Fragmento:
Aquel cántico tenía la cualidad hipnótica de las plegarias antiguas y el hedor de una promesa no hecha para oídos humanos. Matheson, periodista antes que hombre sensato, se dejó llevar, pegándose a las paredes, su linterna envuelta en un pañuelo para amortiguar el brillo. Desde una hendija contempló lo imposible: la congregación presentaba deformidades inquietantes, rostros demasiado planos o demasiado alargados, ojos protuberantes bañados en la humedad de la degeneración o de algún linaje que no era de este mundo. Sobre el altar, una figura sostenía un libro demasiado grueso para estar compuesto por páginas mortales, y su voz poseía el poder de estremecer los cimientos de la razón.
Duración: 08:46
El Pozo Que Se Abre Bajo La Carne
Susurros En El Basalto
El hombre que embistió por primera vez las costas de Innsmouth lo hizo con la arrogancia de los que, todavía, no han aprendido a respetar el abismo. Se llamaba Samuel Matheson y estaba, en términos modernos, al borde de la desesperación más humana: una ruina financiera que amenazaba con arrastrarle hasta el desamparo. Pero en ese anochecer, armado con una linterna y un propósito que pretendía llamarse científico, todavía ignoraba las ligaduras de lo invisible.
El puerto de Innsmouth, con sus oscuras embarcaciones podridas y la fetidez de su marea, no fue suficiente para disuadirlo. Y si bien la taberna —que más parecía una trampa tejida de sombras y hálitos a pescado podrido— le advirtió sin palabras, su sobresalto no fue más que pasajero. Pidió alojamiento en la posada Marsh, atendida por un hombre cuya piel parecía estar cediendo ante las leyes de una intemperie diferente, cubierto de llagas y camuflado tras una mirada en la que no había esperanza. Matheson pagó en monedas y se atrincheró en aquella habitación que olía a madera podrida y secretos fermentados.
No tardó en descubrir que los lugareños rehuían su mirada, estudiaban sus pasos y vigilaban sus preguntas. Todo esto, pensó, componía la clásica hostilidad de los pueblos ante el forastero curioso. Pero el horror, como lo descubriría Matheson, no se revela de inmediato: da rodeos, se arrastra por los bordes de la conciencia y, llegado el momento, muerde.
Aquella noche, atormentado por un sueño en el que una presencia sin nombre lo arrastraba a través de agujas de agua hacia un abismo sin fondo, Matheson se despertó con el chillido de lo que, en primera instancia, identificó como gaviotas. Pero ningún ave podría llorar así, con ese tono que horadaba la mente y erizaba la piel. Buscó refugio en el whisky traído desde Boston, pero el licor solo exacerbó el retumbar de los cánticos que, ahora, escuchaba filtrándose a través de los tablones y la ventana empañada por la bruma salina.
Decidió salir. Una lógica fatalista —o tal vez el influjo de algo oculto— le hizo pensar que para vencer la inquietud debía enfrentarla, así que recorrió las callejuelas resbaladizas, avisando apenas el crujir de las puertas detrás de las que los habitantes de Innsmouth se apartaban de su mirada. Pronto el rumor de las olas se retiró y fue sustituido por el surgimiento de las notas de un cántico grave, gutural, que provenía de la iglesia edificada en el borde del pueblo, un templo carcomido por el moho y las algas, orlado por símbolos irreconocibles dibujados en plomo oxidado y nácar refulgente.
Aquel cántico tenía la cualidad hipnótica de las plegarias antiguas y el hedor de una promesa no hecha para oídos humanos. Matheson, periodista antes que hombre sensato, se dejó llevar, pegándose a las paredes, su linterna envuelta en un pañuelo para amortiguar el brillo. Desde una hendija contempló lo imposible: la congregación presentaba deformidades inquietantes, rostros demasiado planos o demasiado alargados, ojos protuberantes bañados en la humedad de la degeneración o de algún linaje que no era de este mundo. Sobre el altar, una figura sostenía un libro demasiado grueso para estar compuesto por páginas mortales, y su voz poseía el poder de estremecer los cimientos de la razón.
La ceremonia se coronó con el arribo de una ofrenda, una mujer larguirucha de cabello empapado y expresión beraída. La devoción de los asistentes fluctuó en un frenesí que recordaba al paroxismo orgiástico de religiones extintas, pero había dolor en el éxtasis, como si la gloria estuviera ligada al sacrificio. Matheson, fascinado y horrorizado, sintió la urgencia de huir. No pudo. El cántico le ató la voluntad; cuando la congregación se volvió hacia él, los ojos de aquel pueblo le taladraron con un odio ancestral.
Alguien musitó: “No pertenece. Aún no”.
