Portada del relato Susurros en la caverna de Ilthar
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Fragmento:


La historia, en apariencia, comienza en los márgenes académicos que frecuentaba. Por entonces, desempeñaba el humilde cargo de catalogador para manuscritos antiguos en la Biblioteca Orne, donde el polvo y el olvido se entreveraban en jazz de motas que danzaban al ático de mi lámpara. Mi debilidad por textos enigmáticos pronto me llevó a una caja sellada en los confines de una estantería olvidada: en su interior, junto a tratados árabes y papiros griegos, descubrí el volumen que habría de marcar mi perdición. Tenía tapas de cuero agrietado cubiertas de caracteres indescifrables e ilustraciones que, aun tras siglos, marchitaban el aire con su mera presencia.

Duración: 10:11

Susurros en la caverna de Ilthar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Han transcurrido largos años desde que el nombre de Amirah fue pronunciado entre los vivos. En la penumbra de mi estudio en Arkham, sólo la titilante luz de la lámpara a gas parecía prestarse a la confidencia de mis desvaríos. He decidido reunir aquí los pormenores de los acontecimientos que irrumpieron en mi vida una extraña noche de diciembre y que, desde entonces, han corrompido la serenidad que alguna vez poseí. Si comparto mi relato, es sólo porque los horrores que me asediaron exigen un exorcismo para la razón; y porque la mera posibilidad de que otros incautos tropiecen con las sendas que yo crucé hiela mi alma mucho más que el silencio.

La historia, en apariencia, comienza en los márgenes académicos que frecuentaba. Por entonces, desempeñaba el humilde cargo de catalogador para manuscritos antiguos en la Biblioteca Orne, donde el polvo y el olvido se entreveraban en jazz de motas que danzaban al ático de mi lámpara. Mi debilidad por textos enigmáticos pronto me llevó a una caja sellada en los confines de una estantería olvidada: en su interior, junto a tratados árabes y papiros griegos, descubrí el volumen que habría de marcar mi perdición. Tenía tapas de cuero agrietado cubiertas de caracteres indescifrables e ilustraciones que, aun tras siglos, marchitaban el aire con su mera presencia.

El bibliotecario jefe, el venerable Mr. Abbott, me lanzó una mirada teñida de pavor cuando pregunté por su proveniencia. “No he visto ese libro jamás —rezongó— y sería sabio devolverlo donde lo encontró, Sr. Withers.” No obstante, esa noche saboreé las primeras páginas a la luz oscilante. Noté enseguida que contenía, junto a himnos y letanías, la crónica de un culto secreto que se profesaba durante noches desprovistas de luna, en el mismo corazón de Arkham, siglos atrás. Mencionaba el nombre de Amirah —no como deidad, sino como umbral, como idea—, y describía rituales sobre “puertas” abiertas al rumor de los sueños profundos.

Hasta entonces, el acto mismo de traducir palabras de lenguas muertas era para mí tranquilizador, una suerte de pasatiempo. Sin embargo, esas frases eran disonantes, como si desafiaran de modo deliberado la estructura de la conciencia humana: “aquello que respira entre las eras, que existe dentro de un sueño, y cuyo despertar desencadenaría la disolución de todos los confines”. El libro hablaba además de la “Asamblea bajo el septentrión”, reunión que tenía lugar cada ciclo de veintisiete años, justo durante la noche más larga del invierno, para conmemorar el retorno de los fieles de Amirah a “la vigilia verdadera”.

Aquello era fascinante y me tentó profundamente, pues mi vida, saturada de rutinas y deberes, parecía insignificante frente a tales posibilidades. A los dos días de sumergirme en el estudio del volumen, un hombrecillo ataviado con ropajes gastados vino a la biblioteca reclamando un libro usando para ello, entre dientes, palabras que sonaban sorprendentemente similares a las transcritas en las letanías. Su rostro, marchito como el pergamino, me resultó desagradablemente inhumano. Cuando rehusé entregarle el tomo, pues sentía una compulsión mayor que cualquier consejo de prudencia, la sombra de su figura pareció distorsionarse, fundirse con las estanterías.

Esa noche, un séquito espectral comenzó a rondar mis sueños. Laberintos de piedra hirviente, columnas bajo cielos teñidos en un zafiro infeccioso, y al fondo, una figura yace en el centro de un círculo de alabastro fisurado. Sobre ella, un fluido prístino, tan negro como la nada, fluía hasta desbordar mis sentidos. El nombre de Amirah se repetía, susurrado con tanta insistencia como violencia, y sentí la certeza de que compartía mi vigilia con otros soñadores. Me desperté empapado en sudor, y las páginas del libro aparecieron abiertas por sí solas, con una nueva sección que no recordaba haber visto: “El Evangelio del Resplandor Absuelto”.

En ese capítulo se aludía a la “Puerta de la Niebla”, ubicada según el texto en algún punto no concreto del subsuelo de Arkham, a la que sólo podría acceder quien conociera las palabras para abrir “el umbral de la noche dormida”. El texto advertía… advertía no regresar, porque lo que habitaba al otro lado desearía sangre y devoción. Sin embargo, el anhelo de conocer, la sed de traspasar los límites impuestos por la razón, fue más fuerte que cualquier advertencia.

Obsesionado ya, comencé a vagar por las noches, recorriendo los callejones y túneles de la vieja ciudad en busca de señales, símbolos, cualquier rastro de la “Asamblea” o de la “Puerta”. En uno de mis delirios nocturnos, un indigente de aspecto febril me señaló un mural oculto bajo un puente deteriorado. Era un mapa, y en su centro, debajo del cementerio de Arkham, se insinuaba un círculo rodeado de caracteres similares a los del libro. “Sólo los que sueñan pueden descender sin consumirse”, musitó el hombre, dejando tras de sí un eco helado.

