Portada del relato Susurros Bajo el Hielo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Wiltersen era una estructura vetusta, de techumbres agrietadas y muros amarillentos por la humedad. La puerta de acero resistió nuestro embate con resignación agónica y luego cedió: una bocanada de aire putrefacto, denso por años de encierro, nos sumió de inmediato en la certeza de que ahí dentro el tiempo seguía otras leyes. Al internarnos encontramos los vestigios de una humanidad que alguna vez habitó aquellos corredores: anotaciones ilegibles, instrumentos oxidados, restos de una comida que nadie nunca terminó. El lugar entero parecía intranquilo, expectante.

Duración: 10:47

Susurros Bajo el Hielo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La tempestad golpeaba implacable la desolada costa antarctica, zarandeando el barco como si el propio mar abrigase en su seno una furia desconocida, inhumana. El hielo resquebrajado crujía ominosamente, y al fondo, más allá del velo grisáceo de la ventisca, la silueta de la vieja estación Wiltersen se perfilaba, medio sepultada por años de nieve indómita y olvido. Un exilio elegido, una penitencia que ya nadie recordaba; pero para nosotros, miembros del Comité Internacional para el Estudio de la Vida Microsubglacial, era la conquista del último secreto, la respuesta prometida por una existencia entera de fascinación y temor ante lo desconocido.

Nos llamábamos doctores, científicos, pero todos éramos en el fondo niños asustados, deslumbrados por cuentos sobre criaturas antediluvianas e infiernos prehumanos. Me llamo Elías Rüdel, y mientras escribo estas líneas —no sé cuánto tiempo reste para la cordura— comprendo por qué la curiosidad es un pecado en tantas cosmogonías antiguas.

Lo primero que nos recibió al arribar fue el silencio. Ni aullido de viento, ni roces de la nieve arrastrada por la brisa; solo el crujido aterrador de nuestros propios pasos, amortiguados bajo gruesas botas. El doctor Kessler, nuestro jefe de expedición, era quien menos parecía afectado por la pesada atmósfera, pero yo noté la tensión en los nudillos blancos de sus manos al sujetar la linterna, el tartamudeo involuntario al ordenar a los demás descargar el equipo.

Wiltersen era una estructura vetusta, de techumbres agrietadas y muros amarillentos por la humedad. La puerta de acero resistió nuestro embate con resignación agónica y luego cedió: una bocanada de aire putrefacto, denso por años de encierro, nos sumió de inmediato en la certeza de que ahí dentro el tiempo seguía otras leyes. Al internarnos encontramos los vestigios de una humanidad que alguna vez habitó aquellos corredores: anotaciones ilegibles, instrumentos oxidados, restos de una comida que nadie nunca terminó. El lugar entero parecía intranquilo, expectante.

La misión nos reclamaba descender al subsuelo, hacia los antiguos laboratorios de la expedición Dyer de 1930. Casi un siglo antes, aquellos hombres, según las actas, habían hallado algo atrapado en el permahielo, algo que no debía ser alterado. Pero la ambición humana es como un hongo: crece en la oscuridad, se alimenta del miedo y la ignorancia. Nadie habló en voz alta por qué íbamos a buscar lo mismo que ellos decidieron silenciar.

Descendimos por el elevador auxiliar, cuyos cables chirriaban macabramente bajo nuestro peso. El aire se volvía más frío, más espeso en cada nivel. Luces amarillentas se encendían a trompicones, arrancando de la oscuridad espectros de aparatos y figuras encorvadas bajo carcomidas sábanas. El doctor Sterling, experto en geología glacial, tosió nerviosamente. Cada uno de nosotros creía escuchar, en los momentos silenciosos entre paso y paso, una especie de susurro, como si el mismo hielo musitara retazos de una lengua extranjera, casi mineral.