No recuerda cómo logró regresar a la posada ni cómo la llave de la habitación, misteriosamente ajada, seguía colgando de su cinturón. Las horas siguientes se dispersaron en una nube de pesadilla. Cada vez que sus párpados cedían, la misma figura reptiliana emergía de la oscuridad, y la sensación de ahogo se hacía insoportable. Al amanecer, lamentó no poseer el valor que siempre se había atribuido como periodista de “hechos extraños”; lo que había presenciado superaba su entereza.
Decidió marcharse —o, al menos, intentarlo— y comenzó a embalar su maleta. Pero el espejo de la habitación le devolvió un reflejo trastocado. Había algo en la forma de sus párpados, un anhelante abultamiento bajo la piel de su cuello, como si una presión interna, remanente de la pesadilla, ahora avanzara sobre su carne. El pánico le dominó, y abandonó la posada dejando la cuenta sin pagar.
El pueblo lo observó mientras caminaba hacia la carretera. Aquellos ojos, los de los ancianos que nunca pestañeaban y los niños que reían mostrando dientes triangulares, parecían murmurar: “Pronto”.
La carretera se perdió entre titilantes bancos de niebla. Matheson aceleró el paso, cada vez más convencido de que lo perseguían siluetas que no podían ser del todo humanas. Llegó, exhausto, a una empalizada donde la vegetación se marchitaba en torno a una zanja devorada por el salitre. Sus pies, arrastrando la convicción de que nunca escaparía, tropezaron con runas grabadas en la roca y un hedor a salmuera que emanaba del subsuelo. Allí, un sonido viscoso se elevó: algo se movía bajo la tierra, y cuando el periodista atinó a mirar sobre su hombro, vio que toda Innsmouth se había puesto en marcha.
Retrocedió unos pasos. Su única vía de escape era el mar, ahora negro bajo un cielo prendido de estrellas extrañas. Pero, impelido por la lógica de la desesperación, volvió. El bosque de casas, con sus ventanas condenadas y chimeneas cubiertas de limo, le ofrecía una última trampa: ocultarse hasta el alba, cuando regresarían los trenes y el bullicio de la vida normal lo rescataría. Pero la cordura era fatigosa, y el bosque de escaleras chillonas y puertas que gemían de humedad terminó por emboscarlo.
Ahora, arrojado sobre el suelo de una bodega apestada, fue ahí donde la visión lo alcanzó. Matheson. El humilde investigador. Allí, en esa bodega sin luz, procedió a abrir un libro encontrado entre las tablas, grabado con caracteres inhumanos y una lujuria enfermiza a la que no pudo negarse. Lo hojeó, apenas comprendiendo palabras: “Y’ha-nthlei”, “Esferas de N’kai”, “Profundidades que ríen”. Un grafito representaba una deidad abominable, mitad pez, mitad dios, con tentáculos que abrazaban la bóveda del agua desconocida.
Las palabras danzaban en su mente, resbalaban como las olas contra los cimientos de la realidad. Una de ellas, “relato de primer contacto”, se incrustó como un anzuelo: comprendió, con un terror fiero, que no era el primero en caer en la trampa de Innsmouth. Que cada generación ofrecía uno de los suyos, extranjeros tentados por la avidez humana.
Fueron las manos húmedas de los hombres-pez las que lo sujetaron cuando al alba creyó oír el rumor del tren. “Elegido”, graznó una garganta imposible. El dolor fue como una marea lenta, cediendo ante la anestesia de la inconsciencia.
Despertó bajo el agua.
Era imposible, pero podía respirar. En la noche sin luna, las ruinas de un templo sumergido se yerguían a su alrededor: columnas desmoronadas, frescos de movimientos que sólo podían pertenecer a otro mundo, criaturas que danzaban en un perpetuo círculo, fundiéndose con la espuma y la negrura. Una figura surgió ante él, más vasta que cualquier miedo concebido: un dios de los abismos, su piel tapizada de símbolos y ojos. Matheson reconoció la intención amistosa —sí, amistosa, en la medida en que un ser de otras leyes puede “acoger”—. Comprendió, tiritando, que los pueblos como Innsmouth eran solo avanzadillas, y la humanidad entera, apenas una de las muchas especies capaces de servir, adorar o ser devoradas.
La entidad imprimió una orden en su mente: “Olvida”.
¿Era castigo o misericordia?
Cuando Matheson regresó a tierra, con las ropas empapadas y una quemadura en el lugar donde el libro lo había tocado, ningún recuerdo emergía. Pero algo en su mirada cambió. Habló poco. Nunca regresó a Innsmouth, ni volvió a escribir.
Los demás, aquellos que alguna vez cruzaron la bruma del pueblo, tampoco recordaron el horror. Pero algunos, por azar o designio, aún sienten en el sueño el roce de una voz que viene desde abajo, y con ella las palabras de un dios sin nombre: “No sois los primeros. Ni seréis los últimos”.
Las mareas entierran toda memoria bajo sargazos y sal. Pero, debajo, algo siempre espera el próximo “primer contacto”.
Y tú lo recordarás sólo cuando ya no puedas escapar.
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