Portada del relato Susurros en la obsidiana
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Fragmento:


La noche que abrí el paquete la lluvia golpeaba la buhardilla y el gas parpadeaba, mecido por vientos insidiosos que gemían en la Rue. Me senté ante mi escritorio, desplegué los papeles amarillentos y, sin advertirlo, desaté una cadena de sucesos de los que ahora apenas puedo balbucear una mínima y dolorosa confesión.

Duración: 10:52

Susurros en la obsidiana
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Texto de ajuste de pausa.

***

Querido lector de estos fragmentos,

Quienquiera que abandones la luz para descender a la lúgubre profundidad de estas líneas, te advierto: lo que vas a leer son trozos de una conciencia desgarrada, espigas y astillas de un hombre que fue, y que ya no es. Rienzi Marchand –ese era mi nombre–, antiquario profesional de la Rue de la Liberté en París, sombra migrante para mis contemporáneos, miserable espectador de mundos limítrofes, empecé (¡desgracia la mía!) a desconfiar de los libros y, sobre todo, de mis propios sueños la última primavera de 1927.

Nunca había conocido el miedo salvo en la abstracta lejanía de las pesadillas infantiles; y, sin embargo, el absoluto espanto que ahora tiñe mis madrugadas está arraigado mucho más allá de cualquier pesadilla. Todo comenzó, o más bien terminó de manera abrupta, con un legajo de manuscritos y cartas que llegaron a mí por intermediación de Léon Béraud, viejo conocido y colega cazador de rarezas. Estos papeles, según me previno con su tono de burla inquieta, pertenecieron a un tal Alphonse Guerinot, profesor caído en desgracia y enloquecido erudito de lo casi innombrable.

La noche que abrí el paquete la lluvia golpeaba la buhardilla y el gas parpadeaba, mecido por vientos insidiosos que gemían en la Rue. Me senté ante mi escritorio, desplegué los papeles amarillentos y, sin advertirlo, desaté una cadena de sucesos de los que ahora apenas puedo balbucear una mínima y dolorosa confesión.

Los extractos que presento son literalmente transcripciones del diario y de la correspondencia de Guerinot. He omitido (por salud mental propia) fragmentos ilegibles administrados por la humedad, solo atenuando palabras que ni mi pluma se atreve a convocar.

***

[Entrada del diario de Guerinot – 3 de enero de 1926]

La idea es simple y, a la vez, horriblemente osada: escribir en estos pliegos todo cuanto vislumbro en mis sueños recientes. Me advirtió el buen Lasseur que ciertos símbolos y nombres deben ser evitados, pero la curiosidad es un puñal; y, como Edipo, he decidido no cerrar los ojos.

Anoche, bajo la mueca de la luna, vi la negrura bullente otra vez: un lodo animado, ajeno a todo lo humano y vegetal, fluyendo en cavernas milenarias bajo la tierra. Escuché su verbo mudo en mi cráneo: “Recuerda los ojos de obsidiana, la lengua que nunca calla”. Al despertar, tenía en la palma una huella de ceniza. Me siento observado.

[Fragmento de carta a su hermano Charles – 7 de enero de 1926]

Charles,

Si alguna vez tu amor fraternal me ha conocido, sálvame ahora. He leído un texto prohibido –llamado por su transcriptor *Liber Nigrae Vocis*–, traído de las minas británicas por aquél maldito Lasseur. El texto describe a un ente llamado Ny— (la tinta aquí se extiende y la palabra es ilegible), un dios de barro vivo que acecha en la oscuridad bajo los párpados de la mente. Anoche, juraría que surgió de mi armario, una masa informe que apestaba a tierra sombría, y susurraba mi nombre con un eco mineral. Me niego a dormir.

[Entrada del diario – 12 de enero de 1926]

La paranoia ha cedido el paso al terror puro. La lámpara eléctrica chisporrotea y los espejos nunca me reflejan solo a mí… Del texto surgen instrucciones: “Cualquier aquel que lea este nombre, tatúelo con tiza o carbón sobre una superficie húmeda para ofrecer la palabra al abismo”. Lo hice, solo por desafío ridículo, en el baño empañado, y la figura pareció… contemplarme. Cerré la puerta durante horas. Sé que aún me observa tras ella.

***

Aquí termina el primer cuaderno de Guerinot; lo que sigue es todavía peor, pues se mezclan cartas inconexas a médicos, dibujos en carboncillo de laberintos sin bóveda y símbolos desconcertantes. La textura de la obsidiana, el reflejo lustroso de aquel mineral negro, regresa compulsivamente: “Espejos de la sangre que no es nuestra”, escribe. Poco a poco, la letra de Guerinot tiembla, envejece, olvida sílabas. Comienzan a aparecer términos que nunca antes encontré en mi amplia bibliografía: “Nyogtha”, “el que bulle en la piedra”, “voz sorda bajo la geoda sepultada”. El horror esencial está en lo que no se dice, en la elipsis infernal entre palabra y palabra.

[Entrada del diario – 19 de febrero de 1926]

— Me adormecí por fin, el cuerpo exhausto, aturdido de veras. Y allí estaba: la caverna, palpitante, con muros viscosos y sonidos de goteo impío, el aire salobre y animal. Vi a otros cautivos, pálidos, de bocas cosidas. De entre el limo, emergió un ojo sin párpado, y luego otro: me escudriñó, pesando mis pensamientos. Una voz fluyó, surgida de mi paladar entumecido: “Dame tu nombre, tu sombra, tu eco, y serás piedra, serás menos que silencio”.

Desperté con sed de ceniza, la boca llena de tierra negra.

