Portada del relato Los Portadores del Amorfo
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Fragmento:


Desesperado, partí hacia Dunwich en el primer tren, portando únicamente una linterna, una libreta y el Manuscrito. El aire era pesado y dulzón, y el crepúsculo parecía permanecer atascado en el horizonte, rezumando tonos púrpuras y verdes que no pertenecían a ningún atardecer conocido. Caminando entre cabras de patas torcidas y zagalas cubiertas de cicatrices, llegué a la vieja granja la noche del 22 de septiembre. Apenas me atreví a soñar sobre lo que hallaría allí.

Duración: 10:53

Los Portadores del Amorfo
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Texto de ajuste de pausa.

Jamás podré borrar de mi maltrecha memoria aquellos días en los que, por razones que aún no acierto a comprender del todo, me hallé sumido en la investigación de los Manuscritos Pnakóticos. Antes de los hechos, me hubiese reído amargamente de cualquier insinuación sobre la realidad de los terrores que acechan en las sombras del espacio y en las hendiduras clandestinas de la historia humana, esos terrores a los que nuestros ancestros sólo se atrevieron a aludir en sus sueños más turbios. Ahora, mi único consuelo es la relativa incoherencia de los recuerdos que me laceran, pues sólo la locura puede amparar al hombre que ha contemplado siquiera un atisbo de la Verdad.

Quisiera comenzar esta confesión relatando cómo uno —por muy escéptico o civilizado que fuere— puede verse desplazado fuera de los límites de la razón por la mera curiosidad académica. Fue en la primavera de 1932 cuando, alentado por las novelas de misterio y los rumores que flotaban como polvillo en las esferas arqueológicas de Miskatonic, dirigí mis pasos hacia la biblioteca de la universidad. Allí, entre las paredes recubiertas de polvo y moho, el bibliotecario me habló, con la renuencia propia de quien juega con fuego, acerca de un volumen extraviado en la sección de libros prohibidos: los Manuscritos Pnakóticos.

El tomo en sí, encuadernado en cuero oscuro con inscripciones apenas visibles, evocaba la sensación de que debía ser dejado en paz. La tinta, tan antigua como la civilización misma, había sido absorbida por el papel a la manera de una maldición, y los símbolos danzaban ante mis ojos fatigados como si cada página poseyera una vida propia. A pesar de todo, avancé en mi lectura, traduciendo fragmentos que desafiaban tanto el idioma como la lógica. Fue en una de esas noches interminables cuando di con una mención que cambiaría mi existencia.

Decía el texto, con retorcida delicadeza, que bajo la tierra de la vieja Arkham latía el pulso de los “Portadores del Hambre Áurea”, un culto arcaico que mezclaba elementos del Antiguo Culto de la Cabra Negra con mil retoños —que, según los cultistas degenerados, era madre de todo lo corrupto y fértil— y presencias que respondían a nombres pronunciables sólo por gargantas no humanas. Había una referencia a una ceremonia, un equinoccio que caería la noche del 23 de septiembre, en la que se abrirían caminos sellados en la más remota prehistoria, caminos que comunicaban a la humanidad con entidades agazapadas en los abismos de la realidad y el tiempo.

No sólo era la promesa de abrir sendas hacia presencias sublimes lo que me heló la sangre. El manuscrito detallaba el sacrificio de niños de cuna todavía no corrompida y la unión blasfema de la carne mortal con lo amorfo, la transformación de los cuerpos en instrumentos para la venida de los “Hijos del Lodo Estelar”. Las palabras daban vueltas en mi mente, pero era incapaz de dejar la lectura, embelesado por la exuberante vileza de la prosa y la insidiosa atracción que ejercía tal abismo sobre mi psique debilitada por noches de insomnio.

