El tren, que debía dejarme en la margen este del condado de Aylesbury, avanzaba a trancos morosos bajo la llovizna constante. Más allá de la ventanilla, la niebla parecía adensarse, y las colinas se curvaban como lomos de algo inmóvil, esperando el momento de sacudirse el fango secular. Cada vez que el viento se colaba entre las hendijas del vagón, sentía un escalofrío que presagiaba mi llegada al destino pactado: Marshborough. Tenía la inquietante sospecha de que había nacido una decisión negligente en mí cuando acepté el encargo del Museo, pero la carta del Dr. Baines, con su letra torcida y sus promesas de manuscritos prehistóricos, era demasiado sugestiva para mi ánimo de anticuario. Extraños rumores, sobre subterráneos y linajes degenerados, inscribían su mordaz cántico en la mente de quien estudiaba mapas antiguos del Miskatonic o leía las monografías polvorientas de la Sociedad Philológica de Arkham.
Respiré hondo cuando el tren se detuvo en una estación que era poco más que una ruina de madera anegada. El maestro de estación, un anciano recogido bajo un gran capote, me observó sin disimular su indolencia mientras recogía mi maleta y caminaba por la vereda resbaladiza. El pueblo, invisible bajo la lluvia, parecía ajeno a todo movimiento. Solo una línea de casas victorianas deformadas por los siglos se insinuaba a través de los vapores del pantano colindante.
Caminé hasta la posada según las instrucciones de Baines. Nadie vino a recibirme, así que avancé bajo los faroles exangües, cuyas sombras parecían palpitar y distenderse en cada esquina. El olor a limo podrido y madera enmohecida era tan denso que apenas podía respirar sin sentir náuseas. Al llegar, la posadera—la señora Medrow, corpulenta y hosca—me entregó la llave con un murmullo de advertencia:
—No salga después del crepúsculo, forastero. Aquí las noches no son para ojos nuevos.
No obstante, mi cita con Baines era esa misma noche. Así que, al igual que el imprudente héroe que la fatalidad designa, guardé mis notas y me envolví en el abrigo de lana, saliendo al empedrado poco antes de medianoche. El viento traía fragmentos del arrullo de las cañas del pantano, y otros sonidos menos identificables, como el estallido húmedo de algo arrastrándose o el chapoteo de pies no del todo humanos. Los faroles parpadeaban, combinando la penumbra y la luz en una extraña coreografía de percepciones.
La casa de Baines yacía alejada de las otras, sobre un promontorio lodoso que desafiaba la erosión de las aguas. Toqué la aldaba mientras una ansiedad inexplorada se enroscaba en mi pecho. El doctor me recibió casi de inmediato, aferrado a una lámpara de aceite que refractaba su rostro en ángulos inquietos—ojos hundidos, pómulos salientes, piel cetrina y una quietud antinatural.
—Venga, rápido. No tenemos mucho tiempo. No se alarme con los ruidos del exterior; he sellado las puertas... hasta donde es posible.
La biblioteca de Baines era una abigarrada cueva de volúmenes sin catalogar. Sin más ceremonia, me llevó hasta un escritorio cubierto de pergaminos, huesos y trozos de resina fosforescente.
—Mire—susurró con voz entrecortada—. Esto supera las leyendas de Dunwich y Arkham. He encontrado rastros de una sima, una grieta abisal que conecta Marshborough con el Trono del Caos, con Azathoth. Ahí abajo, los Profundos—esa raza antediluviana y anfibia—prosperan desde épocas en que la humanidad era solo un parpadeo en la conciencia del abismo.
Sentí el nombre del dios primigenio resonar en mis sienes como un redoble prohibido. Azathoth, trono y ceguera, insania primordial. Me obligué a escuchar, mientras él sacaba de entre sus papeles un mapa antiguo, de cartografía imposible, donde el pueblo de Marshborough ocupaba el centro de una maraña espiral de cauces y grutas que descendían a lo indecible.
—Han comenzado de nuevo a subir, a tomar forma y reclamar lo que creen suyo, sobre todo en las noches de luna menguante... Tengo pruebas—musitó, y hurgó hasta hallar un frasco lleno de escamas iridiscentes y fragmentos de hueso ennegrecido—. Anoche uno de ellos fue visto en la ribera. Y—su voz se volvió un susurro trémulo—algunos habitantes han comenzado a cambiar. Pequeños detalles: la piel les brilla de un modo malsano, sus ojos adoptan una convexidad de pez, y todos huelen al mismo mar que nadie ha visto en siglos... ¿Comprende usted el peligro? ¿Capta la continuidad de aquella sangre maldita?
En ese momento, la sensación de ser observado por algo fuera de la casa se acentuó. El viento cesó, y el silencio quedó interrumpido solo por un chapaleo distante, más humano que animal. Baines me tendió una copa que titilaba al contacto con la lámpara.
—Beba, le ayudará. No es más que aguardiente local, pero mantiene alejados ciertos... efectos de la niebla.
La bebida quemó mi garganta, pero al poco, un calor artificial se impuso a la histeria. Mientras Baines desplegaba uno de sus libros más grotescos—de piel cuarteada, orlado de sellos indescifrables—escuché por vez primera una letanía recurrente, pronunciada con frenético fervor en algún lugar del pueblo, repetida por varias voces en discordante acuerdo: “¡Alabado Innsmouth! ¡Alabados los que duermen bajo el lago! ¡Pronto volverán en la marea grande!”
Durante horas Baines me mostró fotografías borrosas de figuras asomando entre nubes de neblina junto al lago. Hablaba con la urgencia de un apóstol desoído por sus contemporáneos. De vez en cuando, mi atención se desviaba al ventanuco que temblaba ante las ráfagas. El cielo había tornado una palidez nacarada, y el resplandor de una luna incompleta se filtraba entre jirones de nube sulfurada.
