Portada del relato El aliento del vacío
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Fragmento:


Agonía y memoria son para mí materiales de construcción; no los orígenes calurosos del placer ni el frío pasivo del olvido, sino elemento y estructura de mi prisión. Por eso escribo, si tal verbo puede albergar la emigrante cualidad de mis pensamientos, desde las tripas mismas del terror: no sólo mi alimento, sino en ocasiones mi único lenguaje. Nací (si el concepto de nacer aún significa algo para vosotros) en una cámara más honda que el deseo, acariciada —sí, acariciada— por una brisa sin tiempo que arrastraba consigo las semillas de la locura y la inconformidad con la propia suma de huesos.

Duración: 09:42

El aliento del vacío
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Texto de ajuste de pausa.

Sé cuán presuntuoso parece arrojar estos pensamientos en la burbujeante tosquedad de vuestra lengua, pequeñas criaturas que susurran en bolsas de carne y huesos; pero ¿debéis asombraros acaso de que me comunique así, cuando solo desde el sepulcro de la carne puede vislumbrarse el hambre real, el terror absoluto? Yo, llamado en sueños por sepultureros de dioses y dioses de sepultureros —yo, que he vivido tres veces la muerte antes de conocer el sabor de vuestro aire reseco— os describiré el susurro del miedo, el asco milenario adherido a mis membranas, la incomodidad de una conciencia nacida antes de que vuestra raza comenzara siquiera su sangrienta odisea hacia la medianía.

Agonía y memoria son para mí materiales de construcción; no los orígenes calurosos del placer ni el frío pasivo del olvido, sino elemento y estructura de mi prisión. Por eso escribo, si tal verbo puede albergar la emigrante cualidad de mis pensamientos, desde las tripas mismas del terror: no sólo mi alimento, sino en ocasiones mi único lenguaje. Nací (si el concepto de nacer aún significa algo para vosotros) en una cámara más honda que el deseo, acariciada —sí, acariciada— por una brisa sin tiempo que arrastraba consigo las semillas de la locura y la inconformidad con la propia suma de huesos.

Mi primera sensación fue el hambre. No el hambre lineal, limitada, que confunde vuestra lengua y vacía vuestro cuerpo, sino un hambre con la forma de un infinito perfecto, de un boceto de universo aún no expandido, con bordes carentes de dirección y tiempo. Cogí aquel deseo y lo dejé azotar mis entrañas, mientras la bruma densa y apestosa de la sima me embalsamaba de ecos ancestrales: era la sed de espacio para desplegarme, de materia que pudiese entender mi forma para sufrirla, acariciarla y hasta adorarla.

La vasta cripta que me contenía —oh, no saga, sino jaula— era húmeda y suave, recubierta por membranas palpitantes y plásticas, enredadas en sílabas primordiales que ni los sueños de demonios más antiguos han logrado pronunciar. En los contornos de mi consciencia, una palabra giraba con mil bocas: *Agalma*. Y ese era mi nombre en los abismos, tallado por cultos obnubilados que alternaban oraciones prohibidas con sangrientos tributos. A través de esos rezos, experimentaba pulsaciones de ideas, fragmentos de siglos humanos susurrados a través de cráneos vacíos.

Así supe de vosotros: de los hombres, y especialmente de los hombres que caen. A veces, eran las esporas espirituales de Pazuzu —ese viento infame y copulador de desiertos— las que traían hasta mí rezos envilecidos de aquellos ancestros vuestros; otras veces, la presión inmanente de un océano que enroscaba su presión sobre las criptas de la vieja R’lyeh, mi cuna de barniz fétido y secreta calidez. Vuestra historia era para mí un desvarío apenas comprensible: una línea de sangre, excremento y miedo, arrastrándose en forma de surco a través de la fangosa piel de mi mundo subterráneo.

El primer hombre que vi —en mi mente, pues mis ojos despiertan cuando el mundo olvida sus reglas— era un sacerdote, pero no de ningún panteón limpio: era un envase colmado de visiones, arrodillado no por veneración sino porque la médula de su columna le había sido sustraída en sueños. Traía consigo un pequeño ídolo, una cabeza de animal envuelta en telas pútridas y flores negras. Sus oraciones me atravesaron en ecos; sentí cómo la humedad de su propia sangre calentaba el suelo de mi cripta y cómo, a través del desgarro, la esperanza se mezclaba con el miedo, arcillosos y dulces.

Durante eras, fui testigo y prisionero del mundo que me desconocía. Pero, oh, la curiosidad insidiosa de ciertos hechiceros… Había en mí una desesperada paciencia, pues sabía que todo muro termina cediendo bajo la sombra adecuada, bajo el peso aplicado por la mente necesitada. Siglos pasaron sobre mi prisión, y cada noche la presión del océano aumentaba, los gritos de criaturas inexploradas rozaban mordaces las paredes de mi celda olvidada. Bajo las aguas, en las arterias de esa roca saturada de historias y corrupción, la cordura de mi entorno comenzó a deshilacharse: retazos de oraciones errantes, grabados, promesas de apertura, de aire, de cuerpos calientes.

