Portada del relato El velo amarillo
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Fragmento:


Un estremecimiento colectivo recorrió la estancia. El nombre era conocido por algunos, evocado a través de poemas malditos y fragmentos dispersos en oscuros catálogos. Nadie, sin embargo, confesó en voz alta la turbadora fascinación que nos poseyó. Fue Oscar Faber, pintor de cuadros funerarios, quien finalmente rompió el silencio. “¿De dónde lo has obtenido, Henry?”

Duración: 09:07

El velo amarillo
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Texto de ajuste de pausa.

Te contaré un relato cuya sola remembranza me llena de un frío tan penetrante que las palabras apenas acuden a mis labios, áridas y vacilantes. Lo hago no como advertencia ―sé bien que quienes escuchan los ecos del Rey Amarillo ya no encuentran refugio ni en la cordura ni en la muerte―, sino porque la desesperada pulsión por compartir el horror es tal vez el último sostenimiento del alma humana ante el abismo absoluto.

Todo comenzó un otoño que parecía marchitarse insidiosamente sobre la ciudad de Providence, el aire perezoso y la luz apagada como si el sol mismo, sobre nuestras cabezas, hubiera sido cubierto por una especie de tela mortuoria. Yo, como otros pobres infelices con inclinaciones literarias, era amigo de “La Liga del Cráneo”, un círculo pequeño y selecto de escritores y pintores con una malsana predilección por los temas espectrales.

Fue Henry Angell quien, en una de nuestras reuniones, introdujo el nombre prohibido en la conversación. Angell era un hombre de apetitosa curiosidad y mórbida sensibilidad, propenso a los sueños febriles. Aquella noche traía consigo algo oculto tras su gabán, envuelto en paños amarillos y húmedos, de los que pendía un hedor lejano, a salitre estancado y pergamino descompuesto.

“Caballeros,” comenzó, mientras desenrollaba los trapos, “me atrevo hoy a perturbar vuestra tranquilidad con la adquisición de un artefacto cuya historia insólita debería bastar para hacerle renunciar a cualquier mente sensata... mas nosotros, precisamente, nunca hemos mostrado propensión a la sensatez.”

Sobre la mesa depositó un libro encuadernado en piel que, aunque vieja, parecía resistirse a la inminencia de la putrefacción. Bajo la luz ambarina del quinqué, la cubierta dorada refulgió débilmente, inscribiendo en caracteres ininteligibles la leyenda: “Le Roi en Jaune”.

Un estremecimiento colectivo recorrió la estancia. El nombre era conocido por algunos, evocado a través de poemas malditos y fragmentos dispersos en oscuros catálogos. Nadie, sin embargo, confesó en voz alta la turbadora fascinación que nos poseyó. Fue Oscar Faber, pintor de cuadros funerarios, quien finalmente rompió el silencio. “¿De dónde lo has obtenido, Henry?”

Angell consideró la pregunta, y en sus ojos asomó una angustia momentánea. “Un librero francés; aunque dudo que esos hombres sean siempre lo que dicen ser. Me lo ofreció entre susurros, en un callejón cerca del puerto, y me advirtió que lo destruyera. ¿Lo quemaremos, amigos míos? ¿O lo leeremos, como el heterodoxo Prometeo robando el fuego de los dioses dementes?”

Nos reímos, aunque esa risa temblorosa sólo acentuó la gravedad del momento. Nadie se atrevió a tomar la iniciativa. Finalmente, fue Angell mismo quien comenzó a leer, pasando las páginas con manos temblorosas mientras los signos extraños y los grabados grotescos parecían danzar bajo el resplandor amarillento.

La prosa del libro era difusa, a veces incoherente pero hipnótica, como dictada por voluntades extramundanas, en un idioma que obedecía a la lógica de los sueños. Había escenas de decadencia, banquetes en palacios de mármol derruido, máscaras de agonía y gozo, ciudades arrasadas por tempestades enloquecidas, y lo que más turbó nuestros corazones: descripciones de una figura envuelta en andrajos dorados, su rostro oculto por un velo y su voz, suave pero irresistible, pronunciando versos que hacían sangrar el espíritu.

No terminamos la lectura esa noche. Angell cerró el libro abruptamente, como si una fuerza invisible se lo hubiera ordenado, y el círculo se disolvió con una perpleja prisa. Nos separamos entre murmullos, y el espectro de Hastur, pues ese era el nombre que surgía entre líneas y visiones, flotó aquella noche sobre la ciudad, invisible pero absoluto.

Poco después comenzaron los sueños. El primero en confesarlo fui yo, aunque pronto descubrí que todos los miembros de la Liga sufrían de pesadillas similares. En ellas veía un lago inmóvil, sus aguas negras como el banquillo de un tribunal, y sobre esas aguas flotaba una sombra amarilla, cuya presencia era tan terrorífica como sublime. Palacios ciclópeos se erguían en la distancia, deformados, sumidos en brumas insalvables, mientras una risa hueca retumbaba en los mármoles y torres. Cada despertar venía acompañado de un sabor salobre en la boca y manchas amarillas en la almohada.

