Portada del relato El Manuscrito de la Casa Ashcroft
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Fragmento:


Algo me impulsó, Edward, a franquear el portón a medio caer. Me sentí, como nunca antes, un instrumento de voluntades ajenas. El viento parecía gemir mi nombre y en el aire espeso creí oír ecos de pasos perdidos en el tiempo. Avancé entre maleza, cristales rotos y paredes cubiertas de moho, y mis pies me llevaron, casi involuntariamente, al sótano, cuyo acceso conocían sólo los más osados o temerarios del vecindario.

Duración: 09:55

El Manuscrito de la Casa Ashcroft
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Texto de ajuste de pausa.

Mi queridísimo Edward,

Espero que estas líneas, pese al temblor inequívoco de mi caligrafía y la brusca inclinación de mi pluma, sean tan nítidas como la voz agorera que susurra ahora en mis sienes. He demorado cuanto he podido en confiar a alguien este peso, y eres tú, mi amigo de tantas noches en vela y correspondencia interminable, el único por cuya comprensión me atrevo a esperar.

Permíteme comenzar por el principio, donde toda locura parece aún un mero juego de impresiones y dudas, y sólo la distancia del tiempo la viste con su verdadero ropaje: el horror.

A finales de marzo recibí, como sin quererlo, una carta de remitente desconocido, cuyo sobre amarillento parecía exhalar un olor a polvo y humedad, como si hubiese permanecido años, décadas quizá, oculta a la luz del mundo. Lo curioso –y ahora terrible– es que la misiva no portaba sello alguno, ni marca de despacho o lugar de procedencia. Era un sobre ordinario, cerrado con una gota de cera roja ahora quebrada. Al abrirlo, el papel crujió como huesos viejos. He aquí lo que decía:

"Sr. Charles Abernathy,

La senda se bifurca tras el solsticio.

La llave está donde los muros murmuran,

En la casa cuyo corazón no late.

No tardes. Ya has soñado con la puerta."

No había firma ni fecha, sólo esas palabras que, podían sonar a juego o acertijo, pero desencadenaron en mí un recuerdo apenas entrevisto, un eco de algo soñado durante la infancia y olvidado como se olvidan los terrores nocturnos al alba.

Esa noche, Edward, fui incapaz de dormir. Sentí que los muros mismos de mi humilde casa en Providence murmuraban en lenguas inhumanas y que el silbido del viento rasgaba antiguos pactos que no podían concernir a nadie vivo. Y sin embargo, cuando cerré los ojos, la puerta a la que aludía la carta se presentó ante mí como una visión irresistible: una puerta de roble, tallada con inscripciones desconocidas, en lo alto de una oscura escalera a la que con pavor descendí en sueños.

Al despuntar el día y tras convencerme de que el correo correspondía a una travesura o a un error, salí a caminar por las calles de nuestra ciudad. Fue entonces cuando pasé, sin intención concreta, muy cerca de la vieja casa Ashcroft, en la esquina de Stockwell y Maudit. Tú la recordarás, pues cada quien que ha vivido en Providence ha oído las historias; los niños retan a sus pares a acercarse tras la verja oxidada, y los ancianos cuentan historias de luces y gritos, de desapariciones y de pesadillas que sólo los locos repiten.

Algo me impulsó, Edward, a franquear el portón a medio caer. Me sentí, como nunca antes, un instrumento de voluntades ajenas. El viento parecía gemir mi nombre y en el aire espeso creí oír ecos de pasos perdidos en el tiempo. Avancé entre maleza, cristales rotos y paredes cubiertas de moho, y mis pies me llevaron, casi involuntariamente, al sótano, cuyo acceso conocían sólo los más osados o temerarios del vecindario.

Una vez dentro, la penumbra me abrazó como un sudario. Con la ayuda de una linterna, mis pasos resonaron sobre la madera carcomida y el hedor era corrosivo. Busqué algún indicio que justificara mi extraña aventura, ya no por valor sino por temor a aceptar que estaba allí tan sólo por el dictado de una carta absurda. Fue entonces cuando, en la pared norte, vislumbré una grieta de formas inusuales. En torno a ella, hallé inscripciones, grabados en la piedra con herramientas toscas, quizá por manos desesperadas.

La grieta susurraba, Edward, te juro que al acercarme el oído pude oírla murmurar mi nombre en una voz susurrante, como la de un niño ahogado hace siglos. Pese al terror, mis dedos rozaron la roca, y entonces algo se deslizó bajo mis pies: una vieja y polvorienta caja metálica, como de cartas, oculta tras unas losas sueltas. La abrí, preso de una urgente ansiedad, y dentro hallé más cartas. Cartas con sobres sin sello, envejecidos y descompuestos, todos direccionados a distintos habitantes de la ciudad, todos fechados en los años 1780 a 1824. Y en todos se repetían advertencias veladas, sueños de puertas y casas cuyos corazones no laten.

Tomé una al azar, dirigida a un tal Simon Worthy. La carta, Edward, está escrita por la misma mano que me había escrito a mí. Pero el papel era seco y quebradizo, y el sobre exudaba un frio que ningún fuego habría podido disipar.

