Fragmento:
La luna de septiembre colgaba como un ojo blanco y fofo sobre el umbral del bosque de Blackheath, inyectando al camino polvoriento un fulgor azul de otro mundo. Stuart Travers avanzaba por la senda, con los faros de su camioneta a su espalda, tragado por la negrura y hundiendo las botas en la hojarasca húmeda. El bosque era viejo, más antiguo que cualquier asentamiento humano. Incluso las historias de los nativos Seneca, grabadas en cuero raído, hablaban de un “Vientre Sombrío”, un lugar donde ninguna criatura daba a luz sin horror y donde las raíces brotaban de ceniza.
Duración: 10:08
La luna de septiembre colgaba como un ojo blanco y fofo sobre el umbral del bosque de Blackheath, inyectando al camino polvoriento un fulgor azul de otro mundo. Stuart Travers avanzaba por la senda, con los faros de su camioneta a su espalda, tragado por la negrura y hundiendo las botas en la hojarasca húmeda. El bosque era viejo, más antiguo que cualquier asentamiento humano. Incluso las historias de los nativos Seneca, grabadas en cuero raído, hablaban de un “Vientre Sombrío”, un lugar donde ninguna criatura daba a luz sin horror y donde las raíces brotaban de ceniza.
Cayó sobre Stuart un silencio denso, vivo, como si el mismo aire temblase bajo el preludio de una voz enorme, a punto de hablar desde las copas de los olmos nudosos. Aun embargado por la ansiedad, Stuart siguió adelante. Su linterna escupía un haz de luz vacilante, aplastado pronto por tinieblas que parecían tragársela, dejando apenas un círculo exánime a cada paso. En el bolsillo trasero, el mapa que había encontrado en la biblioteca de la Universidad Miskatonic crujía cada vez que respiraba. Sobre él, una sola notación en tinta granate: “El Claro de la Negra Progenitora: Shub-Niggurath”.
Stuart era un académico cauto, pero el celo por lo arcano lo había devorado igual que a sus predecesores; la promesa de un hallazgo innombrable era un cebo al que nunca aprendió a resistirse. Ya había leído sobre el “Mil Hijos”, el engendramiento continuo que acontecía bajo los susurros de la Negra Cabra… pero toda la erudición se borra ante la negrura palpable del umbrío, cuando uno está solo y sueña con tentáculos invisibles entre las zarzas.
Aquella noche, al distinguir el claro, Stuart sintió los primeros latidos de un terror antiguo, familiar como la sangre enfriada en la palma. El círculo de césped estaba cubierto por una niebla blanca y apestosa y, en el centro, una piedra menhir brotaba de la tierra como un colmillo. A su lado, las ramas de los árboles formaban arcos retorcidos, y Stuart no pudo evitar notar una sustancia lechosa que goteaba lentamente desde el follaje—como si las mismas frondas amamantaran a la tierra.
El aire olía a almizcle y leche agria, y también a hierro—un hedor punzante que sólo el miedo puede acentuar. Stanton, su mentor, había llamado a este lugar “la matriz abierta”. Stuart se preguntó, por un instante, cuánto de ese miedo era suyo y cuánto pertenecía al propio bosque, sembrado durante siglos por rituales y el andar de pies desnudos manchados de savia oscura.
Estaba a punto de girarse y marcharse—contento con el simple mérito de haber llegado—cuando, entre los helechos que bordeaban el claro, algo se movió.
No era un animal, ni un ciervo ni zorro. Al principio, Stuart sólo vio un bulto acuclillado, cubierto de cabellos negros y sucios, la piel pálida como cera vieja. Luego, los ojos se alzaron hacia él: grandes, redondos, sin pupilas, destellando con un fulgor verdoso y antinatural. Era una niña, o algo que intentaba simular serlo—sus extremidades eran demasiado largas, la boca demasiada ancha, los dientes asomando afilados bajo labios rotos.
Se arrastró hacia él, primero sobre cuatro patas y luego poniéndose en pie. Le habló en un murmullo, pero el idioma era una amalgama de sílabas guturales y vocales flojas, resonando en su mente más que en sus oídos. “Ven”, parecía decirle. “Ven y mira".
Las piernas de Stuart temblaban, pero no pudo moverse. Estaba clavado, los ojos de la criatura persiguiéndolo, los árboles gruñendo suavemente al compás de un viento que no podía tocar su piel.
—¿Qué eres? —alcanzó a susurrar, incapaz de acallar la pregunta que hervía en su pecho. La niña ladeó la cabeza; de su cuero cabelludo colgaban largas hebras blanquecinas, como pezones diminutos, y donde deberían haber estado las orejas, sólo había aberturas húmedas, abiertas como bocas.
—Soy hija—la voz era doble, ronca y chillona a la vez, deslizándose hacia Stuart como una lengua en la nuca.—La madre te llama. Ella siempre llama en la siembra de otoño. Eres semilla. Eres carne.
Las palabras eran una llave que encajaba en el resquicio arqueado de su cordura. Stuart miró hacia la piedra y, con horror creciente, vio que la niebla se arremolinaba en torno a ella, delimitando con precisión un pentagrama apenas visible, que palpitaba con un brillo violáceo. Más allá, las sombras parecían armadas de cuernos y bocas, como animales expectantes. La niebla acentuó la aparición: un enorme bulto inclinado sobre la piedra, cubierto en lianas, mamas colgantes y cuernos retorcidos, los tentáculos rozando el suelo y la carne del bosque temblando bajo su peso.
