Portada del relato La sima de los nombres olvidados
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Fragmento:


Decidimos, impulsados por el rigor científico y una creciente incertidumbre, investigar el lugar señalizado en las cartas de sonar. A bordo de una precaria embarcación de acero oxidado, equipada apenas con una radio y las linternas del instituto, nos adentramos más allá de la última baliza, flanqueados por neblina y el graznido de unas aves que ninguno de nosotros pudo nombrar. El agua, de un negro ardiente, parecía rechazar la luz, y volutas de espuma coloreada emergían aquí y allá, dotando al paisaje de una cualidad alucinatoria.

Duración: 09:34

La sima de los nombres olvidados
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Texto de ajuste de pausa.

Bien pude creer durante buena parte de mi existencia —tibia, acotada, revestida de la racionalidad típica de los studiosos de las ciencias— que la razón bastaba como muralla entre el alma y el ululante abismo que acecha fuera del velo de lo cotidiano. Más no puedo evitar una sombría sonrisa al recordar mi convencimiento, tan ingenuo y quebradizo ante lo que la sorda fatalidad me deparaba. Pues existe, solapado tras la fachada de lo real, un reino de horrores prehumanos y de entidades cuyo solo pensamiento corroe la mente, y fue en la ignota población de Kaldrbak, a las márgenes petrificadas del mar de Noruega, donde la suerte dictó que yo tropezase con los rastros de los Antiguos.

Todo comenzó con una investigación de cariz enteramente geológico. Mi nombre es Halvard G. Thorsen, doctor en estratigrafía marina, y había recibido una invitación para estudiar una anomalía sísmica detectada por pescadores y marinos en las profundidades de aquel fiordo olvidado por mapas e historia. Se trataba, según las informes crípticos enviados por el profesor Erik Sunde de la Universidad de Oslo, de ruidos subterráneos y formas inexplicables que sobresalían del fondo en los sonares. Hasta aquí lo racional; fueron las advertencias temblorosas de los lugareños y los susurros de antiguas supersticiones los que primero me causaron una molestia indefinida, que fácilmente deseche como las naderías propias de toda comunidad apartada.

Mi arribada a Kaldrbak tuvo lugar en la última semana de octubre, hallando el poblado cubierto por una oscuridad precoz tras las primeras nieves. El silencio sólo era quebrado por el escaso ajetreo de casas dispersas y el rugido de un océano que, en ocasiones, semejaba jadear con vida propia. Me recibió el propio Sunde, hombre enjuto y taciturno que no tardó en conducirme hasta las habitaciones del hostal, un lugar tosco de paredes labradas en madera renegrida y chimeneas perpetuamente encendidas. Apenas cruzamos palabra, y aquel porte refinadamente ansioso revelaba que no todo en este encargo era de naturaleza académica.

Durante la primera noche, mientras el viento ululaba como un predador de fábulas en torno a las ventanas, me vi incapaz de conciliar el sueño. Saltando del lecho, recorrí la zona comunal, sorprendiendo al posadero, un anciano de gruesos mostachos, que murmuraba en una lengua extraña a un rollo de cuerda trenzada apoyado sobre la mesa. Mi presencia le crispó, y tapiando la boca con una mano temblorosa explicó que sólo invocaba protección ante “lo que yace más antiguo que el mar”.

La expresión me pareció un desvarío folklórico, acaso una metáfora del frío o el hambre, hasta que al amanecer me reuní con Sunde en el pequeño muelle de piedra y le relaté el suceso. Mi colega se limitó a torcer el gesto, acuclillándose junto al borde para indicar una extraña sustancia viscosa —reseca, casi iridiscente bajo el sol pálido— adherida a las rocas. Explicó que había surgido durante la semana anterior, tras una tormenta de inusual violencia. Parecía proceder de “las grietas”, esas profundas fisuras que se entrelazaban en el lecho marítimo, señaladas ominosamente por los marineros como rutas hacia “el uventid”, el abismo de los que nunca regresan.

Decidimos, impulsados por el rigor científico y una creciente incertidumbre, investigar el lugar señalizado en las cartas de sonar. A bordo de una precaria embarcación de acero oxidado, equipada apenas con una radio y las linternas del instituto, nos adentramos más allá de la última baliza, flanqueados por neblina y el graznido de unas aves que ninguno de nosotros pudo nombrar. El agua, de un negro ardiente, parecía rechazar la luz, y volutas de espuma coloreada emergían aquí y allá, dotando al paisaje de una cualidad alucinatoria.

Al tercer día avistamos la formación rocosa descrita: una especie de promontorio sumergido, rodeado de corrientes contradictorias y una vegetación gelatinosa ajena a cualquier descripción botánica. Registrando el entorno con la cámara submarina, creímos detectar no solo esquirlas de moldes fósiles imposibles —bifurcaciones de líneas que sugerían un propósito ajeno a la evolución natural— sino también lo que sólo puedo denominar inscripciones o patrones artificiales, tallados u horadados en la piedra millones de años atrás.