Bajo el amparo de la noche más larga de diciembre, armado solo con una linterna y el siniestro volumen apretado contra el pecho, descendí por una bóveda olvidada entre las criptas del cementerio. El aire se tornaba más pesado a cada paso, impregnado de un hedor ácido, y sentí como si la realidad misma vacilara alrededor mío. Pronto, el eco de mis pisadas se confundió con rítmicos susurros. El pasadizo desembocaba en una sala circular excavada en la roca, donde columnas cubiertas de símbolos danzaban bajo la débil fosforescencia de líquenes irreales.

En el centro, tal y como el libro prefiguraba, yacía una losa negra con una hendidura sinuosa. La rodeaban figuras encapuchadas, que se persignaron con gestos desconocidos cuando me acerqué. El timbre de sus voces no era humano, fluctuando en tonos ajenos a la fonética posible.

Uno de los enmascarados dio un paso al frente y, con voz quebrada, me instó a arrodillarme frente a la “Puerta de la Niebla”, recitando en voz baja las palabras que había conjurado en mis sueños: “El que no ha despertado, no teme; el que entra, no regresa igual”. El pavor me paralizó por un instante, pero un influjo irresistible me hizo obedecer, notando cómo el umbral vibraba con un zumbido sordo.

El ritual comenzó. Alzado el libro, los fieles entonaron un cántico cuya melodía era equivalente a putrefacción y éxtasis; el aire mismo se coagula mientras, en la penumbra más absoluta, sentí que mi espíritu era succionado hacia un abismo sin fondo. En ese momento, la losa se abrió, no hacia un espacio físico, sino hacia un vacío saturado de consciencias indescriptibles. Al otro lado, tras un mar de formas que sólo pueden describirse como geometría demente, acechaba aquello que había sido invocado desde “el otro lado del sueño”. Amirah.

No era una deidad, ni una forma concreta, sino la agregación de todos los terrores de la vigilia, la suma de pasados y futuros, un vértigo viviente cuyo nombre es sólo un símbolo, un eco. La visión de esa presencia —cuyo rostro mutaba sin cesar, entre lo humano y lo inconcebible— hendió mi mente. Percibí, entonces, el verdadero propósito de la Asamblea: perpetuar el ciclo de sueños para que Amirah jamás despierte del todo, pues su despertar sería el ocaso del raciocinio, el borramiento de toda experiencia humana individual.

Fui testigo de cómo los miembros del culto, en turnos sacrificiales, entregaban fragmentos de sus recuerdos, de su cordura, de su misma esencia, a cambio de protección o vislumbres de los “sueños verdaderos”, una realidad subyacente en la cual el tiempo y el espacio son reminiscencias inútiles. Cada entrega fortalecía la barrera entre Amirah y el mundo físico, manteniendo el equilibrio precario de la vigilia colectiva; pero a cada ciclo, la barrera se debilitaba.

Antes de perder el conocimiento, sentí deslizarse dentro de mí la certidumbre de que, al haber presenciado la “Puerta”, mi vida ya no me pertenecía. Soñaría eternamente con el círculo, con los susurros, y cada vez la figura central estaría más cerca, más hambrienta. Al despertar de nuevo en mi lecho, bañado en sudor y sangrando por la nariz, observé horrorizado el tomo abierto sobre mi escritorio. Donde antes hubo palabras, sólo quedaba una mancha de tinta negra, imposible de borrar o interpretar.

Desde aquella noche, movido por el horror y la fascinación, acudí a cada cita en la sala subterránea, cada vez dejando fragmentos de mi alma sobre la losa. Las visiones se hicieron más nítidas; cada vez que la asamblea entonaba el cántico para mantener a Amirah encadenada en los dominios de los sueños, el precio era mayor. Pronto, el mundo real se perfilaba apenas como un eco pálido, y las figuras encapuchadas parecían multiplicarse de modos inquietantes: a veces, al salir del ritual y recorrer las calles de Arkham, veía reflejados en cristales y charcos rostros ya vistos en la cripta; otras veces, en plena vigilia, el eco del cántico reverberaba en mis timpanos, como si la barrera entre sueño y realidad se hubiera desvanecido.

Mi último acto antes de la debacle fue escribir esta confesión. Los fieles de la asamblea han advertido que pronto se celebrará otro ciclo; sospechan —y lo sé con certeza en mis huesos— que esta vez la Puerta se abrirá por completo. Amirah devorará todos los recuerdos, la vigilia será succionada hacia un pozo sin fondo y la humanidad, convertida en una vasta ensoñación sin sentido, será tan solo una pieza en el difuso sueño de un ser antiguo cuyo despertar es el fin de todas las distinciones.

Ahora, cuando enciendo la lámpara y la luz agita sombras que crecen más allá de las paredes de mi pequeño estudio, sé que la oscuridad oculta la caverna imposible, la asamblea en círculo, el murmullo constante cuyo eco jamás se extinguirá mientras haya un alma dispuesta a soñar. Si lee estas palabras, cierre el tomo, olvide esta crónica y evite el anhelo de buscar puertas donde sólo debe haber paredes y firmeza.

Pero si, como yo, ha sentido el llamado de noches sin luna y el peso de sueños que nada tienen de suyos, entonces prepárese: pronto, Amirah abrirá los ojos, y todos aquellos que duermen no volverán a despertar.

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