Desde aquella noche, el miedo ha comenzado a roer mis horas hasta sumirlas en el insomnio. Cada vez que cierro los ojos, la puerta está allí, más cerca que antes. Por la tarde siguiente a mi hallazgo, volví a la casa para estudiar los documentos y, al ingresar, sentí que una presencia me acechaba entre las sombras deformes. No me atreví a quedarme mucho tiempo, pero logré llevar conmigo dos cartas más. Ahora las tengo en mi escritorio, protegidas del sol y de miradas ajenas.

Esta madrugada, los sueños ya no quedan tras el umbral del momento en que despierto. Sigo sintiendo el peso glacial de los sobres en mis manos, sigo oyendo mi nombre arrastrado como una invocación desde la grieta. Sé, Edward, que el medio de toda esta imposibilidad es la vieja casa Ashcroft. Sé que la puerta de mis pesadillas está allí, tras algún abismo que la razón no puede franquear.

No he contado nada de esto a nadie, salvo a ti. Mi propio reflejo en el espejo se torna cada vez más ajeno, mis ojos enrojecidos e hinchados por noches sin reposo ya no distinguen lo verdadero de la alucinación. Anoche, mientras encendía una lámpara para buscar sosiego en la lectura, noté en la mesa un nuevo sobre, aún húmedo, de la misma cera roja. Nadie pudo haberlo puesto allí; mi puerta estaba cerrada, mi ventana bien asegurada. Dentro, apenas unas líneas: "El umbral aguarda. Los sueños no terminan con el despertar."

No sé qué hacer, Edward. Dudo de mi cordura, de la tenacidad de mi voluntad frente a estas fuerzas voraces. ¿Estoy condenado a cargar con este peso? ¿Es mi destino el mismo que el de Simon Worthy y los destinatarios olvidados de las otras cartas? ¿Son todos, desde hace siglos, convocados a pasar ese portal inmemorial y sellar alguna deuda ancestral con la Casa Ashcroft?

Dejo aquí la carta –el temblor de mis dedos ya me impide coger bien la pluma–, y suplico a Dios, en quien nunca antes creí, que no permita a nadie más repetir este camino. Sin embargo, yo mismo, como si fuera ya otro, preparo mi abrigo para regresar una vez más a la casa, a la grieta, a la puerta. No puedo evitarlo, Edward, su silbido es una marea negra que arrastra mi razón.

Si no recibes de mí nuevas noticias, por favor, ven a la casa Ashcroft cuando la luna esté menguando: busca la vieja caja en el sótano, reúne las cartas y destrúyelas cuanto antes. Tal vez aún exista esperanza para los hombres libres si alguien logra romper el ciclo.

Tu amigo siempre,

Charles Abernathy

***

Providence, 4 días después

A la atención del Sr. Edward Mallory

Mi estimado Sr. Mallory,

Le escribo desde la comisaría de Providence. Lamentablemente, debo informarle de la desaparición de su amigo Charles Abernathy. Según nos han reportado los vecinos, fue visto entrando en la abandonada casa Ashcroft la noche del 26 de marzo y no ha sido visto desde entonces. La casa fue registrada por agentes la noche siguiente, debido a múltiples quejas por sonidos extraños y una luminiscencia incierta tras las ventanas.

No hallamos rastro del Sr. Abernathy, salvo una lámpara caída, y una caja metálica destrozada en el sótano, rodeada de papeles carbonizados y cenizas. En la pared norte, los agentes observaron símbolos extraños, y una grieta ahora bloqueada por escombros recientes. De la mano derecha de uno de los inspectores extraímos una carta, aún húmeda de cera roja, en cuya interior sólo hallamos la frase: "El ciclo no puede terminar."

Si desea saber más respecto a sus efectos personales, favor de pasar por la comisaría.

Respetuosamente,

Agente Ruth Drummond

***

Edward Mallory, tras leer las funestas noticias, viajó hasta Providence el 10 de abril. Aquel día, bajo el cielo opaco y silente de la primavera, cruzó el portón de hierro, tembloroso y seco, del solar de la casa Ashcroft. Nadie, excepto él y los niños atrevidos, habían puesto pie en ese lugar desde la desaparición de Charles. El aire olía a ozono y tierra removida, a promesas rotas y fantasmas mudos.

El sótano, ahora más oscuro, le recibió con una temperatura imposible. Los papeles y la caja desaparecidos, las marcas en la pared cubiertas a medias por el polvo y la ruina. Solo la grieta, aún visible tras los escombros, pareció titilar con una luz invisible, y tras ella Edward creyó oír, por un instante, la voz de Charles, quebrada y lejana: "La puerta...".

Cerrando los ojos, Edward intuyó, como un niño enfrentado a la muerte, que el horror no estaba, nunca estuvo, en las cartas, ni en la casa, ni en las grietas y sus inscripciones desconocidas. El horror, sin embargo, estaba ahora en todas partes, en la sombra tras cada sueño, en la página en blanco a la espera de una nueva carta, en los susurros que nadie osa repetir al alba.

Aferrando el abrigo de su amigo desaparecido, Edward salió al sol tardío, con la vaga esperanza de que, al quemar la última carta que halló en sus bolsillos, la cera roja se convirtiera en un sello hermético contra aquello que acecha más allá del sueño y del umbral de la puerta.

Pero el viento, esa noche, soplaba desde Maudit Lane, trayendo con él, para quien pudiera escuchar, la promesa de que todo ciclo se repite, y que algún día, alguien entenderá, demasiado tarde, el verdadero significado de la correspondencia prohibida.

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