Esa noche, incapaces de sobreponernos al inquietante descubrimiento, revisamos las grabaciones en la lúgubre sala del hostal. Las formas grabadas poseían una simetría antinatural, vertiginosa, que desencadenaba en mí náuseas y un vértigo intelectual paralizante. Sunde, pálido, se limitó a musitar: “No son cosa de este mundo… ni de nuestra época.” Juraría que, entre las mezclas de limo y sedimento, destelló una figura reptiliana de múltiples extremidades, pero no hubo forma de captarla cuadro a cuadro.

Al día siguiente, Sunde ya se hallaba ausente al despertar; su cama deshecha, y la puerta abierta al viento. El posadero, al interrogarlo yo, se persignó y habló entre murmullos de “la llamada de los sumergidos”. Aumentaba mi impresión de que todos los habitantes de Kaldrbak sabían —o temían— algo sobre la naturaleza de las ruinas, pero lo ocultaban tras tabús imborrables.

Decidí buscar a Sunde por el sendero que bordeaba el acantilado, armándome de linterna, un viejo revólver y un cuaderno de notas. El trayecto ascendía entre bloques de granito y pinos abatidos, hasta que divisando la playa rocosa a lo lejos, lo encontré. Estaba de rodillas frente a la orilla, su abrigo cubierto de la misma sustancia viscosa hallada en el puerto. Al acercarme, Sunde levantó la cabeza, los ojos vacíos de reconocimiento. Tartamudeó que “los nombres están regresando” y apuntó hacia el mar con un dedo que exhibía repugnantes costras nacaradas.

Conteniendo el asco, vislumbré, por entre la bruma, una gigantesca grieta en la roca que se adentraba bajo las aguas. El rumor de las olas que penetraban allí ciertamente era diferente, contenido en una cadencia que ninguna fuerza natural podría haber producido: un canto de profundidad, repetido por siglos por entidades exiliadas de todo ciclo evolutivo. La visión me sostuvo en una suerte de trance maníaco, obligándome a escuchar, y en esa música sin melodía residía toda la promesa de ruina y envejecimiento de las civilizaciones. Sunde, de pronto, forcejeó para zambullirse, gritando: “No temen a la muerte porque la inventaron… nos recordarán sólo para devorarnos”.

Como un autómata, fui compelido a seguirle —solo mi cobardía (bendita o maldita) me detuvo en el borde de la sima. El abismo exhalaba vapores que entumecían la piel e incapacitaban la voluntad. Con un último esfuerzo, arrastré a Sunde lejos de la grieta, entre sus sollozos y cánticos en una lengua que nunca le oí hablar.

Horas después, de regreso en el hostal, Sunde cayó en un estupor febril, delirando sobre pactos sellados antes de la llegada de los hielos, de dioses cuerpos-marinos que “se repliegan y ansían” bajo las eras geológicas. El posadero y dos ancianas recitaron cánticos de protección apenas cerramos la puerta, convencidos, por alguna lógica rural escurridiza, de que sólo el ritual nos protegería del “Despertar”.

El último día —si aquello puede medirse en fechas y no en terrores— una tempestad colosal selló el pueblo. Entre relámpagos, escuché el crujir de la grieta como si el mar la succionase o ella bebiera al mar. Imposible dormir: cada golpe del viento semejaba un rugido articulado. Al amanecer, descubrimos que Sunde había desaparecido para siempre; su rastro se perdía en dirección al mar. Donde terminaban sus huellas, hallé una piedra tallada con símbolos que mis pesadillas todavía evocan; los surcos se retorcían en formas que torturaban la razón, y, al presionarla, se oía débil y claramente un rumor pulsante que recordaba la respiración de un monstruo dormido por eones.

Al huir de Kaldrbak, sentí que la realidad comenzaba ya a fragmentarse para mi percepción. Sueños húmedos plagados de ciudades sumergidas, de criaturas sin nombre, de danzas reptiles al son de trompetas fabricadas megálicamente, desgarraron mi cordura. Años después, lo admito: jamás logré descifrar la totalidad de los símbolos recogidos en mi cuaderno, y el escaso material filmado fue destruido por propios temores o extraviado por fuerzas que prefiero no razonar. Pero aún siento, en los momentos previos al sueño, la certeza de que aquello bajo Kaldrbak no duerme; sólo espera, y alimenta sus nombres con el terror que sobrevivientes como yo transmitimos a través de la insignificante cadena de los años. Nadie conoce, salvo quizás los más viejos —o los locos— el precio que supone la indiferencia de los Antiguos hacia la vida humana, en su lúgubre girar bajo los hielos, hilando la sinfonía de nuestra extinción, al compás de la grieta que nunca deja de llamar desde su abismo preternatural.

Y así, escribo; ni en busca de diálogo ni de cura, sino por el vano acto de documentar este horror, esperando que alguna mente alerta y aún sana desista de sondear los misterios que el mármol y el abismo guardan celosamente. He oído los nombres en sueños: me han mostrado paisajes sepultados bajo el lecho oceánico, cadenas de montañas negras y fragmentos de ciudades donde cada ángulo insulta la geometría de Euclides. Hasta que el hielo recluya para siempre mi memoria, seguiré temiendo los ecos que tiemblan bajo la superficie tranquila de los fiordos, porque sé —¡lo juro por todo lo racional y lo prohibido!— que si los Antiguos ansían recordar, también pueden desear ser recordados, y su despertar será la verdadera aniquilación del hombre y la razón.

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