Querida Antonia:
Te escribo con la determinación angustiada de quien busca auxilio y, sin embargo, duda de encontrarlo. Quisiera no inquietarte, pero todo esto es demasiado. Como recordarás, la herencia del tío Aurelio cayó sobre mi vida con la...
El polvo nunca descansa sobre el piano. Solía pensarlo Doña Anunciata cuando, en las sordas madrugadas de la casa familiar, escuchaba deslizarse la melodía de los dedos invisibles sobre las teclas curtidas de lo que, para todos los efectos, era u...
El Capitán Tiso había navegado mares de mil nombres y mil mentiras, de costas rotas, de estuarios donde la sal se impregnaba en la médula y las brújulas apuntaban a pozos más profundos que la muerte. Había visto cómo la niebla se posaba, dens...
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La lluvia golpeaba insistentemente los ventanales altos de la mansión, formando surcos de agua en los cristales graníticos y distorsionando las débiles luces del alumbrado exterior. El reloj del vestíbulo daba apenas las...
A J. V. R. G., lector de otras puertas
Las losas eran pulidas y cálidas aún bajo la caricia del atardecer. Yo, Álvaro Mejía, había aprendido, quizás demasiado pronto—tal vez con la torpeza de los reacios a enterrar cosas en la noche—que l...
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Morir es sencillo; existe algo mucho más profundo que reposar en la sombra del final. Yo soy lo negro entre los pensamientos, el pulso anegado en la nuca de los hombres cuando sueñan que olvidan. No tengo nombre. No tengo piel ni sangre, y ...
La taberna de la Calle Erosionada estaba cubierta de una capa de polvo marino y grasa rancia. Cuando Bruno entró, notó el canto bajo del fondo: las viejas tonadas en una lengua que parecía hecha para ahogar y no hablar. La noche exterior era húm...
La Devastación de los Valles del Sueño
I.
Atravesar la pasarela luminosa que separaba Carcosa de los Valles del Sueño, para Nathaniel Orme y sus compañeros, fue como caer al abismo en cámara lenta. No quedaba ya nada de la linealidad de la vig...
Desde tiempos inmemoriales, en la vieja catedral de Santa Rosa del Mar, una sala pequeña y hermética ha permanecido cerrada a cal y canto. Nadie recuerda el nombre del canónigo que la mandó construir; sólo se dice que fue en tiempos de guerra y...
Erica nunca fue supersticiosa. Ingeniera de datos, daba vueltas a los algoritmos y no a los cuentos. Pero tenía una debilidad: la insaciable curiosidad, sobre todo cuando algo escapaba a la lógica. Fue así como llegó al teatro del distrito antig...
A veces, la noche no es suficiente. A veces, los horrores buscan grietas en la razón, hasta colonizar cada destello de duda, cada sueño que huye del amanecer. En ese territorio de penumbras existe un libro que los escépticos llaman fábula y los ...
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El viento soplaba como un rumor de aguas profundas, atravesando la niebla que engullía los abedules retorcidos en la frontera septentrional del parque. Cada noche, al enraizarse el oscuro alrededor de la cabaña, Alina sentía que la selva exp...
El tren atravesaba la tundra como un gusano negro e indeseado. Hacía mucho que Vassil no salía de San Petersburgo, y la vastedad de Siberia era tan ajena a su vida en la ciudad como el fondo del mar a una rata de alcantarilla. La ventisca martilla...
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Mi nombre es Morgan Wraye, y estaba convencido, antes de aquel invierno, de que el demonio sólo era un nombre vago para el mal que el hombre inflige a sus semejantes. Había dejado atrás los pinos lóbregos de Cascade y las minas sangrientas ...
Carcosa: La Máscara de la Desesperación
I.
El crepúsculo que recibía a Nathaniel Orme y a sus compañeros, exhaustos tras abandonar el laberinto de Celephaïs, no era como los atardeceres de ninguna realidad anterior. Una luz sulfúrea, más do...
El padre Calorico llegó a San Emilio bajo la pesada lluvia, abriéndose paso con paso vacilante a través de un lodazal fragante a estiércol, agua estancada y helechos podridos. Venía convocado por la carta de su predecesor—a quien nadie había...
El océano es una religión, y de todas sus iglesias, R’lyeh es la más perversa.
Crecí para comprender las aguas como un lenguaje: oleaje por sílaba, abismo como pausa, presión como sentencia final. Mi encierro en el hospital costero de Arkha...
Querido Avery,
Me temo que esta carta, la primera que te escribo desde la mesa baja del ático de mis padres, será, a su modo, una confesión. Acepté custodiar la casa durante el verano, creyendo encontrar poco más que soledad y polvo, tal vez u...
El frío es una criatura paciente. Ronda las fronteras del mundo civilizado, avanza despacio, invade huesos, pensamientos, sueños. Siempre supe que el frío podría devorarme, pero nunca imaginé hasta qué punto.
Me llamó Conrad la mañana en qu...
La tormenta se había desatado sobre la aldea costera con una furia que no recordaban ni los más viejos. El mar rugía y vomitaba su espuma negra a más allá de lo que los escasos faros podían calar, sobre el muelle, los barcos balleneros reventa...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...