Al llegar al final del corredor principal, localizamos la cámara de contención que figuraba en los planos antiguos. Varias cerraduras metálicas, corroídas y entrenudadas, protegían el acceso. Una placa advertía en un inglés arcaico: “Prohibido acceder sin autorización del Supremo Consejo Científico”. Kessler, cuya determinación era tan férrea como su ambición, no vaciló. Rompimos el sello. El vapor caliente, para nuestro espanto, emergió desde dentro, no desde fuera.

La luz del interior reveló la escena a la que nuestros cables y tubos nunca podrían acostumbrarse: una masa viscosa, negra como el abismo, ocupaba buena parte del recinto sellado; avanzaba y retrocedía en trémulos movimientos, como si respirase. La textura era imposible, una amalgama de membranas enjutas, lápidas opalinas y ojos que iban y venían, abriéndose y cerrándose con una indiferencia mineral. Era difícil determinar dimensiones concretas: a veces la masa parecía enorme, abarcando toda la sala; otras, se recogía en diminutas sierpes que reptaban con resignada agilidad.

El doctor Kessler, sin quitar la vista de la cosa, murmuró:

—Un shoggoth. Dios… es un shoggoth.

Se oyó la palabra como un eco leproso por toda la bóveda, rebotando en las membranas congeladas. Como si ese nombre reviviese a la criatura. Sterling empuñó la cámara de video; su mano temblaba tanto que apenas distinguí las figuras borrosas por la pantalla que llevaba. Nadie se atrevió a hablar, pero la fascinación nos mantenía anclados.

Fue entonces que sucedió la primera tragedia: el técnico O’Brien, impulsado por la curiosidad y un nerviosismo mal disimulado, tocó la puerta parcialmente cerrada. El metal vibró, agudo, y en un parpadeo una protuberancia se extendió desde la masa, golpeó el umbral y atrapó el brazo del técnico. Recuerdo, en una secuencia irreal y abismal, el modo en que la carne de O’Brien se desintegró al contacto. El grito fue breve porque la criatura cubrió la boca con otra apéndice surgido de la nada. No hubo sangre; solo un silente desplome, a una velocidad inhumana, de todo aquello que había sido el hombre unos segundos antes.

Corrimos hacia atrás, tropezando con el equipo, las linternas girando por el suelo y las sombras proyectando horrores inenarrables en las húmedas paredes. El doctor Sterling se mantuvo filmando como un autómata convulsivo hasta que lo empujé al pasillo lateral. Cerré la puerta de emergencia y clavé la barra de seguridad. Aunque era inútil; todos sabíamos que ninguna barrera física podría contener a algo surgido de eones previos a la carne, anterior incluso a la propia Tierra.

Nos dispersamos por la estación, cada cual buscando seguridad en una esquina diferente, ignorando los gritos de Kessler que nos pedían mantener la calma. El sonido volvió a tornarse extraño: la masa, el shoggoth, parecía emitir ecos de voces humanas, como si absorbiera los últimos retazos del lenguaje y la memoria de O'Brien. Nos llamaba por nuestros nombres, imitando nuestras propias voces partidas, y en el temblor disonante había un dejo de burla y amenaza. La cordura empezó a quebrarse en esas horas funestas.

Pronto la estación entera se convirtió en una trampa; el shoggoth, expandiéndose con una velocidad imposible, empezó a aparecer donde menos lo esperábamos: de grietas, del suelo resquebrajado, de los conductos de aire que hace poco parecían sólidos. Perkins, la meteoróloga, desapareció arrastrada hacia las profundidades del laboratorio de meteorología. Su último alarido tronó por los altavoces durante minutos, reproducido, distorsionado, como si el monstruo disfrutara con su eco.

