Fragmento:
Mi nombre —que fue mi escudo antes de los horrores de la música cósmica— no tiene importancia ya, pues sólo un nombre recordará el abismo de mi alma desgarrada: Azathoth. Me refiero, claro está, a esa ciega idiotez primordial que reposa reptando en el centro de todas las cosas. Yo fui un hombre de letras, dedicado a la música, y me ganaba la vida traduciendo partituras arcanas. Fue esto, precisamente, lo que me marcó para un destino atroz.
Duración: 11:35
Había aprendido, en mis años de estudios solitarios y prohibidos, que el Universo no es, ni ha sido nunca, un compendio de leyes permanentes y comprensibles, sino una llanura tumultuosa bajo la débil tela de la razón humana. Ignoraba los peligros de viajar en busca de conocimiento, mas mucho peor era, en verdad, el quedarse y pudrirse en la ignorancia. No me llamen loco, pues soy tan cuerdo como cualquiera que se haya sentido acosado por lo que se esconde detrás de los anhelos del espacio, tras los pliegues de la más negra Nada. No soy un soñador; la realidad me ha tratado, por su parte, con cruel indulgencia.
Mi nombre —que fue mi escudo antes de los horrores de la música cósmica— no tiene importancia ya, pues sólo un nombre recordará el abismo de mi alma desgarrada: Azathoth. Me refiero, claro está, a esa ciega idiotez primordial que reposa reptando en el centro de todas las cosas. Yo fui un hombre de letras, dedicado a la música, y me ganaba la vida traduciendo partituras arcanas. Fue esto, precisamente, lo que me marcó para un destino atroz.
Durante el invierno de 1927, recibí por correo un paquete sin remitente, cuyo exterior olía a humedad y era de una textura repulsivamente gomosa. El cartero que me lo entregó temblaba visiblemente, y me advirtió con voz baja que algo en su interior “cantaba”. Dentro, hallé un pentagrama de pergamino tan amarillento como la misma eternidad, y un breve mensaje rayado violentamente en francés: “Ne joue jamais cette séquence. Pour l’amour du silence.” — Nunca toques esta secuencia. Por el amor al silencio.
No era la primera vez que recibía advertencias vagas sobre mis estudios. De hecho, había recibido manifiestos de sociedades musicales arcanas, cartas amenazantes de cultistas, y hasta amenazas de muerte. Pero ninguna había contenido nunca una partitura. La examinaba bajo la luz de mi lámpara, notando una notación musical completamente ajena a la tradición humana. Usaba compases irregulares, tonalidades imposibles, y indicaciones para instrumentos que ninguna orquesta terrícola podría jamás concebir. Era como si la música hubiera sido arrancada de una pesadilla compartida sólo por dioses ciegos y sordos.
La tentación fue devastadora. Me vi incapaz de resistirme, fascinado por la idea de transcribirla a sonidos reales. Pasé días estudiando y copiando la partitura, tratando de adivinar qué configuración instrumental podría acercarse siquiera al efecto previsto. Violines, clarinetes, un theremín primitivo —mis viejos instrumentos fueron forzados a ejecutar secuencias para las que jamás fueron pensados.
A medida que avanzaba, una extraña opresión comenzó a nacer en el ambiente. Mi cuarto, en una antigua edificación universitaria de Providence, exudaba un olor húmedo y frío. Las ventanas empañadas filtraban ruidos que jamás había percibido: suspiros distantes, el aullido de una melodía distorsionada que parecía salir de las propias vetas de la madera. Sin embargo, fue durante la ejecución real cuando el abismo me vertió de lleno sobre sí mismo.
La primera noche que intenté interpretar lo que había traducido, el mundo cambió de modo irreparable. Las notas, combatientes como serpientes elásticas, luchaban entre sí en el aire de mi estudio. Perdían forma, resonaban en mis costillas, retumbaban en mis ojos y me hacían ver cosas: colores nunca vistos, ángulos imposibles curvándose en el espacio limitado de mi buhardilla. Los muros, y acaso la mismísima sustancia del tiempo, temblaban en su levedad.