Faber dejó de asistir a las reuniones y, tras una semana de encierro, lo encontraron muerto entre charcos de pintura amarilla. Había pintado, sobre las paredes y el techo de su estudio, un inenarrable mural que representaba aquel lago infernal, y al Rey en Jaune, con los rostros de la Liga como máscaras deformadas a sus pies.

El pánico se apoderó de todos. Algunos huían a sus casas al anochecer, otros intentaban quemar el libro. Pero la maldición de Hastur, una vez convocada, no se desvanecía tan fácilmente. Angell, cada vez más demacrado, hablaba de “la llamada”, de la “puerta que se ha entreabierto”. Creímos que deliraba, hasta la noche en que desapareció de la realidad cotidiana.

Fue Margaret, la viuda de Faber, quien me procuró un atisbo de explicación, entregándome temblorosa las últimas cartas de Angell. En ellas mencionaba a un tal “Aldebarán” y juraba haber encontrado “el umbral” durante una última exploración a las colinas más allá de Swan Point. Su lenguaje se volvía cada vez más caótico, mezclando francés, inglés y símbolos incomprensibles. “El lago está aquí,” rezaba la última línea. “La ciudad se levanta cuando dormimos. El Rey nos mira.”

Obnubilado por la desesperación, cargando el volumen prohibido, acudí al lugar que él describía. Aquella noche la niebla era densa y el mundo entero parecía estar suspendido en el mismo sueño del que quería —debía— despertar. Entre los árboles retorcidos y bajo las estrellas nauseabundas, encontré lo que buscaba: una grieta entre las rocas, una negra boca de caverna desde la cual fluía una brisa glacial, impregnada de ese olor antiguo que ya me era familiar.

Entré. Lo admito: no por valentía sino por ese anhelo suicida que se apodera de quien ya se sabe condenado. La oscuridad me tragó, y el mundo exterior quedó reducido al rumor de la sangre en mis oídos. Caminé por un corredor cada vez menos terreno, cuyas paredes se hinchaban y contraían como carne viva. Más adelante, las rocas se transformaron en columnas y las raíces colgantes eran turquesas, como si otro cosmos refulgiera tras el nuestro.

Al fin desemborqué en una vasta cámara circular adornada por símbolos áureos y grises, y allí lo vi. No puedo decir si era una visión o una presencia física: un ser de estatura inabarcable, envuelto en pliegues amarillos que vibraban como insectos sobre una lámpara encendida. Su rostro era una máscara, pero no de madera ni de porcelana, sino de pura negación ontológica; era el no-ser, el abismo mirándome y haciéndome saber que yo, también, podría convertirme en algo así, tras el menor de los deslices.

Una multitud de figuras se arrodillaba a su alrededor, repitiendo cánticos en un idioma corrosivo mientras oscillaban entre el fervor y la histeria. Reconocí entre ellas los rostros de mis amigos caídos y de Angell, ya transmutado en algo cuyas facciones solo vagamente recordaban a un ser humano. No había dolor en sus ojos, sino una beatitud perversa, la felicidad de quien ya no teme porque, al fin, ha sido absorbido por lo inexpresable.

“¿Te arrodillarás ante mí?” preguntó la figura, aunque la pregunta llegó a mi mente sin pasar por mis oídos. El odio y el pánico me invadieron, pero también una deleitable sensación de insignificancia. Podía unirme a ellos. Podía rendirme al sueño y dejar de luchar; aceptar que esa cosa, Hastur el Innominable, era ahora mi dueño, como lo es el fuego para la mariposa.

Pero algo —llámalo instinto, terror o un último vestigio de humanidad— me impulsó a rechazar la oferta. Rompí el libro contra el suelo, abriéndolo en una tormenta de hojas amarillas que se disolvieron en gritos, y salí corriendo, guiado sólo por mi memoria de los pasadizos y por el frenético latido de mi corazón.

Recobré la conciencia en las lindes del bosque, cubierto de fango y con la garganta ulcerada por los susurros que aún retumbaban en mi mente. Ya no supe más de mis camaradas; las autoridades declararon locura colectiva y atribuyeron nuestras tragedias a la fiebre, pero yo sé... yo sé lo que vi.

Desde entonces, el velo amarillo me acecha en los sueños, y el lago de Carcosa aguarda, eterno. Si alguna vez oyes el canto del Rey de las Máscaras, por favor, huye. Reza por olvidar. No busques el umbral ni la ciudad sumergida, porque Hastur, en la inmortalidad de su reino, espera pacientes a cada uno de sus heraldos. Si lees esto y la luz parece un poco más tenue, si encuentras manchas amarillas en tus dedos, es porque la historia —como el ciclo de la decadencia— jamás termina, sólo cambia de huésped. El Rey sonríe y las máscaras esperan. Y tú, infeliz lector, ya has comenzado a ponerte la tuya.

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