Fragmento:
No bien había empezado a leer cuando un golpe sordo en la puerta principal me sobresaltó. Consulté el reloj: las once y cuarenta y cinco. Nadie en su sano juicio se aventuraría a visitar una mansión moribunda en esa hora intempestiva, y menos con la tormenta de nieve arreciando. El miedo, esa emoción que de niño juré dejar atrás, se insinuó como un escalofrío en mi columna. Sin embargo, una curiosidad irracional me impulsó hacia el zaguán.
Duración: 11:08
El polvo de los años se depositaba en el umbral de la casa de la familia Pemberton como una letanía silenciosa, insidiosa y constante. Los días en Arkham amanecían fríos y embotados ese enero de 1928, como si el propio tiempo se negara a avanzar, resistiéndose a desvelar los secretos extraviados entre las sombras de la decaída mansión. Soy Jonathan Pemberton, el último descendiente directo de la estirpe, y lo que estoy a punto de relatar he tenido que consignarlo, finalmente, para no perder del todo mi cordura.
Mi llegada a la casa natal fue precipitada por la muerte de mi tío, Enoch Pemberton, un ser sombrío y taciturno que sólo dejaba ver el espectro de su existencia en las escasas cartas manchadas de tinta que cruzaba con mis padres, a menudo llenas de rencores y referencias codificadas a materias prohibidas. El abogado que me entregó la propiedad —una mole victoriana anidada entre los sauces de una loma apartada— me advirtió, entre ceño fruncido y carraspeos, que Enoch le había remitido instrucciones muy específicas: la herencia únicamente podría ser aceptada si pasaba una noche en la mansión, solo, en pleno invierno, sin compañía ni ayuda alguna.
A pesar del retintín supersticioso de las gentes del lugar, accedí, más por desdén que por codicia. La noche cayó pesada y prematuramente, y el penetrante olor a moho, cera vieja y leña mohosa hizo que mis recuerdos de infancia se aguzaran con vívida claridad. La casa, me parecía, respiraba: sus tablones crujían, sus canalones jadeaban y las cortinas parecían susurrar nombres con cada corriente de aire. Me instalé en la biblioteca, que daba al jardín trasero, y preparé el fuego con los leños húmedos que hallé en un cobertizo infectado de telarañas.
El crepitar del fuego sólo acentuaba el silencio anómalo del resto de la casa. Los retratos de mis ancestros me observaban con una mezcla de recelo y condolencia desde sus simples marcos ennegrecidos. Entre ellos, la efigie de Enoch, apenas difusa, con ojos desmesuradamente separados y un mentón que parecía no encajar del todo con el resto de su fisonomía, me causaba una extraña desazón. Intenté distraerme hojeando uno de los viejos volúmenes del estante, un ejemplar astillado de "De Vermis Mysteriis" que reconocí por las descripciones de la literatura prohibida.
No bien había empezado a leer cuando un golpe sordo en la puerta principal me sobresaltó. Consulté el reloj: las once y cuarenta y cinco. Nadie en su sano juicio se aventuraría a visitar una mansión moribunda en esa hora intempestiva, y menos con la tormenta de nieve arreciando. El miedo, esa emoción que de niño juré dejar atrás, se insinuó como un escalofrío en mi columna. Sin embargo, una curiosidad irracional me impulsó hacia el zaguán.
Los tablones del suelo gimoteaban bajo mis botas. Al abrir la puerta sólo una grieta, el viento helado invadió el vestíbulo, pero no había nadie. Bajé la vista involuntariamente y entre la nieve encontré huellas frescas, desnudas, de pies humanos —pero con una deformidad asombrosa: seis dedos, y un arco tan pronunciado que sólo un ser grotescamente adaptado a hábitos subterráneos podría ostentar. No era huella de hombre común ni de animal.