La melodía era horrible. No por su sonoridad, sino porque cada una de sus frases evocaba la certeza de que estaba hurgando en la caja torácica de la realidad, alterando la respiración del cosmos como un bisturí hueco. Con cada compás, imágenes acudían a mi mente con opresiva nitidez: vorágines de astros marchitos, arquitecturas de existencia frangida, vacíos pulsantes repletos de gorgoteos y girones de conciencia. A mitad de la ejecución, noté que no estaba solo. De los rincones nacía un rumor, creciente pero inarticulado, y el aire se espesó tanto que apenas podía respirar.
El mundo exterior palideció hasta convertirse en un concepto abstracto. Me parecía estar en otro plano, incapaz de advertir si mi corazón seguía latiendo. Fue entonces cuando lo escuché: un retumbo primordial, una marea de sonido sin fuente ni destino, tan vasta que todo concepto mundano de melodía se astilló en su presencia. Y en ese estrépito, más allá de todas las notas del hombre o de la bestia, Azathoth se inclinó apenas en su trono de tinieblas, y yo supe, de manera instantánea y total, que no era más que un solitario punto de carne sacudido por la tempestad eterna.
No escribo esto para conmoveros o advertiros. Mi vida después de aquel suceso adquirió la cualidad de una sombra desteñida. No podía dormir —cuando lo intentaba, soñaba con esferas imposibles deserteneciendo en el no-tiempo, mientras una flauta hinchada por bocas sin labios zumbaba y llamaba mi nombre verdadero, que ninguno en mi infancia conoció jamás. No podía caminar por la ciudad, porque las formas de las cosas vibraban en mi percepción: el suelo vivía, las estrellas giraban extrañas, y hasta los transeúntes —si los llegaba a ver— tenían la pálida expresión de quienes han escuchado, aunque sea a medias, el rumor de la sinfonía.
Intenté destruir la partitura. La arrojé al fuego una noche de desesperación. Pero, en la llama, la música cantó lo no-cantable; brillaban los compases flotando en el aire, se reensamblaban tras mis párpados cuando cerraba los ojos. El fuego no tocaba la sustancia, pues no era del mundo de los hombres. Lo que fue destruido era tan sólo mi copia rudimentaria: la partitura original permaneció intacta, inmortal en su casino repugnante.
Pensé entonces en buscar ayuda. Busqué, primero, a un viejo colega de la universidad que había mostrado simpatía por mis estudios: Pierre Dauthin, flautista sobresaliente y experto en modulación microtonal. Cuando le mostré la partitura y le hablé de lo que había experimentado, vi cómo su rostro se agotaba hasta una expresión hundida, como de quien se asoma desde demasiado cerca al abismo. No pudo soportarlo: a la semana de nuestra entrevista se había lanzado por una ventana, tras dejar varias páginas de ininteligible caligrafía copiada frenéticamente en tinta negra.
Mi culpa fue otra herida. Pero no se detuvo ahí el influjo de la melodía. Las noches se tornaron más oníricas, más impregnadas de la música silente de Azathoth, incluso sin tocar una sola nota. Cierta noche soñé que era transportado, por alas de viento negro, a través de espacios entre los átomos, y que me deslizaba como una mota de polvo resonante hacia el mismísimo corazón del vacío central. Allí, un círculo de horrores bailaba y chapoteaba entre galaxias podridas, mientras un monstruoso idiota ciego de proporciones incalculables daba vuelcos torpes al son de una música tocada por flautistas infames: seres sin ojos, sin bocas, sólo formas borrosas que aparentaban reír o convulsionar al ritmo de fuerzas que no puedo describir ni sugerir siquiera.
La sinfonía del caos, comprendí en aquel sueño, no era más que el lenguaje básico de la existencia: el balbuceo sin sentido de una mente ciega, enloquecida y omnipotente, dentro de la cual todos los universos danzan como burbujas a punto de estallar. Nada se sostiene por sí mismo; lo real es una broma ante el fondo de aquel sonido universal. Cuando desperté, mi cabello se había tornado casi blanco y mis manos temblaban sin pausa.
