Portada del relato El Susurro del Umbral Antiguo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Al día siguiente, recorrí el mercado maltrecho del poblado y traté de sonsacar a los habitantes alguna información sobre las leyendas locales, en vano. Los cazadores y granjeros evitaban mirar a mis ojos, murmurando frases inconexas de advertencia. Solo un viejo, Enoch Porter, aceptó mi presencia. “Las colinas guardan secretos más antiguos que el hombre, forastero. El círculo de piedras en Cold Spring fue erigido cuando la luna aún lloraba sangre. Y el Umbral… el Umbral nunca debe abrirse. Es allí donde la tierra no se atreve a enterrar a sus muertos.”

Duración: 08:59

El Susurro del Umbral Antiguo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Era el mes de octubre en Dunwich, y la podredumbre otoñal, con sus brumas densas y olor a tierra húmeda, se desplegaba sobre las colinas desiguales que hacían de aquella región un páramo casi deshabitado. Conocía el lugar solo por sus leyendas antes de poner pie allí, atraído por el insaciable impulso investigador que todo hombre racional, aun el más templado, debería lamentar poseer. El nombre de Dunwich resuenaba en archivos polvorientos y cartas de arqueólogos que jamás volvieron de sus senderos, y lo que se decía de sus noches exudaba supersticiones agrandadas con cada generación.

Me llamo Charles Van Doren, doctor en literatura arcaica y folclore, y soy plenamente consciente de la mirada escéptica que me lanzaba el encargado del tren a mi llegada. “Dunwich no es lugar para un caballero de ciudad”, masculló. “Hay cosas en esas tierras que no buscan ser descubiertas.” Apenas escuché, cargado como iba de lógica y desdén por el temor ancestral. Mas no fui yo quien llevó las pesadillas a Dunwich aquella noche, sino la presencia que yacía bajo sus campos malditos desde épocas en que el tiempo carecía de nombre.

Mi hospedaje era una ruinosa casa a las afueras, con paredes tan carcomidas por la humedad y las termitas que parecía más una costra de madera podrida incrustada a la ladera. Vieja Sarah Horn, mi casera, era de esas mujeres que parecen haber compartido más tiempo con los espectros del pasado que con los vivos; su voz era un murmullo como el roce de ramas secas, y sus ojos, pequeñas cuentas de obsidiana llenas de silencios ominosos. “No se aleje tras el crepúsculo, señor Van Doren. Y nunca siga los susurros.”

La primera noche fue ya inquietante. El viento ululaba desde el bosque de pinos y olmos, arrastrando consigo un hedor a humedad y algo azufroso que, a mi pesar, traspasaba las ventanas. Pero más inquietantes que el viento fueron los extraños ecos: no parecían de animales, sino de bocas que trataban de imitar la voz humana; uno podía distinguir, muy tarde en la noche, palabras cortadas en sílabas improbables, alargaras y ahogadas, como si nacieran de gargantas no diseñadas para articular sonido. Me dije a mí mismo que eran sólo el resultado de mi expectación y cansancio.

Al día siguiente, recorrí el mercado maltrecho del poblado y traté de sonsacar a los habitantes alguna información sobre las leyendas locales, en vano. Los cazadores y granjeros evitaban mirar a mis ojos, murmurando frases inconexas de advertencia. Solo un viejo, Enoch Porter, aceptó mi presencia. “Las colinas guardan secretos más antiguos que el hombre, forastero. El círculo de piedras en Cold Spring fue erigido cuando la luna aún lloraba sangre. Y el Umbral… el Umbral nunca debe abrirse. Es allí donde la tierra no se atreve a enterrar a sus muertos.”

El círculo de Cold Spring, según los mapas, reposaba en lo profundo del bosque, entre lo que quedaba de un cementerio celta y una ramificación rocosa del río Miskatonic. Armado de un cuaderno y linterna, obvié los consejos y caminé al atardecer por senderos cada vez menos transitables. El aire mismo parecía resistirme, cada inhalación una lucha contra el olor a putrefacción lejana, a aguas estancadas en las entrañas del mundo. Pronto hallé la arboleda abriéndose ante el círculo: los monolitos inclinados tocados por líquenes, negro verdosos bajo la luz declinante, formaban una obsidiana rota y corrompida.

Tomé notas apresuradas, intentando trazar los patrones inscritos, pero fue el silencio lo que más me desconcertó; incluso los animales parecían haber abandonado el lugar. Una vibración apenas perceptible recorría las piedras, como si algo bajo tierra se agitara en sueños inquietos. El crepúsculo caía, y entonces, a pesar de mi desprecio por los mitos, sentí la convicción de que alguien —o algo— me observaba desde la maleza. No vi ojos, sino una sombra más densa entre el ramaje, y un frío antinatural me recorrió la columna.

