Fragmento:
Por años conduje mi vida con la rectitud de quien no espera que el mundo le oculte secretos. Enseñé historia en la Universidad, di clases sobre culturas olvidadas, y entre libros y manuscritos antiguos tejí una barrera mental contra la superstición de la comarca. Pero mi vecino, el Dr. Leonard Breck, era de otra pasta. Su pasión eran los mitos refutados, las prácticas abyectas y el oscuro ocultismo que brota, como hiedra venenosa, en los márgenes de los valles perdidos de Nueva Inglaterra.
Duración: 09:48
V
Vivimos en la brumosa periferia de Grayfield, donde el lago Mordant se expande como un enorme cuenco de mercurio bajo los cielos sempiternamente grises de Arkham. Soy Nathaniel Byers y, en la franca penumbra de mi vejez, temo relatar las ocurrencias de aquel gélido septiembre en que las escorias ancestrales despertaron bajo el agua… Temas de locura, de criaturas que el hombre no fue hecho para concebir, pero que el que busque la verdad posiblemente ya tenga en su sangre el rastro de la sentencia.
Por años conduje mi vida con la rectitud de quien no espera que el mundo le oculte secretos. Enseñé historia en la Universidad, di clases sobre culturas olvidadas, y entre libros y manuscritos antiguos tejí una barrera mental contra la superstición de la comarca. Pero mi vecino, el Dr. Leonard Breck, era de otra pasta. Su pasión eran los mitos refutados, las prácticas abyectas y el oscuro ocultismo que brota, como hiedra venenosa, en los márgenes de los valles perdidos de Nueva Inglaterra.
Fue Breck quien me habló, años atrás, de los “Seres de Leng”, una de esas leyendas con que la región alimenta el insomnio de sus niños. Según su relato, acechaban en las riberas de lagos donde la niebla nunca se levanta, sirvientes de una entidad hundida más allá de las algas y la podredumbre: un Gran Durmiente cuya mirada no necesita ojos. Era simplemente materia para el folclore, hasta que regresó tambaleante de una excursión nocturna al otro extremo de Mordant con las ropas empapadas y una quemazón amarillenta bajo la piel.
Veía su figura encorvada día a día, los ojos desorbitados, siempre mirando hacia el oeste, hacia la orilla más antigua y olvidada del lago. No fue el primero que perdió la razón en Grayfield, pero su caso era especialmente inquietante.
La noche que todo comenzó tuve un sueño febril, lleno de brumas y de una luminiscencia verdiazul que pululaba, repulsiva, bajo las aguas. Oía golpes amortiguados en algún lugar profundo y, en el límite de la percepción, un festival de voces salmodiando palabras en lenguas arcaicas. Desperté con un alarido y un aguijonazo en el pecho, sintiendo que algo -un nombre impronunciable asociado levemente en mi conciencia- se había deslizado, viscoso e indecible, en la infraestructura de mi mente.
Breck, parado en mi jardín a la mañana siguiente, parecía menos una persona y más la sombra de una idea rota. Aseguraba haber traído un objeto de la otra orilla: una estaca de metal retorcido cubierta de algas que, al frotarla, goteaba un lodo aceitoso y fétido. Insistía en que formaba parte de una verja sumergida, edificada por manos no humanas para encerrar o defender… “Lo que contiene este lago está sellado, Nathaniel. Pero las cerraduras tiemblan.”
Durante los siguientes días, la niebla no se disipó ni un instante. El propio aire olía a tierra removida, y los vecinos comenzaron a relatar extrañas sombras que se movían por el embarcadero en la madrugada, explorando con extremidades improbables y una cautela antinatural. Algunos afirmaban ver figuras encorvadas, vestidas con hábitos andrajosos, que observaban, inmóviles, desde las cañas.
Culminó con la desaparición de la familia Hoover. Hallaron su barca varada en la orilla norte, empapada y mitad cubierta por juncos. Unas huellas extraordinariamente profundas -de pezuña hendida y dedos divergentes- conducían desde el lodo hasta el vado que conecta con la Reserva Swenson, el antiguo cenagal que los primeros colonos evitaban a toda costa. Ningún perro del pueblo quiso acercarse.
En la biblioteca de Grayfield, sumido en una investigación alimentada más por el pánico que la erudición, encontré una referencia brevísima en el apócrifo “Codex Vernalis”. Allí leí: “En los lagos helados y eternos yace el refugio de los Vigilantes Sin Rostro. Por murallas sumergidas custodian el sueño del Eso que Llegará, meciéndose bajo los zarcillos de Glaaki, el que trenza la carne y los recuerdos de los incautos.”
Reuniendo los datos, la pesadilla cobraba un perfil horrendo. Allí, bajo Mordant, dormía una fuerza acuchillada en el tiempo por esas criaturas silenciosas, humanas solo en lo superficial. Leí que los Seres de Leng, nómadas de otro plano, no se comunicaban por palabras sino por destilaciones de dolor, intercambiando recuerdos y vida a través de sus tentáculos de narcisos marchitos. Se decía que, en ciertos eclipses o con la llegada de una niebla especialmente densa, los sellos que los ataban a su tarea se relajaban, y se les veía moverse, cautelosamente, en busca de nuevos pastores para servir a su amo sumergido.