Retrocedí, cerré de un portazo y me aseguré de echar el cerrojo. El fuego de la biblioteca languidecía, como sintiendo también la negrura que se iba apoderando del ambiente. Decidí dirigirme al dormitorio de Enoch, en el piso superior, persuadido por una insistencia subconsciente que encontraría allí las respuestas de esa visita infernal. La escalera, en su estado lamentable, amenazaba con ceder, y por momentos creí percibir, bajo mis pies, vibraciones imperceptibles, como de maquinaria lejana o agua corriendo tumultuosamente bajo tierra.
La puerta del dormitorio apenas cedió a mis embates y rechinó como una tumba vieja. La habitación estaba dominada por una cama vetusta, un armario de roble y una mesa ornada de papeles, libros y velas consumidas. El olor era indeciblemente nauseabundo, con un matiz a materia orgánica en descomposición que dócilmente se ocultaba bajo las capas de incienso reseco. Saqué la linterna eléctrica —el único adelanto moderno que Enoch pareció tolerar— y empecé a revisar los papeles amontonados.
Entre manuscritos caóticos y símbolos cabalísticos, encontré un diario con la caligrafía crispada de mi tío. Las primeras páginas relataban rencores familiares y balances económicos, pero hacia la mitad la prosa se tornó febril y desvariada.
"23 de noviembre de 1927: He vuelto a soñar con la caverna. Siento los murmullos bajo el suelo, y la presencia de Ellos. El legado de los Pemberton debe cumplirse, o la casa caerá. El signo está en la cripta, custodiado por el Guardián Innominado. Llegará la noche de la sangre vieja, y entonces ascenderán."
Al leer esto, una vibración subterránea me hizo trastabillar. El suelo retumbó levemente, como si puertas invisibles se abrieran y cerraran en los cimientos. Cerré el diario y me senté en la cama, perplejo ante la alternancia entre insania y lucidez en aquellos párrafos. Un chirrido proveniente del vestíbulo interrumpió mi concentración. Corrí hacia la baranda, asomándome, pero sólo logré ver una sombra deslizándose hacia el sótano. Tuve el impulso irracional de seguirla.
El sótano, que en mi niñez era tabú absoluto, se abría ahora como la gruta de Caronte. Bajé con la linterna temblorosa, sorteando bultos envueltos en tela vieja y costras de salitre en las paredes. Los peldaños, más escabrosos y húmedos a cada tramo, me condujeron a una compuerta baja oculta tras un cortinaje de raíces putrefactas. El olor ahí era casi físico, como de tumba hollada tras siglos de silencio.
A la luz mortecina, distinguí en el suelo los dibujos de un círculo de protección, grabados torpemente con tiza y rodeados de runas arcaicas: símbolos que reconocí vagamente de los textos prohibidos y de la tradición oral de las brujas de Salem. El círculo tenía una abertura: parecía roto a propósito. Al otro lado de la estancia un arcón de hierro yacía entreabierto; asomaba un rollo de pergamino amarillento y varios amuletos en forma de estrella de cinco puntas.
La vibración subterránea se repetía, ahora con un claro componente rítmico, como un tambor oculto y primigenio. La sombra que vi antes, inhumana en su proporción y desplazamiento, surgió del rincón más umbrío: medía más de dos metros, de contornos imposibles de fijar, y sus seis dedos segregaban un limo fosforescente. El horror que sentí fue absoluto; ni en mis peores pesadillas podía concebir tal abominable mezcla de ancestralidad y corrupción.
Retrocedí trastabillando, golpé mi cabeza contra el arco de la compuerta y, en ese estado confuso, la criatura articuló palabras en un idioma gutural y reverberante. No entendí el sentido, pero cada sílaba parecía arrancar una hebra de mi mente. Mi mano, guiada quién sabe por qué impulso atávico o instinto hereditario, se apoderó de uno de los amuletos: la estrella de piedra negra. Apunté el amuleto hacia el engendro, que aulló, no de dolor, sino de extraña reverencia.