Cautivado por la malsana potencia que emanaba de aquellas páginas, pronto me descubrí haciendo preguntas a profesores, mendigos y gitanos que rondaban las orillas del Miskatonic; todos parecían esquivar el tema, bajando la mirada o santiguándose discretamente. Mas, una tarde gris, fue un estudiante de teología, apellidado Carmody, quien, entre susurros, me habló de los túneles y criptas bajo la granja de los Whateley, más allá de Dunwich: un sitio predilecto para quienes buscaban el conocimiento prohibido y se negaban a aceptar los estrechos límites de la carne.

Desesperado, partí hacia Dunwich en el primer tren, portando únicamente una linterna, una libreta y el Manuscrito. El aire era pesado y dulzón, y el crepúsculo parecía permanecer atascado en el horizonte, rezumando tonos púrpuras y verdes que no pertenecían a ningún atardecer conocido. Caminando entre cabras de patas torcidas y zagalas cubiertas de cicatrices, llegué a la vieja granja la noche del 22 de septiembre. Apenas me atreví a soñar sobre lo que hallaría allí.

Cuando el reloj dio las once, algo —una vibración sorda y antiarmónica— me hizo mirar hacia el suelo. Noté que el terreno vibraba al compás de un eco subterráneo. Impulsado por un impulso que bien pudiera ser locura o una voluntad ajena, caminé hasta el granero y empujé la maltrecha puerta. Un hedor a sangre rancia y tierra removida me abrumó. A duras penas descendí por una trampilla oculta entre balas de heno, cuyas bisagras chirriaron denotando épocas de ruina y olvido.

Bajé por la estrecha escalera mientras los murmullos se volvían gritos ahogados en algún idioma impossible, a medio camino entre croar de ranas y retorcidas vocalizaciones guturales. La linterna temblaba en mi mano, pero la extraña claridad violácea que brotaba de las profundidades me permitió ver más de lo que hubiera deseado. Yacía ante mí una sala circular, tallada en una piedra verdosa cubierta de moho. Runas inmemoriales adoquinaban el suelo, y en los muros reptaban relieves de cabras con pezuñas hendidas y ojos flameantes, arrastrándose hacia un altar central.

Detrás de aquel altar, en la penumbra, se alzaba un ser deforme, cubierto de sombras y tentáculos, a la que los congregados —hombres y mujeres de colmillos mellados, piel terrosa y ojos muy abiertos— dirigían plegarias incoherentes. Rochelen sus brazos, derramando una mezcla de vino, sangre y una baba fétida sobre la losa humeante. La forma tentacular, animada por la devoción de los congregantes, pulsaba con una vida antinatural. En ese momento, otro sacerdote, envuelto en una túnica de piel curtida, clamó unas palabras entrecortadas que reconocí vagamente de las traducciones del Manuscrito Pnakótico:

“¡Shub-Niggurath! Madre de millares, fructifica este vientre. Que los muros entre mundos se desangren y que el consorte del abismo ascienda esta noche.”

A medida que entonaba la letanía, el aire se electrificó con chispazos de pánico que se mezclaron con frenética devoción. El grupo comenzó a mutilar animales —una cabra, un gato, incluso una paloma—, esparciendo entrañas aún palpitantes sobre los símbolos glifados en el suelo. La criatura del altar se agitó, exudando miasmas acres y expandiendo su masa tentacular hasta cubrir casi todo el techo. Una abertura simbolizada por triángulos invertidos comenzó a brillar con luz imposible; de aquel agujero emergió otra forma indescriptible, plagada de ventosas y protuberancias oculares, escupiendo sonidos que aplastaban la mente con su sola vibración.

No puedo explicar por qué permanecí allí, anclado por un terror tan vasto que mi cuerpo se tornó simple máscara de carne en manos de voluntades mayores. Sentí cómo la fragancia embriagadora de la criatura cobraba forma en mi mente, induciéndome recuerdos de tierras prehumanas, de servidores devotos cuyas metamorfosis desdibujaban todo límite entre lo humano y lo monstruoso. Vi, en espasmos de comprensión, ciudades ciclópeas sumergidas bajo olas de obscuridad, donde cornamentas y tentáculos danzaban en comunión carnal bajo estrellas verdes.