A prueba de todo asidero racional, mi existencia llegó al nadir de la incomprensión. Cada objeto era, en un sentido fundamental, música corrupta; cada rostro, una nota desafinada en la partitura infinita del idiota supremo. Ya no podía confiar en mis sentidos. Una tarde, juré que la luz del sol tenía matices de rugido y que las sombras sobre el pavimento recitaban mi nombre en fonemas inversos, tan sutiles como venenosos.
Terrores muy concretos comenzaron a visitar mis noches y días. Al despertar, encontraba símbolos en las paredes, musicales y repulsivos: claves de sol que se retorcían, líneas de pentagrama que se disolvían como babas pulposas. Las ratas en el ático a veces silbaban, y su silbido era un trasunto limitado de la melodía prohibida. Un vecino —debía serlo— empezó a tamborilear en el techo un ritmo nauseabundo, nunca humano, que me recordaba los compases asimétricos de la infernal partitura. Sentí que la ciudad se poblaba de cultistas invisibles, sabedores todos ellos de mi culpa, acechadores mudos en mi puerta, la que ahora nunca atrevía abrir.
Fue en este punto que decidí huir. No importaba el destino; sólo importaba alejarme. Mi obsesión se transformó en fuga. Me interné en bosques y pueblos apartados, hasta que, al borde de la locura y el agotamiento, encontré una pequeña posada cerca de la costa, donde el mar rugía bajo acantilados sin nombre. Allí, resguardado por los compases naturales del oleaje, comencé a escribir este testimonio, sin esperanza alguna de que la posteridad le brinde crédito.
No soy ya un hombre; sólo el eco andrajoso de un ser que bailó al son de Azathoth. Sé, oh lector ignorante, que lo que llamas música no es más que la fina corteza de un abismo burbujeante: un lenguaje arcaico, una vibración que, interpretada en las notas adecuadas, invoca realidades peores que toda caída, peores que la muerte misma. Azathoth, el caos nuclear en cuyo entorno los dioses menores tocan y retuercen la alquimia de existencia, sonríe, o tiembla, o tal vez sólo palpita, aunque ningún ojo, ni de bestia ni de arcángel, pueda conocer su rostro.
Vivo ya sólo para registrar esto antes de que mi mente, o mi cuerpo, se deshilachen completamente en el vacilar de la melodía. Si eres sabio, nada desearás aprender, y apagarás tu curiosidad como una lámpara antes de leer el último compás. El saber, en ciertas músicas, es muerte; en otras, peor que la muerte; en ésta, es disolución absoluta.
El rumor vuelve esta noche. Las ratas del ático han guardado silencio, se acerca una niebla acariciando la ventana con dedos de pálida escarcha. En la distancia, escucho el eco remoto de una flauta, y el retumbar sin dueño de una percusión antinatural. El trono se sacude en el vacío, y a través de los límites del tiempo y el espacio, Azathoth advierte mi existencia una vez más.
Lo siento en la sangre. Lo escucho en el alma. No debo— no puedo dejar de escribir. El silbido arrecia, hay un temblor en la madera, un extraño retumbar en la noche. Y mientras las notas se ordenan para dar comienzo a la Sinfonía, sé que este testimonio será mi último acto entre los hombres.
Quizá, algún día, otro, tan insensato como yo, descifre el lenguaje agonizante en que se escribe la partitura del Caos. Pero si es sabio, correrá. Y si no lo es, bailará como yo en la ciénaga de sonidos donde reinan monstruos, incapaces de distinguir el horror de la dicha, ni el nacimiento de la disolución. Esta noche, la música empieza de nuevo. Y yo, último testigo, me uno al coro de bocas sin voz, en la mórbida orquesta de Azathoth.
Afuera, las estrellas tiemblan en el vacío.
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