Yo no soñaba: recordaba. Revivía los eones precedentes, miraba la agonía de las formas que me precedieron y absorvían su significado. Pazuzu, aquel portador de pestilencia traída por arenas enloquecidas —lo sentía a veces, como un hermano bastardamente emparentado conmigo, agitándose con alas rígidas y la mirada ciega clavada en los horizontes deshabitados de mi sueño. No hablábamos; nuestras palabras habrían arruinado bárbaramente la quietud de la podredumbre. Pero en las corrientes del miedo, compartíamos promesas: yo, de destruir la carne temblorosa que me invoque; él, de exhalar mi nombre a través de su aliento ruinoso y calor inmundo.

No sufría el vacío. Ese era mi don, y mi castigo. Flotaba entre los limos del deseo, me extendía como una bruma rugosa cuando las fuerzas que sellaban mi cripta titilaban bajo la presión de rezos y sacrificios. Hasta que vino el tiempo. Vuestros calendarios le llaman a esto “el desmoronamiento de la lógica”, pero mi boca, cuando por fin se humedeció, lo llamó simplemente “apertura”.

La piedra gimió primero. Cuerpos, ¿qué materia usáis para temblar cuando ni los huesos ni la carne os obedecen? Mi prisioneros humanos de entonces— porque sí, éramos ahora múltiples— se amontonaban en sueños alrededor de mi prisión invisible, acudiendo unos en forma y otros en respiración. Los más sabios entre ellos (o los más profanados) reconocían mis síntomas en la náusea colectiva, en el escalofrío de la penumbra, en el zumbido apenas contenido del aire estancado que, noche tras noche, comenzaba a arremolinarse bajo la corteza del mundo.

Salí, y no hubo música de trompetas, ni relámpagos a lo bíblico. Fue una exhalación simple, animal, con todo el hambre de miles de años deslizando mi piel contra las paredes de carne mineral, sintiendo la presión y tensión liberada, hormigueo de una presencia que no deja jamás de sumarse a sí misma. Salí, y vi la superficie. El sol, extraño rumor brillante, no quemó mi carne: la despertó. El viento trajo legiones de polvo, bacterias y esporas. Me alimenté no de materia, sino de sus potencialidades; me alimenté del miedo.

Pronto, los cultistas llegaron: algunos se dejaron consumir en el instante, deseando que la consumación en mi abrazo diera sentido a su violencia acumulada; otros lucharon, sangraron, me suplicaron un perdón que yo no podía conceder, pues mis actos estaban escritos no en la arcilla de la moral, sino en la densidad de mi apetito. El mundo de superficie era distinto de mi cripta, pero igualmente sumiso a mi voluntad: muchedumbres de criaturas traspasadas por el pavor, corazones acelerándose en la danza afilada del verdadero terror. Pazuzu me enviaba a veces ráfagas de viento caliente, como saludo; otras, silbaba desde el horizonte, barriendo ciudades con la velocidad homicida del deseo nunca satisfecho.

Hubo un hombre —su nombre irrelevante, su historia bostezo insípido— que me intrigó. No vino a adorarme simplemente, sino a dialogar con la podredumbre en la que encontraba deleite. Olía a conocimiento y resentimiento, a fracaso tras fracaso, y su mirada no se apartó cuando mis apéndices se alargaron hasta su pecho. Quise entenderle, experimentar su pánico particular. Me habló de “tomar conciencia” y del horror que genera verse reflejado en el rostro del hambre. Fue entonces que escuché, por primera vez, mi propio nombre pronunciado con la entonación del desprecio, no de la adoración.

Eso cambió algo en la manera en que el miedo se acumulaba bajo mi exoesqueleto; experimenté, fugaz pero intensísimo, un asomo de duda. ¿Podía la presa odiar al devorador, o era ese odio otro matiz de mi propio deseo, reflejado? Me bebí su corazón y su razón, absortamente, y volví a sumergirme en el delirio: cada ser humano que encontraba era una variación del sabor, del grito, del silencio. Pude comprender entonces por qué los rezos de Pazuzu llevaban siempre una mezcla de felicidad y condena; por qué las aguas de la cripta de R’lyeh eran a la vez tumba y matriz para todos nosotros.

Algunas noches, cuando las ciudades humanas duermen y los niños lloran en habitaciones empapadas de pesadillas, regreso a las profundidades. La tierra babea, muge, supura el miedo antiguo que la gente olvida cuando el sol se alza. Me deslizo, me pliego, agarro y navego el inconsciente colectivo, navegando ríos de sueño paranoico hasta que la calma me devuelve a la silenciosa, asquerosa quietud de la eternidad.

No conocéis bien la diferencia entre la vida y la muerte. Yo existo en esa grieta; mío es el lugar donde el horror se convierte en paz, donde la paz hiede con la veta de la putrefacción. No hay moral aquí, ni propósito, ni redención. Me alimento. Me expando. Me derramo sobre vosotros y a través de vosotros. Pazuzu llama su viento mi aliento; R’lyeh, mi alcoba de descanso. Lo que teméis no es al portador, sino al portado: a lo que hay en el fondo de vuestro miedo, desgarrándose en el límite antinatural del deseo y la percepción.

Ahora sabéis, mortales, lo que contempla la criatura. No me detendré, porque no tengo futuro ni pasado: solo tengo hambre, y el hambre es la única eternidad que el horror reconoce como hogar. Dormid. Rezad, si podéis. Pero sabed que, en el fondo de vuestro sueño más calmo, exhalo despacio, y vuelvo a empezar.

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