Portada del relato Ecos en la Marea Perenne
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Fragmento:


El hotel Gilman era decadente, con sus pasillos que gemían al doblar cada esquina y la escalinata reclamando el paso de generaciones ya sumidas en la marea. Sólo un anciano, el recepcionista Zadok Allen, parecía dispuesto a hablar, aunque no sin antes asegurarse de que no éramos forasteros inoportunos. Herbert, siempre demasiado confiado, inquirió por las sociedades antiguas de Innsmouth, y yo noté cómo un destello de temor relampagueaba en los ojos cansados de Zadok. El viejo murmuró frases cortas sobre “la Orden”, la “devoción al Abismo” y los “cantos para los que las olas nunca descansan”, antes de desvanecerse tras una puerta desvencijada.

Duración: 10:30

Ecos en la Marea Perenne
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Texto de ajuste de pausa.

Con frecuencia, los hombres que viajan hasta Innsmouth lo hacen por error. Es un error de juicio tan súbito, tan imperceptible, tan terriblemente insidioso que la bruma salina es incapaz de delatarlo siquiera con una caricia más fría que las demás. Yo también llegué allí, antaño, arrastrado por circunstancias que prefiero olvidar. Pero aún recuerdo, en los pliegues menos transitados de la conciencia, cómo todo comenzó, y la fragancia a pescado, moho y agua estancada nunca me abandona ahora, incluso en las noches más claras y tibias de Arkham.

Quizá parece insensato, hoy, tras años de retiro, regresar en la memoria a aquellos días funestos, pero siento el impulso irrefrenable de consignar el relato de lo ocurrido. Hay palabras que, si no se vierten, se pudren dentro, y sé que me pudro por dentro más cada año que pasa. Mi psiquiatra, el Dr. Fenner, insiste en que la catarsis escrita me salvará; sin embargo, sospecho que nada puede hacerlo ya, y que tan sólo extiendo una ola de podredumbre hacia la posteridad.

La llamada llegó en un otoño tardío, cuando los vientos del Atlántico desgarraban las primeras hojas marchitas en los bulevares de Arkham. Mi primo, Herbert Elwood, aseguraba haber descubierto correspondencia de un ancestro, Zebulon Marsh, la cual hablaba, con un temblor apenas reprimido en la caligrafía, de una hermandad secreta, un orden subterráneo de devoción cuyo núcleo habitaba en los sótanos engullidos de Innsmouth. Según Marsh, existían rituales prohibidos, frutos salobres de un saber primigenio que nunca debió rozar los ojos de los hombres.

La curiosidad malsana que todos los Elwood parecían compartir se revolvió en mí. Herbert, más joven y menos cauto, anhelaba descender a Innsmouth, a “cartografiar sus secretos”, como él lo llamaba. Me vi envuelto en su fervor, y antes de que la sensatez pudiera asomar, ya preparaba una valija para un exilio al núcleo mismo de lo innombrable.

Llegamos la noche del 31 de octubre, mezcla accidental de lo simbólico y lo absurdo. El tren, maltrecho y repleto sólo de sombras, nos vomitó en el andén. El hedor era tan brutalmente pesado que Herbert palideció y sólo tras varias inspiraciones logré que su color retornara. Los habitantes de Innsmouth —o los que se hacían pasar por tales— Barajaban miradas oblicuas y parpadeos lentos, por momentos menos humanos que el clima, más fríos que la noche y eternos en su inmutabilidad ancestral.

El hotel Gilman era decadente, con sus pasillos que gemían al doblar cada esquina y la escalinata reclamando el paso de generaciones ya sumidas en la marea. Sólo un anciano, el recepcionista Zadok Allen, parecía dispuesto a hablar, aunque no sin antes asegurarse de que no éramos forasteros inoportunos. Herbert, siempre demasiado confiado, inquirió por las sociedades antiguas de Innsmouth, y yo noté cómo un destello de temor relampagueaba en los ojos cansados de Zadok. El viejo murmuró frases cortas sobre “la Orden”, la “devoción al Abismo” y los “cantos para los que las olas nunca descansan”, antes de desvanecerse tras una puerta desvencijada.