—Usted debe ayudarme—exigió el doctor, leyéndome en los ojos el asombro escéptico—. No puedo salir solo a la sima, ni confiar en los hombres de aquí. Están demasiado mezclados con esa maldita sangre, incluso los Medrow... Todos. Hasta yo...
Guardó silencio, y pude percibir en su frente el brillo aceitoso del sudor, o tal vez algo peor.
—El Trono de Azathoth es real. La sima conduce hacia su cercanía. Quiero que baje usted conmigo. Y, si no volvemos, tome mi diario y huya.
No soy dado a las aventuras ni al peligro, pero el terrible influjo del lugar, el alcohol y la presencia obsesiva del doctor me empujaron a asentir. Nos encaminamos calle abajo, las casas agazapadas, los postigos cerrados, el aire marcado por el murmullo de la letanía ya mencionada, que ahora sonaba aún más frenética, casi gutural. Los perros babeaban en los portales, sujetos por cadenas oxidadas, y algunos hombres—cuyos rostros maldecidos parecían estar fundiéndose con la penumbra—nos espiaban desde ventanas empañadas.
El acceso a la sima era una trampilla de piedra junto al lago, semicubierta de algas y limo. Baines produjo una llave de hierro y con un movimiento vacilante la introdujo en la cerradura.
—De aquí desciende el linaje. Solo nosotros podemos evitar que rompan el Umbral para siempre...
Adentrándonos en la caverna, descendimos por una escalera de caracol roída por la humedad, cuyos peldaños vibraban bajo nuestros pies. El aire se volvió más fétido, cargado de efluvios no del todo terrenos, y el eco amplificaba cada respiración en un coro de espectros. Al fondo, las paredes se abrían en una caverna de dimensiones ciclópeas, donde columnas de basalto surcadas por inscripciones monstruosas daban fe de un culto anterior a toda mitografía humana. Bajo las bóvedas, un lago subterráneo centelleaba azulado, y la niebla formaba remolinos entre extrañas cañas que latían con vida propia.
Baines, fuera de sí, se arrodilló:
—¡Mire, ahí están! ¡Son ellos!
Grupos de figuras surgieron del agua. Su piel lucía escamosa bajo la luz espectral, y sus bocas, salpicadas de colmillos oblicuos, emitían ruidos intermitentes entre la burla y la plegaria. Las manos, repletas de membranas translucidas, bruñían el aire en la dirección de nuestro peñasco. Cantaban:
“Ph’nglui mglw’nafh Azathoth r’lyeh wgah’nagl fhtagn.”
Baines intentó retroceder, pero una fuerza indescriptible, como la atracción de una pesadilla viviente, me empujó hacia la orilla. Una de las criaturas—con una antigüedad palpable en su mirar—alzó un tridente ceremonial mientras sus ojos, repletos de esa piedad salvaje que sólo los dioses muertos conocen, se fijaron en los míos.
—Han venido a reclamar su herencia, —rezongó Baines, con la voz desintegrándose en un gorjeo convulso—y el ritmo del Trono exige sangre nueva...
De alguna capa de la sima emergieron estalactitas y figuras insospechadas que pulsaban con una fosforescencia rítmica. Perdí todo control sobre mis músculos mientras una letanía rítmica, imposible de recordar ni de olvidar, se hacía dueña de mis pensamientos. Vi a Baines retorcerse, su piel palideciendo hasta formas nácar, su boca extendiéndose como para emitir una blasfemia final. Los Profundos avanzaban. Uno de ellos empuñaba un cáliz hecho de un cráneo de dimensiones inhumanas, y lo alzaba a modo de invitación.
En el epicentro de la gruta, el agua comenzó a bullir. Surgió un vórtice, y por milésimas de segundo creí ver—o ser visto por—un ojo inconmensurable, que ni era animal ni mineral, sino una suerte de ventana hacia la ruina total. Los Profundos clamaron y, en trance, mis pensamientos se entrelazaron con los suyos: el deseo de desbastar la humanidad, de reencontrar las ruinas de la Atlántida, de abrir de par en par el Umbral y entonar la Letanía Final.
No recuerdo cómo escapé. Puede que un temblor desprendiera bloques de piedra, o tal vez los Profundos se vieran interrumpidos por la súbita iluminación de la luna a través de una grieta. Baines fue engullido por la marea, sus gritos desintegrados en burbujas verdosas. Yo corrí, tropezando, trepando la escalera con una fuerza que no era la mía, la letanía aún palpitando en mis venas.
Desperté en la posada, cubierto de escorias húmedas y restos de limo. Nadie preguntó. Nadie me miró a los ojos. El pueblo amaneció silencioso y vacío, los perros aún babeando, los labios de todos torcidos en un rictus de espera o resignación.
Partí al alba, sin atreverme a volver la vista atrás. La sima sigue ahí, silenciosa, y la letanía nunca me abandona: murmura al filo del sueño, prometiendo una herencia que ya no deseo recibir.
Si alguna vez transita por Marshborough, evite el lago y no escuche las oraciones de sus habitantes. El Trono sigue allí abajo: mirando, soñando, esperando la señal para erguirse y sumergir nuevamente al mundo en las aguas borradas del tiempo.
Y sepa que algunos retornan de la sima con la piel más húmeda y los ojos diferentes. Si alguna vez mira el reflejo de su alma y detecta en ella el relumbre de escamas, dese por perdido.
No todos los umbrales deben cruzarse.
No todas las oraciones deben ser escuchadas.
No todo linaje puede disolverse en la niebla y el olvido.
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