[Nota a pie de página en una carta jamás enviada – sin fecha]

Ese horror de negrura, Nyogtha, navega bajo París; hay pozos sin fondo en el subsuelo de la ciudad, pasos antiguos a los que solo los suicidas o los locos descienden. En sueños, me arrastra hasta sus cámaras ciegas, y allí habla, insistente: “No me mires jamás de frente”.

[Fragmento de carta a un antiguo amante, Renée – 22 de febrero de 1926]

Amada mía,

He perdido mi espejo; la obsidiana ya no me devuelve mi cara. He manchado los cristales con hollín y sangre, intentando ver si esa forma, ese limo, se alza a mi espalda. Escucho, noche tras noche, el golpeteo en la ventana del sótano; no hay arbustos, solo muro, pero algo roza, algo tose. Si no recibes noticias mías después de esto, destruye mis papeles.

***

En este punto, la caligrafía de Guerinot adquiere tal desesperación que apenas se descifran las palabras. Encontré entre los papeles, acurrucado entre pliegues de periódico y manchas de humedad, un dibujo cuyas líneas eran un mosaico de figuras imposibles, bocas entrecruzadas, ojos en forma de piedras, venas de carbón ampliándose en espiral hasta llenar toda la hoja. No me atrevo a describirlo, ni a mirarlo demasiado tiempo. El reverso del papel simplemente dice: “Aún existe bajo la corteza del mundo. No es muerte lo que se agazapa, sino una vigilia primigenia”.

Aya, un criado que ayudó a Guerinot en sus últimos meses, dejó una breve carta al médico tras el fallecimiento del profesor. Su texto –mero apunte, pero cargado de súplica– forma la estocada final al débil consuelo de la incredulidad:

“Monsieur — ha estado soñando en alto, gritando palabras que no son de hombre ni de bestia. Dijo que la piedra habla, que la piedra respira. Intenté acordonar la puerta, pero estaba mojada y fría, como si algo babeara desde el otro lado. Le sellé los espejos con trapos embadurnados de ceniza y crucifijos, por temor. No quería que usted leyera sus papeles. Ya no duerme. Tiene un hueco en la cara donde debía haber ojos.”

***

No han trascurrido aún tres días desde que recibí estos manuscritos, y ya la lúgubre sombra de la “obsidiana” parece cernirse sobre mi buhardilla, sobre mi razón. La noche pasada soñé con laberintos de piedra negra, donde la humedad corría pegajosamente por bóvedas que no reflejaban mi paso. Escuché un eco; creí oír mi nombre, y detrás de él… otro, imposible de pronunciar; un nombre minero, sepultado bajo miles de eras, que sólo la lengua de la oscuridad sabe articular. Me desperté, y el espejo junto a mi lecho pendía torcido, lleno de una niebla negruzca que no era vapor. He sentido por primera vez en mi vida verdadero terror al cerrar los ojos.

El relato racional de Guerinot no es más que una excusa, un paraguas diminuto bajo el diluvio de lo inhumano. Lo he consultado con mi médico, pero he omitido –¡cobardemente!– detalles. ¿Qué pensaría mi pobre madre si leyera que temo mancharme la piel con el agua de la ducha, por si allí, en la humedad, emerge de súbito la visión de unos ojos pétreos, inhumanos?

En las noches he escuchado un rumor sordo bajo el entarimado, un borboteo lívido que sube y desciende como un pecho monstruoso. El olor, emparentado con la piedra quemada y la tierra sorda, invade todo. Me he sentido observado por los cuadros, por las grietas de las paredes. Los manuscritos de Guerinot me persiguen; desearía quemarlos, aunque intuyo que las cenizas cantarían al viento nombres vedados.

Mi raciocinio tambaleante reconoce el patrón de la locura, pero el miedo agazapado no cede. Comprendo ahora por qué la obsesión de Guerinot se volcó en cubrir todos los espejos, en sellar puertas con hierro y hueso, en pedir a Aya que “no me deje solo en la humedad”. Porque –lo presiento con garras en la lengua– la entidad no se muestra nunca bajo la luz; prospera en el reflujo del ojo cerrado, la caverna húmeda, el reflejo ambiguo en obsidiana. No es un demonio, ni un duende, ni siquiera un dios: es una inercia viva, un veneno mineral que subyace en el corazón tibio de la piedra.

Caminé hoy por el cementerio de Montparnasse, incapaz de resistir la presión de las paredes. Sentí, bajo los pies, la flaqueza de la soga de tierra, la insinuación fétida de algo que bulle, que acecha sin nunca mostrarse. Grité en vano, en pleno día, ante la indiferencia de los vivos. Solo los cuervos, entre los mausoleos, parecieron notar el temblor, la marea ascendente de miedo.

Ahora, escribo estas últimas líneas a la luz vacilante del gas, y repaso las cartas malditas de Guerinot. Sé que su final fue la ceguera de la mente, el sellado voluntario de la boca y de los poros. Sé también (¡y éste es mi verdadero pavor!) que la negrura es infecciosa. Ya la siento en la comisura de los labios, en el rabillo de los sueños.

No existe olvido para quien, aunque sea por asomo, ha entrevisto la sustancia de la obsidiana y la ha escuchado susurrar. Si otro encuentra estos papeles, y reconoce en algún espejo –aunque sólo sea en la humedad del azogue empañado– la lengua de la sombra, que huya. Que no escriba, que no mencione el nombre sin sílabas.

Que no mire nunca la humedad negra del sueño.

Que no escuche los susurros en la obsidiana.

***

[Este es mi legado: fragmentos, cartas, y la mera sombra de un hombre devorado por la piedra.]

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