La noche se arrastró densa y sorda. Recuerdo haberme despertado varias veces al crujido de las ventanas, al rumor insistente de agua canalizándose bajo los cimientos. Fue Herbert quien me sacó del sueño, al filo de las tres, insistiéndome para que lo acompañara a la Iglesia de la Orden Esotérica de Dagón, esa abominación cuyas torres semiderruidas punzaban el horizonte con aguijones imposibles. Lo seguí, resignado, en una mezcla de embelesamiento y temor, sólo para descubrir que la curiosidad había encontrado una presa más allá del simple miedo.

La puerta de la iglesia cedió con un lamento largo y húmedo, y adentro, la penumbra era absoluta, sólo interrumpida por la luz trémula de las linternas. El aire allí pesaba, cargado de incienso salino y un ulular ocultamente musical. La nave principal, cubierta de símbolos parecidos a aquellos descritos por Marsh en su diario, conducía hasta un altar repleto de ídolos de mirada hundida y bocas abiertas, modelados en un oro apagado que parecía rezumar historia y abismo.

En el centro, una losa de piedra estaba manchada de una sustancia negruzca que el paso del tiempo había consolidado pero no borrado. Herbert, osado, tocó uno de los ídolos, y yo sentí una oleada de pánico instintivo, animal. En ese instante, ecos profundos —canticos guturales— ascendieron desde la cripta. Nos miramos, presos de un frío inalterable, y mi primo, contra toda persuasión, descendió los escalones hacia donde se gestaba la letanía.

Los peldaños sumergían nuestros cuerpos en una oscuridad más líquida que el agua y tan opresiva que cada inspiración dolía. Me aferro a la imagen de aquel túnel, sus paredes sudorosas salpicadas de extraños relieves que evocaban criaturas de cuerpos reptilianos y ojos abismales, custodiando portales circulares. La letanía se amplificaba, y un resplandor verdoso asomó, hipnótico, mezclando el rumor de las olas con retazos deformes de un idioma extinto.

La sala al fondo era vasta, cavernosa, bordeada de columnas marinas talladas con escenas que confrontaban el raciocinio: seres anfibios y semihumanos, celebrando un aquelarre a los pies de un titán tentacular, difuso y terrible, cuya simple silueta arrancaba el coraje del corazón. En el centro, la Orden —figuras con túnicas azuladas, rostros mínimos y ojos reflectantes como perlas en la penumbra— alzaba las manos en un gesto de oblación. Y allí, ante ellos, se erguía la estatua de su deidad: Dagón, el monstruo-patrón, cabeza de pez y garras curvadas, rodeado de anillos de coral y algas que parecían ondear con vida propia bajo la influencia de las melodías blasfemas.

Fuímos vistos antes de comprenderlo realmente. Las cabezas membranosas se volvieron, los ojos, inmensos y bulbosos, centellearon la amenaza del océano. Herbert, paralizado, apenas pudo musitar una súplica. Un sacerdote, más alto que el resto, avanzó impasible, y al dirigirnos la palabra, sólo un murmullo gutural, gélido como la marea muerta, llegó a nuestros oídos.

“El abismo reconoce a sus hijos”, sentenció. “La sangre de Marsh nunca se pierde en el oleaje. La Vigilia del Gran Padre se cierne, y es tiempo de regresar”.

Intentamos huir. La confusión era absoluta; túnicas y manos heladas nos detenían y, pese a nuestros forcejeos, pronto nos vimos arrastrados hacia el altar. Herbert imploraba, pero sus palabras parecían perderse en un remolino inaudible. No puedo recordar con claridad todo lo que siguió; sólo fragmentos convulsos de horror moldean ese tramo de memoria: la daga de coral emergiendo, la sustancia negra chorreando bajo la luz verdosa, la letanía elevándose hasta alcanzar el rugido de una tempestad.