En ese mismo instante, algunos de los congregados se despojaron de sus vestiduras, revelando cuerpos henchidos de deformidades vegetales y húmedas. Una mujer, poseída por un trance salvaje, copuló abiertamente con una masa borboteante que emergía del altar, mientras el resto caía presa de una locura orgiástica. Los gritos eran mezcla de placer y dolor, y supe, en lo profundo, que aquello iba más allá de cualquier pornografía blasfema: era la consumación absoluta de la unión entre lo humano y lo abismal.

Una muchacha, de cabellos de algas y brazos cubiertos de quistes, se me acercó y, tocando mi frente con dedos viscosos, me susurró: “Él observa desde el abismo. No temas. Pronto la carne te será arrancada y reemplazada por la Verdad.” Pensé en huir, gritar o suplicar, pero mi cuerpo estaba paralizado, y antes de que pudiera siquiera cerrar los ojos, la ceremonia alcanzó su climax abominable.

Del hueco en la tierra se derramó un charco negro, pero no era líquido ni sombra: era la mismísima esencia del Caos Primigenio, abriéndose paso a nuestro mundo en columnas retorcidas. Las criaturas, congregadas ahora en espiral, se ofrecieron voluntariamente, permitiendo que la negrura las cubriese, fusionando piel, órgano y hueso en amalgamas de pesadilla. De entre la oscuridad resonó una voz que no era voz: profunda, líquida, y antediluviana, portadora de palabras imposibles que sólo los desquiciados entienden. Aquel idioma, sentí, tenía eco en las negras profundidades del mar, más allá de la razón humana.

La figura y los congregados comenzaron a deslizarse hacia la abertura que crecía cada minuto, expandiéndose como una boca hambrienta. Sabía, con terror absoluto, que el ritual no sólo invocaba a la Madre Negra, sino que también apelaba al objeto sacerdotal y soñado de todo aquel culto clandestino: la atención misma de aquello que duerme “en los húmedos abismos, llevando corona de algas y ojos como lunas muertas”. Se trataba, sin duda, de un doble culto: una devoción simultánea a la abismal y fértil Shub-Niggurath, y a la entidad que acecha en sueños, esperando, del otro lado de todas las mareas.

El altar quedó cubierto por la masa amorfa, y los cánticos se volvieron lamentos desgarradores, como de niños ahogados. Sentí que algo se deslizó dentro de mí, absorbiendo mis miedos y alimentándose de mi mente. Mi visión se tornó líquida, y ante mis ojos se desplegó una escena imposible: los océanos cediendo, y estructuras colosales emergiendo, dominadas por figuras que combinaban todos los terrores de la fertilidad insana y la inmortalidad abismal. En ese instante comprendí que la ceremonia era un clímax cíclico; no una invocación, sino un recordatorio, una declaración de pertenencia de la humanidad a ambos linajes: la carne de la Madre y la locura del Durmiente Profundo.

No sé cómo logré escapar de la cripta. Mi mente se desplomó y mi conciencia fluyó como mercurio por túneles de pesadilla. Cuando desperté, con la boca llena de tierra y las uñas ensangrentadas, me hallaba junto a la carretera, mientras la luna menguante se alzaba sobre Arkham. Las cicatrices de la ceremonia —pequeños bultos húmedos en mi cuello y palpitaciones en mis sueños— permanecen hasta hoy. Cuando las pesadillas llenan mis noches, escucho la llamada de la carne corrupta y los océanos sin nombre.

A todos cuanto hojean estos papeles desgarrados, sólo puedo advertir: no busquen los umbrales de la fertilidad ni los abismos del mar. Porque ambos esperan, inmemoriales y plagados de hambrientas crías, y el precio de la sabiduría es la transformación irreversible. Pregunten a las bestias de Arkham, a las cabras de ojos multiplicados y a los cultistas de piel henchida. Ellos conocen la Verdad. Pero nadie, jamás, debería desear conocerla.

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