El oxígeno empezó a escasear. Optamos por bloquear el antiguo centro de comunicaciones, donde el contacto con el mundo exterior era irrisorio: ni un solo mensaje había trascendido las barreras de la tormenta desde que llegamos. Sterling, ya medio enloquecido, hablaba de “patrones de inteligencia” y de “saberes ilegítimos”, mientras repasaba los registros de la cámara que contenían las imágenes del shoggoth. Kessler, sin embargo, seguía insistiendo en que debíamos aprender, hasta el último momento, aunque fueran los alaridos de aquellos que ya no estaban.

La noche se extendía sin diferencia entre horas; el reloj se volvió un instrumento inútil al igual que nuestras reglas y protocolos. Desde la ranura bajo la puerta, de vez en cuando, surgía un vapor ácido, un remanso de materia negruzca que intentaba comunicarse, a modo de advertencia, con formas informes que evocaban rostros y ojos familiares.

Y entonces, en la última vigilia, comprendí lo peor: la criatura no solo imitaba sonidos humanos, sino que también aprendía. Percibí, mientras Kessler dormía e Sterling deliraba entre muecas, la aparición de palabras, frases completas, entonadas en la voz exacta de O’Brien, Perkins y de mí mismo, diálogos trágicamente reconocibles, pensamientos privados que jamás compartí y que el shoggoth había extraído del fondo de mi psique. El horror invadía ya no solo el cuerpo, sino la mente, que comenzaba a dejar de ser propia.

La presión se volvió insoportable. Kessler rompió la cuarentena y, presa de un éxtasis demencial, volvió hacia el laboratorio. Yo le seguí, incapaz de quedarme a solas con las voces. Encontré a Kessler de rodillas ante el shoggoth, murmurando plegarias en idiomas extraños, mezclando latín con fonemas imposibles. El monstruo, con una lentitud casi tierna, extendió un apéndice y cubrió la cabeza de Kessler. No fue devorado en el acto; sus ojos quedaron abiertos y, mientras la criatura absorbía su carne y memoria, vi en la gelatina translúcida la burlesca imitación de su rostro.

Sabiendo que mi final era inminente, huí por los corredores, extraviándome entre escombros y delirios. Sterling me seguía, arrastrando una nota donde había escrito morbosos detalles de las transformaciones del shoggoth. Los últimos minutos son fragmentados: un mar de voces, de risas quebradas, de imágenes imposibles. Recordé entonces la historia de la expedición Dyer, los hombres cuyas mentes habían sido devoradas mucho antes que sus cuerpos; recordé que aquello que yacía bajo el hielo no pertenece a este mundo, y que todo conocimiento es una daga dirigida al corazón del propio portador.

Al final logré encerrarme en uno de los depósitos exteriores, rodeado de bidones vacíos y repuestos que nunca usaremos. Mientras anoto mis últimas palabras, oigo el arrastrar viscoso bajo la puerta, la imitación nauseabunda de mi voz y mis sueños. El shoggoth avanza, multiplicando formas y memorias, la suma de todos nuestros errores. Y mientras araña la madera con dedos robados, entiendo el auténtico terror: no ser devorado, sino perpetuado, memorizado para siempre en la insondable matriz de un ser que antecede a la vida, y que a través de nosotros no hace sino recordar la pesadilla fundamental que fue, que es, y que será cuando toda voluntad humana haya sido olvidada.

Cuando acabe esta página, sé que ya no seré yo quien piense estos pensamientos. Solo quedará el eco, eco de nombres y gritos, absorbidos y repetidos por una masa sin forma, que busca no solo carne, sino también alma. Nadie vendrá a rescatarnos. Y si alguien lo hace, que tema, porque lo que liberen no será jamás reconocible.

Quizá, mientras los trineos suenen a lo lejos entre los ventisqueros, alguien oiga este susurro y comprenda demasiado tarde. Que quien lea estas líneas recuerde: hay cosas bajo el hielo que esperan silenciosas, no para ser descubiertas, sino para devorarnos en la luz bermeja del conocimiento prohibido. Shoggoth… Shoggoth… Ese es el verdadero nombre del miedo.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.