No sé cómo logré liberarme, quizá por la violencia del terror, quizá por voluntad de un dios enfermo e incompasivo. Empujé uno de los fieles con las fuerzas de la locura, rompiendo el círculo. Recuerdo haber sentido agua—agua por todas partes, ascendiendo, modulando el aire, conquistando todo con su viscosidad salada—y huí, más animal que hombre, a través de pasillos interminables hasta que la luna rota de Innsmouth se hizo visible entre los tejados podridos.

Herbert no escapó.

Yo deambule fuera de la iglesia, anegado en pánico, mientras Innsmouth, inexplicablemente, parecía seguir latiendo con la indiferencia de un tumor. Corrí desbocado hasta el hotel, recogí lo esencial, y a la luz turbia del alba alcancé la estación sin mirar atrás ni responder al saludo ominoso de los pobladores. Nada me persiguió, nada me retuvo ostensiblemente, pero supe, con la certeza que sólo da la condenación, que no había escapado realmente. No se huye de la semilla del abismo una vez que germina en los fértiles suelos del alma.

Pasaron semanas antes de que se hallara el cadáver de Herbert, hundido y mutilado en el puerto de Innsmouth, aunque “cadáver” es un término generoso para esa amalgama de huesos y carnes transformados, recubiertos de viscosidades y escamas. Nadie fue acusado. Nadie en Innsmouth respondió a los investigadores de Arkham, que retornaron temblorosos, convencidos de que Herbert se había suicidado por locura repentina. Yo guardé silencio, por razones tanto de cordura como de supervivencia.

Pero la historia no acaba en la huida, ni en la resignada partida de mi primo al reino de los hundidos. Durante meses, mi sueño fue devorado por pesadillas de ceremonia y abismo, de coros acuáticos susurrando mi nombre. Mi piel, a veces, sentía el escalofrío viscoso de la marea en horas secas. Empecé a evitar espejos, pues mis ojos, por momentos, reflejaban un fulgor demasiado pálido, casi perla, tan ajeno a la humanidad como el oro sucio a la sal. Leí y releí el diario de Zebulon Marsh, tratando de hallar redención, pero cuanto más avanzaba en sus páginas, más insalvable me resultaba el abismo entre recordar y olvidar.

La Orden sigue allí, en la podredumbre intacta de Innsmouth, en sus gárgolas anfibias, en su salmo incesante a los dioses que duermen bajo la marea. Hermandades semejantes, como insinúan ciertos grimorios prohibidos, existen quizá a lo largo de toda la costa septentrional, aguardando, celebrando, invocando. La gente normal nunca verá los círculos en la espuma, nunca oirá los coros de lo profundo, ni sentirá la presión de ojos inmemoriales reclamando su herencia. Pero para mí, lo oculto ya no es oculto.

Ahora, de madrugada, cuando las paredes de mi dormitorio exudan humedad inexplicable, oigo de nuevo la letanía, esa melodía salobre que anega mi cuarto y mi conciencia. El ritual continúa, y el Gran Dagón acecha, retorciéndose en mi genética, llamando con la voz de mil océanos negros e interminables. El final sólo puede ser uno: la marea, finalmente, vendrá por mí, y me sumergiré, como tantos antes, hacia lo insondable, regresando al himno inmemorial de los hijos del abismo.

Así, quien lea estas palabras, sabrá: hay sombras que no pueden ser disipadas, y canciones que, una vez escuchadas, se arraigan en la sangre. Innsmouth, siempre Innsmouth, nunca olvida a los suyos. Y yo, aunque luche en vano contra el destino impuesto por sangre y agua, ya siento los ecos de la marea perenne, arrullándome cariñosamente hasta el fondo donde sólo los insomnes esperan.

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