Un miércoles, perdido en un crepúsculo irreal, vi a Breck avanzar hacia el lago, ebrio de fiebre y cánticos impensables, portando la estaca metálica. Caminé tras de él, impulsado por una repulsión magnética. Lo vi hincar la barra en la orilla, pronunciar silabeos sin sentido y volverse, con los ojos llenos de lágrimas negras, hacia mí. “Nathaniel, está aquí, agazapado entre los juncos. Nos llaman los centinelas, ¡y la verja se derrumba!”
Un olor a barro podrido y salitre emergió, y la superficie empezó a bullir. Decenas de figuras grotescas se materializaron entre la bruma: altos y delgados, vestidos con túnicas de polvo y trapos pútridos, sus rostros eran lisos o punteados de órganos fotosensibles. Caminaban como si flotaran, en silencio, en dirección a nosotros. La negrura ancestral impregnaba el aire, y sentí cómo mi conciencia flaqueaba ante la visión, como si la sola observación de tales seres erosionase cada fundamento racional.
Al centro de su comparsa se suspendía algo mucho peor: una masa globular, acorazada de púas y reluciente limo, de la que manaban filamentos espirales. Por la boca de Breck salieron una docena de zarcillos que palpitaban lívidamente al ritmo de su propia respiración cortada. Comprendí, con terror, que esos apéndices no eran de carne sino de memoria, pulsaciones arrancadas al propio pasado del pobre hombre.
El Ser de Leng más alto inclinó su torso y una lengua ganchuda se desenrolló. Tocó la estaca y la oxidó con una velocidad inhumana; el metal chilló y cayó en trozos ante mis pies. Todos los ojos (o cuencas de ojos, pues no se parecían a los nuestros) se posaron en mí, y una voz en mi cerebro dictó: “El que duerme ha removido su brazo. El tiempo de la verja termina. Deberás elegir: tu carne, o tus recuerdos.”
Caí de rodillas, y mis pensamientos giraron vertiginosos. Vi las caras de mis padres, la infancia bajo los olmos de Arkham, los amores y los miedos primigenios… Todo comenzó a borrarse, uno por uno, como si una mano húmeda pasara por una pizarra. Intenté resistirme, pugnar, pero la voluntad que me atenazaba era vasta y vieja como la propia madera de los bosques circundantes.
Breck chilló, se convulsionó y se apagó como una vela en la tormenta. De su cuerpo surgieron brotes de carne transparente que los seres recogieron con reverencia, fusionándolos en su masa central, volviéndose lentamente hacia la deidad protuberante. Danzaron en silencio en torno a la orilla, mientras el Gran Durmiente -lo supe por un eco vibrante, un clamor de reptil en los huesos- lanzaba un tentáculo informe a la superficie, seccionando el aire con chirridos de ultratumba. La realidad pareció ceder en el umbral de la locura. Noté un picor en mis sienes, y, horrorizado, sentí que mis propios recuerdos se hilaban en filamentos que no podía ver, pero sí, por un momento fugaz, saborear con asco… la textura pútrida de la memoria ofrecida como tributo.
Me desperté en mi cama sin saber cómo regresé. Había perdido la memoria de los últimos dos días. Unos arañazos ensangrentados me recorrían el pecho y los brazos. En sueños, visiones de una verja rota flotaban ante mí, y comprendí que, como advertía el Codex, una vez abierto el sello, el Gran Durmiente ya no es prisionero absoluto.
Hasta hoy evito el reflejo amarillo-verde del lago Mordant. Recuerdo la última vez que lo vi: su superficie ya no ondulaba tranquila, sino que parecía respirar con una cadencia lenta, glacial. Doy paseos cortos por la ribera, y a veces distingo, entre la niebla que nunca se marcha, las siluetas de los Seres de Leng, erguidos y expectantes, observando con sus caras sin ojos, sin emociones comprensibles, aguardando la orden de su amo.
Han pasado meses. Cada noche caen espirales de neblina sobre Grayfield, ocultando el pueblo como un sudario. Me asalta la sospecha inquietante de que la memoria colectiva del pueblo está siendo destilada, sorbo a sorbo, a través de los sueños empapados de sus habitantes. Un temblor en el aire -como el rumor de olas golpeando una verja metálica muy abajo- me avisa que el ciclo se repite, y que la verja, aunque reforzada, jamás será lo bastante fuerte para contener, eternamente, aquello que ruge en la profundidad del lago.
Que quien lea estas confesiones, si sobrevivieran a la podredumbre del tiempo, sepa que no toda verja es externa. Algunas son mentales, y se abren desde dentro, con el solo atisbo de un susurro, la bruma y una mirada furtiva hacia el reflejo corrompido del propio pasado. Y aunque intentemos aferrarnos al fulgor racional o a la tibieza de la memoria, los centinelas están al acecho y Glaaki, incansable en la penumbra, teje los recuerdos de los vivos en su inacabable danza de horror.
El lago Mordant, en el crepúsculo de Arkham, siempre espera otro soñador incauto que crea, aún, que bajo la niebla solo hay agua y limos.
Yo, Nathaniel Byers, testigo y presa de los centinelas de Leng, le advierto: nadie es tan cuerdo, tan sabio o tan puro que no pueda escuchar, una noche cualquiera, la llamada de la verja rota.
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