Shub-Niggurath.
No era un dios ni demonio, sino una fuerza viva, una consciencia en expansión, fecunda, incesante, madre de toda putrefacción y milagro. Las ubres colgantes babeaban un líquido negruzco sobre la piedra y la tierra, y donde caía, surgían brotes púrpura que se abrían para mostrar bocas ávidas.
Stuart sintió su cuerpo doblarse, arrodillarse forzado por la presión de una presencia que llenaba el bosque y más allá. “La madre te llama”, seguía mascullando la niña, los brazos ahora anormalmente extendidos, los dedos multiplicados en tentáculos frágiles que se clavaban en la corteza de los olmos, extrayendo una savia viscosa.
Voces se sumaron al susurro, emergiendo de la niebla y del subsuelo, de los troncos, hasta formar un cántico: “Iä! Iä! Shub-Niggurath! La negra cabra de los bosques con mil retoños…”
El miedo fue sustituyéndose por una suerte de éxtasis nauseabundo. Stuart notó la piel de sus antebrazos bullir bajo el vello. Los poros se abrían, y algo asomaba desde dentro, retorciéndose, multiplicándose. El aire era una leche pesada, viscosa, que entraba por su nariz y garganta, haciendo imposible cualquier pensamiento racional. Vio, atónito, cómo la niña se deslizaba hacia la piedra y, poniéndose en cuclillas, comenzó a parir. No era un parto como los humanos conocen: la carne se abría en la base de la columna, de donde salían pequeños globos membranosos, ciegos y sin forma, que rodaban hasta la base de la piedra y se abrían en pétalos llenos de dientes.
"Somos las semillas", chillaron al romperse, libros de gritos estridentes que le horadaron el cráneo. La oscuridad era total, pero Stuart veía con una claridad que no requería ojos: campos eternos de tentáculos y lomos cubiertos de pezuñas; árboles cuyas raíces se enroscaban en danzas copulatorias con vísceras surgidas del mismo aire; una procesión sin fin de carne dadora y carne devorada.
La voz de la Madre era un temblor en su columna vertebral. “Todo nace de mí. Todo vuelve a mí. Siembra tu conciencia y olvida tu nombre.”
Sintió a los “hijos” engarfiándose en sus piernas, extendiéndose por sus glúteos y torso. Trató de resistirse, de zafarse, pero su piel se rasgaba como papel húmedo. Las bocas diminutas lo mordían, succionaban su sangre y—peor—aún, le inyectaban otra cosa: pensamientos ajenos, promesas de fecundidad, sudor de mundos más allá del entendimiento humano.
Stuart se sintió multiplicarse: su lengua era ahora un racimo de tentáculos menudos; sus ojos sumaron pupilas y párpados que nunca podía cerrar por completo; su vientre se abultó y se abrió en hendiduras perladas de las que brotaban espumas vivas, burbujas que se arrastraban para unirse a la Hydra primordial que era Shub-Niggurath. Ya casi no quedaba nada humano en él, salvo un diminuto núcleo de terror—ese último rescoldo de individualidad que contemplaba la matanza y la orgía del Claro Maldito.
Hubo una infinidad de voces, gritos y cánticos, risas de niños deformes y el retumbar de pezuñas en el inframundo. Su memoria se cubrió del mismo velo blanco y pestilente que flotaba sobre el claro. El tiempo se vertió a través suyo como la leche amarga de las ubres infinitas.
Despertó, quizás al día siguiente, quizás mil años más tarde. El claro estaba vacío, aunque el hedor persistía y el musgo estaba impregnado de manchas negras, como si diminutas bocas hubieran chupado la savia. Stuart estaba solo, al menos casi: circundando su vientre había marcas de dientes, y sus brazos ahora terminaban en apéndices tenues, como raíces sedientas.
Vagó por el bosque, hambriento, buscando la piedra, buscando a los hijos sin madre.
El pueblo de Blackheath notó su desaparición, aunque nunca le echaron verdaderamente de menos; los forasteros rara vez traen otra cosa que tribulación a los campos limítrofes. De noche, algunos jóvenes juraron ver una figura alta y encorvada caminar por el lindero, hablando en lenguas que helaban la sangre, regando el musgo con una leche oscura que hacía brotar helechos extraños. Nadie se acercaba al claro después de la medianoche. Algunos animales parían en la espesura, y de sus vientres surgían engendros sin nombre: ciervos con bocas en el lomo, zorros de más de seis patas y ojos que brillaban como luciérnagas verdes.
La luna, siempre testigo, se desangraba un poco más cada otoño, pálida y rota, cubriendo el claro de una luz malsana. Se cuenta que, ocasionalmente, en los solsticios, una niña de ojos redondos y sonrisa voraz invitaba a los curiosos a adentrarse en el bosque, prometiéndoles un mundo de milagros, de cuerpos renovados, de carne inagotable. Pocos volvían.
A veces, en noches particularmente quietas, se escucha un murmullo desde los olmos. No es viento, ni animal, ni río. Es un llamado antiguo, como el arrullo de una madre a su cría. Una invitación a renacer en la simiente de la Negra Progenitora. Y aquellos que oyen el susurro sienten su piel erizarse, su carne bullir y, una vez más, el ciclo comienza, monstruoso y eterno, bajo la mirada vigilante de Shub-Niggurath.
Porque el bosque recuerda. La Madre nunca olvida.
Y la semilla—la carne, la mente, el alma—es sólo el principio.
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