La sombra se retiró pasivamente, pero en su vacilación final sentí que su voluntad se mezclaba, incluso imponía, sobre la mía. Una orden muda, irresistible, me condujo a cruzar el círculo y leer las palabras inscritas en el pergamino. En un idioma entre el latín corrupto y un dialecto desconocido, mi voz, aunque temblorosa, recitó el cántico: "Ph’nglui mglw’nafh Gorath Pemberton wgah’nagl fhtagn." El eco retumbó en el sótano y, entonces, un retintín metálico anunció la apertura de una escotilla oculta.
Debajo, una escalera de peldaños minúsculos se sumergía en la negrura. Fue en ese momento, dominado por la compulsión ancestral, que descendí. La humedad se tornó tan densa como el aceite, y las paredes rezumaban una baba opalescente. Al fondo, hallé una cripta ciclópea tallada en piedra negra y mosaicos profanamente bellos. Sobre un altar, un libro encuadernado en piel yacía, rodeado de huesos humanos y fragmentos de idolatría impía.
El libro tenía inscrito el apellido Pemberton en letras antiguas, y sobre él reposaba el sello de la familia: una estrella de cinco puntas con un ojo central. Las páginas rezumaban olores a sangre seca y cera derramada. Todo mi ser tembló de desagrado visceral y fascinación ominosa. Sólo atiné a rozar el libro cuando un estrépito abismal sacudió la tierra: algo inmenso, ciego, surgía de entrañas preadamitas, marchando a través de galerías olvidadas por el hombre y la historia.
La criatura, que era más una idea funesta que una presencia corpórea, comenzó a deslizarse hacia la superficie. Su silueta, inconmensurable y proteica, palpaba con tentáculos translúcidos las columnas carcomidas por la putrefacción. Un millar de ojos surgían y desaparecían en sus costados. El horror sólo se podía comparar con el haber contemplado la fundamental indiferencia del cosmos presencialmente, sintiendo en cada fibra la insanía de los espacios infinitos.
Paralizado, sentí que la criatura se alimentaba de recuerdos familiares. Vi, como en pesadilla, generaciones de Pemberton sirviendo a la Sombra bajo la casa, que no era sino una puerta temporal hacia algo aún más antiguo. La herencia no era la casa, ni las riquezas, sino la perpetuación de un vínculo atávico con el abismo: cada generación sellando el pasaje unos años más, o abriéndolo cuando la hibridación llegara al punto crítico. Y sentí, con repulsión absoluta, que mi sangre también era suya.
No sé cómo logré escapar de la caverna. La compulsión cedió solo cuando acerté a apretar el amuleto de piedra negra con todas mis fuerzas. Trepé por la escotilla a la casa y la cerré a duras penas. Los retumbos subterráneos prosiguieron hasta el alba, cuando la criatura, no pudiendo atravesar el círculo, se retiró a su prisión. Me precipité fuera de la mansión y vagué por la nieve hasta el pueblo, delirante y medio congelado.
Ahora, semanas después, escribo este testimonio con la esperanza de que algún día ardan la mansión y el secreto que esconde. Pero sé, como lo sabían Enoch, y todos los que me precedieron, que los lazos de sangre no se pueden borrar; que hay pactos tan viejos como la humanidad; y que uno nunca es del todo libre de la sombra que anida bajo las colinas de Arkham y que, en noches de viento helado, canta su cántico oscuro a través de los huesos de los que aún caminan sobre la tierra.
Aún sueño con la criatura y su lengua horrenda. Sé que, llegada mi hora, seré llamado a bajar los peldaños, a repetir el cántico y a guardar el umbral hasta que otro, de sangre maldita, ocupe mi lugar. Porque el horror no acaba con la muerte, ni la herencia se reduce a los ladrillos de una casa. Hay puertas en el tiempo y la sangre que nunca deben abrirse… pero, tarde o temprano, todos acabamos descendiendo al abismo.
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