Apuré el regreso, pero ni mi mente ni mi cuerpo lograron sacudirse aquella sensación hasta mucho después, tumbado en mi camastro putrefacto, con los párpados pesándole a mi razón. Fue en el sueño, ese reino donde la mente no puede huir de sus terrores, donde la memoria de Dunwich comenzó su trueque diabólico conmigo. Soñé con una ciudad sumergida, de ángulos imposibles y ciclópeas columnas, encadenada en el fondo de un abismo donde las aguas yacían quietas, en espera. Los sonidos llegaban a mí como cánticos invertidos; comprendí sin querer que ahí se ocultaba un secreto: un portal, un umbral al caos primordial llamado R’lyeh.

Me desperté empapado en sudor, con el vértigo de quien ha contemplado algo que no debe portar su pequeño cerebro humano. Mas el horror del sueño palideció, pues a los pies de mi cama yacía un empedrado triangular con símbolos mefíticos que yo mismo había dibujado en Cold Spring, envuelto en barro fresco. No podía recordar haberlo traído. Ahora, por fin, el pánico de los habitantes cobraba sentido. Alguien —algo— había cruzado mi umbral.

Decidí abandonar Dunwich esa misma mañana, aunque las horas siguientes se deshicieron en un vapor de confusión. Me hallé caminando hacia el bosque a pesar de mi voluntad, arrastrado por los mismos susurros que antes rechacé como ilusión. El hedor a marisma y salitre era irrespirable; la tierra vibraba bajo mis pasos y las ramas parecían inclinarse para impedir mi avance. El aire adquirió una cualidad líquida y los contornos de la realidad parecieron desleírse hasta que, sin entender cómo, llegué al círculo de piedra.

La niebla era tan espesa que apenas veía mis propias manos. Hasta los oídos me llegaba un rumor subterráneo: no el sonido de agua ni rocas, sino de carne macerada y de tentáculos que chirriaban en lo más hondo del abismo. Entonces lo vi: el umbral, una losa semienterrada en el centro exacto del círculo, palpitaba con un resplandor sordo, verde y antinatural. No estaba solo. Las sombras a mi alrededor se acercaron, densas y flotantes, con formas que mi razón no aceptaba. No éramos seres tan separados del abismo como siempre creímos.

No sabría decir si los siguientes acontecimientos sucedieron realmente o si fui víctima de una alucinación colectiva inducida por fuerzas que escapan a la mente humana. Vi a los habitantes de Dunwich —enfermos, encorvados, ciegos de espíritu— formar un círculo alrededor del umbral. Desde sus lenguas resecas escapaban letanías prohibidas, sonidos aprendidos de algún ancestro llegado de más allá de las estrellas. El aire se llenó de zumbidos y rechinidos, y sobre las piedras se cernió una forma grotesca, sin rostro ni límites, un dios menor banido por su mera existencia.

En ese instante, comprendí la naturaleza del portal: era una herida en la tierra, un eco de la Ciudad Sumergida, donde los dioses dormidos ansían volver. Los habitantes, ya desprovistos de voluntad propia, habían abierto el portal a cambio de longevidad y protección, pero ahora ese pacto pedía un precio. Sentí que mi conciencia intentaba huir; una viscosidad fría me atrapó los tobillos y los susurros, ahora clarísimos, me suplicaban seguirlos a su reino, donde el tiempo se pliega y la muerte es solo la puerta a una esclavitud eterna.

Mi cuerpo luchaba mientras mi mente se hundía. A mi alrededor, vi cómo la niebla y las formas hirvientes de los congregados se fundían en una marea pestilente. Un tentáculo se alzó, cruzando el portal, y la visión fue tan intensa que aún la recuerdo ahora, años después, al escribir estas líneas con manos temblorosas. El tentáculo no era simple carne, sino un prisma de realidades, colores y dimensiones: la pesadilla física de lo que esconde cada umbral mal vigilado.

No puedo recordar cómo escapé. Solo sé que desperté semanas después en una celda de hospital de Arkham. Los médicos dijeron que fui hallado vagando, balbuceando palabras en un idioma irreconocible, con barro verdoso y sal en mi ropa, los ojos desorbitados por el horror. No tengo ya confianzas en mi razón; las pesadillas vuelven cada noche y una mueca de locura se instala en mi reflejo. A veces, por la ventana, aún veo esa bruma engullendo la realidad, y sé que la herida de Dunwich nunca cicatrizará. Hay portales irreversibles y, tras ellos, dioses despiertos que aguardan.

Quise advertir al mundo, pero las palabras son inútiles. El susurro del umbral antiguo sigue resonando en mis huesos. Y la voz que me lo traduce no es ya la mía: es la lengua de las profundidades, del tiempo estancado bajo el mar, donde los dioses perdidos aguardan.

No duerman en Dunwich, ni sigan los susurros bajo la piedra. Saltará de mí a ustedes el contagio de antiguas pesadillas, y en su sueño, caerán también bajo la sombra viscosa de R’lyeh.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.