras y húmedas, seguían tejiendo y destejiendo el tapiz de la existencia. Su rostro era una máscara, innombrable incluso para los Mi-Go, y de su abdomen caía una densa baba púrpura repleta de insectos cristalinos.

Tuvo entonces Benton la certeza de que estaba ante el corazón de Yuggoth. La criatura alzó su rostro sin ojos y, de repente, lo escuchó. No con sus oídos, sino con la base reptil de su cerebelo, comprendió las palabras silbadas de Atlach-Nacha. Eran retazos, órdenes, promesas de descanso y condena, frases truncadas en dialectos cósmicos que no pertenecían ni al mito ni a la materia.

“Ofrenda... Ofrenda... ¿Cuál será tu hilo, viajero?”

Sabía que, para conseguir lo que deseaba—cortar la atadura entre él y sus sueños—debía ofrecer algo a cambio. Recordó entonces la última anotación de su abuelo: “en los extremos del tapiz, cuando la sombra y el océano se encuentren, Llamad a Nodens, pues es el único que cruza sin consumir, el cazador de las sombras profundas”. Nodens, el dios sin rostro, maestro de mares primigenios y carnadas, aquel que deambula entre los restos de sueños sin cerrar.

Benton, temblando hasta el tuétano, buscó en su bolso los tres artefactos que trajo: una piedra lunar con arabescos nunca cartografiados, una espina de coral traslucida, y un pequeño hueso del dedo de su madre. Los arrojó con manos temblorosas sobre los pliegues de la telaraña, recitando fluida una letanía en el dialecto de los pescadores de Kingsport, secreto transmitido entre locos por generaciones. En el acto, una especies de temblor descomunal sacudió toda la cámara, como si hubiesen abierto de golpe las esclusas de un mar helado.

Por un instante, la tela se volvió traslúcida y Benton vio, más allá de sus capas, un océano sin fondo cruzado de islas flotantes, donde seres titánicos nadaban y cazaban, y, en lontananza, una figura trémula—Nodens—montando un monstruo caracola entre relámpagos oscuros, atrapando con una red de plata los restos de sueños extraviados. Sentía que aquel dios lo miraba a través de milenios, y en esa mirada había tanta compasión como indiferencia.

La araña tembló, y cedió un minúsculo filamento de su urdimbre, que cayó sobre los espolones de Benton. Sintió entonces—a través de su piel, en la sangre, en la médula—a los millones de seres capturados en ese tapiz: viajeros, parias, soñadores, y otros horrores no nacidos jamás en el Cosmos. Por un segundo fue todos ellos, y todos ellos fueron él.

La voz de Atlach-Nacha susurró, esta vez como un grito de sirena mudo: “Cruza. Cruza. El hilo es tuyo, pero nunca volverás con todos tus huesos ni tus recuerdos. Todo viajero que pacta con la telaraña olvida algo fundamental. Lo que pagues será lo que olvides.”

Retrocediendo—o creyendo retroceder—Benton sintió que el filamento se enroscaba en su garganta y, antes de perderse, gritó el nombre de Nodens como orden final y súplica. La cámara entera se disolvió en onda líquida; las paredes y techos se volvieron el vientre de un pez infinito, y Benton flotó a la deriva por un lodazal de recuerdos que ya no eran suyos.

Despertó en la orilla fangosa de un mar violeta, sin casco ni bolsa. El cielo era de un violeta asfixiante, y el aire denso olía a hueso de calamar y a la espuma rancia de sueños disueltos. Junto a él dormitaba una figura con piel de plata incolora y manos palmeadas: Nodens, o aquello que quedaba de él para los que cruzan dimensiones. El dios le ofreció una red tejida con filamentos traslúcidos como anémonas, invitándolo a capturar los recuerdos perdidos.

Pero cada vez que Benton intentaba recoger algo del mar, sólo pescaba retazos de rostros, trozos de canciones, jirones de angustia. Lo esencial, lo que de verdad le daría paz, se escurría entre los nudos como agua negra. Nodens lo miraba en silencio, y sus ojos eran océanos sin fondo.

Pasaron años—o siglos, nadie cuenta el tiempo en las costas de Yuggoth—y Benton sintió que la parte más viva de sí mismo languidecía; lo único que crecía era el anhelo. A veces una sombra cruzaba la orilla y Benton sentía el tirón de la telaraña en su garganta: era Atlach-Nacha, que venía a cobrar un nuevo tributo; era la realidad de Yuggoth que nunca te devuelve del todo, ni aun cuando crees estar a salvo bajo el amparo de otro dios.

Un día, con desesperación y odio, Benton injurió al dios del Mar Profundo.

“¡Devuélveme lo que es mío! ¡Devuélveme mi sueño, o mi muerte, o dame siquiera el olvido!”

Nodens sonrió—si es lícito usar un verbo tan humano ante aquel gesto—y extendió una mano. Las aguas comenzaron a agitarse; de sus profundidades, los seres capturados por la telaraña comenzaron a emerger: hombres y mujeres sin rostro, con párpados de hilos y bocas deformes, que gemían sin voz. Uno tras otro desfilaron ante él, hasta que Benton reconoció su propio reflejo en sus ojos ciegos.

En ese instante todo recobró sentido: Benton nunca estuvo huyendo de sus sueños; él mismo era un fragmento de la urdimbre, una excrecencia atrapada desde hacía eones en la red que Atlach-Nacha había tejido para atrapar la conciencia de los dioses del Sueño. Su cuerpo, sus recuerdos, incluso la rebeldía, eran sólo ecos, residuos que la red había conservado para sí. Nodens sólo era el carcelero de lo que Atlach-Nacha no comía; su favor era otra forma de certeza condenada, misericordia líquida para aquellos que no sabían regresar ni del sueño ni de la muerte.

El último pensamiento de Benton, antes de convertirse en uno con la espuma que baña las costas de Yuggoth, fue un instante de lucidez glacial: que todo pacto con los dioses antiguos es una ceremonia oscura, cuyo precio es el olvido de sí mismo. Y que sólo los que olvidan de verdad pueden cruzar de regreso a casa.

Pero a veces, en las noches largas de Yuggoth, cuando la neblina devora los hongos y los gusanos, los Mi-Go oyen entre los vientos el leve gemir de un ser humano desconcertado arrastrándose entre las rocas, intentando recordar un nombre, una melodía, una promesa. Saben que es el eco de otro viajero devorado por la tela, persiguiendo para siempre un sueño que, en el fondo, jamás le ha pertenecido.

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